Bajo Arboles Mojados |
![]() Hay días en los que la lluvia te moja la cara y tú, aunque lleves gafas, miras hacia arriba para notar el frescor... Hay otros días en los que los árboles se mojan y tú estás en casa, bajo una manta viendo una buena película o con un libro entre las piernas... Hay días que llueve y tú estás en la piscina, mojándote por arriba y por abajo... Hay días que llueve y os mojáis los dos, besándoos... Hay días que llueve y eres tú el que estás lloviendo... Hay días que la lluvia te coge Bajo Árboles Mojados...
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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2005.
Los de alacalle me pidieron un currículum para colgar junto con mi poesía, así que he decidido mandarles esto: Salvador Esteve Juan vino al mundo hace 23 años en Onil, un pueblecito de Alicante, con la clara intención de sumir a la humanidad en el caos más absoluto, pero pronto declinó la idea, cuando a la tierna edad de 1 año se vio sentado frente a un juego de construcción y olvidó sus ansias dictatoriales. Creció más bien poco en estatura y sus aficiones se compartieron entre sentarse frente a la lavadora y bajar con su padre a ver el camión de la basura por las noches. De pequeño quería ser basurero. Luego arqueólogo. Con 18 años comenzó una licenciatura en Biología que le haría crecer algo más (esta vez por dentro), al tiempo que comenzaba su extraña afición de crear mundos imaginarios, afición que mutaría pronto en una bitácora (http://blogia.com/arbolesmojados) donde colgaba diariamente fragmentos del mundo distorsionado que llegaba a sus retinas. Escribió su primera poesía en la mecedora de casa de su abuela. Fue malísima. La segunda, 4 días después, nacía en un autobús de regreso de Madrid, marcando el que sería el inicio de la extraña relación entre sus musas y los medios de transporte. Esta poesía tampoco fue buena. Actualmente estudia Enfermería en la Universidad de Alicante. Nunca ha publicado nada. Tras la vuelta de papá y mamá, se confirma la necesidad de un mutis por el foro lo antes posible. Pensé anoche en escaparme, pero veía muchísimos inconvenientes tales como las búsquedas y todo eso. Además, tras la desaparición de una joven en mi pueblo, empapelaron cabinas telefónicas y postes de la luz de “se busca”s con la foto de la susodicha. No me gustaría pasear de incógnito por mi pueblo y encontrarme en cada rincón. Además, conociendo a mis padres, seguro que empapelaban también media ciudad. Y no. No tengo ganas. La siguiente opción que pensé fue una salida algo más digna, en plan papá, mamá, he decidido irme de casa para poder continuar creciendo. Pero seguro que no lo comprendían. Y dado que mi sueldo ha disminuido drásticamente, pues necesitaría algo de apoyo económico, y no creo que me financiaran. Pensé también en la opción de un mecenas que subvencionara mi carrera. La de enfermería y la poética. Pero pensando en el tipo de compensaciones que debería dar a mi protector, y pensando en mi actual estado civil, pues decidí declinarlo. Así que después de sopesar muchos pros y contras, me veo en la obligación de continuar aguantando, durante alguna temporada más, los vientos y mareas de casa… Cuando era pequeño siempre dormía con las sábanas y el edredón sobre la cabeza. Tenía muchas manías yo para dormir, la verdad. Me cubría hasta la cabeza, dejando un agujerito para respirar aire fresco. Además tenía que tener todo el cuerpo completamente recto, es decir, no podía tener un brazo flexionado o una pierna doblada. Ya he dicho que tenía muchas manías. Para dormir. Y es que todas las noches, cuando era pequeño, tenía mucho miedo. Pánico, más bien. Escuchaba siempre ruidos, creía que los crujidos de los armarios viejos eran monstruos que me espiaban desde las esquinas de la habitación. Además, evitaba que mi pie sobresaliera del colchón por la parte de abajo, la parte que está más cercana a la puerta. Si alguna vez algo hubiera rozado mi pie y me hubiese despertado, me hubiera muerto del susto. Una vez mi prima me dijo que era ansiedad. Mi prima la psicóloga me dijo que era ansiedad. Porque yo dormía así, con la cabeza bajo las sábanas hasta pasados los 18. Y continuaba teniendo miedo. Ahora, cuando tengo miedo, busco alguien a quien abrazarme. Aún se pregunta de dónde saqué las fuerzas para llamarle en mitad de la noche. Puede que aún no me hubiera derrumbado del todo, o quizá fue pura supervivencia. Cuando llegó, me encontró babeando. Me había meado encima y lloraba como un bebé. Y a pesar de que hacía casi un año que no estábamos en contacto, me desnudó, me metió en la ducha y luego me llevó a su casa, donde pasaría los siguientes meses. Fue como enseñar a un recién nacido a vivir. Al principio me olvidaba hasta de respirar, y cuando comenzaba a amoratarme me cogía entre sus brazos, y yo torpe resbalaba, y él me oprimía los pulmones, y metía aire soplando. Luego comenzó con las lecciones de gateo, para pasar luego a caminar, hablar correctamente, escribir, y temer a la oscuridad. Y todo esto sin que en ningún momento fuera consciente de que había sido el otro quien había roto todos los esquemas de mi cabeza para dejarme así… La garganta duele con el frío. Los besos calientan los labios (aunque pueden cortarlos si se muerde). Tres meses después, he aprendido poco más. Y que le quiero. Ayer por la noche, cuando me fui a la cama, noté como de momento la fiebre subía incansable hacía mi cabeza. Era una sensación palpable, casi podía tocar como los grados de más ascendían desde el corazón a la parte más alta de la coronilla. Intenté infructuosamente pararla. Pedí a mis ayudantes que me abrazaran fuerte por encima del miocardio, para ver si un retraso en el ascenso de la fiebre conseguía cansarla, pero lejos de desanimarla la empujaba con más fuerza hacia arriba. Así que sin otras alternativas, volví pronto a casa, tomé un Frenadol y me fui a la cama. Esta mañana mi vaso de leche llevaba miel… Me duele mucho la garganta. Tanto, que no me deja escribir a gusto… Añadido a las 11:40: Ayer tarde cuando fuimos a la tienda de chucherías, me quedé con las ganas de comprar aquella bolsa de indios y vaqueros de plástico, con sus pistolas y sus hachas de plástico, y quedarme toda la tarde jugando con ellos sobre tu barriga (aunque sea casi una ausencia, tu barriga). Veamos como comienzo. Hay muchas cosas de las que hablar, y poco tiempo para hacerlo. Podría comenzar hablando de los jersés, y de lo abrigados que son y de cómo me hacen subir los colores en clase, puesto que siempre llevo ropa de más en clase. Otro tema de interés serían los helados en invierno, que tengo unas ganas locas de que se me pase esta gripe para poder volver a atacar alguna tarrina de esas de medio litro o de litro y medio de Tiramissú. No dejar pasar la oportunidad de hablar sobre las lucecitas que hay estos días en las calle, que le hacen a uno sentir vivo. Independientemente de si se celebran las navidades, o la Pascua judía, o el medio año chino. Que lo importante son las lucecitas blancas que cuelgan de todos los sitios. A parte, es extraño esto de las caricias y las cosquillas. Me encantaría que alguien me hiciera llegar algún artículo científico que explicara la razón de que sólo tengo cosquillas cuando voy a hacer el amor. Seguro que es algo que le ocurre a un porcentaje de la población elevado y seguro que algún científico aburrido (o no tanto) se decidió a estudiarlo y a experimentarlo. Y los turrones, y polvorones, que siempre me saben algo iguales, aunque sean de almendra o de chocolate o de canela. Quizá sea por esa extraña afición que tengo de meterme en la boca todos los polvorones al mismo tiempo, junto con cachitos de todos los turrones que tengo a mi alcance, algún Ferrero y otras delicias varias, mientras trago un trago del herbero de la boda de mi prima. Bueno, creo que ya he hablado de muchas cosas hoy. Y que me duele la garganta. Punto. Y final. Por hoy. La cosa fue más o menos así. Bueno, no lo recuerdo bien del todo. Pero creo que primero hubo caricias, y luego pasamos a temas más interesantes. Tardamos aún algún tiempo en besarnos. Quizá meses. Tampoco lo recuerdo bien del todo. Sólo sé que tuviste que inventar una excusa sobre un juego tonto para besarme sin asustarte. Y aunque aquella noche besamos a más gente, sé que sólo nos besamos tú y yo. Es extraño. Creo que nunca hasta ahora había escrito túyyo siendo tú tú y yo yo. Bueno, la historia continúa a lo largo de un tiempo en el que nos decimos muchas mentiras y te escribo muchas tonterías. Y alguna poesía. O más. Esto también lo recuerdo. Y que me volviste a besar, pero esta vez lo disfrazaste con mucha ginebra. Era de noche. Y caminábamos por lo oscuro. Desde entonces el guión quedó en Stand-by. Hay veces que es mejor no acabar las películas. Podrían llegar a tener finales de lo más surrealistas. Hay otra historia que comienza con una chica que cruza por delante de mí con un paraguas. Llueve. Y yo estoy dentro de un coche. Quizá luego decida si la chica conoce a un chico, o a mí, o si muere, o si no. Aún no lo he decidido. Pero quédense con la chica. Y el paraguas. Y no olviden la lluvia. ¿A que es bonita? Nunca se me había ocurrido pensar que detrás de las nubes de los días grises como hoy, el cielo, siempre está azul. Hace un día perfecto para hacer fotos. Muchas. El sol no llega a quemar, pero calienta. Cae casi horizontal aunque sean las 11 de la mañana. A estas alturas del año, anda algo perezoso. Bueno, perezosos andamos muchos. Yo, por ejemplo. Ando tan perezoso que me canso hasta de respirar. Me despierto por las mañanas y decido entre respirar y levantarme. Y como tengo que bajar a la universidad, que si no mi madre me riñe, pues decido levantarme. Y ya me ves, todo el día muerto viviente por el mundo. A veces me dicen que comienzo a azulear. Cianótico perdido, me pongo, oigan. Y es que en estas alturas del año, cuando ya casi se está acabando todo (bueno, todo no, hay cosas que durarán), pues me vuelvo muy perezoso. Y si tengo que elegir, a veces, no lo hago bien del todo. Las noches de fiesta me saben amargas. Como dice Amaral. Hace tiempo que no lo pasó realmente bien una noche de fiesta. Y esta noche es una noche de fiesta, así que veremos qué sucede. Creo que iremos antes al cine. Me apetece. Con M. Y luego quizá vayamos a comer a cualquier sitio. Y luego más tarde ya bajaremos a los pubs del barrio. Aunque como es la Macrofiesta universitaria estará todo que dará asco. Ójala no hubiera demasiada gente en los pubs poperos donde voy. Me gusta cómo bailan los poperos. Creo que me hice popero sólo por bailar como ellos. Con los brazos siempre pegados a la cintura y el pecho lleno de chapas. Y las chicas con sus vestidos de vinilo y moviéndose como si se fueran a romper. Me gustan las chapas en el pecho. Y en los pantalones. Muchas. Tengo más de 50 chapas, y hoy he cogido unas 10 para elegir cuál ponerme esta noche. Las chapas forman como constelaciones en el pecho de la gente que las lleva. Y cuando vas por la calle te ayudan a orientarte. Las chapas en el pecho. Te guían, y si callas y escuchas te dicen hacia dónde te tienes que mover, y dónde hay más o menos gente. El protagonista de un libro que acabé ayer decía que las fiestas más íntimas eran aquellas en las que había más gente. Mucha gente. Creo que esta noche estaré algo sólo en medio de un millón de gente. Como dice Amaral. Alguien me criticó el pasado jueves por no haber hecho ninguna mención al respecto de la entrada de la nueva estación. Alguien fue M. Así que quizá ya sea el momento de hablar de ella. Los inviernos son cálidos aquí en Onil. Quizá sea porque me acuerdo del pasado en Parma. O porque tengo muchos abrazos ahora. Aunque las casas viejas son propensas a recoger frío, sobretodo en las habitaciones de arriba, sobretodo en las que hay colchones sobre el suelo, sobretodo aunque se tengan dos sacos de dormir que no hacen más que caerse sobre las espaldas de uno (o de dos). Es bonito hacer el amor con tanto frío. Las navidades también me han alcanzado, y eso que yo procuré huir. Y este año las vivo con ganas, cosa extraña. Me apetece regalar (bueno, eso casi siempre). El jueves me adelantaron un regalo. Es un ensayo sobre poesía. Me apetece escribir poesía. Por lo pronto, deciros eso de Felices Lucecitas. La poesía vendrá más adelante. Tiramisú, regalo del amigo invisible, trabajo, y dar besos. Y vuelta a empezar. Más tiramisú, regalo del amigo invisible, trabajo y más besos. Comienzo a estresarme... |
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