El martes fue una de esas noches que yo tiendo a bautiza como noche horribilis. Es decir, entre pitos, flautas y demás gremio musical, dormí menos de 3 horas. Claro, eso ha causado que el resto de la semana lo pasara en un estado pseudovegetativo que me permitía centrarme en las tareas con un esfuerzo sobrehumano. Me estoy convirtiendo en superhéroe, yo, casi sin querer.
Esta mañana, cuando el sueño estaba a punto de vencerme en el momento (las 5'30am) en el que me he levantado para dar un último repaso a mis apuntes, he conseguido sobrevivir gracias a la voz un poco desgarrada de una desgraciada que canta soul como los ángeles y fuma crack como el mismísimo demonio...
Hacía tiempo que no recomendaba un disco. Este no tiene pérdida.
Releo la libreta en la que escribo y vuelvo a pensar que me encantaría saber dibujar. A mi cuñada se le da muy bien. En el flickr hay millones de personas que cuelgan diariamente bocetos, y yo me paso horas embobado mirándolas.
Pero nunca supe dibujar algo medianamente coherente a parte de letras.
Quito pelusas de debajo del ratón del portátil y pienso en algún tema para algún relato corto. Se me escapan de los dedos los relatos cortos y las pelusas, y aunque la música continúe sonando, me vuelvo a sentir un poco vacío y triste y tonto.
Vamos a probar con las pelusas:
La pelusa cayó al suelo desde el ombligo del hombre y tomó vida. Nadie puso fango en ella, ni recitó unas palabras mágicas ni colocó una letra hebrea debajo de su lengua.
La pelusa rodó por el suelo, cubierto por cierto grado de polvo, y viró en dirección al rincón en el que se agazapaban otras pelusas, y aunque intentó algún tipo de contacto con ellas, no consiguió arrancarles más que un leve balanceo, que atribuyó alguna corriente de aire de la habitación.
La pelusa, sabiéndose sola e incomprendida en el mundo, planeó en un par de microsegundos un suicido pelusil, que se vio truncado al lanzarse al vacío desde la ventana de un 5º y verse repentinamente trasformada en un vilano...
Leo otros blogs de otras personas y me recuerdan a cuando comencé a escribir este mismo. Es posible que haya decaído, ahora casi siempre hablo más de mí que de lo que pasa por mi cabeza.
No sé si eso es bueno o es malo. Sí es cierto que escribo mucho menos. Debería obligarme a hacerlo todos los días. Es un imperativo, un ejercicio. Aunque luego me da pereza.
Lo que no me da pereza ahora mismo es coger un bocadillo (de salchichón y queso), la chaqueta y la cometa y bajarme con mi chico a volar la cometa. Creo que hoy habrá éxito. Voy a ver si pesco al ángel de mi abuela y puedo decirle que la echo de menos.
A veces la tristeza decide hacerse un hueco en los ojos de uno, ahora, que parecía que los tenía algo más alegres...
Las rutinas le traen a uno la facilidad de saber el qué hacer en cada momento. El problema son los tiempos muertos y los silencios y las noches. No quiero tener tiempos muertos, ni silencios si estoy a tu lado, ni noches impares en camas estrechas.
Se me hace difícil soñar en domingos lejos de casa de mi abuela. Se me hace difícil soñar sin mi abuela, a pesar de saber que iba a ocurrir.
Felisa estaba cansada, y antesdeayer en la cama decidió que se había cansado de respirar. Tenía los ojos cerrados, como los había tenido durante todo el día, y un parche de morfina por el que nos tuvimos que pelear con el médico de cabecera. Dejó de respirar y estuve a su lado junto con mi madre y alguna de sus hermanas (de mi madre y de mi abuela).
Felisa era mi abuela, aunque la llamábamos Mare, y sonrió hasta el día 5 de enero, cuando le dió una embolia que le paralizó medio cuerpo, el izquierdo, y le arrancó las ganas de ser feliz.
Ayer fue un día raro, de llorar mucho y dormir poco, aunque en realidad dormía poco desde hacía 3 días, que esperaba una llamada al móvil que me confirmara lo que esperaba.
Después del fin de semana intenso (dos exámenes y curro y ginctonic DORMIR bronca y r ehabilitación y cometa e inglés y DORMIR), vuelvo a la tranquilidad de la universidad sin complicaciones.
Esta mañana, llegando, hemos comprobado que aún no se había levantado. La universidad. Y que estaba envuelta en una sábana de algodón de azúcar blanco. No, no era smog. Era niebla. Espesa. Niebla.
Estos días ya no me siento embotado. Parece que dejé de medicar a mi ánimo con corticoides. No. Ahora me siento algo más liviano. No hay niebla en los ojos... Los borlitones que suben y bajan sí, esos continúan ahí, en mis ojos. El otro día en clase nos explicaron qué eran. A mí me importa bastante poco lo que diga la medicina que son. La verdad es que no me molestan demasiado. Son mis borlitones de dentro del ojo. Y punto.
Fue más bien casualidad que remangara estos pantalones vaqueros que llevo ahora puestos. Lo que nunca llegaré a comprender es cómo se colaron dos trozos de vidrio de tu corazón en ese espacio que se queda al hacer el doblez...
Ayer volví a escuchar las voces. No son muchas, es una, y siempre me habla cuando lloro... Aunque hace tiempo que apredí a no hacerle caso.
Llevo un par de días pensando acerca del olvido... Quizá sea por la situación de mi iaia, o quizá no haya ninguna explicación para ello.
El hecho es que pienso repetidamente sobre los olvidos y la memoria. Sobre las personas que creímos que permanecerían en nuestra cabeza eternamente y un día alguien dice un nombre y caes en la cuenta de que no recuerdas cuándo fue la última vez que lo tuviste en mente. Sobre los lugares que es imposible que desaparezcan del cerebro. Sobre las peleas que se anclaron y se clavaron en alguna circunvolución, o quizá, más cerca del corazón que de la cabeza.
Sí, creo que el corazón es un órgano secundario de la memoria, que deberíamos estudiar con más profundidad en alguna de las asignaturas de mi carrera...
Ahora estoy en una sala de ordenadores de mi universidad, llena de gente que murmulla y habla, y tengo ganas de taparme los oídos y balancearme y pensar que el ruido se irá, el que hay dentro y fuera de mi cabeza. Pero el ruido no se va, y me canso, y me altero, y tengo ganas de gritar porque estoy algo nervioso por los exámenes y por los trabajos, y porque en menos de 6 meses estaré por fin trabajando en algo en lo que me sentiré realizado. Pero mientras tanto tendré que soportar el ruido y la gente que me mira y me mira por encima del hombro, creyéndose mejor, o simplemente creyéndome otro maricón más.
Sin embargo, ayer volé la cometa.
Fue liviano, y E. me ayudaba a mantener los pies en el suelo.
Los reyes pasaron, sin pena ni gloria, y ahora me enfrento a mi último periodo de clases por un tiempo indeterminado (como las treguas).
Por delante me quedan dos semanas más de lecciones y 4 meses de prácticas hospitalarias, en las que debo afianzar todo lo que sé, lo que no sé y lo que intuyo.
Quería hacer un llamamiento a todas aquellas personas que tenían pensado...
...fastidiarme, dejarme, joderme, romperme el corazón o las gafas o la nariz, hundirme, humillarme, dejarme tirado, dejarme plantado, intentar envenenarme...
... que por favor, que lo hagan ya.
A partir de mediados de enero comenzaré con una vorágine de exámenes y entregas para culminar mi (espero, por mucho tiempo) último año de estudios. Y me gustaría estar en paz conmigo mismo y con todos los demás.
Así que ya saben, hagan todas las cosas anteriormente mentadas por adelantado.
Esta mañana cuando esperaba el bus he caído en la cuenta.
3 años atrás mis manos sentían aversión por los bolsillos, y tendían a esconderse discretamente en los puños de las chaquetas o de los jersés y polos ligeramente largos.
Ahora se meten sin ningún pudor en los bolsillos.
Malditos bolsillos.
Creo que también han cambiado algunas cosas más a lo largo de estos 3 años. Pero posiblemente no sean más que consecuencias de lo que acabo de contar...
Me duele la base del pie derecho. Bueno, en realidad tengo más dolores, aunque no todos tan acuciantes ni punzantes como el que tengo ahora en el pie. Derecho.
Anoche volví a tener un sueño. Terrorífico, éste.
Soñaba que vivía una vida normal, que paseaba por una ciudad que no era la mía y que vivía y sonreía. Entonces, se acercaba una enfermera (creo que era enfermera a pesar de que llevara una minifalda blanca y una cofia con una cruz roja) y me decía que había olvidado tomar mi medicación.
Yo lloraba y pataleaba, y entonces ella, a la fuerza, con la ayuda de dos personajes siniestros, enormes y musculosos, me daba la medicación.
Y entonces me he despertado y he notado una caricia en el pelo y una voz que decía "tranquilo, ¿ves? ya están haciendo efecto".