Fui al cine ayer y vi una película que era como un cuento. Un cuento de esos que me gustaría haber escrito.
Hoy llevo toda la mañana pensando en que me gustaría vivir un cuento. Y encontrar a la gente, porque sí, en el césped de la universidad e ir a tomar café.
Y dar más besos en público y con testigos. Quizá decir en casa que me voy, y pasar un tiempo fuera, con amigos y abrazos y cosas para no hacer.
Era la segunda vez que veía la película. La primera fue en italiano, y me gustó más, quizá por la cadencia, o por los dobladores. Me gusta mucho como suena el italiano. Y el catalán-mallorquín.
Silencio. Se levanta el telón. Los actores salen y desfilan por la escena. Muchos llegan y se van. Otros mantienen largos monólogos. No se callan. Decido matarlos. Es lo bueno del teatro, que nadie se muere de verdad. Solo en este mundo imaginario.
Hay veces en las que entra en el escenario algún personaje y no quieres que se vaya.
Por mucho que el tiempo se empeñe en evitarlo, la primavera ha llegado.
Es decir, el frío continúa, eso no se puede negar. Además, seguro que si leen estas líneas algunos de los habitantes del norte del país, pensarán, qué primavera y qué cachocuartos. Pero sí.
Los almendros están dando un color blanco-rosado a las sierras de alrededor de mi pueblo, y las florecillasblancasdecuatropétalos (no recuerdo el nombre científico) tapizan las faldas de las montañas.
Lo siento. Por el tiempo y por el frío. Pero ya es primavera.
Algunos días, en vez de comer, me siento en el césped de la universidad y comienzo a leer poesía. Sé que habrá gente que me dirá que se pueden hacer las dos cosas. Me da igual.
Esos días me siento a leer. Normalmente la misma poseía infinidades de veces. Me fijo en el título, y la releo. No intento interpretarla. Sólo intento impregnarme de las palabras, que me recorra el sentimiento que tenía la persona que la escribió cuando la escribió.
Entonces cojo un lápiz y comienzo a escribir. Versos. Normalmente cortos.
Lo que nace de este experimento nunca tiene nada que ver con la poesía original. Pero me gusta continuar haciéndolo.
Las caricias a escondidas son las mejores. Bajo la mesa, en una esquina de las habitaciones, en cualquier sitio donde (al menos) crea que no me ve nadie. Que no nos ven.
Hay algo extraño. Somos todos un poco egocéntricos, hasta el punto de que nos creemos siempre observados. He besado más de una vez a otro chico en medio del lugar menos apropiado y no me han visto, a pesar de estar rodeado de gente. Hay que aprovecharse más de esto (nota mental).
No sé si alguna vez llegaré a ser un buen enfermero, lo que me consta es que como enfermo tengo un futuro crudo. Soy una persona con una salud bastante buena, pero en el momento en el que me resiento un poco por cualquier razón (véase resfriado -como el actual-, gripe, gastroenteritis, etc.) la verdad es que lo paso realmente mal.
Soy de esas personas que deambulan medio zombis por casa, con el pijama puesto y la cara roja por la fiebre, con el sudor empapando la espalda, leyendo las 10 horas del día en las que estoy despierto, quejándome el resto del tiempo mientras intento dormir y no lo consigo... Además, no sé cómo ha llegado a mí, pero tengo la habilidad de gemir del modo más lastimero posible cuando el termómetro sube de 38 (cosa que, en mí, no es muy difícil).
Ahora sólo espero que los enfermos de mi planta no noten el rubor de las mejillas o los ojos de cansancio... No sé cómo les podría sentar el descubrirse curados por un enfermero enfermo...
No sé si es lícito decir que no he estado enamorado de alguna de mis parejas, que no les he querido. En realidad, mientras han durado todas mis relaciones, siempre he estado completamente convencido de quererles.
Después, el tiempo me ha obligado a comparar. Así, creo que nunca había estado enamorado como ahora, aunque esto es algo que ya había pensado y que después cambió, al igual que más de una vez ha salido de mis labios (ha pasado por mi cabeza) que no podría querer a nadie como quería a la persona que recibía estas palabras (pensamientos).
El amor es una cosa complicada y chunga. ¿Alguien me ayuda a escribir un manual?
Había pensado un post de post-cabreo paterno-materno-filial, pero creo que eso me rebajaría bastante. Así que mejor digo que hace un día de siestas en el césped (aunque en el Tiempo se empeñen en decir que hará frío) y que el viaje a Madrid me da cosquillitas en el estómago. Como si me enamorara.
Se sienta a mi lado y comienza a hablar. Sabe que no le escucho. Ya me sé sus historias de memoria. Sabe que no le presto atención alguna. Yo voy para fumarme mi cigarro durante el trabajo. Él siempre llega y comienza a hablar. Como siempre. Como el primer día.
No fuimos extraños el uno para el otro, simplemente llegó y comenzó a hablar. Al principio sí le contestaba, y le escuchaba, pero a los pocos días comprobé que siempre me contaba las mismas historias.
Un día habló de algo nuevo. Pasó más de media hora fabulando. Estoy seguro de que aquello no lo había escuchado a nadie. Salió todo de su cabeza. Lo escribí y a los pocos días había ganado un premio de cuentos.
Es por eso que continúo escuchándole. La segunda vez que vario la conversación habitual me sorprendió con una poesía. Busqué en todos los lados, consulté millones de páginas en internet y acabé por concluir que aquello también era inédito. Como el cuento.
Al tiempo tenía una colección de versos y prosas que dieron forma a un libro con mi nombre y apellidos. Yo ganaba el dinero. Y continuaba escuchándole cada tarde.
Las palabras tienen una vida secreta en nuestro interior. Siempre he querido imaginar que se bañan constantemente en una gran marmita, como aquellas de las brujas, y que el temperamento de la gente es la llama que hay bajo el caldero. Así, una persona pasiva tiene una llamita que a penas hace burbujear el agua en la que nadan las palabras; y en cambio, las personas agitadas o con una gran inspiración tienen un gran fuego que hace hervir fuerte al agua, y con las burbujas, las palabras saltan fuera.
Las palabras se asocian en las cabezas/marmitas de las personas, y crean pensamientos. Los pensamientos son inofensivos. No matan. Hay personas que nunca pasarán de los pensamientos.
Hay gente que no se atreve a sacar las palabras. Porque saben que una palabra fuera de la marmita y fuera de la cabeza y fuera de la boca se convierte en verdad. Pensar te quiero no es lo mismo que decir te quiero.
Escribir una palabra es un acto intermedio entre pensarla y decirla. O posterior. No lo tengo muy claro.
La primera es mi nariz. Parece ser que es un centro, un monolito, un cetro per se. He recibido ya tres proposiciones indecentes en las que intermediaba mi nariz. Me han preguntado cinco personas diferentes si me la he operado. Nariz. Recta, descendente, corta. M. dice que tengo una nariz griega. No sé cómo tenían la nariz los griegos, aunque sí cómo tenían el pelo. Rizado, como yo. Aunque si fue una cultura que acabó viniendo a menos, no sé si es un buen piropo eso de la nariz griega.
La otra cosa sobre la que quería hablar son las noches. Compruebo que me falta alguien que me cante una nana o me lea un cuento antes de dormirme. O mejor, mientras me duermo. Tampoco pido que sea muy afinado, o que invente los cuentos. Simplemente con que me lea o me tararee podré alcanzar mejor el sueño.
Últimamente duermo mal y sueño mucho. Y sueño mal.
Sí, la nieve será incómoda para ir en coche y para salir, y las probabilidades de resbalar aumentarán exponencialmente en una calle llena de nieve. Y después de un tiempo con nieve y frío, se creará hielo, que es aún más frío y no deja abrazar bien a los corazones.
Pero luego llega el sol y en una mañana derrite todo. Y un paisaje que no costaba mirar, de puro sencillo y puro blanco, vuelve a ganar la cromatidad.
Y a pesar de todo, preferiría reservarme el sol para los abrazos. Y ser yo el que quite el frío en los corazones ajenos. En su corazón. Ajeno.
4. Los mapas se leen desde la cama. Como las cartas. Los sueños se interpretan frente al café. En los cafés y en los sueños siempre se ve el camino de regreso.
Las camas son un buen lugar de reunión. A veces uno se pierde en ellas. O en los cuerpos que hay en ellas. Pero por regla general, son un sitio muy céntrico...
La nieve, qué extraña planta. Uno se afana a cortar el más mínimo indicio de su existencia, pasando frío en invierno y calor en verano, podando cada ramita blanca, arrancando todos los sarmientos… Y un día de mucho frío va, y el pueblo amanece completamente blanco… Y enseguida pienso, andá, se me olvidó podar la semana pasada.
Y es que ya se sabe que con la nieve pasa lo mismo que con los corazones... Que si no se va apartando poco a poco la escarcha, acaba todo helado...
Y como esta planta, que sabe de su efímera existencia, es muy lista, pues nada más crecer (más o menos a razón de 5 centímetros la hora), florece y lanza esporas al viento, que migran y caen unos metros más allá dejándolo todo cubierto de un manto. Blanco.
La posibilidad de que E. deje de trabajar conmigo me ha asustado. Muy feliz por su evolución, aunque triste. Trabajaba bien con él. Y de vez en cuando, en el almacén, le daba besos y le robaba unos cuantos minutos de productividad.
Mis compañeras de trabajo paran un par de veces durante su jornada para fumar.
Las enfermedades infecciosas se transmiten por muchas vías. El sida y la hepatitis B a través de fluidos corporales. Las hay que llegan a pasar de unas personas a otras a través de las gotitas de saliva que salen de nuestras bocazas cada vez que estornudamos.
El amor es una enfermedad infecciosa que se transmite, exclusivamente, a través de los besos.
La melancolía se transmite a través de los ojos. Es muy fácil coger una crisis de melancolía. No vayan nunca a ver exposiciones sobre bonsáis. O sobre Italia si han estado viviendo en Italia. O sobre Inglaterra si su novia vive en Preston. La melancolía es muy jodida, dijo mi último paciente.
De vez en cuando vuelvo al hoyo... Y todo me vuelve a parecer oscuro, y tu pelo no me salva, y las lágrimas no llegan a ser suficientes. A veces, ni tan siquiera consigo que me lata el corazón.
De vez en cuando decido bajar al hoyo, y acordarme que ni todo es bonito ni E. está siempre a mi lado. Imagino que es algo que hacemos todos.
Y ni pensar que tengo amigos, y pareja, y una casa y un techo me animan. Y el chocolate no me sabe dulce y la lluvia me parece triste.
Hoy estoy en el hoyo. No se asusten. Mañana sonreiré.