Ayer por la tarde, cuando volvía en el bus a casa después del examen de la universidad, nos paró la Guardia Civil.
La verdad es que llevo 4 años cogiendo el bus para ira clase y nunca antes nos había parado la policía
Automáticamente, todos buscamos los billetes que teníamos arrugados en el bolsillo, pensando que quizá era una inspección.
Pero la señora mayor que había a mi lado se puso nerviosa. Vi como apretaba contra su pecho el amplio bolso que minutos antes descansaba a sus pies.
Dos agentes con un chaleco reflectante subieron, con cara seria, mirándonos a cada uno. Sabían a quién buscaban. Y cuando localizaron a la vieja, que miraba por la ventana, como intentando disimular, se pusieron ambos tensos.
Amablemente, me pidieron que dejara salir a la señora, a la cual ni siquiera dirigieron una palabra. Con sumo cuidado, uno de los agentes tomó el bolso, apartándolo de su cuerpo, mientras el otro cogía por detrás a la vieja, para inmovilizarle las manos, y la sacaba del bus, para meterla luego esposada en el coche-policía.
El autobús volvió a arrancar y todo el mundo comenzó a murmurar, excepto yo, que veía con la cara pálida una nube que había caído del bolso de la señora...
Hay veces en que la realidad se desconecta, sólo por unos momentos, y el pájaro muerto que te cruzas camino del bus levanta el vuelo. Y esa luna gigante que brilla en el cielo se acerca a ti y te deja que la toques, que la acaricies y le hagas cosquillas (le encantan las cosquillas). Y ese algodón que cae de los olmos a finales de la primavera se transforma en nieve caliente en pleno junio. Y los personajes de la obra de teatro que acabas de ver se convierten en reales, y la crisis económica que representaban sobre las tablas se hace cierta.
Pero entonces, la realidad se da cuenta de su despiste y se vuelve a conectar. Y el pájaro cae del cielo como fulminado por un rayo. Y el país vuelve a explotar a los demás países pobres. Y la nieve de los olmos se transforma de nuevo en ese algodón que te da alergia y te hace estornudar...
Y la luna vuelve a su sitio. Aunque continúa guiñándote el ojo...
Y por mucho que me empeñe en escribir finales felices a esta historia, no consigo que tengan repercusión en la realidad, y me quedo con el sabor agridulce de tus labios entre las letras de una libreta de notas...
¿Sabes? Ahora me tomaría una tarrina de helado de chocolate. Pero estoy seguro de que en mi casa no queda nada.
Ahora que lo dices, a mí también me apetece bastante. Ya estoy cansado de esta dichosa dieta. A veces me apetece darme un caprichito.
Podríamos... Podría coger el coche y nos vamos a buscar por aquí cerca algún sitio que esté abierto. Cómo echo de menos aquí los 24 horas... Pero a saber dónde hay que ir...
Pues imagino que como muy lejos, hasta la gasolinera que hay bajando a la ciudad.
Y sin más preámbulos, subimos en el coche que estaba allí al lado y nos dirigimos hacia la gasolinera, perdida a mitad camino entre los pueblos del interior y la ciudad. Aunque en realidad, estaba tan solo a 15 minutos desde dónde estábamos.
El dependiente quedó un poco sorprendido al vernos llegar a esas horas. Y sobretodo al ver que sólo íbamos a por helado, que no queríamos ponerle carburante al coche. Pero nosotros le ignoramos. Compramos una tarrina grande de helado de chocolate. Y dos cucharas. Y nos fuimos.
De vuelta a casa, en la torre del campanario del pueblo anterior al nuestro, sonaban las cuatro y media de la madrugada.
Creo que se nos ha hecho un poco tarde dije pensando en las represalias paternas que sufriría al día siguiente.
Tranquilo, ahora nos comemos el helado y te acerco a casa. Por cierto, ¿dónde te apetece que vayamos a tomarlo?
"Dónde tú quieras". Y dicho esto, cerré los ojos como si estuviera jugando a la gallinita ciega, y te pedí que me avisaras cuando hubiéramos llegado.
Una vez noté que el coche se había parado, y tras haber superado la curiosidad que me había embargado, me permitiste mirar a mi alrededor, para comprobar que me encontraba en una de esas calles del casco viejo del pueblo, de las que se encuentran en la zona alta y desde donde se dice, que en los días claros se puede ver el mar. Ahora sólo se distinguía la luz que emitía la ciudad. Y sin embargo, el paisaje continuaba teniendo algo de mágico.
¡A comer! sugerí para que no se me notaran los nervios. Y acto seguido, atacamos la tarrina por riguroso orden.
¡Te has manchado la barbilla, guarro!
¿No tendrás un pañuelo para limpiarme? efectivamente, noté unas gotas de helado derramarse por la comisura de mis labios y descender hacia la barbilla.
Espera, que ahora te lo limpio yo...
Y en vez de sacar un pañuelo, acercaste, lentamente, tu boca a la gota que estaba a punto de caer de mi mentón, para luego dejarme que probara aquel helado que en realidad era mío...
¡Jo!, no me dejes así, no tengo ánimos para bajar ahora solo a casa.
Si quieres... si te apetece, puedes subir un rato a casa y hablamos... Pero no tenemos que hacer ruido, que mi familia duerme...
Subimos por las escaleras y abriste despacito la puerta, para no hacer ruido. Entramos y fuimos directos a tu habitación.
Una vez allí, nos sentamos cada uno en un rincón de la cama, y con la luz de una sola vela comenzamos a hablar, y pasaron los minutos.
Si no te importa, voy un momento a la cocina, que necesito beber un vaso de agua.
Tranquilo, ve, te espero aquí.
Y cuando volví te encontré metido en la cama, con la sábana hasta el cuello.
Es que tenía frío y he pensado que aquí dentro dejaría de temblar.
Continuamos hablando de nuestras cosas, de nuestros problemas en la uni, de nuestras preocupaciones con los amigos, de nuestros planes de futuro. Y de pronto yo comencé a temblar. Quizá fuera por tu proximidad. Quizá porque realmente tenía frío.
Métete en la cama... si quieres. Aquí se está calentito.
Ya, pero es que la ropa me molestaría... Y además, se está haciendo tarde. Aunque yo estoy muy bien aquí, y no estoy nada cansado...
Pues quítate lo que te moleste y te quedas un rato más hablando...
Y mientras me quitaba la camiseta y los pantalones, vi tus ojos, que me contemplaban con deseo. Y al apartar la manta para dejarme entrar en la cama, te descubrí a penas vestido con la ropa interior... Y metí los pies dentro de la cama y encontré los tuyos, que tomaron los mío fríos, al tiempo que tus manos cogían las mías y comenzaban a acariciarlas, acercándote cada vez más a mi cabeza.
Y tus mientras tus manos recorrían el trayecto que les faltaba, tus labios hacía ya unos segundos que habían encontrado los míos.
Y fuera, el reloj del campanario daba las cuatro y media de la madrugada. Y la luna era llena...
Aunque sólo se tratase de una leyenda, aunque fuese genéticamente imposible, el monstruo había vuelto. Coincidió con los disturbios de la ciudad tras la tercera guerra.
Al principio vagaba errante por entre los edificios, devorando a la gente que se escondía en los coches y acechando en la noche a los sin techo. Pero pronto el ayuntamiento tomó medidas.
Habían probado de todo, todas las armas posibles e imposibles, y ni siquiera le habían herido. Así que recurrieron de nuevo a la leyenda. En un tiempo record construyeron galerías subterráneas en las afueras de la ciudad. Y consiguieron encerrarle en ellas.
Ahora, cada año, 12 fornidos muchachos y 12 hermosas vírgenes, elegidas en un funesto sorteo, entraban en las grutas, como ratas en un laberinto, para aplacar el hambre de la bestia.
Todos sabían que así, mantendrían contentos a los dioses...
¿Me dejas que te diga un pensamiento sin calcular las repercusiones que pueda tener?
...
Tengo unas ganas impresionantes de besarte. Casi desde el momento en que nos conocimos.
Entonces me cogiste de la mano, allí, en el portal de tu edificio, me guiaste escaleras arriba hacia tu casa, y mientras se cerraba la puerta calmabas mi sed con un vaso lleno del agua de tus labios. Un beso eterno que duró hasta las 4'30 am., hora en la que me fui corriendo a casa dejando olvidado, como la Cenicienta, una astillita olvidada en tu corazón...
¡Espera!, ¿te importaría que subiera y me das un vaso de agua?
Venga, claro, sube.
Y en cuanto cerraste la puerta, te paraste en seco, y yo choqué por detrás contigo. Y te giraste despacio, me miraste a la cara con esos ojos serios, y lentamente, centímetro a centímetro, fui acercando mis labios a mis sueños, para por fin cumplirlos.
Y cuando el reloj del campanario dio las cuatro y media, salí corriendo sonriente de tu casa, dejándote entre sueños, colocándome la ropa recién puesta, pensando en el viernes, cuando volvería a verte...
Bueno, pues eso, buenas noches me dijiste en el quicio del portal de tu casa, con esa mirada tuya que no sé si me dice que te gustaría pasar las noches como estas conmigo o si realmente me estás despidiendo. Ya nos veremos...
¿Mañana? pregunto con apremio.
No, mañana tengo que adelantar cosas de la uni... Hasta el... el viernes.
Y yo por dentro gritando que no, que no voy a aguantar hasta el viernes, que voy a pedirte que me invites a subir a casa, con la excusa de beber algo, y luego robarte un beso en cuanto te descuides.
Pero no, cierras la puerta, y me quedo allí solo, y me voy hacia casa, cabizbajo y (más) deprimido, soñando quizá despierto, con un solo beso tuyo.
Ayer por la noche, mientras estaba en la cama, decidí que a partir de hoy, me miraría a mí mismo desde fuera, como si fuera un perfecto extraño para mí mismo, para así analizar mis actos y comportamientos.
Los descubrimientos que estoy realizando son asombrosos. No era consciente de muchas tonterías, inutilidades y guarradas que hago. Este individuo que parece que no conozco y soy yo, piensa y actúa como un enfermo mental, como un depravado. Corre tras las faldas y los pantalones de la primera "nenita" de ojos claros y pelo rubio que se cruza por la calle. En la intimidad de su habitación, o cuando se cree no observado, se hurga la nariz y luego hace pelotillas con los mocos que saca de esas prospecciones petrolíferas. Se masturba con frecuencia pensando en amigas y desconocidos. Grita a su hermano pequeño e ignora al mayor. Se arranca los pelos uno a uno en la cama, mientras lee. No estudia...
Comienzo a asustarme de mí mismo, aunque me he obligado a continuar con la observación, aunque creo que tendré que extremar las precauciones para no darme cuenta de que me espío.
Esta mañana me sentía tan vacío que comencé a flotar por el techo de la habitación, y hasta que no me llené los bolsillos de botones, no conseguí volver a poner los pies en el suelo...
Al tiempo que abría el portón con la llave plateada que llevaba siempre colgada del cuello, me invadió un fuerte olor a cerrado. Hacía casi tres meses que no ponía los pies por allí, y se notaba en el polvo acumulado sobre los muebles.
Tras dejar mis baúles en la habitación de la torre, corrí al gran salón para encender la chimenea, pues el ambiente era frío.
No había luz, ni la habría en los próximos 14 días, por lo que tenía que deambular por las estancias con una lámpara de aceite hasta que saliera al jardín junto al bosque para recoger unas cuantas luciérnagas, que volverían a dar vida y a iluminar el palacio una vez volaran libres por el techo.
En mi continuo deambular por los pasillos, crucé en varias ocasiones algún espejo, que las primeras veces aún me devolvió la imagen de un chico de cabellos rizados, nada que ver con la cabeza redonda tapizada con un césped de pelo corto que lucía desde el fin de semana.
Y tras realizar las comprobaciones de rigor, bajar al bosque a por algo de leña y recoger en una botella de conserva un algunos centenares de coleópteros luminosos, me deslicé entre la alfombra y una mullida manta, frente al fuego, y me abandoné con un libro, rodeado por aquellos muros de melancolía cristalizada mientras, allá arriba, la Tierra aparecía por el horizonte.
Anoche, mientras volvía a discutir contigo, sentí una sensación muy extraña. Fue como si, de momento, fuera consciente de una parte de mí que hasta entonces ignoraba.
Y cuando colgué el teléfono, durante unos minutos, quedaron abiertas frente a mí las puertas de la locura.
Ahora, tengo miedo de volver a mirar en su interior...
No sé exactamente qué está pasando en el mundo últimamente, pero imagino que debe ser algo grave. Tan importante y tan grave que el otro día me crucé por la calle con un payaso que no podía dejar de llorar. Y no lloraba con ese llanto que tienen a veces los payasos que a los que los vemos, nos causa gracia. No. Era un llanto amargo, que hacía que todos los que estaban a su alrededor estallaran a su vez en el más sentido de los llantos.
Paseando por la avenida de la gran ciudad también me encontré mimos que no dejaban de hablar. Y músicos que tocaban melodías desafinadas con instrumentos medio rotos...
No sé exactamente qué está pasando en el mundo últimamente... O igual lo que está pasando, ocurre en mi cabeza, y hace que vea el mundo en grises y negros...
La noche en que pasó el cometa, yo estaba tranquilamente cenando un plato de lubina a la sal.
De momento, mamá comenzó a gritar, ¡FUEGO!, ¡FUEGO!, y a dar saltos por toda la casa. La verdad es que yo me cabreé bastante, ya que acababa de llegar de la universidad, y estaba bastante cansado, por lo que sólo quería cenar tranquilo para acostarme pronto y leer hasta las mil.
Cuando 20 segundos después, comprobé que mamá no dejaba de gritar, y además, se habían añadido a sus berridos los de mi hermano pequeño, decidí asomarme al balcón, lugar en el que se encontraban para reñirles, ya que estarían llamando la atención en todo el vecindario.
Pero cuál fue mi sorpresa al salir al exterior y descubrir el cielo completo en llamas...
Para ser sincero, debo decir que desprendía un calorcito muy agradable, puesto que estábamos en uno de los eneros más fríos que había vivido. Y además el espectáculo era sorprendente. Al igual que sorprendente era ver que había infinidad de personas en la misma situación que mi madre y mi hermano.
Me quedé contemplando el cielo cerca de 3 minutos, como embelesado, y cuando me cansé, me metí en el comedor, dispuesto a terminar mi cena...
Las nubes, que habían estado cubriendo el cielo a lo largo del día, decidieron apartarse para dar lugar al anochecer. Y casi al mismo tiempo que desaparecía el último nimbo por un lado del horizonte, por el otro, por el este, la luna, aún llena, se desperezó y asomó sus ojos juguetones.
Una inmensa luna llena, argéntica, que fue dejando que la tierra se le interpusiera en su contemplar eterno al sol. Una luna llena, brillante, que fue haciéndose más chica poco a poco. Una inmensa luna llena que quedó a oscuras unos minutos después, resplandeciendo en rojo apagado, rojo que sería pasión si no estuvieras ahora tan lejos...
Hace 22 años y unas horas, una señora muy joven y muy guapa dormía ya abrazada a su hijo recién nacido, que era yo... Hoy me apetece darle las gracias, aunque sé que no va a leer estas líneas. Porque aunque discutamos mucho, la quiero...