Déjalo ya
Si no dejas de regalarme
mares de estrellas y cometas...
Si no dejas de llamarme
o sorprenderme...
Si no comienzas a olvidarme
o a ignorarme...
...no podré dejar de quererte.
Si no dejas de regalarme
mares de estrellas y cometas...
Si no dejas de llamarme
o sorprenderme...
Si no comienzas a olvidarme
o a ignorarme...
...no podré dejar de quererte.
El otro día recibí una extraña carta dirigida a la entidad oroD. Al leer el destinatario me extrañé bastante, pero conforme iba viendo lo que aquellas personas decían, comprendí el título.
La carta había sido redactada por un conjunto de gente que leía con cierta frecuencia mis cuentos. Eran un grupo de sabios que habían creído encontrar ciertos elementos extraños entre las líneas que escribo.
Debido a un continuo cambio de género, esta gente cree no soy, sino que somos muchos los que redactamos las historias y las poesías. Una psicóloga que también forma parte del grupo encargado de desenmascararme llegaba a proponer un desdoblamiento de personalidad.
Por otra parte, un teólogo y un párroco de la asociación pensaban una posible relación entre yo (o nosotros) y el mismísimo anticristo, debida a alguna de las afirmaciones que he (o hemos) llegado a realizar y a un par de vaticinios que se han dado en estas páginas que ahora leen.
Por último, un colectivo de amas de casa que se adscribió a la asociación en contra mi causa, me acusa de ser una de las peores influencias que andan por este mundo cibernético, y recomiendan al gobierno (pues hay hasta infiltrados gubernamentales en este ecléctico grupo) que me censuren y me internen lo más pronto posible.
Yo (o nosotros) me (o nos) enorgullezco (o enorgullecemos) de contar con tan distinguidos lectores y les aseguro (o aseguramos) que continuaré (o continuaremos) dándoles material a analizar.
Buenas noches...
Recién levantado de la siesta que me he dado en la casa de campo de mi amigo David
Esta noche he tenido uno de los sueños más bonitos de mi vida. La verdad es que he tenido varios, y no todos eran agradables, ya que en uno de ellos encontraba a una amiga que había sufrido un accidente de coche.
Pero poco después, paseando por las calles de una ciudad imaginada, me he metido en un extraño bar donde me ha atendido quizá el ser más peculiar que he conocido (o no que conocido, puesto que era un sueño).
Era alto. Bueno, más alto que yo. Pelo rubio corto y ojos claros. Sí, alguien estará pensando ahora que también tendría los labios carnosos. Y sí, los tenía.
Amablemente tomaba nota de lo que iba a tomar para más tarde traer mi pedido junto con su sonrisa y la promesa de que nos veríamos más tarde. Exactamente a las 6 de la tarde.
He despertado algo confuso, puesto que el sueño ha sido muy intenso. Y llevo todo el día pensando que realmente tenía una cita a las seis de la tarde.
Ya ha pasado esa hora, así que imagino que se habrá cansado de esperar y creerá que le he dado plantón. Para un chico guapo y agradable que conozco en meses...
¡¡Sáquenme de este verano!!
Y esta vez no es una poética metáfora.
No me refiero a que alguien haya aparecido en mi vida como venido del mismísimo cielo. Más bien estoy hablando de alguien que ocupaba el más alto de mis altares y que anoche cayó.
Es posible que fuera un simple comentario que hizo un amigo común sobre los nuevos vicios del idolatrado. O igual la intención era hacerme ver que ya no era aquel que conocí.
Pero anoche, tus versos, algunas de tus caricias, y algunas lágrimas mías, se fueron con la brisa que soplaba en el balcón de mi casa.
Y dejé de ser tu luna que duerme de espaldas...
Yo traiciono (o juego)
Tú lloras (o te equivocas)
Él/Ella gime (o suspira)
Nosotros acabamos
Vosotros odiáis
Ellos hablan...
Me he levantado con los labios pegados. No puedo abrirlos, es como si alguien me los hubiera cosido fuertemente o los hubiera juntado eternamente con cola de contacto.
Al despertarme y darme cuenta del extraño hecho me he asustado mucho. He corrido al cuarto de baño a comprobar el estado de mi cara, pero era aparentemente normal.
Salvo que los labios no se abren.
He acudido a mi madre, que al verme gesticular sin pronunciar palabra, se ha enfadado, atribuyendo toda aquella pantomima a alguna de mis excentricidades.
Aunque cuando se iba a trabajar, he visto como me miraba de reojo y sonreía...
Tenía la extraña afición de fotografiar a todos los amantes que pasaban por su cama.
Tomaba la cámara digital y se lo proponía a ellos. Algunos aceptaban gustosamente y posaban en posturas de lo más obscenas. Otros preferían cubrir delicadamente parte de su cuerpo con las sábanas e insinuar más de lo que mostraban. Un tercer grupo se negaba rotundamente, aunque caían víctimas del objetivo cuando, tras el sexo ardiente y descontrolado, quedaban dormidos.
A la mañana siguiente, cuando el visitante ya se había ido (casi siempre algo avergonzado por el descaro mostrado la noche anterior), él analizaba las fotografías tomadas. Las miraba incluso con lupas, buscando rasgos concretos. Tomaba un fragmento de la espalda, una peca, un dedo o los nudillos de algún otro.
Luego imprimía los trozos que habían resultado válidos y acudía a la habitación del fondo, la que permanecía cerrada la mayor parte del tiempo. Allí, con una barra de pegamento, reconstruía concienzudamente el cuerpo de aquel que, una noche, en sueños, le mostró el significado del amor...
Llevo unas semanas viendo de nuevo las películas que me llevaste a ver al cine. Más que nada para quitarle toda la magia con que las bañé al verlas contigo.
Hoy le tocaba a Lost in translation. No me he podido resistir, y he ido directamente a la escena en la que ella pasea por los tempos de Kyoto. La fotografía en ese fragmento es maravillosa.
Ahora, será quizá la mejor película que haya visto este año. Pero ya no tendrá nada que ver contigo. Además, esta tarde si tengo tiempo, la veré completa, que cuando fuimos juntos al cine no me dejaste ver ni la mitad...
La otra noche, en medio de los calores del verano que no me dejaban dormir, tuve una especie de sueño o alucinación.
Me veía a mí mismo desde fuera, acostado en la cama y sudoroso. Y de momento aparecían una especie de hadas pequeñitas y haladas (creo que fue el día que vi de nuevo "El sueño de una noche de verano"). Las hadas se acercaban a mi oído y me preguntaban por mi deseo más oculto, por el más intenso.
Tras mi contestación, ellas comenzaban a hacer de las suyas. Soplaban con polvo dorado en mi pelo, que creía extraordinariamente rápido. Introducían sus pequeños aguijones en mis labios y los hinchaban. Lo mismo ocurría con mis pechos. Arrancaban con suavidad el vello que crece en mis piernas y en la cara... En definitiva, estaban transformándome en una jovencita atractiva.
Y no es porque mi deseo más profundo fuera el de travestirme, para nada, estoy completamente contento y satisfecho de mi sexualidad.
Lo que provocó que las hadas realizaran esa transformación, fue mi petición de poder llegar a gustarte por encima de tus prejuicios...
Por fin de vuelta. Han sido 5 días de trabajo fuera de casa. Durmiendo y comiendo poco y mal. Extrañando cama y amigos. Echando en falta descanso y con la boca a punto de sangrar con cualquier sonrisa.
Pero también ha habido otra cara de estos días. He visto amanecer 4 días seguidos. Me ha despertado en mitad de la madrugada el sonido del tren pasando por el lado de donde dormíamos. Las tardes de playa o el café con media tostada de aceite en cualquier bar a la una del medio día.
Mañana, vuelta a la (a)normalidad...
Imagine la situación: Usted llega tranquilamente al autobús, después de una mañana de trabajos y viajes interurbanos.
Sube al autobús y lo encuentra abarrotado. Pero por suerte hay, al fondo del mismo, un par de asientos libres. Decide usted sentarse allí. Se encuentra en uno de esos momentos en los que la asocialidad tiende casi a infinito y prefiere estar sólo, con la música de su disk-man y el libro que le ha prestado su hermano pequeño (La princesa prometida, ya que estamos imaginando, imaginen bien todo).
Entonces entra un chico. Joven. Mayor de edad. Desconocido. Y quedando aún sitios libres en el autobús (aunque teniendo que sentarse obligatoriamente al lado de alguien), decide, el susodicho, descansar plácidamente a su lado. Saca su reproductor musical. Lo enciende. Cierra los ojos. Y a los dos minutos ya duerme plácidamente (o eso parece). Hablamos aún del acompañante, el joven que entró después de usted.
Pero dos curvas después, y debido al tambaleo típico del transporte de masas, el joven recuesta suavemente la cabeza sobre su hombro. Sí, el de usted mismo/-a.
Deje de imaginar. Ahora plantéese la siguiente duda:
¿Debería besarle?
Ahora, tú, quizá duermas.
Mientras, yo pensaré en esta ausencia a medias,
en este tenerte tan lejos,
en el no poder ser mis brazos,
un abrazo con tus brazos.
Y es que entre tú y yo
hay centenares de sirenas
que con sus cantos ahogan marineros;
la distancia comprendida
entre mi verano y tu invierno.
Ahora, tú, quizá duermas.
Mientras, intentaré adjudicar
a tus fotos, tu voz telefónica,
a tus manos, tus caricias suaves,
a tus labios, el sabor
y la temperatura
de cualquier beso...
...que difícilmente me podrás dar.
39,50 ºC. Imagino que en algún momento de la noche del lunes al martes aún me subiría algo más la fiebre...
Es divertido soñar con fiebre. Es decir, la mayor parte de las veces tienes pesadillas extrañas, pero son tan, tan reales, que cuando las analizas después no puedes más que reírte. La última vez que tuve fiebre coincidió con la preparación de mi insectario para una de las asignaturas de la carrera. Y me pasé toda la noche acurrucado en un rincón de la cama, sin a penas moverme, porque pensaba que estaba en medio de una tabla gigantesca de corcho llena de escarabajos y mariposas, y temía que al moverme pudiera estropear alguno de los bichos que estaban secándose para una gigantesca colección.
Esta vez mis sueños (o mis pesadillas) han tenido algo más de contenido analizable. El lunes por la noche soñé que estaba aprendiendo alemán, y que mis profesores no paraban de decirme que esta lengua era muy especial porque era capaz de transmitir sentimientos directamente, pudiendo llegar a manipular a la gente. Era extraño. Dormí con la luz encendida, y si tenía los ojos abiertos veía mi cama, mis sábanas, mi manta (sí, es verano pero yo tiritaba de frío),... Pero al cerrar los ojos, todo cambiaba, la percepción de todo mi alrededor cambiaba y ya no estaba en la cama sino rodeado de una amiga mía que es alemana y de una conocida que también lo es. Ellas hablándome alemán y yo las entendía, pero no era capaz ni de transmitir sentimientos ni de resistirme a sus manipulaciones.
Esta noche la cosa ha sido más tranquila. En algún momento de la noche he soñado que la banda de mi pueblo, conmigo incluido, hacíamos un concierto en la universidad, en una de las clases grandes. El director se colocaba en la tarima desde donde imparten las clases los profesores, y los músicos nos sentábamos en las primeras filas de mesas. El público, que eran mis propios compañeros de clase, justo detrás, en las últimas filas de asientos. Pero yo no. Debido a no sé cuál extraña razón, yo me recostaba en una cama y tocaba el saxo. Y la verdad es que lo hacía bastante mal (sobre todo si tengo en cuenta de que yo toco el oboe y de que la única vez que había tocado el saxo era en otro sueño que tuve hace ya tiempo). La imagen de yo en la cama con el saxo puede hacer las delicias de cualquier interpretador de sueños bastante freudiano... Yo, la verdad, aún no lo he llegado a interpretar.
Ahora ya parece que estoy algo mejor. La fiebre aún no me abandona, aunque ya ha bajado algo. Aún tengo la garganta fastidiada. Y parece que se haya colocado un gran nubarrón negro entre mi hueso frontal de la cabeza y mi cerebro, que me impide pensar con claridad y hace que entorne ligeramente los ojos. Esperemos que mañana ya esté bien del todo...
También he soñado esta noche (antes se me había olvidado) que tenía el valor suficiente para preguntarte si después de haber ido al cine también con ella, y siguiendo el mismo patrón que seguiste conmigo, la ibas a dejar este fin de semana, como hiciste conmigo, para luego ir diciendo por ahí que ella te metía en situaciones comprometidas, buscando tu mano a escondidas bajo las butacas del cine...
Había a su alrededor un halo de aire superdenso que provocaban una perpetúa postura de hombros caídos y párpados semientornados.
Este aumento en el peso del aire causaba también un torcimiento de la sonrisa en un gesto deprimido y oscuro.
En este caso, los psicólogos y psiquiatras a los que se acudió no pudieron más que opinar lo mismo. Se daban en él una conjunción de factores físicos que le impedían ser feliz...
El amor y la filosofía no entran demasiado bien con resaca...
Esta mañana, al despertar
recordé mi último deseo:
encender de morado las paredes
de la habitación que no nos vio
amanecer abrazados en la cama...
Cuando salió a correr, como hacía casi cada tarde después del trabajo, no sospechó que aquella nubecita que se asomaba por el este de la ciudad iba a cambiarle tanto la vida. Y sin embargo, emprendió la marcha.
Parecía que la meteorología se había adueñado de su ritmo, pues conforme iba acelerando la carrera, el cielo se iba cubriendo de oscuros nimbos. Al alcanzar la calle más alta de su recorrido diario, comenzó a chispear. Primero con una suave cortina que se agradecía, pero al ir creciendo su marcha, la intensidad de la lluvia aumentaba.
Por fin, en plena tormenta, decidió refugiarse en un portal. Que para su sorpresa no estaba vacío... Y en el momento en que acercaba sus labios a la desconocida que le miraba con cara de deseo, cayó el primer rayo...
Este relato ha resultado ganador en el concurso de Photoespaña 2004 en la fotografía correspondiente