Las mañanas son peligrosas. Es muy fácil perder la cabeza, caer en la más absoluta desesperación.
Las mañanas son menos peligrosas sentado en un sofá en el porche. Me gustaría crear un porche en mi casa para poner un sofá, y en los momentos de máximo riesgo salir y mirar el horizonte. Muchas veces no hace falta nada más.
Hay veces en las que por las mañanas uno tiene ganas de poner la cabeza en los regazos, para no perderla. Siempre en los regazos equivocados... Aunque uno no sepa nunca cuales son los equivocados y cuales los acertados.
Hay veces en las que por las mañanas uno decide equivocarse hasta en las miradas. Y ser uno nuevo en cada palabra de las que salen de la boca.
Creo que necesito una ducha (para llorar). Y que me presten una camiseta.
Volvió la astenia. A buenas horas, mangas verdes. Bueno, astenia no sé. Sólo me doy cuenta de que estoy cansado. No, no tengo sueño, pero estoy cansado. Siento que cualquier pequeño esfuerzo podrá acabar conmigo.
Murió después de remover el vaso de la leche.
Dirán los periódicos. Y por fin ocuparé las líneas que esperaba tiempo atrás.
No me gusta cuando me llaman mentiroso y encima llevan la razón. Odio decir mentiras, y sin embargo las digo.
Creo que hacía tiempo que necesitaba una lección. Que me dijeran las cosas, que me demostraran el daño que causo y que lo hicieran mirándome a la cara.
Eso. Necesitaba mirar a la cara, a los ojos del dolor.
Hay muchas cosas que aún no están claras en mi cabeza. Hay sentimientos con los que no sé qué hacer.
Hay chicos que son de cartón. Los ves y parecen sacados de alguna revista o algún libro ilustrado. Algunas veces tienen incluso los pies de página debajo de sus propios pies. Son chicos que no se mueven, para que no se les estropee la ropa que tan concienzudamente prepararon. Siempre tienen las manos en los bolsillos, estudiaron horas la pose.
Hay otros chicos que son de plástico. Se mueven por las articulaciones de los brazos, las piernas y los pies. Muchas veces tienen las manos fijas en una postura. Se parecen mucho a los Jee Joes cuando se mueven.
Hace un tiempo conocí a un chico de carne que se movía con un mecanismo de cuerda. Prometí a un amigo suyo darle cuerda mientras pudiera, aunque no me dejó hacerlo (él, no su amigo) más de un mes. Lástima.
Yo, personalmente, prefiero los chicos que se mueven, que están despeinados y llevan la ropa que estaba a la parte de arriba de sus cajones. Los chicos que se mueven, y que bailan y que saben cerrar los ojos cuando deben cerrar los ojos.
... pero ya estaba subiendo por un camino hacia arriba, hacia la cima. Camino por decir algo. Subía y basta.
Una vez en la cima me senté y comencé a esperar. Creo que pasé unos quinientos o setecientos años esperando. Las arañas subían por mis piernas y las polillas anidaron en mis rizos. Creo que crecían los yerbajos bajo mis pies, y fue eso lo que me molestó, así que decidí volver a casa.
Allí había un plato de sopa. Caliente. Y con una simple caricia, apartaste de mi pelo las telarañas.
Alguien me hizo prometerle hace ya un año (un año casi justo, quizá pasados un par de dos días) que no iba a llorar.
Los chicos no lloran.
Dijo.
Yo sólo he llorado un par de dos veces desde entonces. De pura alegría.
Suelo llorar en la ducha. Yo. Lloro en la ducha porque así cuando salgo nadie sabe que he llorado. En casa no comprenden que la gente llore. Por eso aprovecho el champú. Es una buena excusa, el champú.
Si se hablan bien las cosas, no hace falta ni llorar en la ducha. Pero de alegría sí se puede llorar. En la ducha y en la habitación y en donde sea. De alegría.
Ayer comí mi primer helado (de verdad) del año. De limón. De crema de limón. Lo necesitaba.
Tengo unas necesidades básicas quizá un poco diferentes de las del resto de la humanidad. Bueno, en realidad, las necesidades de cada uno de nosotros son diferentes. Pero las mías me han labrado la fama que tengo de "raro". No soy raro.
Necesito leer aunque sea una hoja del libro que hay sobre mi mesita cada noche. Esta necesidad sólo se puede evitar en caso de que la tasa de alcohol en sangre sea elevada.
Necesito una cuota variable de abrazos semanales. Antes era diaria, aunque después de mi estancia en Italia esta necesidad tuvo que ser disminuida, con el consiguiente síndrome de abstinencia. Pero pasó.
Necesito comer chocolate al menos una vez a la semana, y si es acompañado, mejor. Me gusta compartir mis chocolates, y me encanta recibir chocolates de los demás.
Cuando comienza a hacer un poco de calor, necesito helado de limón. Tolero muchos otros sabores, aunque ninguno me sacia como el de limón. Ayer consideré que ya había comenzado el momento de comenzar con mis dosis de helado. De limón.
Dormí más. Y mejor. Y hoy sonrío.
Aunque no sé si eso se debe al limón o al fin de semana que se acerca.
Dos onzas de chocolate imagino que no cuadrarán con ningún tipo de dieta de 1500 calorías que imaginaba seguir. Dos onzas que me recuerdan caderas ajenas y labios para almorzar. Creo que últimamente vuelvo a estar algo sinestésico.
Los días pasan de ser una mierda a una gozada con pequeños gestos.
Una onza de chocolate.
Una ducha a media tarde. Y salir y notar el fresco en el pecho.
Caminar descalzo por casa.
Me planteo escribirle un diccionario de pequeños gestos a mi hermano de 11 años y regalárselo en su cumpleaños. Un diccionario para explicar ciertos términos que no se cansará de escuchar durante su vida y cuyo significado no es siempre el que creemos que tiene.
Aunque hay veces en las que me apetece dejar de escribir. Hay gente que lo agradecería.
Estoy cabreado. Bueno, no sé si realmente estoy cabreado. Sé que siento mucha rabia hoy. Y ayer. Y antesdeayer.
Puede que sea debido al trabajo. O a la falta de horas que tengo para mí mismo.
Estoy pensando incluso en un corte de pelo radical. Exteriorizo mucho este tipo de sentimientos. Creo que hoy más de una persona se habrá sentido herida por mis miradas.
Hay veces en las que se tienen malas rachas en muchas cosas al mismo tiempo, y entonces piensas que tienes una mala racha general.
Vas al cine como 3 veces y los títulos no te convencen y el contenido de los metrajes aún menos. Y te faltan palomitas y caricias por debajo del asiento (creo que me estoy poniendo pesadito con las caricias).
Después comienzas una nueva fase en tu trabajo y en tus estudios. Y esta nueva fase supone cambios y vuelves a echar de menos cosas. Echas de menos universidades, hospitales, y cafés.
Sobretodo cafés.
No se puede decir que esté pasando una mala racha. Mis padres vuelen en su peregrinación mensual a casa de mi abuela y me vuelvo a quedar solito en casa. Pero hay demasiadas cosas que podrían ir mejor.
Las olas. Siempre la suelo llamar para que escuche las olas. Hace tiempo que no ve el mar. Me gustaría enseñárselo. Un día de playa, olas y mar. Juntos.
No me gustan los días de fiesta en que tengo que trabajar. Cada cliente que entra por la puerta (sobretodo si se acerca peligrosamente la hora de cerrar) se convierte de inmediato en el objetivo de mi próximo asesinato.
Además, luego termino de trabajar cansado, y la fiesta me sabe a menos fiesta, y claro, como y bebo más rápido para alcanzar el estado de mis amigos y lo supero.
Bebo muy rápido. Un cubata en 5 minutos. 3 en media hora.
Luego pasa lo que pasa. Que voy dando tumbos, y al día siguiente, es decir, hoy, tengo el mismo pulso que un anciano afectado de Parkinson. Aún tendré que dar gracias al hecho de que no tengo que sacar sangre hoy.
Temo por los brazos de los pacientes en mis resacas. Y esta es de las gordas...
El miedo es como un anzuelo que nace en el estómago (casi todos los sentimientos intensos nacen en la boca del estómago) y que tira hacia arriba, causando un desajuste en el cuerpo que se manifiesta con la respiración acelerada, el tiriteo, el frío (no sé cuál de estos dos últimos va antes) y a veces incluso el llanto.
El miedo puede aparecer por un desconocimiento. En realidad, casi siempre aparece porque no se conoce. Por eso decidí estudiar biología, para saber y dejar de tener miedo. Por las noches. Terror, más bien.
Desde hace unos meses vuelvo a tiritar bajo las sábanas, y voy encendiendo las luces de los pasillos. Creo que hay un desconocimiento que no me está dejando vivir. Necesito ayuda. Ya.
Hoy me han tomado medidas para el traje nuevo de fiestas. Nunca me habían tomado medidas para nada. Es extraño, ver cómo van estirando la cinta a lo largo de tu cuerpo, y con ocho o 10 datos numéricos tienen suficiente para envolverte. Le verdad es que no serán necesarios muchos más datos para envolver a alguien. Yo creo que alguna vez he envuelto algún cuerpo sabiendo un nombre y poco más. Quizá conociera también las sonrisas, y la aspereza de su pelo. Pero poco más. Y continúo pensando en las caricias a escondidas…
No sé cómo ha podido ser. Bueno, en realidad ya se le veía un poco el plumero hace un par de años.
El regalo preferido de mi hermano pequeño, desde que sabes dibujar y escribir ha sido siempre una libreta. Tenemos guardadas unas 5 libretas con dibujos animados y retransmisiones de fútbol inventadas y reales, y partidos de tenis, y finales y principios de cuentos inventados.
El otro día, justo después de acabar una trilogía de libros que le había regalado, me dijo que quería escribir una continuación. Y yo me eché las manos a la cabeza.
No sé qué me estará ocurriendo, pero el hecho es que estoy engordando. Si al final aún tendrá razón aquel ser despreciable cuando decía que me crecía la tripita pellizcándola y mirándome con cara de lástima...
Así que me he puesto a examinarme, pensando en los lugares más comunes de almacenamiento de grasas en hombres, y lo curioso es que no había nada allí donde debería rebosar el sebo.
Por lo que, después de mucho pensar y darle vueltas al tema, he llegado a la conclusión de que, por fin, se está desarrollando el hermano siamés con el que nací adosado (esto es un secreto de estado).
Es esa vocecita que me decía cuando era pequeño que me tocara allí donde no debía, o el que me recomendaba siempre la opción con las consecuencias más complicadas.
Creo que no compartimos cerebro, aunque aún no he sido capaz de localizar el punto por el que estamos unidos. Sólo espero que lleguemos a un acuerdo de convivencia tranquila. Y que no me haga hacer muchas cosas extrañas.