3. Para no perderse no hay nada mejor que cerrar los ojos. Caminar por la calle desconocida con los ojos cerrados. Meterse en la cama con los ojos cerrados. Los corazones ajenos siempre se ven mejor con los ojos cerrados. Y las palomitas saben más y los besos se dan mejor. O eso se dice.
El efecto es similar si el entorno es oscuro y no vemos a dónde vamos.
Siempre se acaba llegando. Con los ojos cerrados. Pero siempre se llega. Y por regla general, a buen puerto.
Y si se tropieza y se cae uno, mejor. Siempre es bueno aprender a levantarse.
Hay veces que en casa nos comunicamos mediante gritos. Es un mecanismo de comunicación un poco anticuado, pero funciona. El tono base de mamá debe ser de unos 80 o 90 decibelios. En la última mascletá que vi en la tele alcanzaron los 110.
Es una forma de comunicación un poco precaria, ya que los gritos no permiten expresar otro sentimiento que rabia, odio o malestar. Así pues se pierde la mitad del mensaje. Y claro, saca el pan se convierte en una acusación de primer grado, y buenas noches en una venganza.
Yo impondría más bien la máxima de algunas cafeterías que estan abriendo en Nueva York (cuánto nos sacan de ventaja estos americanos), en donde no se puede hablar, sino susurrar. Son las llamadas wispper coffes. Las hay incluso con libretitas y bolis por todos los rincones para comunicarse, pues se llegan a prohibir incluso los susurros.
Yo, la verdad, me conformaría con los susurros que a veces me dicen en la cama, justo al lado de la oreja.
Hoy no tengo tiempo y no me pienso meter ni siquiera en el editor, porque ahora me voy a tomar un café (que la barriga se queja, y eso que tiene material para ir tirando) y luego he quedado con una persona que es lo más parecido y cercano a Parma que tengo aquí y se me va lejos y tengo que darle muchos abrazos para el camino.
Quizá luego cuente algo más.
O no.
Modificación (14.07): Me encanta la palabra Coccole del italiano... Significa carantoñas, caricias... Es más o menos recostarse en un sofá, tras haber leído un par de horas (o minutos, es más o menos lo mismo), y comenzar a hacerse cosquillas, meter la mano por debajo de la camisera y buscar el costado, pasar el dedo suave por la espalda, jugar con el pelo... Como veís, tiene muchos significados, aunque no sé con cuál me quedaría...
Anoche, como muchas otras noches, C. se metió en la cama conmigo para leer un rato antes de dormir. Es una costumbre que empezamos hace dos años, cuando él tenía 9 años y no ocupaba casi ni un cuarto de la cama. Lo repetimos todos los inviernos. En verano no podemos estar los dos en una cama tan pequeña.
Sólo que C. va creciendo y cada vez se nos hace más difícil compartir las sábanas. Cualquier día ya ni cabemos los dos. Las sábanas y el edredón nos los vamos arrancando el uno al otro. Y se confunden las lecturas, claro. Como la cama es pequeñita...
Yo anoche leía una novela policíaca y de vez en cuando veía asomar la cola de un dragón de los del libro de mi hermano. Y yo, porfa, C., hazte un poco hacia allá, y él, jo!, es que me quedo en el borde y me sube el frío.
Creo que si continúa creciendo deberé pedir a mis padres una cama de cuerpo y medio. Porque a estos rituales me niego a renegar...
Los pueblos como Alcoleja tienen mucho frío acumulado. Mucho odio. Como en todos los pueblos. Las vecinas siempre asomándose a la ventana para ver a quién criticar luego en la peluquería. Los abuelos que te miran con mala cara al cruzarse contigo. Eres nuevo.
El frío se acumula en las casas viejas. Ya lo he dicho más de una vez. Y ha aprendido una extraña costumbre. El frío. Le gusta jugar por en medio de los rizos de mi cabeza. Y claro, el frío me enfría. Para evitar eso están las mantas, pero millones de mantas pesan mucho y dan calor, que es casi tan malo como el frío.
Es imposible dormir con tres millones cuatrocientas seseintaicinco mil trescientas veinte mantas y encima los calcetines puestos. Por eso, a las 6 de la madrugada no pude más que comenzar una incursión espeleológica hacia el fondo de la cama con mis manos para quitarme los calcetines. Y ya pude dormir.
Me parece extraño acabar acostumbrándome a dormir acompañado. Nunca lo pensé. Siempre creí que no llegaría ese momento. El llegar a conocer las pecas de una espalda de memoria.
No comprendo la extraña manía que comparten mis padres sobre que recoja mi habitación.
Mi habitación es pequeña. Bastante. Además debo compartirla con una cama, una mesita (demasiado pequeña para acumular libros), una mesa larga, un armario y ya está.
En medio de esta vorágine de compañeros de habitación, debemos repartir nuestro espacio con montañas de libros. Se acumulan por todos los rincones. Como las pelusas. Junto con las pelusas.
Libros leídos y por leer y algún que otro cómic (porque me gusta leer cómics y no creo que sean de freaks).
Algo que ellos aún no consiguen entender es que todo esto que luego escribo aquí. Y allí, y en las libretas y millones de blogs que escribo... Todo lo que sale de mi cabeza ha nacido en mi habitación. Posiblemente aquel verso acertado de mi última poesía está situado en medio del montón de libros al pie de la cama, entre "La vieja sirena" y "Cómo huir de una ciudad con frío". Y los trozos de irrealidad que me invaden frente al teclado sean culpa de Millás sobre mi armario.
Por eso no quiero recoger la habitación. Porque si no las palabras se ordenan, se quedan en colocadas siguiendo es estúpido orden alfabético, y ya no tienen sentido.
Ayer, durante unas prácticas en las que aprendimos a dar malas noticias, hicimos una simulación donde yo tenía que hacer de coordinador de enfermería en hospital y debía despedir a un trabajador (un compañero de clase) cuyo rendimiento era excelente pero que, debido a un reajuste económico de Consellería, perdía su trabajo.
Tras la simulación el profesor me dio la enhorabuena y dijo que tenía mucha capacidad de empatizar con los demás, además de una gran sensibilidad.
Y yo comencé a cabrearme, porque todo el mundo usa siempre la misma frase, la misma expresión... "Tienes muchísima sensibilidad, y eso se ve en lo que escribes" o "La sensibilidad que demuestras es particularmente grande" o historias por el estilo.
Yo no quiero ser sensible. Siendo sensible uno no puede dominar el mundo.
En las clases de dictador universal que todos recibimos de pequeños se nos enseñaba a mirar las cosas con cierta distancia; a analizar y racionalizarlo todo, ser frío y calculador...
Siendo sensible no conseguiré alcanzar mis planes dictatoriales. ¡¡¡Que alguien me extirpe la sensibilidad!!!
Es extraño repartir las vacaciones en el trabajo sin saber si quiera si en unos meses continuaré trabajando en el mismo sitio. Es casi utópico, como pensar que en unos meses ya estará descubierta la vacuna contra el SIDA o que los coches volarán con reactores de antimateria a dos palmos sobre el suelo.
Así que allí estaba yo, de pie, viendo como me asignaban unas vacaciones que no sé si quiera si disfrutaré. Aunque la verdad, sin poder coincidir en mis vacaciones con E., el modo de disfrutarlas será diferente.
Quiero viajar con E. Pero viajar de verdad, no los simulacros que creamos bajo los colchones. Cojer una maleta y un tren, y saber que no volveré a pisar el suelo bajo mis pies en unos días. Y dormir en camas ajenas y extrañas. Y comer comida rápida o entrar en los supermercados para comprar pan y embutido que meter dentro.
Y pasear por las calles de una ciudad que sea casi de mentira, con canales y puentes. Y campanarios inmesos y teatros de piedra antigua.
La verdad es que me encantan los días con lluvia. Y las temporadas largas de llover también, aunque al final el agua comienza a meterse por todos los sitios y se vuelve algo incómodo. Recuerdo hace un par de años que llovió durante días y el agua se filtraba por todos los sitios, y era incómodo dormir con las sábanas empapadas, y hasta a un vecino mío le salieron branquias. Fue curioso y salió en el periódico y todo. Lo de dormir con las sábanas mojadas.
El agua se llegó a filtrar en los corazones de la gente menos apta (aquellos sin la etiquetita de waterresistant en la planta de los pies), y sus cuerpos se paraban. Era gracioso ir por la calle y ver como se iban ralentizando hasta detenerse. Luego hubo que tenderles desnudos al sol para que se evaporara todo el líquido que había en su interior y así poder volver a funcionar con normalidad.
Definitivamente, me gustan los días con lluvia. Aunque sean muchos y sean seguidos.
1. Coger una aguja de tejer estrellas y marcarle el Este con un imán. No intentar nunca marcarle el Norte. En el norte solo hay frío. Usar de este modo el instrumento recién creado como brújula. Y volver. Aquí.
Cuando era pequeño era feillo. No del montón. Era feo. Y gordo. Tampoco es que ahora esté para hacer de modelo, pero creo que los años no me han tratado mal.
Recuerdo que me juntaba con otros feos, y que escuchaba las conversaciones de las chicas, cuando hacían ranking de poco agraciados para ver si estaba por encima o no de los otros. Una vez dos chicas que no sabían que las estaba oyendo dijeron que era más feo que el que yo consideraba el adefesio máximo. Creo que surge ahí mi trauma físico actual.
Pero a lo que iba. Los feos nos juntábamos, y muchas veces también éramos listos. Aunque no todos. Y los feos listos perpetraban atentados contra la integridad del resto de la humanidad. Es decir, pensábamos que cuando fuéramos mayores fastidiaríamos a los guapos y a las chicas que nos ponían mal en los rankings de feos.
Yo quería ser el amo del mundo y alguna vez pensé en torturas que desfiguraran a mis competidores. Por suerte crecí. Ahora me conformo con ignorarles.
Mi hermano pequeño ha llegado hoy admitiendo saber quién eran los reyes magos desde junio. C. tiene aún 11 años, y mamá, al escucharle, ha reconocido que se le han acabado los niños pequeños.
Imagino que tiene que ser duro. Que se te acaben los niños. Saber que comienzas a tener proyectos de personas, aunque aún sean personitas, pero ya no niños.
Debe de ser algo parecido a comerse la última pastilla de turrón casero. Es otra cosa que ha dicho mamá. Recuerda cuando se terminaba la última pastilla de turrón casero, del que hacía mi abuela (ahora es mamá la que lo hace).
No quiero ser padre para tener ese tipo de traumas. Porque me conozco, y sé que acabaría casi suicidándome con esos pequeños finales, casi fracasos.
No he sido capaz de decirle a mi madre que ahora tiene que comenzar a sentirse orgullosa con los pequeños éxitos que hará C. para alcanzar la adultez.
Aunque, si os he de ser sinceros, no quiero que C. se haga adulto. Quizá le mande a Nunca Jamás.
Las ollas a presión me cargan. Igual que los poetas que usan construcciones del tipo "acusome" o "diole". Me parecen igual de insoportables.
Estos días escribo poco y pienso mucho.
Escribo poco porque ando liado pensando regalos y nuevas maneras de hacer el amor.
He descubierto que las camas se quedan, durante unos 15 o 17 minutos, con la temperatura ideal después de hacer el amor. La temperatura ideal es aquella que se alcanza en las camas cubiertas con un edredón nórdico justo después de que suene el despertador por la mañana. Ni frío ni calor. La temperatura ideal es un estado previo al estado ideal, que como bien postuló Algora hace ya casi dos años, es el estado intermedio entre quererte y no, una canción de Coldplay o el final de Amelie. Es una lágrima a punto de caer tras una carcajada. Yo añadí un par de momentos más al estado perfecto, como los chocolates de cafetería con frío fuera o los coloretes que se dibujan en las caras tras hacer el amor.
Y mientras escribo esto, compruebo que el estado perfecto tiene mucho que ver con el amor y las camas.
Comenzamos con la comida. Tentado estuve, en varios momentos, a causarme el vómito para continuar comiendo, como ya hicieron los antiguos romanos.
Ni que decir cabe que la mesa rebosaba de apetitosos manjares. Los contrastes de sabores predominaban, como si un exquisito chef se hubiera encargado del menú. Menú, a su vez, de lo más mundano y humilde, y no por ello, sabroso.
Los postres alcanzaron una dimensión que rozaba la paranormalidad. Mejor ni nombrarlos.
Después llegó el alcohol. Y más tarde el sexo. Pero como estas letras son leídas a veces por menores, mejor no alargarse en detalles. Solo decir que hubo casi todas las modalidades posibles. Dentro del buen gusto. Y que yo fue estrictamente fiel. Estrictísimo. Aunque tampoco hubiera hecho nada de no tener pareja.
En cierto momento creí ver a una imagen angelical que me dijo que en breve arderíamos todos entre llamas, así que mejor me fui, y no miré atrás, no fuera a convertirme en estatua de sal.
Tengo una gabardina que no me suelo poner. Bueno, no es una gabardina, mi madre la llama tres-cuartos. De esas que te llegan hasta la altura de las rodillas, con capucha y todo.
No me la suelo poner mucho, quizá un par de veces al año. Me miro en el espejo y me pierdo entre la gabardina. Bueno, entre el tres-cuartos. Y aunque sea calentita, el calor también se puede llegar a perder en su interior, y claro, acaba uno cogiendo fríos dentro, aunque sea una gabardina y aunque sea calentita.
Una de las únicas cosas que me gusta son los bolsillos. Son dos cuadrados gigantes cosidos a ambos lados, justo a la altura en la que suelen ir los bolsillos en los tres-cuartos. Y al ser tan inmensos, ocurre lo mismo que cuando me veo en el espejo, que se pierden las cosas dentro. Así, cada vez que me la vuelvo a poner encuentro cosas nuevas (en realidad viejas), como sobres de medicinas de aquel resfriado que me pegó mi antepenúltimo amante, o cuentos y notas para alguna poesía que murió en mi mente o en una libreta. A veces chicles algo duros o caramelos que no pierden el sabor con los años.
Creo que lo hago adrede. Eso de dejarme cosas dentro para reencontrarlas con el tiempo. Aún no me he planteado qué meter antes de volver a guardarla en el armario esta vez.
Alguien me criticó el pasado jueves por no haber hecho ninguna mención al respecto de la entrada de la nueva estación. Alguien fue M. Así que quizá ya sea el momento de hablar de ella.
Los inviernos son cálidos aquí en Onil. Quizá sea porque me acuerdo del pasado en Parma. O porque tengo muchos abrazos ahora. Aunque las casas viejas son propensas a recoger frío, sobretodo en las habitaciones de arriba, sobretodo en las que hay colchones sobre el suelo, sobretodo aunque se tengan dos sacos de dormir que no hacen más que caerse sobre las espaldas de uno (o de dos).
Es bonito hacer el amor con tanto frío.
Las navidades también me han alcanzado, y eso que yo procuré huir. Y este año las vivo con ganas, cosa extraña. Me apetece regalar (bueno, eso casi siempre).
El jueves me adelantaron un regalo. Es un ensayo sobre poesía.
Las noches de fiesta me saben amargas. Como dice Amaral. Hace tiempo que no lo pasó realmente bien una noche de fiesta. Y esta noche es una noche de fiesta, así que veremos qué sucede. Creo que iremos antes al cine. Me apetece. Con M. Y luego quizá vayamos a comer a cualquier sitio. Y luego más tarde ya bajaremos a los pubs del barrio. Aunque como es la Macrofiesta universitaria estará todo que dará asco. Ójala no hubiera demasiada gente en los pubs poperos donde voy.
Me gusta cómo bailan los poperos. Creo que me hice popero sólo por bailar como ellos. Con los brazos siempre pegados a la cintura y el pecho lleno de chapas. Y las chicas con sus vestidos de vinilo y moviéndose como si se fueran a romper. Me gustan las chapas en el pecho. Y en los pantalones. Muchas. Tengo más de 50 chapas, y hoy he cogido unas 10 para elegir cuál ponerme esta noche.
Las chapas forman como constelaciones en el pecho de la gente que las lleva. Y cuando vas por la calle te ayudan a orientarte. Las chapas en el pecho. Te guían, y si callas y escuchas te dicen hacia dónde te tienes que mover, y dónde hay más o menos gente.
El protagonista de un libro que acabé ayer decía que las fiestas más íntimas eran aquellas en las que había más gente. Mucha gente.
Creo que esta noche estaré algo sólo en medio de un millón de gente. Como dice Amaral.
El sol no llega a quemar, pero calienta. Cae casi horizontal aunque sean las 11 de la mañana. A estas alturas del año, anda algo perezoso. Bueno, perezosos andamos muchos.
Yo, por ejemplo. Ando tan perezoso que me canso hasta de respirar. Me despierto por las mañanas y decido entre respirar y levantarme. Y como tengo que bajar a la universidad, que si no mi madre me riñe, pues decido levantarme. Y ya me ves, todo el día muerto viviente por el mundo.
A veces me dicen que comienzo a azulear. Cianótico perdido, me pongo, oigan. Y es que en estas alturas del año, cuando ya casi se está acabando todo (bueno, todo no, hay cosas que durarán), pues me vuelvo muy perezoso. Y si tengo que elegir, a veces, no lo hago bien del todo.