Bajo Arboles Mojados
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Hay días en los que la lluvia te moja la cara y tú, aunque lleves gafas, miras hacia arriba para notar el frescor... Hay otros días en los que los árboles se mojan y tú estás en casa, bajo una manta viendo una buena película o con un libro entre las piernas... Hay días que llueve y tú estás en la piscina, mojándote por arriba y por abajo... Hay días que llueve y os mojáis los dos, besándoos... Hay días que llueve y eres tú el que estás lloviendo... Hay días que la lluvia te coge Bajo Árboles Mojados...
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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2006.
El olor me asaltó de repente. En un lugar inesperado. A la puerta de un MacDonalds. No olía a aceite refrito de patatas refritas. Era ese olor que suelen hacer las duchas de los campings, que a su vez es el mismo olor que te asalta en la ducha de los apartamentos de la playa. Así, generalizando un poco, hacía olor de ducha después de la playa. Al lado de un MacDonalds.
Quizá en realidad, la razón por la que no escriba mucho últimamente es que temo que ciertas personas se sientan doloridas porque esté feliz. Es extraño. Que sea feliz, digo. Llegó una tarde sentado, con un café cortado con hielo, en la terraza de la heladería de debajo de mi casa. Y llegó. La felicidad. Alguien dijo algo. No recuerdo muy bien qué fue lo que salió de su boca. Sé que no era muy bueno para mí. Pero media hora después comprobaba estupefacto que no podía dejar de sonreír. Sí, quizá ahora sonría un poco más que antes. Y ahora, por fin, me atreva a decirlo.
Las alpargatas de esparto se mojaron en la última tormenta, y ahora no tengo zapatillas para andar por casa. Camino descalzo. Al final del día tengo la planta de los pies negra y sucia. Un poco como yo a veces. Estas vacaciones están siendo un poco particulares. No imaginaba hasta qué punto estaba cansado. Mucho. Así que me dedico a no hacer nada la mayor parte del día. La manera de no hacer nada se reparte entre ver series japonesas de dibujos y leer. Estoy leyendo Rayuela, y es difícil. Es difícil escribir en verano. Y contento. Ayer volví a ver a uno. Estaba sentada en un banco, en la parada del bus que hay cerca de casa. Fumaba. Era una señora mayor, tendría unos 50 años. Sentada, fumaba impasible. Llegué a ver las alas. Tenía dos alas que salían arriba en la espalda. Aún estaban quemadas. La miré y me vio. Y se subió al siguiente bus que llegó. Me quedé parado, esperando de nuevo alguien que me diga que los ángeles caídos no tienen alas.
Creí que los amigos eran un derecho, no una obligación. Parece que me equivocaba. El fregadero está lleno, mamá. No me dejaban llegar hasta él, la cocina llena y no podía alcanzar el fregadero. Estaban por todas partes. Yo a penas podía moverme en mi habitación. En todas partes. Yo no me atrevía casi ni a moverme. Y ellos por todas partes. No me dejaban salir. No me atrevía a salir. El fregadero lleno, mamá. Preparé la cena y se presentaron. Todos. Prometo que no llamé a nadie. Llegaron. Estaban allí. Y no me dejaban llegar a la cocina. No podía salir de la habitación. De la cama. El fregadero. Mamá. Lleno. Lo siento.
Diáfano: Espacio en el cual se expande el sonido de un corazón roto en mitad de un bosque y que no es escuchado por nadie.
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