De pequeño creía que los rayos eran la manera que tenían los ángeles del cielo de besar esta tierra de la que fueron expulsados con la llegada del hombre...
Entre el servidor de blogia que a veces no deja colgar los posts, y los 4 exámenes que me quedan en 4 días, puede que no postee mucho en estos días... Luego vuelvo, seguro.
Que estábamos en la habitación de mi hermano. Los dos. Y que eran las seis de la madrugada. Mis padres en la habitación de al lado, y tú y yo sentados en el suelo. Yo abrazaba mis piernas, tú estabas sentado sobre las tuyas.
De momento te abalanzabas sobre mí. Soltabas mis manos y pasabas tu cuerpo entre mis piernas. Ibas directo a la boca.
Tu cuerpo contra el mío en un instante. Retorciéndonos contra el suelo duro. Gemidos ahogados. Mis padres durmiendo en la habitación de al lado. Y tú quitándome el jersey (es invierno y hace frío). Y yo desabrochándote los pantalones.
Los dos desnudos en el suelo. Y las respiraciones agitadas. Tan agitadas. Tú respirabas contra mi cara. Y yo lloraba.
Hace un par de días, mientras caminaba por las callejas de alguna de mis ciudades inventadas, tropecé con un chico que llevaba una boina a rayas. En realidad, no sé hasta qué punto formaba él también parte de mi imaginación.
Dado que yo iba cargado de ideas y él de melodías, con el tropiezo se cayeron al suelo, y con las prisas y el nerviosismo, por la situación incómoda, entiéndase, confundimos parte del material.
Así, cuando llegué a casa, me encontré con tonadillas y notas, que aún entendiéndolas (tras mis 8 años de estudio en el prestigioso conservatorio de Montreal), no me pertenecían. Además, también eché en falta varios finales para alguno de mis cuentos.
No pude hacer más que ponerme en contacto con él de la manera más normal. Subí a la última planta de mi casa y comencé a quemar sueños con la esperanza de que viera mi mensaje.
Efectivamente. A los pocos días nos volvimos a encontrar en la misma esquina en la que tropezamos.
Él iba cargado con un portafolios lleno de mis textos. Y yo llevaba una pequeña grabadora con sus canciones. Decidimos sentarnos a charlar un rato.
Yo pedí un té con pastas y el chico de la boina unas pastas con té. Y entre risas, confidencias, artículos, adjetivos, verbos, preposiciones y proposiciones, acabó siendo hora de irnos a nuestras respectivas casas.
Ahora espero volver una boina cruzar la esquina para salir corrinedo y tropezar accidentalemnte...
No voy a salir. Voy a encerrarme en casa y estudiar hasta que acaben los exámenes una semana antes. Y después me encerraré en la habitación. Y no abriré a los amigos. Y no responderé a las llamadas. Y si vienen visitas diré que estoy enfermo o en la ducha o haré a mis padres que digan que estoy fuera.
Y dos o tres días antes, cogeré un bus diciendo que voy a ver a mi abuela a la ciudad de la playa y no iré. E iré a dormir a alguna cala escondida, para decirle adiós a las estrellas, a la luna, a los peces y a este Mediterráneo.
Y la madrugada de mi partida, volveré a casa, haré las maletas en 20 minutos, me dejaré muchas cosas que luego me harán falta y cogeré muchas otras cosas que no necesitaré.
No sé exactamente qué fue lo que me hechizó. Quizá fuera tu cara de inocencia mirándome desde el otro lado de la cama. Puede que fueran tus palabras suaves y dulces. Es posible que se debiera a las estrellas que comenzaron la noche en tu mejilla y acabaron formando una vía láctea entre mis ojos y mi obligo. O luego, más tarde, tu lengua, que hablaba por sí sola.
O tus labios enrojeciendo por el roce con mi barba de 3 días. O mis dedos recorriendo cada rincón de tus múltiples recovecos. O el sudor. O tu respiración agitada.
Pero anoche, de nuevo, tras mucho tiempo, tuve entre los brazos el calor de tu cuerpo desnudo.
Hace tiempo que dejó de importarme lo que la gente decía de mí. Desde pequeño sabía que no era como los demás. En el colegio era el único que no pasaba los descansos en el patio jugando a fútbol. Odio el fútbol. Y el resto de mis compañeros se reían de mí. Creo que fue por aquel entonces cuando me llamaron por primera vez mariquita. Tampoco es que pasara los recreos leyendo en algún rincón sólo. No me gustó leer hasta que cumplí los 11 o 12 años. Aunque ahora pienso que el problema fue que no encontré mi libro hasta demasiado tarde.
Así pues. Estoy bastante acostumbrado a ser el rarito del pueblo. Un pueblo de 7.000 habitantes en el que destacar por algo es malo. Lo ideal es pasar desapercibido y yo nunca lo he hecho.
En el instituto fui el primero en llevar barba. Luego en usar zurrón (o bolsos). Y la gente se me quedaba mirando y comentaba cosas. Y algunos me llamaban mariquita. El instituto terminó, y la universidad fue una liberación. Allí conocí a gente interesante, sin prejuicios, que había crecido en ciudades donde se ignoraban los unos a los otros. Allí pude enamorarme. Allí comencé a vivir.
Y no estoy dispuesto a amargarme la vida por personas que se avergüenzan de caminar a mi lado por lo que puedan decir de ellos. No estoy dispuesto a esconder nada, ni a esconderme yo mismo. Tampoco me gusta el exhibicionismo. Pero no voy a reprimirme por culpa de un grupo de gente que no me importa lo más mínimo. Y quién no esté dispuesto a aceptar esto, que cierro los ojos o mire a otro lado. Yo estoy aquí.
Sí, quizá sea cierto que estoy bastante más delgado. Aunque no me había dado cuenta hasta anoche, cuando recorrías mi cuerpo con tus manos mientras me besabas en aquel parque oscuro.
Cuando tus dedos buscaban mi cintura, bajaban desde el pecho, despacio, como con miedo, y encontraban un escalón al acabar las costillas y comenzar el estómago. Y a la llegada de la cadera, se recreaban con los huesecillos que ahora se marcan.
Anoche leí en braille, a través de tus caricias, las nuevas curvas de este cuerpo mío, extraño y delgado...
Descubrí por primera vez a Borges en medio de una reseña de un libro de ciencia ficción que compré hace 3 años. Comparaban al autor del libro (Lem) con el escritor argentino y el mismísimo Lewis Caroll.
Un día que me paseaba por la FNAC con parte de mi mísero presupuesto, decidí comprar un libro suyo, repleto de cuentos cortos. El Aleph.
Me fascinó. Lo terminé pronto. Y lo olvidé.
Pero desde hace unas semanas, paso las noches con una sed insaciable de fantasía. De hecho, comencé a releer una antigua trilogía fantástica que acabé hace años, olvidando por completo que aborrezco releer libros (salvo 2 excepciones).
Entonces recordé que vagaba por las estanterías de casa una copia de Ficciones, y decidí que me acompañara a mi habitación. Allí descubrí un mundo tan real como el mío, pero que en realidad, contenía todas las ficciones posibles como para saciar mi sed.
Siempre he creído muy conveniente que la gente posea algún vicio. Es una muy buena manera de liberar tensiones.
Hay gente que decide abusar (porque un vicio suele ser, al fin y al cabo, un abuso) del tabaco, y acaban fumando paquete y medio de fortuna al día. Otros, más osados prefieren la paz que infunden los porros o acaban necesitando cuatro rallas para aguantar toda la noche.
Algunos otros tenemos vicios algo menos perjudiciales para la salud, como la música, la lectura o incluso la escritura. También hay quien es capaz de pasar horas jugando con la Play de su hermano pequeño.
Yo, como buen humano, he sido siempre bastante prolífico en cuanto a vicios se refiere. Algunos los he nombrado antes (hablo de los saludables, por descontado), y han acompañado mis horas de tedio y desazón.
Pero en marzo pasado descubrí, al comenzar mi última relación estable, un nuevo vicio, quizá el más placentero de cuantos había probado.
Esta noche he tenido uno de los sueños más bonitos de mi vida. La verdad es que he tenido varios, y no todos eran agradables, ya que en uno de ellos encontraba a una amiga que había sufrido un accidente de coche.
Pero poco después, paseando por las calles de una ciudad imaginada, me he metido en un extraño bar donde me ha atendido quizá el ser más peculiar que he conocido (o no que conocido, puesto que era un sueño).
Era alto. Bueno, más alto que yo. Pelo rubio corto y ojos claros. Sí, alguien estará pensando ahora que también tendría los labios carnosos. Y sí, los tenía.
Amablemente tomaba nota de lo que iba a tomar para más tarde traer mi pedido junto con su sonrisa y la promesa de que nos veríamos más tarde. Exactamente a las 6 de la tarde.
He despertado algo confuso, puesto que el sueño ha sido muy intenso. Y llevo todo el día pensando que realmente tenía una cita a las seis de la tarde.
Ya ha pasado esa hora, así que imagino que se habrá cansado de esperar y creerá que le he dado plantón. Para un chico guapo y agradable que conozco en meses...
Y esta vez no es una poética metáfora. No me refiero a que alguien haya aparecido en mi vida como venido del mismísimo cielo. Más bien estoy hablando de alguien que ocupaba el más alto de mis altares y que anoche cayó.
Es posible que fuera un simple comentario que hizo un amigo común sobre los nuevos vicios del idolatrado. O igual la intención era hacerme ver que ya no era aquel que conocí.
Pero anoche, tus versos, algunas de tus caricias, y algunas lágrimas mías, se fueron con la brisa que soplaba en el balcón de mi casa.
Llevo unas semanas viendo de nuevo las películas que me llevaste a ver al cine. Más que nada para quitarle toda la magia con que las bañé al verlas contigo.
Hoy le tocaba a Lost in translation. No me he podido resistir, y he ido directamente a la escena en la que ella pasea por los tempos de Kyoto. La fotografía en ese fragmento es maravillosa.
Ahora, será quizá la mejor película que haya visto este año. Pero ya no tendrá nada que ver contigo. Además, esta tarde si tengo tiempo, la veré completa, que cuando fuimos juntos al cine no me dejaste ver ni la mitad...