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Bajo Arboles Mojados

La ciudad del desierto (II)

No fue hasta mi tercera noche en la ciudad, que conocí al alquimista.

A pesar del agradable frescor que recorría las calles durante la noche, me encontraba en mi hamaca saboreando un té bien frío mientras observaba el firmamento. Creo que fue en aquel entonces cuando bauticé la mayoría de las constelaciones.

Y él apareció. No hizo ningún ruido, y estoy bastante seguro de que no subió por la escalerilla que subía a la terraza. Simplemente se encontraba a mi lado cuando quise darme cuenta, sentado sobre un mullido cojín, a los pies de dónde yo reposaba. Vestía una túnica marrón oscuro con bordados de hilo de oro, y sus barbas, bien cuidadas y arregladas con esmero, le llegaban hasta casi el pecho. Sin embargo, su rostro cansado parecía indicar que no tenía tiempo más que para la búsqueda de su piedra filosofal.

Permanecimos así, él sentado y yo recostado, sin decir palabra, durante un largo rato.

Y cuando él por fin abrió la boca para rectificarme en el nombre que estaba pensando para una constelación, yo asentí, sin importarme lo más mínimo que acabara de hurgar en mis pensamientos.

Así fue como conocí a mi primer amigo en la ciudad del desierto...

2 comentarios

GeBeSa -

Sigues contanto cuentos tan bien, que me es imposible no imaginarme la situación...

Besos

Yo Misma -

Con tu aprobado permiso, le estoy poniendo música a tu poema "Ángel Caido", es uno de mis favoritos. Muchas gracias :)