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Bajo Arboles Mojados

El banco

Existe un banco mágico, cerca de un Palacio de Cristal, en medio de un parque gigantesco de una ciudad con rascacielos, desde donde se pueden vislumbrar fragmentos de otros mundos.

Si alguien se sienta en él y entrecierra sus ojos, podrá ver cómo el unicornio se deja acariciar por la joven virgen allá delante. Sentirá cómo las enredaderas de cristal trepan por sus piernas y notará el olor sulfuroso del dragón, que duerme en la colina en la que se encuentra el otro palacio, el del pintor loco.

Pero si aquel que se sienta en el banco, es justo la persona indicada, la causante de todo este mundo que surgió en una madrugada inolvidable en la que el cielo enrojeció, entonces conseguirá, en un instante, convertirse en un pequeño cuento...

No sé exactamente la gente que lee las cosas que escribo en este blog. Ni tampoco sé hasta qué punto se puede comprometer... Así que os propongo una especie de juego o concurso. Si me mandáis fotos del paisaje que se ve desde vuestro banco o rincón mágico, prometo crear un enlace desde este blog a una página en html donde colgaré vuestras fotos junto con un pequeño cuento que os regalaré... La verdad, tengo miedo de que nadie responda a este juego, pero me arriesgaré. Espero vuestras fotos en mi correo electrónico: nochesboreales@yahoo.es
Pd: Si alguien descubre cuál es mi banco, y me manda una foto desde él, prometo un regalo especial... Os doy un mes de tiempo para que lo adivinéis.

21 gramos

Dicen que cuando morimos, nuestro cadáver disminuye su peso en 21 gramos debido a que nuestra alma se escapa del cuerpo.

La última vez que yo morí, mis restos perdieron cerca de un kilogramo y medio. De todo ese peso, 21 gramos correspondían al peso de mi alma, mientras que el resto era el peso de todos los besos tuyos que guardé y almacené, como si de un tesoro se tratase, y que quedaron libres en el momento en que expiré...

Un charco de sangre

Un charco de sangre

Esta tarde, cuando me he vuelto a sentar a estudiar después de descansar unos minutos, me encontrado un charco de sangre, de tamaño considerable, justo en medio de la habitación.

La verdad es que me ha molestado bastante, ya que yo no la había derramado, y sin embargo, la he tenido que limpiar concienzudamente, pues estaba algo reseca ya. Y eso que estoy seguro de que antes de levantarme a despejarme, el charco de sangre no estaba allí.

Ahora, en la cama, no puedo dejar de pensar en quién habrá sido el desconsiderado capaz de hacerme una mala pasada así.

Las dos mitades de Juan

Juan se ha levantado esta mañana un poco extraño... De hecho, a media mañana ha llegado a la conclusión de que al sonar el despertador, sólo una mitad de él ha vuelto del mundo de los sueños, mientras que la otra mitad se ha quedado volando entre libélulas y caballos alados.

Se ha sentado a estudiar, y sin embargo, no ha podido concentrarse, pues detrás del papel, era capaz de ver aquellos labios que continuaba besando en sueños; aquel cuerpo extraño pero a la vez conocido que acariciaba más en el otro mundo que en este.

La tarde ha sido bastante poco productiva, debido a que en ese momento, el otro Juan intentaba abrirse paso entre la niebla que se había formado en su ciudad soñada, y huía de cualquier monstruo que le perseguía.

Por fin de noche, no ha conseguido leer nada, se le iba la cabeza con otros pensamientos. Y al cerrar los ojos, se han juntado las dos mitades de Juan, ha vuelto a ser uno, y ha descansado tranquilo.

Olvidé olvidar(te)

Esta mañana, al levantarme
recordé por un instante
que había olvidado olvidarte.

Olvidé olvidar tu pelo agitado,
tus manos gigantes
sobre la luna,
        sobre mi espalda.

Olvidé olvidar tu cara alargada,
tus labios, tan finos
sobre los míos
        sobre mi alma.

Olvidé olvidar las luciérnagas,
cayendo de tus bolsillos
sobre mi pecho
        sobre tus lágrimas.

Olvidé olvidar hablarte de espaldas,
murmurar tu canciones
sobre los amantes
        sobre tus mañanas.

Olvidé olvidar que por fin,
tras veinte años
amanecíamos siameses.
        Amanecíamos.
        Aunque tú no lo sepas,
        aunque tú ya no estabas.

Películas

Anoche me quedé viendo una película. Una película de esas que te hacen llorar como una magdalena (lo hice) y que crean un vacío especial en tu cama, al comprobar que no hay nadie a tu lado que te dice “Tranqui, Doro, sólo es una peli, y además, me tienes a mí”, entre caricias, besos y sobre todo, abrazos...

Anoche te eché de menos como nunca... Seas quien seas, o quien vayas a ser...

Distracción (IV)

Era sencillo conseguir algo para meterse en la boca en aquel mundo. Adentrándose un poco en el bosque de caramelo podía encontrar millones de bayas rojas, rosadas, verdes, azules,... cada cual más sabrosa. De los árboles de algodón pendían, casi en cualquier época del año, frutos carnosos de muy diversos sabores.

Además, con la mañana, se formaba sobre las hojas un rocío muy especial, azucarado y embriagador, del que no debía abusar, pues otros duendes sucumbían a su encanto y pronto pasaban la mayor parte del día borrachos.

Si caminaba en dirección al desierto de colores, se cruzaba con pequeños animales y otras alimañas, cuya carne era deliciosa incluso cruda. Y si le apetecía calentar un poco su estómago, podía volar haciendo círculos sobre el lago y pescar alguno de los peces o ranas que allí vivían, aunque con cuidado de no hacerlo cerca del monstruo que dormía en el fondo, ya que si le despertara, podría enfurecerse mucho y su vida correría peligro.

Pero si lo que realmente quería era degustar el mejor de los manjares, tenía que volar alto, muy alto, ir a las cumbres de las secuoyas milenarias, y allí, con suma delicadeza, robar algunos huevos de las libélulas, que hervidos con agua de lluvia de luna y sazonados con un poco de cuerno de unicornio rallado, podía alimentarle durante más de 4 lunas llenas, y aún sentiría el sabor del plato caliente en su boca...

Mr. Hyde Visita el Túnel del Amor

Mr. Hyde Visita el Túnel del Amor

Aquella noche, el doctor volvió transformado de nuevo en aquel mortífero monstruo, como venía ocurriendo desde los últimos días.

Había sembrado el pánico por el barrio, asesinando a varios vagabundos y policías, maltratado a las fulanas y robado en casas de algunos de sus amigos, que eran incapaces de reconocerle debido a la transformación que sufría al beber el brebaje.

Ella había podido comprobar que la poción creaba una fuerte adicción en el doctor, pues a pesar de intentar no tomarla o pedir que se le encerrase en su cámara, parecía como si el monstruo se apoderara de su alma antes incluso de que tomarala, y rompía la puerta y corría ansioso hasta el laboratorio, donde tomaba de nuevo su elixir y salía a pasear por Londres su sed de sangre y caos.

Por las mañanas, cansado y sufriendo en su cuerpo los excesos que había cometido la noche anterior, trabajaba afanoso en un antídoto, que le permitiera sobrevivir sin tomar la poción, pero ya a media tarde, el monstruo comenzaba a tomar el control de sus pensamientos y no podía continuar con su labor.

Unos meses después, cuando el doctor salió sonriente y exaltado del laboratorio anunciando su éxito, ella tuvo que contener su tristeza. Ya de noche, en su habitación, lloró amargamente la pérdida de su salvaje amante...

El Maravilloso Mundo del Circo

El Maravilloso Mundo del Circo

Pasen, señoras y señores; pasen y vean las impresionantes sorpresas que esconde este magnífico circo, venido para ustedes desde los lejanos confines venusianos, al otro lado del sistema solar...

Pasen, señores, y podrán contemplar al hombre capaz de tragar grandes cristales de comulonimbos, la materia con la que se hacen los sueños.

Admiren también a la preciosa mujer-araña, que aún pareciendo un ser humano normal, esconde un agujón capaz de matar al mayor de los incautos; vean como la alimentamos con hombre tontos y despistados, contemplen con que avidez los devora.

Si últimamente no pueden conciliar el sueño porque temen que la muerte aceche al otro lado de los sueños, no olviden visitar a Madame Morgagni, que adivinará su futuro observando las volutas de humo que crearán sus lágrimas hirvientes.

Para los niños, queridos padres, aguardamos una gran atracción en nuestra carpa lunar. Vean como quedan dormidos contemplando el maravilloso planetario que aparecerá sobre sus cabezas, y olvídenlos y diviértanse durante el tiempo, largo tiempo, que ellos permanecerán en el mundo de Hypnos.

Y nuestra gran atracción, que señoras y señores, está en la pista central, dentro de una inmensa pecera gigante de cristal traído desde el mismísimo Himalaya, el único capaz de contener la enfermedad que padece su ocupante. Allí, para todos ustedes, hemos capturado al hombre con un único talento... No grite señora, se encuentra usted convenientemente protegida al otro lado del recipiente.

Allí, para ustedes, el hombre con un solo talento se dedicará a su condena desde que tiene uso de razón. Allí, para ustedes, el hombre de un solo talento continuará escribiendo un cuento diario...

La ciudad de debajo de la ciudad

La ciudad de debajo de la ciudad

Los seres de la ciudad de debajo de la ciudad celebran una fiesta. Han ido guardando durante un año los restos que le llegaban desde arriba y los han almacenado, para adornar las torres, adecentar las aceras y preparar un gran banquete.

Hace mucho tiempo que los otros, los de arriba les han olvidado. Tiempo atrás, les expulsaron por ser diferentes, les marginaron, y ellos se recluían en las alcantarillas. Poco después comenzaron a excavar en la roca y crearon grandes cámaras subterráneas, donde podrían vivir con tranquilidad.

Hacía unos cien años, los investigadores de la ciudad de debajo de la ciudad habían creado un pequeño sol que iluminaba la gran cámara central y que les permitía calentarse e incluso plantar ciertas verduras. Además, con las placas solares almacenaban energía que les permitía tener música sonando todo el día.

Su música no tenía nada que ver con la que se escuchaba arriba. Tenía muchas percusiones, como aquella que sonara en la sabana africana cuando el hombre comenzó a caminar sobre dos patas. Además, se acompañaba de flautas creadas con tubos metálicos. Esta música, como decía, llenaba las grutas y la gran caverna principal. Y como habían conseguido grabarla, cuando los músicos estaban cansados (créanme, esto ocurría muy pocas veces, pues siempre había alguien dispuesto a alegrar el ambiente), ponían estas reproducciones, y el ambiente festivo no terminaba nunca.

Para la fiesta de hoy, han encontrado un trombón. Ha sido muy arriesgado, pues han tenido que subir hasta zonas peligrosas, donde hacía tiempo que no subía nadie y estaban bastante expuestos. Pero ha valido la pena. Esta noche, algún afortunado tocará este instrumento y extasiará al resto de los habitantes de la ciudad de debajo de la ciudad...

Cuento para antes de ir a dormir

Anoche me quedé hasta tarde estudiando arriba, en el escritorio que me he puesto en la buhardilla de casa de mi abuela, donde estamos pasando una temporada.

Como ya he dicho alguna vez antes, justo delante del escritorio, hay una ventana, y como la buhardilla está en la última planta de la casa, veo los tejados de las casas de enfrente.

Anoche, mientras intentaba memorizar alguna familia de coleópteros o tisanópteros, me pareció escuchar un sonido extraño, que me llegaba, incluso, a través de la música que escuchaba en los auriculares del disk-man. Lo apagué y escuché atentamente.

Era una melodía de violín, suave, que llegaba hasta mí acunada por el viento. Agudicé el oído y la vista, y por fin conseguí verla.

Allá lejos, en el tejado de una casa que hay dos o tres calles más arriba de la mía, había, sentada apaciblemente, una señora tocando el violín, vestida de negro, con un gran tul alrededor de su cuello, que bailaba al son de la música y del viento y la protegía del frío que hacía.

Quedé fascinado, porqué negarlo.

Pasado un rato, cuando la magia de la imagen comenzó a ceder, decidí continuar repasando un poco más, relajado con su melodía. Antes, la saludé con mis guantes de dedos cortados a rayas, y ella, a su vez, levantó la mano, y me devolvió el saludo con una mano resguardada del viento también con unos guantes como los míos, aunque negros.

Me cundió mucho en aquél último rato de estudio.

A media noche, me desperté sobre el escritorio, con un fuerte dolor de cuello. Pero ella ya no estaba allí. En su lugar, centenares de gatos deambulaban por los tejados vecinos deseándome las buenas noches...

Extranjeros

Extranjeros

Los habitantes comenzaban a casarse ya. Cada vez venían más extranjeros, y ellos tenían que esconder todas sus cosas y hacer como si nadie hubiera vivido allí. Sólo arena, piedra y cráteres.

Primero venían los satélites, orbitando a su alrededor, echándole fotos. Esto lo habían conseguido solventar mediante hologramas tridimensionales.

Pero los módulos terrestres... Eran arena de otro costal. Patéticos. Con ese aspecto tan ridículo, saliendo de extraños meteoritos que sólo sabían abrir globos para no estrellarse contra la superficie del planeta... Eso, y todos los módulos que no llegaban, que se desintegraban o se estrellaban. Y ellos teniendo que despejar el camino que iba a recorrer aquel armatoste.

Cualquier día, se cansarían ya de tanta farsa y tendrían que destruir la Tierra. Al fin y al cabo, ellos sólo querían vivir tranquilos...

Ventana

Tenía una ventana delante de su escritorio, que miraba directamente a la ventana de la casa vieja y medio abandonada de enfrente, por la que se asomaba una silla y un tablero.

Se dedicaba, en sus interminables horas de tedio (o estudio), a imaginar historias sobre asesinatos, secuestros y zulos, venganzas, sangre, amor y sexo... Todas ellas ocurridas tras esa ventana.

Hasta que una tarde, una vieja desagradable se asomó por la ventana, le miró con desprecio, y la cerró.

Distracción (III)

Cuando se le fue acercando, despacio y liviana sobre la superficie del lago, pudo comprobar que se trataba de una ciudad flotante en miniatura, miles de pequeñas casas de barro construidas sobre los lomos de un par de medusas gigantescas.

Las libélulas, con sus diminutos tripulantes, iban y venían. Cada casita tenía en su interior una luciérnaga que le proporcionara luz y calor.

Y en medio de la ciudad, majestuosa, se alzaba una torre, coronada por un pequeño magnolio en flor, y vigilada por centenares de polillas, todas al servicio de la reina...

Mariposas en el estómago

Mariposas en el estómago

Esta mañana, mientras bajaba a la ciudad, he vuelto a hacer el mismo recorrido que hacía por las mañanas, para bajar a almorzar contigo.

He pasado por el bloque de edificios donde siempre me encontraba a aquella madre que sacaba a su hija casi a rastras para llevarla al cole. He sentido las mismas mariposas en el estómago cuando he cogido la avenida que va paralela al mar. Me he reconfortado con el calor del sol sobre mi cara...

Cuando luego he pasado por la puerta de tu casa, se me ha hecho muy difícil no llamar al timbre y subir, para encontrarte en pijama, recién levantado, y sentarnos a ver dibujos y videoclips, y más tarde, entrar a tu habitación y jugar al escondite entre los recovecos de nuestros cuerpos, bajo un edredón nórdico que se nos quedaba pequeño.

He llegado pronto a casa, no como aquellas mañanas. Pero he desaprovechado el resto del día...

Volviéndome loco

A pesar de que hacía varios años que vivía sólo, nunca le había ocurrido algo así. Desde la tarde, le daba la sensación de que había alguien más en la casa.

Una de las veces que había levantado la cabeza del ordenador, mientras trabajaba, vio por el rabillo del ojo una figura que se escondía en la cocina. Asustado, corrió a mirar si había alguien, pero encontró la estancia vacía.

Más tarde se metió en el cuarto de baño, y llegó a discernir detrás de la cortina de la ducha una silueta. Cuando ya esperaba que le propinara una cuchillada en su espalda, no ocurrió nada, y a pesar del miedo, cuando descorrió las cortinas, vio que estaba sólo en el lavabo.

Por la noche, en la cama, no paró de notar, detrás de los párpados, como alguien se le acercaba.

Pasadas las 4 de la madrugada se levantó, corrió a la despensa, y descubrió, con asombro, que había olvidado tomar la medicación contra su esquizofrenia...

Tiempo de sobra

Tiempo de sobra

Cinco minutos después de que todos los relojes del mundo se pararan, salió a la calle. No era una hora en la que debiera haber mucho tráfico, pero los pocos coches que estaban enmedio de la carretera estaban parados, y con ellos, sus ocupantes.

Corrió, asustado, hasta que se cruzó con otra persona que, efectivamente, también había quedado congelada. Llorando, se acercó a cualquier portal, y cuál fue su sorpresa al apoyarse en la puerta de entrada y que esta cediera bajo su peso.

Extrañado, subió al primer piso del mismo edificio y empujó ligeramente la puerta. Se abrió. Probó con unas cuantas más, descubriendo que ninguna se resistía al contacto con su mano.

Por fin se había cumplido su sueño, tantas veces repetido en mitad de la noche. Ahora, sólo tenía que recorrer el mundo para encontrar a la otra persona, la única que, como él, no estaría congelada en el mundo.

La única persona con la que, según la profecía, debería crear el nuevo orden, el nuevo mundo...

El infierno al que me llevas...

Amarrado a ti continúo besándote, devorando tu lengua, atragantándome con tu cuerpo... Hace tiempo que la ropa ha desaparecido. Unas horas atrás parecíamos animales salvajes en celo. Ahora, de nuevo, el ritmo vuelve a ir en aumento...

Unos meses atrás lo habíamos dejado, y sin embrago, ahora volvemos a hacerlo como entonces, como unos salvajes. Sé que mañana me dirás que no, que lo nuestro no tiene futuro, que no vale la pena intentarlo de nuevo, tras el fracaso que resultó la primera intentona. Y sin embargo, vuelvo a caer.

Pero caigo contigo.

Y es que, lo peor del infierno al que me llevas es saber que no podré quedarme...

El puente

El puente

Un puente hacía las estrellas. Allí estaba, tendido frente a él. Con baldosas bien visibles y firmes. Probó poner un pie encima, y vio que no se balanceaban, que soportaba su peso perfectamente, ya que parecían apoyarse en cualquier lugar del aire...

Lo había encontrado en el interior de la cueva. No lo buscaba, más bien parecía que el puente le había encontrado a él, que había causado el encuentro. Para salvarse de sus perseguidores, había decidido refugiarse en la vieja sima abandonada de la montaña. Y desde el momento en que entró, un resplandor iridiscente le guió hasta la cámara central, escondida tras tantas vueltas, recovecos y giros que, cualquiera que la buscara a propósito se hubiera perdido. Él había estado antes en la cueva y no había visto el resplandor que le había guiado esta vez.

No sabía exactamente qué le esperaba al otro lado, aunque pensó que no podría ser peor de lo que había encontrado aquí, así que cogió carrerilla y subió, corriendo, hacia el nuevo desconocido...

Simon

Simon

Simon se recuesta en el sofá, y con la tele encendida, mira las nubes a través de la ventana. Intenta reconocer formas en los nimbos, y distingue un conejo, una ballena y a la vecina de en frente.

Simon escucha sonar el teléfono, pero decide que no va a contestar. Va pasando el tiempo, e ignora más tarde a unos vendedores de enciclopedias y a la vecina, la misma que creía haber visto antes en el cielo, que viene a advertirle de que hace unas horas que huele a gas.

Simon está ahora cansado, y además ha comenzado a hacerse de noche. O se le está nublando la vista. Decide cerrar los ojos e intentar dormir.

Simon, hoy, no tiene ganas de nada.