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Bajo Arboles Mojados

La increíble y triste historia del hombre menguante

Por la mañana, cuando fue a ponerse la ropa, descubrió con asombro que le venía bastante grande. Los zapatos le caían cuando caminaba, necesitaba usar cinturón para no perder los pantalones, las camisas y los jerséis le venían muy holgados... Poco a poco, día a día, continuó menguando. Pronto necesitó usar ropa de su hermano pequeño, y más tarde, su madre tuvo que hacerle las prendas a medida.

Acudía a clase en el interior del bolsillo de un amigo, y terminó durmiendo en el interior de una caja de cerillas.

Con el tiempo, la gente que no conseguía verle terminó por olvidarle, y el día en que desapareció por completo, por entre los bosones del universo, ya hacía tiempo que el mundo no le echaba en falta...

Distracción (II)

Distracción (II)

Hacía tiempo que no raptaba a ningún viajero para divertirse. Solía hacerlo en las noches de frío, apareciéndoseles desnudo, resplandeciente, agitando las alas transparentes.

Los viajeros caían en su hechizo y le seguían al otro lado, donde jugaban bajo unas sábanas de seda fosforescente, tejidas por orugas gigantes.

A la mañana siguiente, antes de que se despertaran, les llevaba desnudos de nuevo al bosque, perdidos, exhaustos y desorientados, donde pronto pasarían a formar parte de la cena de algún lobo.

En los pocos casos en los que conseguían llegar a alguna aldea, era tal su estado mental que los tomaban por locos y los recluían en habitaciones oscuras...

Desolación

Caminaba por en medio de la ciudad arrasada. No veía ni rastro de vida, ni un pequeño movimiento que no fuera producido por el viento. Aquí y allí había enseres domésticos destrozados, sábanas ajadas, muros derrumbados.

Pero lo peor de todo eran los cadáveres. Dado que aún no habían pasado demasiadas horas, aún no estaban descomponiéndose, pero las posturas, las posiciones en las que habían quedado, eran bastante desagradables. Por no decir de los muertos que habían quedado momificados, montañas de cenizas en forma de niños durmiendo en sus cunas, mayores sentados en sofás o incluso algún adulto de pie, con intención de dar un paso más que nunca serían capaces de dar...

Lascivia

Déjame que te cuente
que desabrochar tu camisa,
o tu pecho desnudo sobre el mío,
quitando tus zapatos,
abriendo tus pantalones;

que soñar con tu pelo,
o tus manos gigantes cogiendo mis muñecas,
surcando mi mar,
explorando mi cuerpo;

que tus ojos cerrados,
o mis labios húmedos buscando tu boca,
encontrando tu lengua,
ahogando suspiros;

que gemir junto a ti,
o llorar cada noche tu ausencia en mi cama
no es lascivia,
¿sabes?
es que te necesito...

Distracción (I)

Comenzaba a anochecer y se encontraba algo cansado, por lo que decidió dejar de volar y levitar sobre la superficie del lago. Antes, se acercó al bosque y recogió de debajo de las encinas y las moreras unas cuantas luciérnagas, que metió en el interior de un frasco de ámbar. Era curioso el efecto que causaban estos insectos al volar en el interior y mover los focos de luz, que chocaban con alguna de las impurezas del ámbar y creaban magníficas danzas de sombras.

Algo más relajado ya, se acercó a la isla del centro del lago, donde hibernaba el dragón rojo. A pesar de las creencias de los mortales, los dragones eran seres tontos, sin a penas inteligencia. Los duendes más pequeños jugaban a acercarse sigilosamente y robarle alguna de sus escamas, con las que construían bonitos amuletos, por otro lado, carentes por completo de función.

Cuando ya notaba la calidez creada por las altas temperaturas de las emanaciones del dragón, decidió recostarse y observar el reflejo nacarado del interior de una concha de una almeja. La había encontrado unos días atrás en la playa de sal, y había estado puliendo su interior con paciencia, de manera que reflejaba a la perfección los objetos que se le colocaban delante. Pero esta vez, lo que vio en aquél reflejo no fue su juguetón rostro, sino que se trataba de la imagen de un joven que, para distraerse de sus estudios, había comenzado a escribir un relato fantástico...

Guantes a Rayas

Guantes a Rayas

Cuando se dio cuenta de que se le helaban las manos, en seguida pensó que sería un efecto secundario de tener el interior de hielo...

Lo habló con una amiga de la universidad, y a los pocos días ella apareció con unos bonitos guantes a rayas de dedos cortados, con los que podría tomar apuntes y tener las manos algo más cálidas.

Aunque esto no solucionaría lo de sus vísceras congeladas.

Llamó entonces a otro ser creado junto con él, que en vez de tener manos poseía unas largas y afiladas tijeras, y con paciencia, y al ritmo de una música sublime, le dio forma a un pequeño corazón, que comenzó a latir con la idea de un nuevo amor, mientras caía sobre la ciudad una fina y ligera nevada causada por los trocitos de hielo cortado...

Vacío

Vacío

No comprendía muy bien qué le estaba pasando a su cuerpo desde hacía unos días. Una semana atrás, comenzó de nuevo el típico dolor de muelas que aparecía siempre antes de exámenes. Pero esta vez era muy intenso. Tan intenso que una noche, no pudiéndolo aguantar, se arrancó un par de muelas, para descubrir con asombro después que no había hueso encima, que la mandíbula superior había desaparecido por completo.

Decidió no prestarle más importancia, pero la noche pasada, acostado leyendo, notó como si las paredes ventrales del pulmón se desmoronaran, aplastando las cavidades inferiores. Para ser exactos, no notó como si, sino que realmente ocurrió, ya que pronto advirtió que no podía respirar.

A pesar de ello, creyó que no debía alarmarse o escandalizaría a sus progenitores, y ellos ya tenían suficiente problemas en la cabeza como para además añadir un hijo en pleno proceso de descomposición.

Pero aquella mañana había descubierto con repulsa cómo se le estaba llenando el estómago de aire. Al principio habían sido como simples ruidos de tripa, que él enseguida asoció a gases, pero luego, al apretarse la barriga, ante la insistencia del hecho, había podido comprobar que no ofrecía ningún tipo de resistencia mecánica.

De continuar así, en un par de días más, no sería más que una cáscara, un armazón vacío.

Fenómenos de Ladera

En la ladera
una franja, una caída.
Mi corazón cayendo.

Y tú debajo,
con los brazos cerrados,
la mente cerrada,
tu corazón cerrado.

Resbalando, resbalado
sobre ti, y tú sobre mí,
sobre lo nuestro,
sobre nosotros.

-Debes tener millones de bichitos míos ahí.
Debo tener millones de pensamientos tuyos aquí.

Criticando

Por fin había conseguido llegar a la final, después de tanto esfuerzo, de noches en vela, de acaloradas discusiones,... Incluso después de tener que dejar a su novia, que no comprendía el tiempo que requería aquel deporte. Había tenido que abandonar muchas cosas para intentar demostrar que en aquello, él era el mejor... Y ahora tenía la oportunidad de hacerlo.

Se subió al escenario, miró al público que le analizaba; 500.000 personas escrutando el menor indicio de debilidad para hundirle,... O para coronarle como el mejor.

Y ya le tocó a hablar:

-No sé si lo sabías -era el inicio requerido por el reglamento, establecido hacía tanto tiempo que se perdían en el pasado sus autores- pero Puck es un falso, un manipulador y un vengativo...

Tras 30 minutos de disertación, el público aplaudió y le ensalzó como el mejor del lustro. Por fin había un nuevo ganador en el "Puck's Criticism". Por fin había un nuevo vencedor...

Necesito...

Necesito saber que estáis ahí,
escuchándome,
o viéndome llorar,
o sonreír...

...

... para saber que aún sigo aquí.
(creo que últimamente
me estoy yendo demasiado).

Cepillo de dientes

Cepillo de dientes

Una semana después de reyes, continúo pensando que se equivocaron a la hora de repartir los regalos. Yo sólo había pedido un pijama y unas zapatillas de andar por casa para pasar las mañanas abrazados viendo la tele cómodos en tu casa, y un cepillo de dientes al lado del tuyo en el cuarto de baño.

Pero se lo trajeron a otro.

Jugando...

Jugando...

—¿Y no te cansas nunca de jugar?

—No, que va. Es muy gratificante. Además, estoy planteándome ir a algún campeonato. Al fin y al cabo, he ganado a todos los que alguna vez vencieron en alguno de ellos.

—Ya, pero ¿y si alguien algún día te gana una partida?

—Eso nunca pasará.

—Sólo imagínatelo, ¿qué ganaría aquel que te venciese?

—No sé, imagino que no tendría más remedio que darle otra oportunidad...

—Ah ¿sí?, pues jaque mate. Volveremos a jugar dentro de 80 años más o menos.

Mintiendo todo el día

Volvió a casa y se encontró de frente con su madre, a la que saludó con una amplia sonrisa. Comió sólo en el comedor, mientras ella limpiaba por dentro, y le costó mantener los ojos secos, en un par de ocasiones estuvo a punto de caerle una lágrima, pero recobró en seguida la compostura y continuó leyendo el periódico.

A las 5 y 10 llegó su hermano del cole, le preparó la merienda y se sentó frente al ordenador para continuar haciendo alguno de los miles de informes retrasados que tenía.

Cuando su padre volvió del trabajo, fueron juntos a recoger su móvil nuevo, y ya de vuelta a casa se puso los pantalones para correr que le había traído Papá Noël y salió a hacer algo de deporte.

Volvió, se duchó y cenó con el resto de los de casa. Vio un rato la tele y ya a las 11 y 20, se metió en la habitación y preparó todo lo que necesitaría para el día siguiente.

Cuando se acostó, cogió un libro y comenzó a leer, aunque 4 líneas después de haber empezado, lo tuvo que dejar, pues tenía la cabeza tan llena de hipocresía que no podía entender ni lo que había impreso en las hojas. Encendió el ordenador y comenzó a escribir algo parecido a esto, mientras las lágrimas, además de limpiar sus ojos, vaciaban toda la falsedad acumulada a lo largo del día.

El Palacio de la Luna

El Palacio de la Luna

Fue por aquel entonces cuando le regalaron el Palacio de la Luna, argéntico, construido con roca selenita. Éste se encontraba justo en el límite entre su cara visible y su cara oculta. Así, por las tardes, cuando le apetecía pasear, y dependiendo del humor que hubiera desarrollado a lo largo del día, salía a dar una amplios paseos por la cara visible, acompañado de un bueno libro, o tomaba unas cuantas luciérnagas del jardín, las metía en una botella, y caminaba cabizbajo por las sendas zigzagueantes que había en la cara oculta.

Disfrutaba también recostándose en alguno de los amplios cráteres y observando las constelaciones, o realizando la ardua tarea que se había propuesto, contar todas y cada una de las estrellas visibles desde allí e inventarles un bonito nombre.

Pero con lo que más disfrutaba, aquello que hacía que no se aburriera nunca a pesar de recibir escasas visitas, era pescando. En las noches en las que el satélite se encontraba en cuarto menguante, bajaba justo allí donde la luna formaba su pico, se recostaba, y con una gran caña, una inmensa caña armada de hilo de oro, pescaba delfines y ballenas de los mares de la Tierra. Luego los devolvía intactos allí de donde procedían, aunque solía pedir prestados a los cetáceos alguno de los pelos de sus barbas, para armar con ellos aquella arpa construida con las alas de un ángel caído que tañía en las noches de luna nueva, cuando el sol no calentaba la superficie del satélite y se refugiaba frente a la chimenea en una de las torres del castillo.

Perdiendo interés

Perdiendo interés

No comprendió cómo después de haber compartido mañanas, tardes, noches y madrugadas, almuerzos, sofás y teles, cama, sábanas y suspiros, amores, labios, mordiscos y gemidos, latidos, preocupaciones y ansiedades...

No comprendió cómo después de haber compartido todo esto y más, ahora el otro estuviera perdiendo el interés.

Noche de Reyes

Entró en aquel pub ya a las 6 de la madrugada, y lo encontró vacío a excepción del camarero y tres viejos que se refugiaban, en el peor de los estados de embriaguadez, en un rincón.

Le llamó la atención las largas barbas de dos de ellos, y que el tercero fuera de color.

Él se sentó en una mesa a parte y continuó ahogando sus penas con wisky, pero pronto el escándalo armado por aquellos tres vejestorios fue tan grande, que el dueño tuvo que llamar a la policía, que se los llevó esposados a la comisaría más cercana.

A la mañana siguiente, día 6 de Enero, los hogares amanecieron vacíos de regalos

Dedicatoria

Aquella mañana la Luna la despertó ronroneando sobre la cama. Se levantó y se sorprendió al descubrir que tenía unas ganas tremendas de escuchar aquel disco de Javier Álvarez que hacía tiempo que estaba aparcado en la estantería.

Se metió en el cuarto de baño para asearse tarareando...

"Mamá se va papá... mamá se va papá..."

Ya vestida y aseada entró en la cocina, no sin antes pasar por su habitación de nuevo para sacar el enorme regalo que llevaba escondido bajo la cama desde hacía unos días.

En la cocina, se le acercó por la espalda, le tapó los ojos, dejó con delicadeza el paquete entre la taza de café con leche y las tostadas, y mientras le destapaba los ojos, le dio un beso y añadió un "Felices 63, papá... te quiero", junto con un fuerte abrazo.

Ladrón

Pronto vieron que les habían asaltado. Todas y cada una de sus bolsas habían sido registradas, y habían extraído sus gemas, rubíes y demás materiales preciosos y valiosos.

"Insensatos" pensó el hechicero más avanzado. Tras decir esto, susurró al viento dos palabras ininteligibles, echó al aire polvo de alas de hada que llevaba escondido en un bolsillo oculto de su túnica, y la imagen del ladrón se materializó frente a ellos.

Entonces, uno a uno, fueron insertando pequeñas agujas sobre esta figura etérea, y vieron cómo se retorcía. A 30 leguas de allí, en una taberna y con una jarra de cerveza en la mano que pronto se estrelló contra el suelo, el ladrón moría entre gritos agónicos y espumarajos encandescentes que salían de todos sus orficios corporales...

Caleidoscopio

Caleidoscopio

Cuando le hicieron la cardioecografía, los médicos quedaron muy extrañados. En el lugar en el que debería encontrarse el corazón sólo había un objeto tubular, alargado.

Con mucha urgencia le realizaron una operación y le transplantaron un corazón, pero al sacar aquel objeto, pudieron comprobar que se trataba de un caleidoscopio.

Cuando salió del sopor de la anestesia y le explicaron la extrañeza de los hechos, él contestó sinceramente:

—Pero, ¿qué creéis que podía hacer con los fragmentos de mi corazón que quedaron cuando me lo rompió?

Dentro del Laberinto

Dentro del Laberinto

Con cada beso, con cada tocamiento, se adentraba un poco más. Al principio creía que con el hilo tendría suficiente, que sería capaz de volver sólo. Pero no paró.

Borracheras, noches de fiesta, madrugadas etílicas en el sofá de cualquier antro... Y ahora estaba perdido.

Cuando quiso darse cuenta, estaba en el centro del laberinto, y sin posibilidad de salir. A menos que tú le ayudes...