Ni sabían ni imaginaban ni se daban cuenta
Pero M calló cuando apoyé la cabeza en su hombro. Callaba y pasaba las hojas del periódico.
La nevera emitía el zumbido perpetuo que siempre asociaré a la cocina de M. A. en el baño. Mi cabeza en el hombro de M.
Los ojos cerrados.
M. comienza a mesar y desordenar mis rizos, justo en el momento en el que comienzo a llorar.
Ni A. ni J. ni A. sabían ni imaginaban ni se daban cuenta.
M. continuaba pasando las hojas del diario de la mañana. Yo lloraba. Mis rizos un poco más desordenados.
No necesitaba nada más...
