A la salida del cine, todo el mundo agachaba la cabeza y rehuía las miradas de los demás. No había parejas cogidas de la mano besándose, ni grupos de amigos desternillándose o chicos con pinta de intelectuales comentando aquellos puntos que no les habían quedado claros... Si alguien se hubiera aventurado a mirar a otra persona a la cara, hubiera encontrado un rostro blanco. Por el miedo.
La salida del cine estaba llena de gente pálida. Asustada.
Aterrorizada.
Nadie podía entender quièn había podido filmar el verdadero fin del mundo y luego había tenido la osadía de mostrárselo a gente inocente que, simplemente, no sabía que estaba muerta...
Corran despavoridos los animales ante mi presencia. Griten los niños, lloren las mujeres, hasta los hombres más robustos tiemblen en mi proximidad.
La leche se corte, las plantas se pudran pierdan la cabeza sabios y eméritos. Se vuelva negra el agua a mi alrededor se aparte el aire y huela a azufre...
Porque he decidido volver, oscuro y tenebroso taciturno, triste y transnochado. Vuelvo para daros a cucharadas pequeñas en cortos sorbos, vuestras peores pesadillas...
"(...)Tras cinco horas de andar, todavía no había hallado agua y no existía señal alguna que me diera esperanzas de encontrarla. En todo el derredor reinaban la misma sequedad, las mismas hierbas toscas. Me pareció vislumbrar en la distancia una pequeña silueta negra vertical, que parecía el tronco de un árbol solitario. De todas formas me dirigí hacia él. Era un pastor. Treinta ovejas estaban sentadas cerca de él sobre la ardiente tierra."
Hace ya bastantes años, cayó en mi mano un CD con un audiocuento. Creo que la primera vez que lo escuché me pareció simplemente bonito. Tiempo después, antes de devolver el CD al amigo que me lo había prestado, lo volví a escuchar, y creo que lloré. No sabía que había un libro escrito hasta que antes-de-ayer, dando una vuelta por una librería de aquí, lo encontré. Me lo llevé, obviamente. En italiano. Espero que ahora lo disfruten ustedes...
En mi país, Blanca Nieves no escapó del cazador, que le arrancó el corazón y lo comió luego, cocinado a fuego lento, en una orgía con la madrastra.
Cenicienta olvidó el reloj y, medio borracha, no escuchó las 12 campanadas, quedando como una pordiosera en los brazos del príncipe.
Pinocho mintió y mintió y ahora trabaja de chapero en alguna esquina del reino de Nunca Jamàs, junto con un Peter Pan ya crecido, su proxeneta, que le da palizas si no quiere aceptar algún cliente.
Caperucita mató al lobo sólo para hacerse un abrigo con su piel, que no puede lucir ya nunca porque debe cuidar a los 9 niños que tuvo con el leñador.
Y yo, bajo la luz de una vela, continúo escribiendo estas historias en la eterna noche, encerrado en un faro, en medio de una isla perdida en el océano.
A la semana de estar viviendo en mi nuevo domicilio, comenzamos a notar todos los inquilinos un extranyo olor que salìa por debajo de la puerta de nuestro vecino de la planta baja. Bueno, para ser sinceros, no sabìamos que venìa exactamente de ahì, sòlo que necesitàbamos cubrirnos la nariz cada vez que entràbamos en el cuarto de las bicis, que està justo enfrente de la puerta de nuestro inquilino.
Yo personalmente pensè en una rata en estado de descomposiciòn, quizà muerta por las montanyitas de veneno que nuetras casera ha colocado en algunos rincones del edificio.. Pero por màs que busquè, no lleguè a encontrar nada.
Tambièn nos resultò extranyo a todos los inquilios el hecho de no ver al habitante de la casa de la planta baja durante casi dos semanas seguidas. Serà un chico tìmido, pensamos la mayorìa.
Pero la otra noche nos despertò el ruìdo de sirenas justo en la puerta del edificio, y unos minuotos màs tarde, la llamada insistente de los carabinieri, que se intentaban hacer entender para decirnos que permanecièramos en casa y que, por encima de todo, que no nos asomàramos por las ventanas que daban a la calle.
En cierto momento, la curiosidad me pudo màs que la advertencia de las fuerzas del orden, y metì la nariz justo lo suficiente en la ventana para ver como sacaban tres bolsas, grandes, enormes, por la puerta principal. Y vi tambièn un lìquido oscuro que se derramaba por la cremallera de una de las bolsas...
El camiòn de la policìa continuò en la puerta 4 horas màs, cargando aquellas extranyas bolsas cuyo contenido no comprendìa còmo podrìa haber estado amontonado en el pequenyo monolocal del inquilino de abajo.
...
Esta manyana, la casera ha subido para decirnos, con una fingida sonrisa, que nos rebajaba 100 del alquiler...
Esto es un realito para mis amigos del pueblo... Para que os entretengàis la noche de Todos los Santos
No sabemos exactamente desde cuando està ahì. Sòlo que, cuando menos la estàs buscando, aparece.
El primero de nosotros que la vio fui yo. Andaba medio perdido por la ciudad y vi un callejòn oscuro, y entrè sin prestarle atenciòn. Me metì en una teterìa muy acogedora que habìa al inicio de la calle y tomè un tè rojo al tiempo que escribìa unas notas en esta misma libreta.
A pesar de que la calle estaba (lo recuerdo claro) detràs del parque vecino a mi casa, no he conseguido volver a encontrarla.
Violeta la encontrò (creemos) dos dìas despuès. Andaba buscando una tienda de discos y se confundiò de esquina, entrando en la calle escura que he nombrado antes.
Ella, sin embargo, asegura que no habìa ninguna teterìa, sino un local donde se vendìan libros de viejo, en el que entoncrò algun incunable que comprò por nada de precio.
No somos los ùnicos que hemos tropezado con ella, me consta. De hecho, yo la he vuelto a encontrar dos veces màs, y ella otras tantas. Pero no hemos sido coscientes hasta haberla dejado. Entonces, ya era demasiado tarde.
Espero poder volver a encontrarla pronto. La ùltima vez que la atravesè creì ver, al fondo, una tienda de abrazos...
Mi entrada al infierno fue bastante extranya. Quizà fuera por lo que esperaba encontrar y no hallè por ningùn lado.
O quizà fuera por las libèlulas, que revoloteaban por todos los sitios. O por las rosas blancas y rojas que crecìn por doquier. O por las muchachas y los muchachos que, desnudos, reìan y bebìan al son de la mùsica.
Se me acercò un àangel de alas quemadas, vestido tan sòlo con un taparrabos que no escondìa nada, y me tomò de la mano mientras me susurraba al oìdo palabras de bienvenida.
Al fin y al cabo, podìa agradecer que un dios me hubiera condenado por mis actos en la Tierra...
Había días en los que me levantaba temprano. Aquí, en otoño, no sale el sol hasta bien tarde.
Me levantaba y me aseaba rápido. Un café largo con cuatro gotas de leche y corriendo a coger la bicicleta.
El ambiente comenzaba a clarear, así que debía darme prisa. Recorriendo las callejas estrechas de la ciudad. Y entonces al gran parque. Y después en paralelo al río.
Y el invento de hacer niebla funcionando, sin parar, en la cesta de la bicicleta.
Si todo iba bien, llegaba a casa aún antes de que el sol rompiera por el horizonte.
Asì, con la ciudad sumida en una niebla suave, me dormía de nuevo durante unas horas, sonriente y cansado...
Al cuarto dìa, el ser supremo creò a los animales. Los creò de todos los tipos; pequenyos, grandes, de colores, para el agua, el cielo y la tierra. Y vio que aquello estaba bien. Y quedò satisfecho.
Entonces, el hermano menor del ser supremo, un poco celoso quizà, tomò sucio barro y comenzò sus propios ensayos. Lagartos gigantes, seres peludos de muchas patas y aguijòn venenoso, ratas nocturnas con alas... Y la peor de todas sus creaciones, el hombre.
Llegaron pues los padres del ser supremo, que hasta entonces habìan estado trabajando en la fàbrica, y al ver las macabras obras de su hijo menor, quisieron reprenderle, màs el ser supremo (y hermano mayor) intercediò en su defensa, diciendo:
-No le rinyàis, porque al hombre lo creè yo. Me sobraban demasiadas piezas...
Fue uno de los trabajos más duros que nunca tuve...
Por las mañanas entraba en el establo y abría las contraventanas. Poco a poco. Para que no se despertaran de mal humor. Entonces ellas comenzaban a mover sus alas para entrar en calor. Como dormían sobre cualquier superficie, cuando tenían estos espasmos matutinos se creaba un efecto agradable en el interior de la estancia. Eran como olas en la superficie de las cosas. Olas que viajaban de una parte del establo a la otra, y que al pasar por donde yo me encontraba me sacudìan con una ligera brisa.
Las alimentaba con miel, que dejaba caer desde lo alto con una especie de regaderas que había ideado. La miel goteaba y ellas pasaban volando, veloces, para recoger su alimento antes de que tocase el suelo.
Y despuès las sacaba a pasear.
Ellas me seguían y yo las conducía al interior del bosque, donde correteaban y jugaban. Si en algún momento se sentían amenazadas por algo, se agrupaban, como siguiendo una orden muda, formando una espesa nube sobre mi cabeza. Yo las tenía que defender. De los milanos. De las arañas. De los cazadores furtivos...
Ya por las noches, las devolvía a su establo y les leía un cuento antes de dormir. Alguna me contó una vez que les gustaba creer que, cuando el tiempo acabara con ellas, de su cuerpo marchito surgirìa un hada...
Despuès de loco y borracho, decidì ser constructor de torres. Picaba piedras en la cantera de los pensamientos inùtiles y luego corrìa a los espacios valdìos, donde apilaba palabras y sugerencias.
Las torres pocas veces eran estables, quizà por ello soportaban mejor las inclemencias del tiempo y de las opiniones contrarias. Torres de ideas alocadas, de suenyos fùtiles e intenciones estùpidas. Se curvaban y torcìan y volvìan a curvar.
Pero a veces, sin embargo, unìa, por pura casualidad, imàagenes bellas (aunque un poco rotas por las esquinas) con sìlabas de amor, que terminaban dando forma a inmensos alfileres que desafiaban la lògica y la gravedad.
Son aquellas torres que se alzan altivas en el fondo de mis ideas...
Anoche volvì a revisar las predicciones del àngel caìdo. A pesar de la letra, ilegible en la mayor parte del escrito, conseguì traducir algunas lìneas a algo coherente.
Y me asustè ante lo que hallè...
Semanas, quizà meses, de hastìo y soledad. Una larga temporada en una prisiòn particular, velada, escondida al resto de la gente.
Y yo sufriendo en el centro de aquel laberinto, esperando la llegada de un alma, de nuevo lo suficientemente sensible para captarme y salvarme de este destino...
La he descubierto. Esta mañana, en un momento de lucidez especial he hallado la fórmula de la felicidad... Tomad nota:
3 abrazos bien dados, y si son con un jersey de lana, mejor.
1 tableta de chocolate (yo prefiero el puro, aunque he probado también con otros tipos y la fórmula sigue surtiendo efecto).
2 minutos llorando con el final de Amelie (que aunque sea feliz, me deja siempre con esa sensación de melancolía tan buena y agradable...)
Y por último, el ingrediente secreto... 45 minutos de Sonido Efervescente de La Casa Azul!!
"que quieres que te diga que el tiempo va a mejorar que el gobierno está fatal que el Barça hoy ha vuelto a pinchar que quieres que te diga que sin ti no puedo más que mi vida se rompió cuando te fuiste sin pensar...
...que nunca nunca más me iba a recuperar porque cuando tú jugabas yo creía que lo que hacías era amar y mientras yo me enamoraba como un fan de tu voz, de tus amigos de tu ropa y de tu manera de mirar."
Un viejo me contó una noche que sí crecían rosas en el mar de fuego.
Son rosas transparentes, como de cristal. Y frías, pues son de hielo dijo.
Muchos de vosotros pensaréis continuó el borracho que miento, más es verdad lo que cuento.
»Estas rosas de hielo son efímeras, y no porque se tornen de agua con el calor de la mañana, sino porque sus húmedos pétalos atrapan las partículas de arena que arrastra el viento, y quedan convertidas bien pronto en rocas.
»He visto bosques inmensos de estas rosas convertidas en roca, y desde hace años vago por el desierto, esperando encontrar una noche mágica alguna de estas maravillas de hielo intactas. Entonces dejaréis de reíros de este borracho
No es imposible dijo mientras descendíamos por la caverna.
Me había hecho acudir a la entrada de la gruta justo una hora antes de amanecer. Y a pesar de mis preguntas, me aseguró que no necesitaríamos ningún tipo de linterna para descender a las entrañas de la cueva.
Caminábamos callados, uno al lado del otro, sorteando de vez en cuando las estalagmitas que crecían desde el suelo. Había allí dentro una luminosidad especial. Como si los millones de cristalitos de mineral de la roca reflejaran la luz de un sol escondido en el interior de la gruta.
Entonces llegamos a la sala central. En el momento justo en el que la dama plateada, resplandeciente, se sumergía desnuda en el mar inmenso interior.
El alquimista se le acercó, respetuoso, y le mostró el lingote de plomo y el cáliz lleno de la mejor aguamiel. Ella besó primero el metal, y luego bebió un trago corto de la copa.
Volvió él, sin ninguna explicación, y retomamos el camino de vuelta al exterior. Y cuando alcanzamos la salida, sacó de su bolsa de piel el lingote de plomo que había guardado tras el cariñoso gesto de la dama.
Ahora era dorado. Se había transformado en oro.
No es imposible. He encontrado la piedra filosofal. Ella es mi piedra filosofal . Y tomó un largo sorbo de la copa, justo antes de ofrecerme a mí también un poco de eternidad...
No fue hasta mi tercera noche en la ciudad, que conocí al alquimista.
A pesar del agradable frescor que recorría las calles durante la noche, me encontraba en mi hamaca saboreando un té bien frío mientras observaba el firmamento. Creo que fue en aquel entonces cuando bauticé la mayoría de las constelaciones.
Y él apareció. No hizo ningún ruido, y estoy bastante seguro de que no subió por la escalerilla que subía a la terraza. Simplemente se encontraba a mi lado cuando quise darme cuenta, sentado sobre un mullido cojín, a los pies de dónde yo reposaba. Vestía una túnica marrón oscuro con bordados de hilo de oro, y sus barbas, bien cuidadas y arregladas con esmero, le llegaban hasta casi el pecho. Sin embargo, su rostro cansado parecía indicar que no tenía tiempo más que para la búsqueda de su piedra filosofal.
Permanecimos así, él sentado y yo recostado, sin decir palabra, durante un largo rato.
Y cuando él por fin abrió la boca para rectificarme en el nombre que estaba pensando para una constelación, yo asentí, sin importarme lo más mínimo que acabara de hurgar en mis pensamientos.
Así fue como conocí a mi primer amigo en la ciudad del desierto...
Era ya cerca del medio día cuando la caravana alcanzó la ciudad del desierto. Y a pesar de que el calor tostaba, como a fuego lento, cada uno de los granos de arena, una vez traspasamos las puertas, un ligero frescor recorrió mi cuerpo, aún llevando aquellas abundantes ropas negras de lino.
Costaba trabajo avanzar en medio de aquella acumulación de seres humanos que regateaban por el precio de 20 onzas de azufre o se sentaban tranquilamente bajo la sombra de algún sicómoro para compartir vivencias ocurridas años atrás en sus vidas con la compañía de un té de hierbabuena.
Pero si la ciudad sorprendía de día, de noche su esplendor sólo se podía comparar con alguna ciudadela construida en la vieja Hispalis. En el momento se alzaba la luna, siempre llena, las fuentes se encendían por obra de algún hechizo realizado por los magos. Las aguas recorrían los canales que serpenteaban por las puertas y los arcos repletos de arabescos de todas las casas. Canales estrechos, similares a acequias, que limpiaban la cara de la ciudad al tiempo que elevaban un frescor mágico. Y todos estos canales desembocaban en el centro mismo de la urbe, en un lago que se secaba todas las mañanas con los primeros rayos de luz del día. Un lago artificial que obligaba a los habitantes de aquella zona a regresar de las tabernas a sus casas en barcazas similares a góndolas. Un lago que era un hervidero de insectos diminutos, de libélulas e incluso de hadas perezosas, que ponían sus huevos junto a los de las luciérnagas.
Y justo cuando la luna alcanzaba el punto más alto en el alto cielo, los ricos comerciantes soltaban las amarras de sus globos aerostáticos y subían a robarle cristales de eternidad al satélite argéntico...
Debieron equivocarse en la óptica al colocarme los cristales nuevos. No es que viera mal, que la graduación de las lentes no fuera la correcta. No, qué va.
Aquellos no deberían ser mis cristales no porque viera menos, sino porque veía más.
Detrás de mis nuevas gafas, los vacíos que me rodeaban se llenaban pronto de corrientes de color. Los objetos en los que pretendía fijarme quedaban rápidamente ampliados, y las cosas y las personas que me molestaban, simplemente, no se veían.
Caminaba de la mano del ángel caído por las lúgubres callejas de la ciudad cuando nos cruzamos con un grupo de demonios.
Temeroso, agaché la cabeza y fijé la vista en el pavimento. No quería que aquellos espectros me tentaran.
En cambio, mi acompañante les miró a la cara y les llamó con voz seria por su nombre, tras lo cual ellos huyeron despavoridos.
Entonces tomó mi cara con sus manos, y mientras apartaba con sus pulgares las gotas de plata y vidrio que surgían de mis ojos, me engañó de nuevo prometiendo que todo aquello estaba pasado...