Un fuerte dolor de cabeza en la parte frontal de mi cabeza me despertó. Era como una presión continua e insistente sobre mis sienes. Pero una presión desde dentro mismo de la cabeza.
Dolostop. Asprinia. Gelocatil. Neubofren. Nolotil. Y harto ya de tomar cápsulas para comprobar que no tenían ningún efecto, tomé una decisión.
Cogí el bisturí y la aguja enmangada y realicé una trepanación de cráneo frente al espejo del cuarto de baño.
Y del orificio recién abierto en mi cabeza comenzaron a brotar manantiales de malos momentos y nefastos recuerdos, que borboteaban al tiempo que un grupo de libélulas salidas de mi pecho comenzaban a cerrar el agujero.
Desde el lunes por la mañana estoy trabajando en una fábrica del pueblo, en una cadena de montaje.
Por un lado de la cinta corredera van apareciendo personas semiinconscientes que capturó la policía en alguna redada de la noche anterior. Allí, mis compañeros y yo les abrimos la cabeza y realizamos cortes precisos. Punzamos en ciertos puntos de la planta de los pies (que a veces huelen). Incluso extirpamos algún dedo a veces.
Por el otro lado de la cinta, las personas caen a una sala de la que se despertarán convertidos en personas normales y corrientes. Sin aspiraciones. Sin ilusiones. Sin sueños. Vamos, políticamente correctos.
Hago 11 horas diarias, así que vuelvo a casa cansado, aunque orgulloso de saber que hago bien mi trabajo...
El sexo en la cocina puede llegar a alcanzar dimensiones extraordinarias.
A pesar de intentar olvidar todo lo que ocurrió en mi última relación, la noche en que volvió del viaje por el norte quedó marcada a fuego en mi cabeza.
Yo no esperaba que volviera tan pronto, así que me sorprendió acabando de preparar la cena. En el fuego, una cacerola con la salsa y el pescado en la sartén. En un pequeño cazo, hervía a fuego lento el dulce de leche, acabándose de preparar. Y sobre la mesa, en medio de la cocina, cortaba verduras para la ensalada. Me gustan las cenas bien surtidas.
Entraste en silencio y me agarraste por detrás. Me subiste sobre la mesa y mientras con una mano intentabas apartar la tabla de madera para cortar, con la otra buscabas el botón del pantalón.
El cuenco con el tomate, recién cortado y parcialmente picado, se derramó sobre mi pecho al tiempo que tu boca cataba manjares en mi boca y otras localizaciones de mi anatomía.
Aquella noche fue inolvidable, aunque tuvimos que llamar a la pizzería.
La misión resultó un fracaso. Cuando llevábamos 5 años luz de viaje, el módulo de sueño asistido quedó afectado por el choque con un pequeño asteroide (algo me hace pensar que era una partícula de basura espacial, que tanto abunda por el espacio desde los viajes interestelares humanos).
Nos despertamos los 6 tripulantes a sabiendas de que ya no podríamos dormir nunca más. Las comprobaciones realizadas por el ingeniero así lo confirmaron. El sueño estático estropeado sin remedio. Y después vino lo de aquella masa de meteoritos...
Tras la explosión de la nave, fuimos expulsados al exterior, dentro de nuestros trajes autónomos que nos permitían comunicación y supervivencia casi eterna, gracias a los equipos de reciclaje de aire, exudaciones y excrementos.
Nos fuimos separando en el extenso universo. Ahora hace ya casi 2 años que estoy sólo. ¿O son dos meses? La verdad es que no hay diferencia. El único consuelo que encuentro son los sueños.
Alguien dijo una vez, siglos atrás, que cuando un astronauta vaga por el espacio, a millones de kilómetros de nada, cuando todo a su alrededor es lo mismo, es constante; sus sueños, ricos en imágenes y recuerdos, pasan a ser tan reales, tan... lúcidos, que la vida real y el sueño se invierte.
Quién sabe. Puede que ahora mismo seáis todos parte del sueño de un astronauta...
El otro día recibí una extraña carta dirigida a la entidad oroD. Al leer el destinatario me extrañé bastante, pero conforme iba viendo lo que aquellas personas decían, comprendí el título.
La carta había sido redactada por un conjunto de gente que leía con cierta frecuencia mis cuentos. Eran un grupo de sabios que habían creído encontrar ciertos elementos extraños entre las líneas que escribo.
Debido a un continuo cambio de género, esta gente cree no soy, sino que somos muchos los que redactamos las historias y las poesías. Una psicóloga que también forma parte del grupo encargado de desenmascararme llegaba a proponer un desdoblamiento de personalidad.
Por otra parte, un teólogo y un párroco de la asociación pensaban una posible relación entre yo (o nosotros) y el mismísimo anticristo, debida a alguna de las afirmaciones que he (o hemos) llegado a realizar y a un par de vaticinios que se han dado en estas páginas que ahora leen.
Por último, un colectivo de amas de casa que se adscribió a la asociación en contra mi causa, me acusa de ser una de las peores influencias que andan por este mundo cibernético, y recomiendan al gobierno (pues hay hasta infiltrados gubernamentales en este ecléctico grupo) que me censuren y me internen lo más pronto posible.
Yo (o nosotros) me (o nos) enorgullezco (o enorgullecemos) de contar con tan distinguidos lectores y les aseguro (o aseguramos) que continuaré (o continuaremos) dándoles material a analizar.
Me he levantado con los labios pegados. No puedo abrirlos, es como si alguien me los hubiera cosido fuertemente o los hubiera juntado eternamente con cola de contacto.
Al despertarme y darme cuenta del extraño hecho me he asustado mucho. He corrido al cuarto de baño a comprobar el estado de mi cara, pero era aparentemente normal.
Salvo que los labios no se abren.
He acudido a mi madre, que al verme gesticular sin pronunciar palabra, se ha enfadado, atribuyendo toda aquella pantomima a alguna de mis excentricidades.
Aunque cuando se iba a trabajar, he visto como me miraba de reojo y sonreía...
Tenía la extraña afición de fotografiar a todos los amantes que pasaban por su cama.
Tomaba la cámara digital y se lo proponía a ellos. Algunos aceptaban gustosamente y posaban en posturas de lo más obscenas. Otros preferían cubrir delicadamente parte de su cuerpo con las sábanas e insinuar más de lo que mostraban. Un tercer grupo se negaba rotundamente, aunque caían víctimas del objetivo cuando, tras el sexo ardiente y descontrolado, quedaban dormidos.
A la mañana siguiente, cuando el visitante ya se había ido (casi siempre algo avergonzado por el descaro mostrado la noche anterior), él analizaba las fotografías tomadas. Las miraba incluso con lupas, buscando rasgos concretos. Tomaba un fragmento de la espalda, una peca, un dedo o los nudillos de algún otro.
Luego imprimía los trozos que habían resultado válidos y acudía a la habitación del fondo, la que permanecía cerrada la mayor parte del tiempo. Allí, con una barra de pegamento, reconstruía concienzudamente el cuerpo de aquel que, una noche, en sueños, le mostró el significado del amor...
Había a su alrededor un halo de aire superdenso que provocaban una perpetúa postura de hombros caídos y párpados semientornados.
Este aumento en el peso del aire causaba también un torcimiento de la sonrisa en un gesto deprimido y oscuro.
En este caso, los psicólogos y psiquiatras a los que se acudió no pudieron más que opinar lo mismo. Se daban en él una conjunción de factores físicos que le impedían ser feliz...
Cuando salió a correr, como hacía casi cada tarde después del trabajo, no sospechó que aquella nubecita que se asomaba por el este de la ciudad iba a cambiarle tanto la vida. Y sin embargo, emprendió la marcha.
Parecía que la meteorología se había adueñado de su ritmo, pues conforme iba acelerando la carrera, el cielo se iba cubriendo de oscuros nimbos. Al alcanzar la calle más alta de su recorrido diario, comenzó a chispear. Primero con una suave cortina que se agradecía, pero al ir creciendo su marcha, la intensidad de la lluvia aumentaba.
Por fin, en plena tormenta, decidió refugiarse en un portal. Que para su sorpresa no estaba vacío... Y en el momento en que acercaba sus labios a la desconocida que le miraba con cara de deseo, cayó el primer rayo...
Este relato ha resultado ganador en el concurso de Photoespaña 2004 en la fotografía correspondiente
Tras mucho insistir, acepté por fin una invitación suya. Él era asiduo de la cafetería en la que yo trabajaba. Siempre pedía lo mismo, después de llegar puntual a una cita que ninguno de los dos había fijado. Estaba en la barra dos horas con la misma taza de té y con un libro abierto en la mano. Aunque en realidad no leía. Me miraba.
Luego, quizá, se insinuaba con frases torpes, palabras infantiles.
Hoy por fin acepté. Me esperó en la puerta del local a que terminara, y sin cruzar una palabra, le seguí al coche, en el que me llevó a su apartamento. Era un estudio sencillo, sin ninguna habitación separada a parte del cuarto de baño. La verdad es que estaba muy pobremente amueblado, a penas una mesita y dos sillas, unas estanterías que cubrían la totalidad de la estancia y estaban llenas de libros, y un sofá cama que pronto quedó abierto.
Me desnudó poco a poco, casi con la mirada o con sus palabras. Yo también le desnudé. Y cuando ya no quedaba nada de ropa sobre nuestros cuerpos, continuamos desnudándonos.
Quedando ya sólo dos pequeñas lucecitas, nosotros, que jugueteaban por la habitación, apague la luz del mundo. Y nos besamos...
Cuando abandoné la casa para instalarme en el nuevo estudio, me recorrió una sensación de melancolía. Atrás dejaba ya no sólo muchos recuerdos, sino también las estrellas que había esparcido en el techo de mi habitación y el pequeño monstruo bajo la cama.
Antes de irme, me despedí de cada uno de los astros y dejé, casi por compromiso, que el horrendo ser me asustara por última vez.
Ya en mi estudio, aquel ático con una pequeña ventana que daba a la plaza de los aerostáticos, me alegré al encontrar un nido de alacranes en la cocina y un agujero negro en el armario... Las rarezas no me abandonaban.
El otro día, mientras estudiaba, en un momento dado, me giré tan rápido que no di tiempo a mi imaginación a crear la realidad que había detrás de mí...
-Si diga'm? Y al otro lado de la línea comencé a escuchar frases rápidas e imporperios en árabe que para nada entendía, a parte del nombre de Mohamed...
-Lo siento, pero creo que se ha equivocado -contesté amablemente. Y cuando ya apartaba el aparato de la oreja para colgar, escuché en un perfecto castellano al otro lado del teléfono.
-Ya veo que me he equivocado, pero ¿le resultaría a usted mi complicado hacerse pasar por Mohamed durante unos minutos? Tengo unos asuntos muy importantes que comunicarle.
Y tras mi consentimiento, comenzamos a hablar acaloradamente en la lengua de Alá (que para nada domino). Y después de despedirme cordialmente dando recados a su padre y preguntando por sus camellos y su esposa, colgué el teléfono.
Cuando los Ancianos, cansados, decidieron acabar con la magia sobre el planeta, no pensaron en las posibles consecuencias de sus actos.
Al principio, los expertos no descubrieron la ausencia del segundo motor de la existencia. Pero notaron hechos extraños, como la ausencia de rocío por las mañanas, la falta de espejismos en los desiertos y la carencia de otros pequeños procesos normales hasta el momento... Cinco años después, comenzaron a sospechar algo al descubrir que nunca más habría eclipses, pues los cálculos demostraban un perfecto danzar de los planetas y los satélites, de forma y manera que no se taparían los unos a los otros, como si la física hubiera mandado a todos los astros a moverse con ritmos perfectos, sin ninguna variación o irregularidad.
Yo descubrí la falta de magia en cuanto te vi, cuando aprecié la ausencia de ese brillo tan especial que había en tu mirada...
Hada.-O me engaña en absoluto tu exterior, o tú eres ese duende maligno y despabilado que llaman Robín el Buen Chico. ¿No eres aquel que asusta a las mozas aldeanas, espuma la leche y, haciendo inútiles todos los esfuerzos del ama de casa, impide que la manteca cuaje y otras veces que fermente la cerveza? ¿No extravías a los que viajan de noche y te ríes de su mal? A los que te llaman Aparición y dulce Puck les adelantas el trabajo y les das buena ventura. ¿No eres tú ese?
Puck.-Hablaste, Hada, con acierto. Soy ese alegre rondador nocturno. Yo divierto a Oberón y le hago sonreír cuando traigo a algún caballo gordo y bien nutrido de habas imitando el relincho de una yegua joven. Y a veces me acurruco en el tazón de una comadre, en forma de pero cocido, y cuando va a beber choco contra sus labios y hago derramar la cerveza sobre su marchito seno. La prudente tía, refiriendo su cuento triste, suele equivocarme con su banqueta de tres pies; entonces resbalo por entre su nalgatorio, ella da de bruces y grita: "¡Sastre!", y cae en un acceso de tos. Y al punto la concurrencia, apretándose los costados, ríe y estornuda y jura que nunca ha pasado allí hora más alegre. Pero ¡aléjate, hada, que aquí viene Oberón!
Este post va dedicado a Aldeana, que hoy hace 1 año que comenzó sus andanzas bloggeras... Un beso!
En huelga. Irremediablemente, el lado derecho de mi cuerpo se ha puesto en huelga. Dice que ya está cansado de ser siempre él el que trabaja, el que se lleva todas las responsabilidades y la mayor parte de los esfuerzos.
Ayer tarde, mientras estudiaba, la parte derecha del cuerpo dejó de funcionar. Y en mi cabeza escuché claramente como el lóbulo izquierdo (que es el que controla mis extremidades diestras) gritaba e insultaba al otro hemisferio cerebral. De haber tenido manos, posiblemente hubieran llegado a ellas.
Ahora ando a medias. Los servicios mínimos, tras los acuerdos con los sindicatos, incluyen la utilización del brazo y la mano derecha, por lo que puedo caminar usando un bastón. A pesar de todo, esta extremidad tampoco obedece correctamente a mis órdenes, como para indicar que no está muy de acuerdo con la situación.
Tengo el ojo derecho cerrado y hablo bastante mal. Espero que la huelga se levante pronto...
Esta mañana, mientras me dirijía a la biblioteca para cosultar unos viejos manuscritos, una mariposa se ha prestado para acompañarme en mi deambular por las estrechas e intrincadas calles.
Llegado a la puerta del edificio que era mi destino, me he quitado el sombrero y le he agradecido su compañía, a lo que ella ha respondido gustosamente mientras daba vueltas alrededor de mi cabeza:
-Gracias a usted por haberme permitido libar los pensamientos que escapaban de su cabeza llena de ideas.
Esta tarde he encontrado, por pura casualidad, mi cerebro debajo de la cama. Lo había perdido hacía un par de semanas, mientras jugaba con él al escondite. Luego posiblemente mi madre me llamaría para hacer cualquier recado. Y lo dejé olvidado.
Espero que a partir de ahora me rinda más estudiando. Y que los exámenes me salgan mejor...