Blogia

Bajo Arboles Mojados

Ángel Caído (III)

Ayer me crucé, caminando por el infierno, con el ángel caído. Estuvimos hablando.

Me contó de sus proyectos, y le hablé de mis letras. Me insinuó a cerca de sus debilidades y le referí de mis tristezas...

Y es que, a pesar de ser pocas las heridas que llegan hasta el final del camino, él es ahora mismo la que queda más cercana al corazón.

Fórmula secreta

La he descubierto. Esta mañana, en un momento de lucidez especial he hallado la fórmula de la felicidad... Tomad nota:

3 abrazos bien dados, y si son con un jersey de lana, mejor.

1 tableta de chocolate (yo prefiero el puro, aunque he probado también con otros tipos y la fórmula sigue surtiendo efecto).

2 minutos llorando con el final de Amelie (que aunque sea feliz, me deja siempre con esa sensación de melancolía tan buena y agradable...)

Y por último, el ingrediente secreto... 45 minutos de Sonido Efervescente de La Casa Azul!!

"que quieres que te diga
que el tiempo va a mejorar
que el gobierno está fatal
que el Barça hoy ha vuelto a pinchar
que quieres que te diga
que sin ti no puedo más
que mi vida se rompió
cuando te fuiste sin pensar...

...que nunca
nunca más me iba a recuperar
porque cuando tú jugabas
yo creía que lo que hacías
era amar y mientras
yo me enamoraba como un fan
de tu voz, de tus amigos
de tu ropa y de tu manera de mirar."

La Casa Azul - Como un fan

La ciudad del desierto (IV - El borracho de la taberna)

—Un viejo me contó una noche que sí crecían rosas en el mar de fuego.

—Son rosas transparentes, como de cristal. Y frías, pues son de hielo —dijo.

—Muchos de vosotros pensaréis —continuó el borracho— que miento, más es verdad lo que cuento.

»Estas rosas de hielo son efímeras, y no porque se tornen de agua con el calor de la mañana, sino porque sus húmedos pétalos atrapan las partículas de arena que arrastra el viento, y quedan convertidas bien pronto en rocas.

»He visto bosques inmensos de estas rosas convertidas en roca, y desde hace años vago por el desierto, esperando encontrar una noche mágica alguna de estas maravillas de hielo intactas. Entonces dejaréis de reíros de este borracho…

Otoño

Esta mañana, paseando por la alameda, he encontrado un tapiz de hojas marrones que ocultaban al musgo verde y se intercalaban por entre las setas...
Feliz otoño, el mejor momento para la melancolía, para ese "estado perfecto", la mezcla entre la alegría y la tristeza, el quererte sin tenerte...
El mejor momento para pasar bajo árboles mojados.

No quiero escribir una poesía

No quiero escribir una poesía. No. Estoy harto de versos alegres. Suspiros y amaneceres. No quiero volver a hablar de amor y de soledad. No. No quiero escribir una poesía sobre amistades imposibles o amores que me destrozan.

Quiero hablar del otoño. De las primeras hojas que caen y de las canciones que me quitan
esta sensación de tristeza. De las mantas en la cama y de las camas para dos. De los cafés calientes por la mañana en taza de loza. De los besos ansiosos en el suelo.

Quiero hablar
de las despedidas inminentes y de las pasiones
sin tiempo,
con prisas.

No quiero pulsar demasiadas veces
al
intro,
y que las líneas llenen la pantalla. De lado
a lado. Que las palabras se sigan la una
a
la
otra.

Quiero contar mi vacío
(que no es soledad)
sin tener que buscar ritmo o acertar con juegos
de palabras
de ideas
de sueños
para contar que me voy en una semana y media
y quiero besarte
y quiero amarte
y quiero llorarte
y quiero hacerte
mío.

No quiero querer(te). No quiero.
Saber que no me echarás de menos.
Saber que no tendrás el vacío
del que hablaba más arriba
(que no es soledad).

No quiero irme pensando
que a penas sales de tu crisálida
(si al final te decides a abrirla);
que te van a hacer daño
y no voy a estar ahí
para enseñarte a volar.

Pero yo no quería escribir una poesía. No quería hablar de amor. No quería volverte a amar. Yo quería hablar de otoños, quizá de putas
todos los poetas hablan de putas
en las esquinas
esperando
(como yo, que te espero).

Yo no quería quererte
o escribirte estas palabras
que se irán con el viento.
Yo no quería romper la promesa
que me hice
de no volverte a escribir
una poesía.

Yo no quería forzarte
a que me miraras y me dijeras
que me querías
o simplemente
que ya no sentías
eso especial
que nos diferenciaba del resto.
Aunque quiero que me lo digas.

Yo no quería escribir una poesía.
Pero a veces
las poesías
los versos
el ritmo
el amor
tu recuerdo
las imágenes
y las lágrimas
...
salen solas.

Corte de pelo

Corte de pelo

Espero que ayer cayeran, con los rizos, las últimas preocupaciones que me rondaban por la cabeza...

La ciudad del desierto (III)

—No es imposible —dijo mientras descendíamos por la caverna.

Me había hecho acudir a la entrada de la gruta justo una hora antes de amanecer. Y a pesar de mis preguntas, me aseguró que no necesitaríamos ningún tipo de linterna para descender a las entrañas de la cueva.

Caminábamos callados, uno al lado del otro, sorteando de vez en cuando las estalagmitas que crecían desde el suelo. Había allí dentro una luminosidad especial. Como si los millones de cristalitos de mineral de la roca reflejaran la luz de un sol escondido en el interior de la gruta.

Entonces llegamos a la sala central. En el momento justo en el que la dama plateada, resplandeciente, se sumergía desnuda en el mar inmenso interior.

El alquimista se le acercó, respetuoso, y le mostró el lingote de plomo y el cáliz lleno de la mejor aguamiel. Ella besó primero el metal, y luego bebió un trago corto de la copa.

Volvió él, sin ninguna explicación, y retomamos el camino de vuelta al exterior. Y cuando alcanzamos la salida, sacó de su bolsa de piel el lingote de plomo que había guardado tras el cariñoso gesto de la dama.

Ahora era dorado. Se había transformado en oro.

—No es imposible. He encontrado la piedra filosofal. Ella es mi piedra filosofal —. Y tomó un largo sorbo de la copa, justo antes de ofrecerme a mí también un poco de eternidad...

(Nota mental)

Volví a caminar sobre las nubes. Hacía tiempo que no subía, pero después de los últimos acontecimientos, no me podía sentir mejor en ningún otro sitio.

Entre nimbo y estrato pensaba en todo lo que me estaba ocurriendo. En que me emociono con demasiada facilidad (nota mental: construir un muro gordo de acero entre yo y la realidad). En que me enamoro con demasiada facilidad (nota mental: hielo, eres de hielo, eres de hielo, eres de hielo...). En que es bueno que exista una latencia entre mis pensamientos y mis actos, para así poder ser algo más racional. Y bajar de las nubes. Y caer en la cuenta de que hay gente mala, que no son todos buenos, como yo creo (nota mental: ser algo más desconfiado).

Pero es que no quiero dejar de creer que hay hadas y duendes a mi alrededor, y que si los miras a través de un canto rodado con un agujero en medio, consigues descubrirles...

De pequeño

De pequeño creía que los rayos eran la manera que tenían los ángeles del cielo de besar esta tierra de la que fueron expulsados con la llegada del hombre...

Entre el servidor de blogia que a veces no deja colgar los posts, y los 4 exámenes que me quedan en 4 días, puede que no postee mucho en estos días... Luego vuelvo, seguro.

La ciudad del desierto (II)

No fue hasta mi tercera noche en la ciudad, que conocí al alquimista.

A pesar del agradable frescor que recorría las calles durante la noche, me encontraba en mi hamaca saboreando un té bien frío mientras observaba el firmamento. Creo que fue en aquel entonces cuando bauticé la mayoría de las constelaciones.

Y él apareció. No hizo ningún ruido, y estoy bastante seguro de que no subió por la escalerilla que subía a la terraza. Simplemente se encontraba a mi lado cuando quise darme cuenta, sentado sobre un mullido cojín, a los pies de dónde yo reposaba. Vestía una túnica marrón oscuro con bordados de hilo de oro, y sus barbas, bien cuidadas y arregladas con esmero, le llegaban hasta casi el pecho. Sin embargo, su rostro cansado parecía indicar que no tenía tiempo más que para la búsqueda de su piedra filosofal.

Permanecimos así, él sentado y yo recostado, sin decir palabra, durante un largo rato.

Y cuando él por fin abrió la boca para rectificarme en el nombre que estaba pensando para una constelación, yo asentí, sin importarme lo más mínimo que acabara de hurgar en mis pensamientos.

Así fue como conocí a mi primer amigo en la ciudad del desierto...

Soñé (IV)

Que estábamos en la habitación de mi hermano. Los dos. Y que eran las seis de la madrugada. Mis padres en la habitación de al lado, y tú y yo sentados en el suelo. Yo abrazaba mis piernas, tú estabas sentado sobre las tuyas.

De momento te abalanzabas sobre mí. Soltabas mis manos y pasabas tu cuerpo entre mis piernas. Ibas directo a la boca.

Tu cuerpo contra el mío en un instante. Retorciéndonos contra el suelo duro. Gemidos ahogados. Mis padres durmiendo en la habitación de al lado. Y tú quitándome el jersey (es invierno y hace frío). Y yo desabrochándote los pantalones.

Los dos desnudos en el suelo. Y las respiraciones agitadas. Tan agitadas. Tú respirabas contra mi cara. Y yo lloraba.

Luego desperté.

Como siempre.

21:19

21:19

Y yo debería estar ahora en un concierto de...

LA CASA AZUL!!!

Chico con boina a rayas

Hace un par de días, mientras caminaba por las callejas de alguna de mis ciudades inventadas, tropecé con un chico que llevaba una boina a rayas. En realidad, no sé hasta qué punto formaba él también parte de mi imaginación.

Dado que yo iba cargado de ideas y él de melodías, con el tropiezo se cayeron al suelo, y con las prisas y el nerviosismo, por la situación incómoda, entiéndase, confundimos parte del material.

Así, cuando llegué a casa, me encontré con tonadillas y notas, que aún entendiéndolas (tras mis 8 años de estudio en el prestigioso conservatorio de Montreal), no me pertenecían. Además, también eché en falta varios finales para alguno de mis cuentos.

No pude hacer más que ponerme en contacto con él de la manera más normal. Subí a la última planta de mi casa y comencé a quemar sueños con la esperanza de que viera mi mensaje.

Efectivamente. A los pocos días nos volvimos a encontrar en la misma esquina en la que tropezamos.

Él iba cargado con un portafolios lleno de mis textos. Y yo llevaba una pequeña grabadora con sus canciones. Decidimos sentarnos a charlar un rato.

Yo pedí un té con pastas y el chico de la boina unas pastas con té. Y entre risas, confidencias, artículos, adjetivos, verbos, preposiciones y proposiciones, acabó siendo hora de irnos a nuestras respectivas casas.

Ahora espero volver una boina cruzar la esquina para salir corrinedo y tropezar accidentalemnte...

La Ciudad del Desierto (I)

Era ya cerca del medio día cuando la caravana alcanzó la ciudad del desierto. Y a pesar de que el calor tostaba, como a fuego lento, cada uno de los granos de arena, una vez traspasamos las puertas, un ligero frescor recorrió mi cuerpo, aún llevando aquellas abundantes ropas negras de lino.

Costaba trabajo avanzar en medio de aquella acumulación de seres humanos que regateaban por el precio de 20 onzas de azufre o se sentaban tranquilamente bajo la sombra de algún sicómoro para compartir vivencias ocurridas años atrás en sus vidas con la compañía de un té de hierbabuena.

Pero si la ciudad sorprendía de día, de noche su esplendor sólo se podía comparar con alguna ciudadela construida en la vieja Hispalis. En el momento se alzaba la luna, siempre llena, las fuentes se encendían por obra de algún hechizo realizado por los magos. Las aguas recorrían los canales que serpenteaban por las puertas y los arcos repletos de arabescos de todas las casas. Canales estrechos, similares a acequias, que limpiaban la cara de la ciudad al tiempo que elevaban un frescor mágico. Y todos estos canales desembocaban en el centro mismo de la urbe, en un lago que se secaba todas las mañanas con los primeros rayos de luz del día. Un lago artificial que obligaba a los habitantes de aquella zona a regresar de las tabernas a sus casas en barcazas similares a góndolas. Un lago que era un hervidero de insectos diminutos, de libélulas e incluso de hadas perezosas, que ponían sus huevos junto a los de las luciérnagas.

Y justo cuando la luna alcanzaba el punto más alto en el alto cielo, los ricos comerciantes soltaban las amarras de sus globos aerostáticos y subían a robarle cristales de eternidad al satélite argéntico...

De nuevo

Creí que te había dicho adiós por mucho tiempo. Ahora, debo de darte de nuevo la bienvenida, melancolía...

Despedidas

No voy a salir. Voy a encerrarme en casa y estudiar hasta que acaben los exámenes una semana antes. Y después me encerraré en la habitación. Y no abriré a los amigos. Y no responderé a las llamadas. Y si vienen visitas diré que estoy enfermo o en la ducha o haré a mis padres que digan que estoy fuera.

Y dos o tres días antes, cogeré un bus diciendo que voy a ver a mi abuela a la ciudad de la playa y no iré. E iré a dormir a alguna cala escondida, para decirle adiós a las estrellas, a la luna, a los peces y a este Mediterráneo.

Y la madrugada de mi partida, volveré a casa, haré las maletas en 20 minutos, me dejaré muchas cosas que luego me harán falta y cogeré muchas otras cosas que no necesitaré.

Y me iré.

Sin despedirme.

Odio las despedidas...

(Mala) Conciencia

Me voy en menos de un mes. Tranquilo, dejaré de ser tu conciencia durante al menos 120 días...

Gafas nuevas

Debieron equivocarse en la óptica al colocarme los cristales nuevos. No es que viera mal, que la graduación de las lentes no fuera la correcta. No, qué va.

Aquellos no deberían ser mis cristales no porque viera menos, sino porque veía más.

Detrás de mis nuevas gafas, los vacíos que me rodeaban se llenaban pronto de corrientes de color. Los objetos en los que pretendía fijarme quedaban rápidamente ampliados, y las cosas y las personas que me molestaban, simplemente, no se veían.

Así fue como comencé a olvidar a David...

Cuerpos Desnudos

No sé exactamente qué fue lo que me hechizó. Quizá fuera tu cara de inocencia mirándome desde el otro lado de la cama. Puede que fueran tus palabras suaves y dulces. Es posible que se debiera a las estrellas que comenzaron la noche en tu mejilla y acabaron formando una vía láctea entre mis ojos y mi obligo. O luego, más tarde, tu lengua, que hablaba por sí sola.

O tus labios enrojeciendo por el roce con mi barba de 3 días. O mis dedos recorriendo cada rincón de tus múltiples recovecos. O el sudor. O tu respiración agitada.

Pero anoche, de nuevo, tras mucho tiempo, tuve entre los brazos el calor de tu cuerpo desnudo.

Y fue precioso...

Ángel Caído (II)

Ángel Caído (II)

Caminaba de la mano del ángel caído por las lúgubres callejas de la ciudad cuando nos cruzamos con un grupo de demonios.

Temeroso, agaché la cabeza y fijé la vista en el pavimento. No quería que aquellos espectros me tentaran.

En cambio, mi acompañante les miró a la cara y les llamó con voz seria por su nombre, tras lo cual ellos huyeron despavoridos.

Entonces tomó mi cara con sus manos, y mientras apartaba con sus pulgares las gotas de plata y vidrio que surgían de mis ojos, me engañó de nuevo prometiendo que todo aquello estaba pasado...