Una de sus mayores diversiones era salir a cazar. Cuando ya hacía unas cuantas horas que había anochecido, se echaba encima las membranas de las alas de algún dragón muerto tiempo atrás y encendía una vela y la introducía en un recipiente de ámbar casi opaco, pues no quería espantar a sus presas. Con esto, y con una gran sábana de seda negra tejida por las arañas del bosque milenario, se adentraba en las grandes praderas que se extendían más allá del lago.
Se movía sigiloso por entre la hierba. Había descubierto que el ligero zumbido de sus alas espantaba a los bichejos, por lo que tenía que practicar sus artes andando. Con mucha cautela, se arrastraba intentando ocultarse entre la espesura de las briznas. Y cuando detectaba un grupo importante de presas... ¡zas! Lanzaba la sábana al aire, que caía sobre los insectos y los atrapaba.
Ya de vuelta en casa, antes de que amaneciera, cerraba cuidadosamente todas las ventanas y orificios de la estancia. Y las dejaba libres. Una a una, las luciérnagas se desperdigaban por el techo, primero con sus luces apagadas, y conforme iban adaptándose al nuevo ambiente, iban recuperando el fulgor de sus abdómenes. Así, con un cielo propio dentro de casa, podía dormir tranquilo hasta pasado el medio día.
Aquella tarde fue al parque, como solía hacer cada tarde, a la salida del trabajo. Se acercaba ya la primavera, y el sol aún le regalaba unas cuantas horas de luz y calor, por lo que se quitó la chaqueta y se sentó en el banco del rincón a leer.
Aquella tarde, como cada tarde, abrió el grueso libro que estaba leyendo, más para disimular que para leer. Y con el libro entre las manos, comenzó a observarla de nuevo.
Aquella tarde, como ocurría normalmente, ella hacía punto en un banco alejado que se encontraba lejos de dónde se hallaba el señor que simulaba leer. Hacía punto y vigilaba a su hijo, que jugaba apaciblemente con sus amigos, disfrutando del calor de la primavera que se acercaba, pero además, fijaba su atención en el misterioso señor, que cada tarde acudía a su cita nunca pactada, aunque respetada por ambos.
Pero aquella tarde, sorprendentemente, el señor se levantó del banco, dejó su libro, y para el asombro de todos, echó a volar...
La profesora abraza al alumno, al amparo de una sábana negra de seda, que más que esconder, remarca aún más la desnudez de ambos.
Ella es algo más mayor que él, pero la barba de dos semanas que luce el joven le hace parecer casi un adulto, por lo que las respetables señoras no se escandalizan al verles caminar juntos de la mano cuando salen a la calle de la ciudad.
Ahora él susurra la letra de alguna canción que suena, siempre en inglés, mientras ella no puede dejar de sonreír al imaginarse, unas horas atrás, uno en el pupitre y otra impartiendo cualquier lección de gramática.
Se dormirán, juntos y unidos, unos minutos antes de que salga el sol, mientras en el ordenador encendido suena cualquier melodía africana, que hará que confundan los tambores primitivos, con sus propios latidos del corazón...
A Ana, por Enseñarme a ser persona, y por enseñarme a aprender...
Pd.: Si tenéis eMule, y queréis disfrutar de mis ya típicos discos de San Valentín, pinchad el enlace que hay en la parte de arriba de la barra de la derecha...
La cuatro brujas se arremolinaban en torno de la marmita. Por turnos, iban añadiendo ingredientes para la preparación del brebaje:
-Lengua de sapo, para que la elocuencia nunca le falte. -Alas de buho gris, para que la libertad siempre esté presente en él. -Espinas de rosa, para que, aunque bello, mantenga las distancias con los que le rodean. -Estaño fundido, para que se fuerte y robusto...
Removieron y agitaron la poción, y avivaron el fuego, para que el caldo fuera consumiéndose lentamente a lo largo de la noche, que pasaron danzando y cantando bajo la luz rojada y blanca de las dos lunas llenas...
Cuando ya sólo quedaban unas gotas en la gran marmita, las tomaron con cuidado y las untaron sobre la figura de barro que habían construido la tarde anterior. Después de recitar unas palabras mágicas, el ser comenzó a tomar vida...
Hay un baúl en el armario de la buhardilla, bajo un tul de seda de miles de colores, que esconde millones de secretos.
Hay un libro viejo, de tapas de piel, dentro del baúl, que cuando es abierto al azar (¡sólo cuando se abre al azar!) muestra cómo se está escribiendo la Historia.
Hay una nota roja en el libro guardado en el baúl del armario de la buhardilla, que indica el momento justo en que me besaste por primera vez...
En los días con mucha niebla, aquellos en los que los contornos de los objetos no estaban bien definidos y no se veía a penas lo que había dos pasos más allá de uno mismo, en esos días tristes le gustaba salir con sus viejas cometas y lanzarlas al aire, intentar hacerlas volar.
Tenía muchos tipos de cometas, unas más grandes y alargadas, en forma de alas de pájaro. Otras eran romboidales, más típicas. Tenía algunas incluso circulares, que no paraban de girar en el viento. Cuando conseguía establecer el vuelo en alguna de ellas, ataba el hilo a una barra de metal que había anclada al suelo y comenzaba a volar otra. Así, al final del día podía tener treinta o cuarenta en el aire simultáneamente.
Si alguien se le acercaba a preguntar por qué hacía eso, él contestaría sonriente: -Trato de pescar algún ángel...
Existe un banco mágico, cerca de un Palacio de Cristal, en medio de un parque gigantesco de una ciudad con rascacielos, desde donde se pueden vislumbrar fragmentos de otros mundos.
Si alguien se sienta en él y entrecierra sus ojos, podrá ver cómo el unicornio se deja acariciar por la joven virgen allá delante. Sentirá cómo las enredaderas de cristal trepan por sus piernas y notará el olor sulfuroso del dragón, que duerme en la colina en la que se encuentra el otro palacio, el del pintor loco.
Pero si aquel que se sienta en el banco, es justo la persona indicada, la causante de todo este mundo que surgió en una madrugada inolvidable en la que el cielo enrojeció, entonces conseguirá, en un instante, convertirse en un pequeño cuento...
No sé exactamente la gente que lee las cosas que escribo en este blog. Ni tampoco sé hasta qué punto se puede comprometer... Así que os propongo una especie de juego o concurso. Si me mandáis fotos del paisaje que se ve desde vuestro banco o rincón mágico, prometo crear un enlace desde este blog a una página en html donde colgaré vuestras fotos junto con un pequeño cuento que os regalaré... La verdad, tengo miedo de que nadie responda a este juego, pero me arriesgaré. Espero vuestras fotos en mi correo electrónico: nochesboreales@yahoo.es Pd: Si alguien descubre cuál es mi banco, y me manda una foto desde él, prometo un regalo especial... Os doy un mes de tiempo para que lo adivinéis.
Dicen que cuando morimos, nuestro cadáver disminuye su peso en 21 gramos debido a que nuestra alma se escapa del cuerpo.
La última vez que yo morí, mis restos perdieron cerca de un kilogramo y medio. De todo ese peso, 21 gramos correspondían al peso de mi alma, mientras que el resto era el peso de todos los besos tuyos que guardé y almacené, como si de un tesoro se tratase, y que quedaron libres en el momento en que expiré...
Esta tarde, cuando me he vuelto a sentar a estudiar después de descansar unos minutos, me encontrado un charco de sangre, de tamaño considerable, justo en medio de la habitación.
La verdad es que me ha molestado bastante, ya que yo no la había derramado, y sin embargo, la he tenido que limpiar concienzudamente, pues estaba algo reseca ya. Y eso que estoy seguro de que antes de levantarme a despejarme, el charco de sangre no estaba allí.
Ahora, en la cama, no puedo dejar de pensar en quién habrá sido el desconsiderado capaz de hacerme una mala pasada así.
Juan se ha levantado esta mañana un poco extraño... De hecho, a media mañana ha llegado a la conclusión de que al sonar el despertador, sólo una mitad de él ha vuelto del mundo de los sueños, mientras que la otra mitad se ha quedado volando entre libélulas y caballos alados.
Se ha sentado a estudiar, y sin embargo, no ha podido concentrarse, pues detrás del papel, era capaz de ver aquellos labios que continuaba besando en sueños; aquel cuerpo extraño pero a la vez conocido que acariciaba más en el otro mundo que en este.
La tarde ha sido bastante poco productiva, debido a que en ese momento, el otro Juan intentaba abrirse paso entre la niebla que se había formado en su ciudad soñada, y huía de cualquier monstruo que le perseguía.
Por fin de noche, no ha conseguido leer nada, se le iba la cabeza con otros pensamientos. Y al cerrar los ojos, se han juntado las dos mitades de Juan, ha vuelto a ser uno, y ha descansado tranquilo.
Era sencillo conseguir algo para meterse en la boca en aquel mundo. Adentrándose un poco en el bosque de caramelo podía encontrar millones de bayas rojas, rosadas, verdes, azules,... cada cual más sabrosa. De los árboles de algodón pendían, casi en cualquier época del año, frutos carnosos de muy diversos sabores.
Además, con la mañana, se formaba sobre las hojas un rocío muy especial, azucarado y embriagador, del que no debía abusar, pues otros duendes sucumbían a su encanto y pronto pasaban la mayor parte del día borrachos.
Si caminaba en dirección al desierto de colores, se cruzaba con pequeños animales y otras alimañas, cuya carne era deliciosa incluso cruda. Y si le apetecía calentar un poco su estómago, podía volar haciendo círculos sobre el lago y pescar alguno de los peces o ranas que allí vivían, aunque con cuidado de no hacerlo cerca del monstruo que dormía en el fondo, ya que si le despertara, podría enfurecerse mucho y su vida correría peligro.
Pero si lo que realmente quería era degustar el mejor de los manjares, tenía que volar alto, muy alto, ir a las cumbres de las secuoyas milenarias, y allí, con suma delicadeza, robar algunos huevos de las libélulas, que hervidos con agua de lluvia de luna y sazonados con un poco de cuerno de unicornio rallado, podía alimentarle durante más de 4 lunas llenas, y aún sentiría el sabor del plato caliente en su boca...
Aquella noche, el doctor volvió transformado de nuevo en aquel mortífero monstruo, como venía ocurriendo desde los últimos días.
Había sembrado el pánico por el barrio, asesinando a varios vagabundos y policías, maltratado a las fulanas y robado en casas de algunos de sus amigos, que eran incapaces de reconocerle debido a la transformación que sufría al beber el brebaje.
Ella había podido comprobar que la poción creaba una fuerte adicción en el doctor, pues a pesar de intentar no tomarla o pedir que se le encerrase en su cámara, parecía como si el monstruo se apoderara de su alma antes incluso de que tomarala, y rompía la puerta y corría ansioso hasta el laboratorio, donde tomaba de nuevo su elixir y salía a pasear por Londres su sed de sangre y caos.
Por las mañanas, cansado y sufriendo en su cuerpo los excesos que había cometido la noche anterior, trabajaba afanoso en un antídoto, que le permitiera sobrevivir sin tomar la poción, pero ya a media tarde, el monstruo comenzaba a tomar el control de sus pensamientos y no podía continuar con su labor.
Unos meses después, cuando el doctor salió sonriente y exaltado del laboratorio anunciando su éxito, ella tuvo que contener su tristeza. Ya de noche, en su habitación, lloró amargamente la pérdida de su salvaje amante...
Pasen, señoras y señores; pasen y vean las impresionantes sorpresas que esconde este magnífico circo, venido para ustedes desde los lejanos confines venusianos, al otro lado del sistema solar...
Pasen, señores, y podrán contemplar al hombre capaz de tragar grandes cristales de comulonimbos, la materia con la que se hacen los sueños.
Admiren también a la preciosa mujer-araña, que aún pareciendo un ser humano normal, esconde un agujón capaz de matar al mayor de los incautos; vean como la alimentamos con hombre tontos y despistados, contemplen con que avidez los devora.
Si últimamente no pueden conciliar el sueño porque temen que la muerte aceche al otro lado de los sueños, no olviden visitar a Madame Morgagni, que adivinará su futuro observando las volutas de humo que crearán sus lágrimas hirvientes.
Para los niños, queridos padres, aguardamos una gran atracción en nuestra carpa lunar. Vean como quedan dormidos contemplando el maravilloso planetario que aparecerá sobre sus cabezas, y olvídenlos y diviértanse durante el tiempo, largo tiempo, que ellos permanecerán en el mundo de Hypnos.
Y nuestra gran atracción, que señoras y señores, está en la pista central, dentro de una inmensa pecera gigante de cristal traído desde el mismísimo Himalaya, el único capaz de contener la enfermedad que padece su ocupante. Allí, para todos ustedes, hemos capturado al hombre con un único talento... No grite señora, se encuentra usted convenientemente protegida al otro lado del recipiente.
Allí, para ustedes, el hombre con un solo talento se dedicará a su condena desde que tiene uso de razón. Allí, para ustedes, el hombre de un solo talento continuará escribiendo un cuento diario...
Los seres de la ciudad de debajo de la ciudad celebran una fiesta. Han ido guardando durante un año los restos que le llegaban desde arriba y los han almacenado, para adornar las torres, adecentar las aceras y preparar un gran banquete.
Hace mucho tiempo que los otros, los de arriba les han olvidado. Tiempo atrás, les expulsaron por ser diferentes, les marginaron, y ellos se recluían en las alcantarillas. Poco después comenzaron a excavar en la roca y crearon grandes cámaras subterráneas, donde podrían vivir con tranquilidad.
Hacía unos cien años, los investigadores de la ciudad de debajo de la ciudad habían creado un pequeño sol que iluminaba la gran cámara central y que les permitía calentarse e incluso plantar ciertas verduras. Además, con las placas solares almacenaban energía que les permitía tener música sonando todo el día.
Su música no tenía nada que ver con la que se escuchaba arriba. Tenía muchas percusiones, como aquella que sonara en la sabana africana cuando el hombre comenzó a caminar sobre dos patas. Además, se acompañaba de flautas creadas con tubos metálicos. Esta música, como decía, llenaba las grutas y la gran caverna principal. Y como habían conseguido grabarla, cuando los músicos estaban cansados (créanme, esto ocurría muy pocas veces, pues siempre había alguien dispuesto a alegrar el ambiente), ponían estas reproducciones, y el ambiente festivo no terminaba nunca.
Para la fiesta de hoy, han encontrado un trombón. Ha sido muy arriesgado, pues han tenido que subir hasta zonas peligrosas, donde hacía tiempo que no subía nadie y estaban bastante expuestos. Pero ha valido la pena. Esta noche, algún afortunado tocará este instrumento y extasiará al resto de los habitantes de la ciudad de debajo de la ciudad...
Anoche me quedé hasta tarde estudiando arriba, en el escritorio que me he puesto en la buhardilla de casa de mi abuela, donde estamos pasando una temporada.
Como ya he dicho alguna vez antes, justo delante del escritorio, hay una ventana, y como la buhardilla está en la última planta de la casa, veo los tejados de las casas de enfrente.
Anoche, mientras intentaba memorizar alguna familia de coleópteros o tisanópteros, me pareció escuchar un sonido extraño, que me llegaba, incluso, a través de la música que escuchaba en los auriculares del disk-man. Lo apagué y escuché atentamente.
Era una melodía de violín, suave, que llegaba hasta mí acunada por el viento. Agudicé el oído y la vista, y por fin conseguí verla.
Allá lejos, en el tejado de una casa que hay dos o tres calles más arriba de la mía, había, sentada apaciblemente, una señora tocando el violín, vestida de negro, con un gran tul alrededor de su cuello, que bailaba al son de la música y del viento y la protegía del frío que hacía.
Quedé fascinado, porqué negarlo.
Pasado un rato, cuando la magia de la imagen comenzó a ceder, decidí continuar repasando un poco más, relajado con su melodía. Antes, la saludé con mis guantes de dedos cortados a rayas, y ella, a su vez, levantó la mano, y me devolvió el saludo con una mano resguardada del viento también con unos guantes como los míos, aunque negros.
Me cundió mucho en aquél último rato de estudio.
A media noche, me desperté sobre el escritorio, con un fuerte dolor de cuello. Pero ella ya no estaba allí. En su lugar, centenares de gatos deambulaban por los tejados vecinos deseándome las buenas noches...
Los habitantes comenzaban a casarse ya. Cada vez venían más extranjeros, y ellos tenían que esconder todas sus cosas y hacer como si nadie hubiera vivido allí. Sólo arena, piedra y cráteres.
Primero venían los satélites, orbitando a su alrededor, echándole fotos. Esto lo habían conseguido solventar mediante hologramas tridimensionales.
Pero los módulos terrestres... Eran arena de otro costal. Patéticos. Con ese aspecto tan ridículo, saliendo de extraños meteoritos que sólo sabían abrir globos para no estrellarse contra la superficie del planeta... Eso, y todos los módulos que no llegaban, que se desintegraban o se estrellaban. Y ellos teniendo que despejar el camino que iba a recorrer aquel armatoste.
Cualquier día, se cansarían ya de tanta farsa y tendrían que destruir la Tierra. Al fin y al cabo, ellos sólo querían vivir tranquilos...
Tenía una ventana delante de su escritorio, que miraba directamente a la ventana de la casa vieja y medio abandonada de enfrente, por la que se asomaba una silla y un tablero.
Se dedicaba, en sus interminables horas de tedio (o estudio), a imaginar historias sobre asesinatos, secuestros y zulos, venganzas, sangre, amor y sexo... Todas ellas ocurridas tras esa ventana.
Hasta que una tarde, una vieja desagradable se asomó por la ventana, le miró con desprecio, y la cerró.
Cuando se le fue acercando, despacio y liviana sobre la superficie del lago, pudo comprobar que se trataba de una ciudad flotante en miniatura, miles de pequeñas casas de barro construidas sobre los lomos de un par de medusas gigantescas.
Las libélulas, con sus diminutos tripulantes, iban y venían. Cada casita tenía en su interior una luciérnaga que le proporcionara luz y calor.
Y en medio de la ciudad, majestuosa, se alzaba una torre, coronada por un pequeño magnolio en flor, y vigilada por centenares de polillas, todas al servicio de la reina...
Esta mañana, mientras bajaba a la ciudad, he vuelto a hacer el mismo recorrido que hacía por las mañanas, para bajar a almorzar contigo.
He pasado por el bloque de edificios donde siempre me encontraba a aquella madre que sacaba a su hija casi a rastras para llevarla al cole. He sentido las mismas mariposas en el estómago cuando he cogido la avenida que va paralela al mar. Me he reconfortado con el calor del sol sobre mi cara...
Cuando luego he pasado por la puerta de tu casa, se me ha hecho muy difícil no llamar al timbre y subir, para encontrarte en pijama, recién levantado, y sentarnos a ver dibujos y videoclips, y más tarde, entrar a tu habitación y jugar al escondite entre los recovecos de nuestros cuerpos, bajo un edredón nórdico que se nos quedaba pequeño.
He llegado pronto a casa, no como aquellas mañanas. Pero he desaprovechado el resto del día...
Amarrado a ti continúo besándote, devorando tu lengua, atragantándome con tu cuerpo... Hace tiempo que la ropa ha desaparecido. Unas horas atrás parecíamos animales salvajes en celo. Ahora, de nuevo, el ritmo vuelve a ir en aumento...
Unos meses atrás lo habíamos dejado, y sin embrago, ahora volvemos a hacerlo como entonces, como unos salvajes. Sé que mañana me dirás que no, que lo nuestro no tiene futuro, que no vale la pena intentarlo de nuevo, tras el fracaso que resultó la primera intentona. Y sin embargo, vuelvo a caer.
Pero caigo contigo.
Y es que, lo peor del infierno al que me llevas es saber que no podré quedarme...