Hay días en los que la lluvia te moja la cara y tú, aunque lleves gafas, miras hacia arriba para notar el frescor... Hay otros días en los que los árboles se mojan y tú estás en casa, bajo una manta viendo una buena película o con un libro entre las piernas... Hay días que llueve y tú estás en la piscina, mojándote por arriba y por abajo... Hay días que llueve y os mojáis los dos, besándoos... Hay días que llueve y eres tú el que estás lloviendo... Hay días que la lluvia te coge Bajo Árboles Mojados...
A veces la tristeza decide hacerse un hueco en los ojos de uno, ahora, que parecía que los tenía algo más alegres...
Las rutinas le traen a uno la facilidad de saber el qué hacer en cada momento. El problema son los tiempos muertos y los silencios y las noches. No quiero tener tiempos muertos, ni silencios si estoy a tu lado, ni noches impares en camas estrechas.
Se me hace difícil soñar en domingos lejos de casa de mi abuela. Se me hace difícil soñar sin mi abuela, a pesar de saber que iba a ocurrir.
Leo otros blogs de otras personas y me recuerdan a cuando comencé a escribir este mismo. Es posible que haya decaído, ahora casi siempre hablo más de mí que de lo que pasa por mi cabeza.
No sé si eso es bueno o es malo. Sí es cierto que escribo mucho menos. Debería obligarme a hacerlo todos los días. Es un imperativo, un ejercicio. Aunque luego me da pereza.
Lo que no me da pereza ahora mismo es coger un bocadillo (de salchichón y queso), la chaqueta y la cometa y bajarme con mi chico a volar la cometa. Creo que hoy habrá éxito. Voy a ver si pesco al ángel de mi abuela y puedo decirle que la echo de menos.
Manuel acaba de preparar la cena. Esta noche estaba cansado y se conformará con un revuelto de calabacín y un filete (poco hecho).
Marina ensaya el cuarto movimiento de una sonata que algún día acabará de componer.
Julio tiene 6 meses e intenta dormir, pero la música le llega a través de su ventana que da al patio de luces, en el edificio en el que Marina no tiene otro momento para ensayar.
2.
Marina repite un pasaje. Aún tiene los dedos fríos, y le cuesta marcar las notas en el chelo que le regaló su abuelo.
Julio sonríe y su madre se disgusta con esa chica, tan oportuna, hoy, que ella necesitaba tanto que el niño le diera un descanso. Mañana tendrá una entrevista de trabajo y no quería ir con ojeras.
3.
Manuel echa un poco de sal al plato. Se le quedó soso el revuelto. Piensa si encender una velita, como le decía su amiga de Madrid. Al final decide no hacerlo.
Marina termina de ensayar la sonata por pasajes y decide tocarla de arriba a abajo. El arco resbala por las cuerdas, los dedos sujetan los acordes y tiemblan con un delicado vibratto.
Julio comienza a cerrar los ojos, su madre se sonríe y acaba agradeciendo a Marina su música triste.
4.
Manuel acaba el filete y descubre una lágrima asomar por sus ojos. No puede evitar más, que pronto se transformarán en un llanto. Decide regar las plantas, a ver si se le pasa.
Marina mantiene un fa sostenido más de lo que su profesor creería correcto, no quiere terminar la obra porque sabe que después volverá la soledad.
5.
Manuel se asoma al patio de luces y lanza un beso a Marina. Bueno, allí donde está su ventana, porque no adivina nada de ella. Dos segundos después, cuando Marina se asome al quicio, descubrirá contra el cristal un beso. Con miedo lo atrapará y lo dejará metido en un bote de mayonesa vacío. Las tardes de la próxima semana se dedicará a contemplarlo, temiendo que se le escape.
6.
Julio dormirá apaciblemente. A su madre no le darán el trabajo.
Releo la libreta en la que escribo y vuelvo a pensar que me encantaría saber dibujar. A mi cuñada se le da muy bien. En el flickr hay millones de personas que cuelgan diariamente bocetos, y yo me paso horas embobado mirándolas.
Pero nunca supe dibujar algo medianamente coherente a parte de letras.
Quito pelusas de debajo del ratón del portátil y pienso en algún tema para algún relato corto. Se me escapan de los dedos los relatos cortos y las pelusas, y aunque la música continúe sonando, me vuelvo a sentir un poco vacío y triste y tonto.
Vamos a probar con las pelusas:
La pelusa cayó al suelo desde el ombligo del hombre y tomó vida. Nadie puso fango en ella, ni recitó unas palabras mágicas ni colocó una letra hebrea debajo de su lengua.
La pelusa rodó por el suelo, cubierto por cierto grado de polvo, y viró en dirección al rincón en el que se agazapaban otras pelusas, y aunque intentó algún tipo de contacto con ellas, no consiguió arrancarles más que un leve balanceo, que atribuyó alguna corriente de aire de la habitación.
La pelusa, sabiéndose sola e incomprendida en el mundo, planeó en un par de microsegundos un suicido pelusil, que se vio truncado al lanzarse al vacío desde la ventana de un 5º y verse repentinamente trasformada en un vilano...
El martes fue una de esas noches que yo tiendo a bautiza como noche horribilis. Es decir, entre pitos, flautas y demás gremio musical, dormí menos de 3 horas. Claro, eso ha causado que el resto de la semana lo pasara en un estado pseudovegetativo que me permitía centrarme en las tareas con un esfuerzo sobrehumano. Me estoy convirtiendo en superhéroe, yo, casi sin querer.
Esta mañana, cuando el sueño estaba a punto de vencerme en el momento (las 5'30am) en el que me he levantado para dar un último repaso a mis apuntes, he conseguido sobrevivir gracias a la voz un poco desgarrada de una desgraciada que canta soul como los ángeles y fuma crack como el mismísimo demonio...
Hacía tiempo que no recomendaba un disco. Este no tiene pérdida.
1. Comía las galletas siempre de dos en dos. Cogía un par por un extremo, las sumergía en la leche, agachaba la cabeza y se comía la mitad.
Luego volvía a sumergir el resto de las dos mitades de las galletas en la leche, hasta justo el borde donde sus dedos las sugetaban. Volvía a agachar la cabeza, para no manchar. Y se la terminaba.
Cuando bajaba la cabeza y la ladeaba, se quedaba mirando de frente los vasos y platos sucios que se acumulaban en el fregadero.
Las galletas de dos en dos.
2. Por la noche se tumbaba en el sofá y veía cualquier película de aquellas que descargaba. A días impares seguía alguna serie que hubiera conseguido captar su atención. Tumbado, con una pequeña manta usada.
Ahora se acariciaba las manos. El jabón para lavar los platos siempre le dejaba esa extraña sensación entre los dedos, como si la vida se le escapara entre ellos si no conseguía hundirlos en algún pelo ajeno.
3. En la cama parecía que todo el sueño y el cansancio desapareciera. El cansancio decidía leer a su lado. Él elegía novelas ligeras para la noche; el cansancio prefería algo más filosófico, algún ensayo o literatura rusa.
No conseguía dormir con la luz apagada. Le daba miedo dormir con la luz apagada.
1. De pie, desnudo frente al espejo, sostenía una maquinilla de afeitar con una mano mientras con la otra acariciaba la barba. Olía a humo y a besos.
2. El día decidió dar una tregua al buen tiempo, quizá con ánimo de fastidiar a todos los boletines meteorológicos del día anterior, que se habían empeñado en predecir otro día de calor. Nos quedamos sin invierno este año, decían.
Por eso el frío se decidió a volver. Para fastidiar.
3. La otra mano continuaba acariciando los pelos de una barba demasiado larga. Posiblemente mañana le dijeran algo en el trabajo. No la llevaba ni arreglada ni recordada. El supervisor le vio el otro día y no le puso muy buena cara.
La mano dejó la cuchilla descansar sobre el mueble del baño.
4. Había estado lloviznando. No sé si existe esta palabra en el diccionario, aunque sé que es la que mejor describiría el día que había sufrido. Lloviznaba, y uno no sabía si sacar el paraguas y esconderse en los soportales o continuar caminando por el medio de las calles y las aceras.
Yo levanté la cabeza, dejé que la poca agua que caía me mojara la cara para acabar de despertarme, aunque fuera la una y media del mediodía.
5. Pero sobretodo, la barba olía a agua. De lluvia.
A veces se ponía a pensar en el futuro. No solía hacerlo demasiado, quizá tan sólo cuando tomaba café en la cafetería de la esquina y no quedaban libros ni revistas por leer.
Se imaginaba normalmente solo, aunque en alguna ocasión aparecía aún a su lado. Viejo, eso sí. Viejísimo.
Por alguna extraña razón, quizá porque era la bebida que tenía enfrente en esos instantes, tendía a verse en sus visiones preparando una cafetera. La artrosis limitando sus movimientos por una casa pequeña llena de estanterías llenas de libros. Una casa pequeña y vacía de muebles, con un balcón pequeño, como los de las casas viejas, que daba a una calle, pero por el que entraba muchísima luz.
En algún aparador, una foto con dos personas. Una de ellas se fue. Pero ya no lloraba, ahora sonreía al recordar.
Uno cree que su habitación es su morada. Que lo que allí guarda es suyo y solamente suyo, como los Magnums.
Y un día llega a casa y encuentra en un rincón un trozo de una fotografía. Y sabe que en esa fotografía hay un beso. De amor. Y que alguien no quería ni ver ni tener esa foto cerca.
Y ese alguien no soy yo, porque en tal caso, toda esta perorata carecería de sentido.
Así que uno se arma de valor y pide explicaciones, ante las cuales sólo obtiene mentiras.
Y es en ese momento cuando uno, cansado, piensa que si alguien no quiere ver un beso, de amor, pues que simplemente no vea la foto. Que no está colgada en ningún sitio. Que no está al alcance de ningún niño ni de ningún adulto. Está guardada en un sobre que se debe abrir y en el que se debe buscar, para ser hallada.
Y uno piensa en que mañana encarga otra copia de la foto. La del beso, de amor, y la vuelve a dejar donde estaba antes de ser rota en cienes de pedazos y tirada en la basura, no sea que uno tenga tiempo de encontrarla...
1. Hoy el día tenía ciertos tonos blanquecinos, debido a la nubosidad y a esa especie de niebla que se ha extendido por el pueblo.
Aunque el despertador ha sonado a las 10'30, ha decidido aplazarlo media hora, aunque finalmente se ha levantado. Luego, a las 11, cuando ha vuelto a sonar la alarma del despertador, se ha asustado.
2. Ha holgazaneado durante toda la mañana. Ha hablado con un compañero de clase para acabar un trabajo, aunque ni siquiera haya comenzado su parte. Pasará un par de noches sin dormir demasiado para adelantarlo.
3. Sus padres se han ido a una comida a la que no ha querido asistir. Nunca se ha sentido a gusto con las personas que le miran de modo extraño, como juzgándole por cómo se viste, por las personas con las que pasea o camina, por lo que dice o lo que le gusta.
Así pues, se ha preparado un bocadillo y ha cogido un refresco de naranja para comer mientras veía una película sentado en el sofá de casa.
4. Hacía frío, a pesar de la calefacción. Parece que ha comenzado este otoño en mitad de febrero.
5. Después se ha preparado una infusión y ha cogido el último bombón que le quedaba. La infusión estaba en esa taza de loza que le trajeron sus padres de París, negra, con el dibujo famoso del gato negro.
Se ha acurrucado en el sofá y se ha echado encima la manta de patchwork que cubría una vez la cama de su hermano pequeño. El otoño.
6. Ahora se desnuda y se mete en la ducha. Piensa en la ropa que se pondrá, piensa que prefiere ponerse algo más de ropa interior y no llevar la chaqueta gruesa, piensa en quién se ha podido abrazar a esa chaqueta y se pone triste. Lleva un tiempo algo triste.
7. Sabe que esta noche no volverá a dormir tranquilo...
Admiraba la luz tan especial de ciertas películas y fotos. Era como si el mundo fuera más claro de lo que sus ojos conseguían apreciar.
Sí, igual el problema estaba en sus ojos, que oscurecían la luz que entraba por sus pupilas.
Por eso disfrutaba viendo aquellas películas y revelando carretes de cámaras de fotos viejas, cuyos tonos de luz y contraste sobresalían del celuloide y el papel.
Quería tener un mundo propio en papel fotográfico.
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