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Bajo Arboles Mojados

Al cap i a la fi

Creo que no tengo muchas razones para continuar tristón. "Al cap i a la fi", las cosas no me van tan mal como creía... Quizá, como dicen algun@s, me empeño en verlo todo más gris de lo que es...

Así que desde ahora, inaguro otra temporada larga de sonrisas (veremos cuanto dura esta...).

Números frecuentes

Mi móvil comienza a llenarse de números frecuentes sin utilizar...

Creo que a partir de ahora utilizaré la frase "Voy a añadirte en mi lista de números frecuentes" como una amenaza...

Naturaleza dual

Naturaleza dual

Me gustaría tener una naturaleza dual, como los fotones. Así, los días que me levantara con el pie izquierdo, me transformaría en onda, para obviar al resto de la gente, y pasar inadvertido, y atravesar todos los problemas que me surgieran; y los días que me levantara de buen humor, adoptaría una forma física material, con mi masa (que no es poca) y todo, para charlar con mis amigos, reírme y disfrutar del buen tiempo que está haciendo estos días...

[Tic, Tac]


[Tic, Tac]


Se me escapan minutos


[tic]


que se convierten en eternidades


[tac]


de tu ausencia.


[tic]


Segundos eónicos si te echo de menos.


[tac]


Unos días interminables


[tic]


que pasan a ser un momento


[tac]


si te veo cruzar la puerta


[tic]


(de mis pensamientos).


[tac]


Una semana insoportable


[tic]


que se hace un instante


[tac]


en cuanto apareces


[tic]


(en mis sueños).


[tac]


La Ciudad de la Luna

La Ciudad de la Luna

La ciudad de la Luna se alza a los pies de la vieja montaña mágica. Sus pobladores, desde tiempos inmemoriales, se aplicaron en la ardua tarea de profundizar en la tierra y extraer los más ricos y bellos elementos.

Por ello, las casas y palacetes de la ciudad de la Luna no tienen igual. Sus infinitas plantas e imposibles arquitecturas hacen pensar en locos ingenieros y constructores.

En esta ciudad, ser minero no es una profesión de baja categoría, sino más bien todo lo contrario. Hay gente que mata para conseguir un puesto en el gremio de los excavadores.

Pero hoy, la ciudad de la Luna anda revuelta. Unex, el más joven de los que cada mañana se adentran en las fauces de la montaña, ha vuelto con el más inesperado tesoro. En medio de una veta de oro-diamantado, ha encontrado una piedra de 200 onzas de peso de la más pura realidad...

La literatura (y VI)

—Bueno, pues eso, buenas noches…

—Buenas noches, chaval, hasta pronto…

—Doro… creo que te quiero…

—Yo también creo que te quiero…

Y por mucho que me empeñe en escribir finales felices a esta historia, no consigo que tengan repercusión en la realidad, y me quedo con el sabor agridulce de tus labios entre las letras de una libreta de notas...

Premios y otras cosas

Bueno, bueno... Me piden que lo cuente, pero me vence la modestia... Porque al contrario de lo que le ocurre a mucha gente, a mí Dios me dio modestia de sobra...

La cuestión es que ayer me llamaron desde mi universidad para informarme de que había ganado el accésit del concurso de poesía que se organiza allí cada año. La obra que presenté la conocéis casi todos los que visitáis esta página con frecuencia. Es una recopilación de ciertos poemas míos, aunque en su mayoría los he colgado en esta página.

Si son o no merecedores del premio, no soy yo la persona más apropiada para decirlo...

Os he dejado un enlace en "El hombre que plantaba árboles" (la ventana que hay a la izquierda de esta página que hace las funciones de agenda cultural) para que os podáis descargar el volumen que presenté al certamen.

Y nada más, que gracias por estar ahí y animarme a que continúe escribiendo. Porque el verdadero premio para mí sois vosotros... Un abrazo!

La literatura (V)

—Bueno, pues eso, buenas noches...

—Buenas noches, ya nos vemos...

—¿Sabes? Ahora me tomaría una tarrina de helado de chocolate. Pero estoy seguro de que en mi casa no queda nada.

—Ahora que lo dices, a mí también me apetece bastante. Ya estoy cansado de esta dichosa dieta. A veces me apetece darme un caprichito.

—Podríamos... Podría coger el coche y nos vamos a buscar por aquí cerca algún sitio que esté abierto. Cómo echo de menos aquí los 24 horas... Pero a saber dónde hay que ir...

—Pues imagino que como muy lejos, hasta la gasolinera que hay bajando a la ciudad.

Y sin más preámbulos, subimos en el coche que estaba allí al lado y nos dirigimos hacia la gasolinera, perdida a mitad camino entre los pueblos del interior y la ciudad. Aunque en realidad, estaba tan solo a 15 minutos desde dónde estábamos.

El dependiente quedó un poco sorprendido al vernos llegar a esas horas. Y sobretodo al ver que sólo íbamos a por helado, que no queríamos ponerle carburante al coche. Pero nosotros le ignoramos. Compramos una tarrina grande de helado de chocolate. Y dos cucharas. Y nos fuimos.

De vuelta a casa, en la torre del campanario del pueblo anterior al nuestro, sonaban las cuatro y media de la madrugada.

—Creo que se nos ha hecho un poco tarde —dije pensando en las represalias paternas que sufriría al día siguiente.

—Tranquilo, ahora nos comemos el helado y te acerco a casa. Por cierto, ¿dónde te apetece que vayamos a tomarlo?

"Dónde tú quieras". Y dicho esto, cerré los ojos como si estuviera jugando a la gallinita ciega, y te pedí que me avisaras cuando hubiéramos llegado.

Una vez noté que el coche se había parado, y tras haber superado la curiosidad que me había embargado, me permitiste mirar a mi alrededor, para comprobar que me encontraba en una de esas calles del casco viejo del pueblo, de las que se encuentran en la zona alta y desde donde se dice, que en los días claros se puede ver el mar. Ahora sólo se distinguía la luz que emitía la ciudad. Y sin embargo, el paisaje continuaba teniendo algo de mágico.

—¡A comer! —sugerí para que no se me notaran los nervios. Y acto seguido, atacamos la tarrina por riguroso orden.

—¡Te has manchado la barbilla, guarro!

—¿No tendrás un pañuelo para limpiarme? —efectivamente, noté unas gotas de helado derramarse por la comisura de mis labios y descender hacia la barbilla.

—Espera, que ahora te lo limpio yo...

Y en vez de sacar un pañuelo, acercaste, lentamente, tu boca a la gota que estaba a punto de caer de mi mentón, para luego dejarme que probara aquel helado que en realidad era mío...

La literatura (IV)

—Bueno, pues eso, buenas noches...

—¡Jo!, no me dejes así, no tengo ánimos para bajar ahora solo a casa.

—Si quieres... si te apetece, puedes subir un rato a casa y hablamos... Pero no tenemos que hacer ruido, que mi familia duerme...

Subimos por las escaleras y abriste despacito la puerta, para no hacer ruido. Entramos y fuimos directos a tu habitación.

Una vez allí, nos sentamos cada uno en un rincón de la cama, y con la luz de una sola vela comenzamos a hablar, y pasaron los minutos.

—Si no te importa, voy un momento a la cocina, que necesito beber un vaso de agua.

—Tranquilo, ve, te espero aquí.

Y cuando volví te encontré metido en la cama, con la sábana hasta el cuello.

—Es que tenía frío y he pensado que aquí dentro dejaría de temblar.

Continuamos hablando de nuestras cosas, de nuestros problemas en la uni, de nuestras preocupaciones con los amigos, de nuestros planes de futuro. Y de pronto yo comencé a temblar. Quizá fuera por tu proximidad. Quizá porque realmente tenía frío.

—Métete en la cama... si quieres. Aquí se está calentito.

—Ya, pero es que la ropa me molestaría... Y además, se está haciendo tarde. Aunque yo estoy muy bien aquí, y no estoy nada cansado...

—Pues quítate lo que te moleste y te quedas un rato más hablando...

Y mientras me quitaba la camiseta y los pantalones, vi tus ojos, que me contemplaban con deseo. Y al apartar la manta para dejarme entrar en la cama, te descubrí a penas vestido con la ropa interior... Y metí los pies dentro de la cama y encontré los tuyos, que tomaron los mío fríos, al tiempo que tus manos cogían las mías y comenzaban a acariciarlas, acercándote cada vez más a mi cabeza.

Y tus mientras tus manos recorrían el trayecto que les faltaba, tus labios hacía ya unos segundos que habían encontrado los míos.

Y fuera, el reloj del campanario daba las cuatro y media de la madrugada. Y la luna era llena...

Ratas y Laberintos

Ratas y Laberintos

Aunque sólo se tratase de una leyenda, aunque fuese genéticamente imposible, el monstruo había vuelto. Coincidió con los disturbios de la ciudad tras la tercera guerra.

Al principio vagaba errante por entre los edificios, devorando a la gente que se escondía en los coches y acechando en la noche a los sin techo. Pero pronto el ayuntamiento tomó medidas.

Habían probado de todo, todas las armas posibles e imposibles, y ni siquiera le habían herido. Así que recurrieron de nuevo a la leyenda. En un tiempo record construyeron galerías subterráneas en las afueras de la ciudad. Y consiguieron encerrarle en ellas.

Ahora, cada año, 12 fornidos muchachos y 12 hermosas vírgenes, elegidas en un funesto sorteo, entraban en las grutas, como ratas en un laberinto, para aplacar el hambre de la bestia.

Todos sabían que así, mantendrían contentos a los dioses...

Poder decirte

Poder decirte

Me gustaría poder decirte
que mi saldo de caramelos,
gominolas, nubes de algodón,
suspiros, caricias, ganchitos,
perdones y amor,
se me había terminado

que ya no eres el primero al despertar
o que caminé tan lejos
que ya no iba a volver.
Decirte que tomé un barco de nuevo
hacia la isla desconocida
y que ahora andaba buscando en el fondo del mar.

Que recorto en el cole corazones de papel
sin ninguna dificultad,
y que sonrío sin parar a jóvenes
y ayudo a cruzar la calle a viejas...

Me gustaría poder decirte
tantas mentiras como estas,
y más.
Y que ya no te quiero.

Pero no puedo.

La literatura (III)

—Bueno, pues eso, buenas noches...

— ¿Me dejas que te diga un pensamiento sin calcular las repercusiones que pueda tener?

—...

—Tengo unas ganas impresionantes de besarte. Casi desde el momento en que nos conocimos.

Entonces me cogiste de la mano, allí, en el portal de tu edificio, me guiaste escaleras arriba hacia tu casa, y mientras se cerraba la puerta calmabas mi sed con un vaso lleno del agua de tus labios. Un beso eterno que duró hasta las 4'30 am., hora en la que me fui corriendo a casa dejando olvidado, como la Cenicienta, una astillita olvidada en tu corazón...

La literatura (II)

—Bueno, pues eso, buenas noches...

— ¡Espera!, ¿te importaría que subiera y me das un vaso de agua?

—Venga, claro, sube.

Y en cuanto cerraste la puerta, te paraste en seco, y yo choqué por detrás contigo. Y te giraste despacio, me miraste a la cara con esos ojos serios, y lentamente, centímetro a centímetro, fui acercando mis labios a mis sueños, para por fin cumplirlos.

Y cuando el reloj del campanario dio las cuatro y media, salí corriendo sonriente de tu casa, dejándote entre sueños, colocándome la ropa recién puesta, pensando en el viernes, cuando volvería a verte...

La literatura (I)

—Bueno, pues eso, buenas noches... O... ¿quieres subir un rato y hablamos?

—Vale, ya sabes que no me gusta volver demasiado pronto a casa, que en el momento cierre la puerta, es como si se hubiera terminado el fin de semana.

—Pues súbete un rato, y me haces compañía.

Y entre vasos de agua y magdalenas y galletas, sonrisas chistes, confesiones y complicidad, sonaron en el reloj del campanario las 4'30.

—Uy, cuando llegué a casa me van a matar... Mejor si me voy yendo...

—¡Jo!, con lo bien que me lo estaba pasando... Bueno, ya nos vemos el... ¿el viernes?

—Pues imagino que sí... Buenas noch...

Y tu boca no me dejó continuar.

La realidad

—Bueno, pues eso, buenas noches —me dijiste en el quicio del portal de tu casa, con esa mirada tuya que no sé si me dice que te gustaría pasar las noches como estas conmigo o si realmente me estás despidiendo.— Ya nos veremos...

—¿Mañana? —pregunto con apremio.

—No, mañana tengo que adelantar cosas de la uni... Hasta el... el viernes.

Y yo por dentro gritando que no, que no voy a aguantar hasta el viernes, que voy a pedirte que me invites a subir a casa, con la excusa de beber algo, y luego robarte un beso en cuanto te descuides.

Pero no, cierras la puerta, y me quedo allí solo, y me voy hacia casa, cabizbajo y (más) deprimido, soñando quizá despierto, con un solo beso tuyo.

Desde fuera

Ayer por la noche, mientras estaba en la cama, decidí que a partir de hoy, me miraría a mí mismo desde fuera, como si fuera un perfecto extraño para mí mismo, para así analizar mis actos y comportamientos.

Los descubrimientos que estoy realizando son asombrosos. No era consciente de muchas tonterías, inutilidades y guarradas que hago. Este individuo que parece que no conozco y soy yo, piensa y actúa como un enfermo mental, como un depravado. Corre tras las faldas y los pantalones de la primera "nenita" de ojos claros y pelo rubio que se cruza por la calle. En la intimidad de su habitación, o cuando se cree no observado, se hurga la nariz y luego hace pelotillas con los mocos que saca de esas prospecciones petrolíferas. Se masturba con frecuencia pensando en amigas y desconocidos. Grita a su hermano pequeño e ignora al mayor. Se arranca los pelos uno a uno en la cama, mientras lee. No estudia...

Comienzo a asustarme de mí mismo, aunque me he obligado a continuar con la observación, aunque creo que tendré que extremar las precauciones para no darme cuenta de que me espío.

Continuaré informando...

Cambio...

Qué difícil es cambiar, aunque sea de mis planes de futuro, un amplio loft para dos adultos y dos niños, por un pequeño estudio desordenado, en pleno centro de una ciudad sucia, para mí solo...

Desintoxicándome

Me paso el día completo mirando la pantalla del móvil, para ver si tengo llamadas perdidas o mensajes nuevos.

Hay momentos en que noto como me vibra el bolsillo, allí donde guardo el móvil, y al mirarlo ansioso descubro que era una falsa alarma.

Cro... creo que voy a tener que apuntarme a alguna clínica de desintoxicación de teléfonos...

A flotar

A flotar

Esta mañana me sentía tan vacío que comencé a flotar por el techo de la habitación, y hasta que no me llené los bolsillos de botones, no conseguí volver a poner los pies en el suelo...

Promesas rotas

Una vez, hace tiempo, me juré a mí mismo que no me volvería a enamorar, que después, si las cosas no salían bien, lo pasaba muy mal...

Gracias a Dios, me traicioné.