Esta mañana bien temprano, antes de amanecer, me he asomado a la ventana de casa para ver qué tiempo hacía, y al levantar la cabeza al cielo, he visto como Orión me guiñaba un ojo...
Bajo la inofensiva apariencia de una consulta de un dentista (si es que un dentista puede llegar a parecer inofensivo), se escondía algo más oscuro y macabro.
Los vecinos entendían, o se empeñaban en querer entender, que los gritos, lloros y lamentos eran debido al dolor causado por las muelas tocadas, los incisivos sin espacio para crecer y demás.
Y sin embargo, la vecina de enfrente no podía evitar derramar unas lágrimas cada vez que veía llegar algún niño, de la mano de un desconocido, sin saber que ya nunca más volvería a salir
Todas las noches, frente al espejo, ensayaba los sentimientos que quizá no había controlado correctamente durante el día y posiblemente fuera a necesitar al día siguiente.
Así, desnudo, ante un espejo plateado y envejecido que ocupaba la totalidad de la pared, veía como su rostro dibujaba sonrisas de alegría; hacía aparecer lágrimas de pura tristeza; se marcaban arrugas en su frente para ensalzar toda su ira
De esta manera, con todos los sentimientos bien amarrados y entrenados, se sentía verdaderamente seguro y armado para continuar en este mundo
Desde hace un par de días vengo comprobando que estoy perdiendo la conciencia de mi propio cuerpo, que estoy desconectándome de la realidad física.
Anoche, mientras preparaba un vaso de leche, pude ver que todos los movimientos que realizaba eran, de alguna manera, reflejos y mecánicos, que en realidad, ni siquiera apreciaba el peso del tarro de cacao o de la taza de cerámica. Que esta misma taza de cerámica no caía al suelo por simples leyes estadísticas que jugaban en su contra, y no porque yo la detuviera.
Mi cuerpo, más tarde, se introdujo en la cama, como si fuera un simple reflejo motor más, mientras mis pensamientos vagaban libres en cualquier dirección, en cualquier otro lugar apartado de mi habitación, de anoche...
Así os pido, por favor, que me ayudéis a mantener los pies en el suelo. Porque es tan difícil...
Advertíase en aquella ciudad una disposición muy especial de sus torres, cúpulas, rascacielos, minaretes,... Todos los edificios más elevados de la ciudad se hallaban situados alineados a lo largo del territorio, de manera tal que en las noches de luna llena, el discurrir del satélite plateado se realizaba sobre estas cúspides.
Curioso era también el hecho de que sobre cada una de estas cimas de la ciudad, había una cama con dosel, preparada con sábanas de seda teñida de negro, que se confundía con la negra noche.
Los extranjeros y visitantes ocasionales de la ciudad se extrañaban al percibir todo esto; pero los habitantes conocían el secreto. Y es que en las noches de luna llena, hombres ricos, cardenales, imames y poderosos empresarios y mercaderes, subían a las torres de estos edificios y esperaban a que la misteriosa y argéntica dama, apasionadamente, les hiciera el amor...
Sé que el mundo que me rodea, este en el que escribo un cuento cada día, es sólo uno de los muchos mundos imaginarios que mi mente inventa entre otras ensoñaciones... Es sólo el mundo que aparece cada vez que no tengo los ojos cerrados.
Aunque tampoco éste es cierto. O lo es, junto con todos los demás, los que, también inventados, me acompañan siempre que duermo, sueño despierto y dormido, imagino, invento, escribo...
Pero lo siento mucho por todos vosotros, amigos, compañeros, familiares y desconocidos miles del mundo. Pues desapareceréis, al igual que las hadas, cuando muera...
Las mujeres del fondo del mar me miran con sus caras azules y sus melenas doradas ondulantes... Me piden que me acerque. Que las bese. Sus labios también están azules. O más bien verdosos.
Las algas de sus alrededores se mueven al ritmo de su pelo. Al ritmo de las olas. Al ritmo del mar...
Los barcos hundidos que las rodean se llenan de nuevos inquilinos, peces de todos los colores y tamaños, pulpos gigantes aguardando el tesoro... Mientras, los marineros ahogados aún pasean por la cubierta, esperando que el capitán les mande algún día izar de nuevo las velas y recoger el ancla... Para surcar el mar hasta el horizonte. Y continuar hasta la luna...
Tras el incidente de la nube del otro día, decidí hacer recuento de mis pertenencias, para ver qué otras pérdidas importantes había sufrido en los últimos años...
Así descubrí, entre sorprendido y asustado, que ya no encontraba a penas inocencia dentro de mí. También eché en falta algún que otro amigo, algún que otro hermano. La infancia, la virginidad, canicas de colores... La lista era grande.
Pero no estaba dispuesto a hundirme, así que pensé en todas las otras cosas que había ido encontrando a lo largo de mi caminar.
Esta mañana, mientras caminaba por una de las calles peatonales de la universidad para ir de una clase a otra, se me ha caído, en un momento de descuido, una nube del pelo...
Menos mal que un chico amable, que iba justo detrás de mí, la ha recogido y me la ha devuelto enseguida.
Lástima que ya no se quiera quedar entre mis rizos. Ahora tendré que guardarla en la botella de cristal grande, de las que antes utilizaba mamá para poner las conservas, junto con otras nubes, alguna que otra lágrima y dos o tres estrellas pequeñas a punto de apagarse...
Ayer descubrí el secreto de mi hermano mayor. Fue sin querer. A media tarde, cuando terminé de utilizar el ordenador, salí al comedor a decirle que ya podía volver a su habitación. Y entonces le sorprendí...
No sé si es que no tuvo tiempo para esconderse. O si yo había sido sigiloso y él no me había escuchado acercarme. O si simplemente estaba cansado de esconder su secreto en el armario... Pero la cuestión es que lo pillé...
...viendo capítulos grabados de "Los Serrano"...
Al principio se puso rojo como un tomate. Yo le pregunté, como si no me hubiera dado cuenta de nada, qué era lo que estaba haciendo, y él, tropezando, intentó apagar el vídeo. Pero no le dejé.
Mi primera reacción fue de intransigencia. ¡Mi propio hermano era de "esa clase de personas"! No sé, la situación me sobrepasó y me puse nervioso, todo eran recriminaciones. Y él se derrumbó, comenzó a llorar y me lo confesó todo.
Pero luego me di cuenta de que, al fin y al cabo, no era tan malo. De hecho, hay muchas personas con su misma condición. Le di mi apoyo y él, más tranquilo, se alegró por mi aceptación.
Le he dicho que si lo necesita, puedo pedirle cita en mi psicólogo, para que se acepte más a sí mismo y que pueda vivir feliz con su desviación. Y le he dicho también que si algún día quiere, le ayudaré a contárselo a nuestros padres, intentaré que se lo tomen lo mejor que puedan.
...
... Lo que no acaba de parecerme bien es que él y su novia (que es de su misma "inclinación"), adopten un niño... A saber cómo podría terminar el pobre chaval viviendo con unos padres así de degenerados...
En la torre del astrónomo loco, todas las noches se oyen gritos desgarradores. Y la luz de cientos de velas alumbra con un resplandor dorado el resto de tejados del pueblo.
En la torre del astrónomo loco, hace años, murió una joven bella, esposa del astrónomo, que por aquel entonces aún estaba cuerdo. Murió en circunstancias extrañas, una noche de luna nueva en la que ni el alcalde ni el alguacil pudieron ser localizados hasta las 8 de la madrugada, hora en la que aparecieron con el gesto serio y las caras blancas, como si hubieran visto al mismísimo demonio.
En la torre del astrónomo loco, de vez en cuando, se cuela algún niño sin miedo, y vuelve tiritando de pánico. Confiesa, después de haberse recuperado de las zurras de su madre, que hay allí un cuerpo de una señora, blanco, áureo, sobre una repisa con cientos de velas. Cuenta también que el astrónomo loco, dormido sobre su escritorio, habla entre sueños, en voz apenas audible, y en un idioma que nadie ha escuchado antes, con sonidos guturales y violentos, y chasquidos de garganta...
En la torre del astrónomo loco pasan cosas muy, muy extrañas...
Parecía como si la nieve que había caído durante la noche se hubiera depositado en una capa sobre el pueblo, y el calor del día estuviera derritiéndola poco a poco, creando una llovizna que no mojaba, pero que acababa calando al cabo de unos minutos...
Me levanté, junto con el sol que se desperezaba, cuando los primeros indicios de claridad aparecían en el horizonte. Sudoroso y desnudo fui directamente a la terraza del ático, desde donde pude ver una gran luna llena, repleta de cráteres, que aún conservaba su resplandor argéntico a pesar de la luz del ambiente.
Y entonces la escuché claramente...
Una voz de mujer, sensual, deliciosa, acompañada de violines suaves que me envolvían, de trompetas que rebotaban en mi torso, y la batería, que tranquilamente marcaba el ritmo de la canción y de mi corazón.
Comencé a caminar sobre los tejados de las casas vecinas, siempre en línea recta, sobre la urbe que se alzaba bajo mis pies. Perseguía, cegado, esa voz que erizaba cada uno de mis pelos.
Completamente excitado, la encontré en el centro de la ciudad, en un jardín sobre un edificio, rodeada de velas que ya de nada servían, regando las orquídeas. Y esperándome...
Había humo en el ambiente. Las mesas redondas, repartidas ordenadamente por toda la sala, dejaban un espacio rectangular en el centro de la estancia; la zona de baile, donde parejas se movían rítmicamente al son de la música. Y un poco elevados respecto al resto de los asistentes, sobre un pequeño escenario, la banda tocaba jazz.
Nos despojamos de todo resto de color en la entrada, junto con nuestros abrigos y gabardinas. Y todo esto fue almacenado en el guardarropa. Así pues, éramos todos figuras en blanco y negro e infinitas tonalidades de gris.
Sentados, frente a frente, sólo una mesa con una vela torcida en un vaso se interponía entre nosotros.
No sé cómo ha comenzado a pasar, pero desde hace unas semanas, han tomado ellos el control, y no puedo hacer nada para evitar que digan cosas obscenas, o que adulen, o que lloren, o que rían oque griten.
Hablo de mis cuentos...
Al principio todo era fácil. Sólo tenía que sentarme con la libreta en una mano y el boli en la otra, y pensar en un tema. Casi cualquier tema rea bueno. Una frase escuchada en medio de una película, sacada de un libro o rescatada de alguna canción eran una buena excusa para comenzar un nuevo cuento.
Pero hace poco comenzó a pasar algo extraño. Los cuentos salían cuando ellos lo deseaban, y no cuando yo quería. De pie, en el bus, camino del centro, sentía unas irrefrenables ansias de escribir. Y tenía que sacar la libreta o coger el móvil y comenzar a escribir. O paseando por la universidad. O justo antes de acostarme. O mientras comía... Y comenzaba a garabatear una nueva historia, con urgencia, como si tuviera prisa por salir de mi cerebro; como si temiera enredarse entre mis dedos.
Y mejor no hablar de la poesía... De vez en cuando, los textos que escribo toman forma por sí solos, y se separan en párrafos cortos, y me descubro a mí mismo intentando encontrar un ritmo a las frases, una cadencia...
Así que desde aquí lanzo un mensaje de auxilio, para que me rescatéis del dominio de estos cuentos, que sólo de vez en cuando, me dejan momentos de lucidez como este...
Caminó hasta lo alto de un monte que había apartado de la ciudad. Subió, cargado solamente con una pala y una botella llena de agua cristalina, atados ambos elementos a la espalda para no molestar a la hora de subir los peñascos.
Cuando llegó a lo alto, justo en el punto en que dominaba todo el valle, comenzó a cavar un pequeño hoyo. Cuando lo hubo terminado, se desnudó por completo, metió sus pies en el hoyo, y los enterró con la tierra que quedaba del agujero. Y vació el contenido de la botella sobre la tierra removida.
Poco a poco, su piel comenzó a agrietarse y oscurecerse. Poco a poco, sus cabellos se ensanchaban y adquirían tonalidades verdosas. Poco a poco, sus brazos se fueron ramificando, y de pronto tenía 4 brazos, y unos minutos más tarde, tenía 32.
Cuando salió la luna llena, en lo alto de la colina se podía apreciar una preciosa encina recortada contra el horizonte