Hay días en los que la lluvia te moja la cara y tú, aunque lleves gafas, miras hacia arriba para notar el frescor... Hay otros días en los que los árboles se mojan y tú estás en casa, bajo una manta viendo una buena película o con un libro entre las piernas... Hay días que llueve y tú estás en la piscina, mojándote por arriba y por abajo... Hay días que llueve y os mojáis los dos, besándoos... Hay días que llueve y eres tú el que estás lloviendo... Hay días que la lluvia te coge Bajo Árboles Mojados...
Es como si de momento perdiera el control; como si no tuviera ninguna fuerza. Y me suele suceder cuando estoy sosteniendo cualquier objeto con las manos. Más de noche que de día.
Y ayer me volvió a suceder. Con un vaso en la mano, creí que no era capaz de sostenerlo por más tiempo. Imaginé como caía al suelo y se rompía en mil pedazos. Noté incluso alguno de los trozos clavándose en mis pies, calzados con sandalias.
Se repite bastante a menudo, últimamente, esta sensación. Es como si estuviera completamente agotado. Es como un si soñara despierto, pero con una vividez pasmosa.
Pasaba la mano por su espalda y la piel se descamaba. Demasiado sol, pensó.
La mano también en el pelo. Eternamente en el pelo. Aih! y un pelo menos, que ahora continúa acariciando entre los dedos. Luego otra vez la mano en el pelo. Eternamente.
Hoy parece que sonríe. Mira anuncios de alquileres. No sabe si decidirse por vistas al mar o economía y austeridad. Tiempos de vacas anoréxicas.
Sonríe de nuevo. Hay letras en la pantalla que le hacen esbozar labios anchos y dientes al descubierto.
Esta noche volverá a dormir mal por el calor. No quiere ni imaginar qué pasará la semana que viene...
Quería hablar sobre las sábanas. Ya sé que hace casi 20 días que no decía nada, pero me apetece hablar sobre las sábanas y punto.
Ahora mismo tengo dos juegos de sábanas, es decir, tengo recambio semanal. En casa se pone colada de sábanas los sábados por las mañanas y luego se tienden en la barandilla del balcón, sí, dando al exterior, para que todos vean que usamos sábanas, y fundas nórdicas, y mantas, y demás.
Tengo, digo, dos juegos de sábanas. Uno es de cuadrados escoceses, y corresponde a una cama de cuerpo y medio. Por eso no tengo más remedio que engancharlo por la parte de abajo, porque si no arrastra.
El otro es con un estampado de círculos de colores. También tiene, lo admito, algún corazón y alguna flor. Mi madre. Yo no tuve nada que ver con su compra. Este sí ajusta bien a mi cama, y lo dejo suelto a los pies.
Así pues, a semanas alternas, sufro episodios de congelación o abrasamiento podálico.
Sé que hace casi 20 días que no actualizaba. Pero no me apetece contar nada más. Hasta (muy) pronto.
Será mañana. Bueno, en realidad esta madrugada, sobre las 3 de la noche. Hará fresco fuera, y no habrá luz. Entonces no tuve miedo y decidí que era el momento de salir de mamá. Qué casualidad. El tiempo hace que ahora tenga más cerca que nunca la posibilidad de alejarme definitivamente de mamá.
El año pasado mucha gente me dijo que éste iba a ser un año especial. En parte lo fue. Aunque no me llamaron de ninguna serie de televisión para hacer el papel de adolescente, como llevaba esperando desde los 16 años.
Acabó mi cuarto de siglo. Ante mí la posibilidad de comenzar a vivir tal y como lo llevo deseando desde hace mucho tiempo... Quizá éste sea, de verdad, el año que comenzaron a cambiar las cosas.
En la UCI a veces los pacientes mueren, y a mí me da mucha pena, cuando entran los familiares y el médico les dice Hicimos todo lo que pudimos.
Otras veces, los pacienes evolucionan favorablemente, y yo me sonrío de ver a los hijos que se abrazan a su padre y a las mujeres que no pueden disimular unas lágrimas de satisfacción.
Cuando era pequeño había una frase que se utiliza en el ámbito hospitalario que no entendía, y aún hoy me causa ciertas dudas... Cuando alguien tenía un accidente y decían Tiene pronóstico reservado, y yo me quedaba pensando a quién le reservaban el pronóstico, si a los médicos, a los familiares o a alguna eminencia en el campo...
He pasado días de sonreír, y días de querer gritar y no hacerlo.
Han habido días en los que he perdido una guerra, y otros en los que el sabor del chocolate me ha quitado cualquier duda o incerteza de la cabeza.
El problema de la astenia es que me hace sentirme vulnerable y desprotegido. Aunque al fin y al cabo, eso me convierte en una persona más viva. Y eso me gusta...
Acabaré cogiéndole gustillo a que los días se alarguen, parece.
1. Hace tiempo que descubrió que los fines de semana acababan pronto, tanto si quería como si no. Fue más o menos al mismo tiempo que cuando decidió no estudiar ni los sábados ni los domingos.
Contadas excepciones a esta regla se han dado desde entonces.
2. Un descubrimiento algo más reciente ha sido el resultante del cálculo de su número total de mejores amigos.
Aunque no crea demasiado en el concepto mejor amigo, esta tarde, mientras se sentaba en el retrete para realizar obligaciones fisiológicas, ha hecho un simple cálculo aplicado a las personas más próximas a él.
3. Si partimos de un M a media jornada; un J ocupado; una A cansada; una G en Madrid, demasiado lejos y por último un A viviendo en Italia, aún más lejos, el resultado total de la suma es escaso.
4. Quizá dé 1'2 o así. En escasas ocasiones llegará a 2.
1. Hacía ya un par de semanas que había encontrado un modo de evasión perfecto.
Siempre había dos libros sobre su mesita de noche. Uno era una novela, ya fuera negra, dramática o de cualquier otro tipo. Esto le ayudaba a encontrar a personas más tristes que él.
El segundo libro era siempre ciencia ficción o fabulación científica. De este modo pensaba en lo que podría ser mañana, y le daba ánimos para continuar.
2. Había escrito un par de versos dos noches atrás.
Fue como si alguien le susurrara el contenido justo antes de caer dormido, y no supo si continuar con el sopor que le adormecía o levantarse a escribirlo.
Finalmente se declinó por escribir los versos. Más adelante ya completaría la poesía.
Sabía que con la voz que susurraba atrapada en las primeras palabras, el resto aparecería en su cabeza solo. Como siempre.
No sé cuánto durará, pero estoy probando Tumblr, y me parece curioso e interesante... Así que si alguien quiere seguir lo que hago sin metáforas, paráfrasis, cuentos chinos ni demás, lo único que tiene que hacer es visitar esto.
1. Bailar en pijama. 2. Que te caiga ligeramente el pantalón de la talla 42. 3. Un té. 4. Estar a las 11 de la mañana leyendo en la cama un domingo. 5. Redescubrir The Postal Service. 6. Ir al cine. 7. Cenar pizza que no esté refrigerada o precongelada. 8. Hacer fotos. 9. Volar la cometa. 10. Hablar por teléfono y hablar italiano.
Hace tiempo que la gota colmó el vaso y ahora tengo todo el piso encharcado. Quizá la perspectiva de partir me hace especialmente sensible e irascible.
Pero ahora mismo cogía un rifle y me cargaba a un par de mamones hijos de la mismísima madame de Babilonia, propietarios de la empresa para la que trabajo...
Uno cree que su habitación es su morada. Que lo que allí guarda es suyo y solamente suyo, como los Magnums.
Y un día llega a casa y encuentra en un rincón un trozo de una fotografía. Y sabe que en esa fotografía hay un beso. De amor. Y que alguien no quería ni ver ni tener esa foto cerca.
Y ese alguien no soy yo, porque en tal caso, toda esta perorata carecería de sentido.
Así que uno se arma de valor y pide explicaciones, ante las cuales sólo obtiene mentiras.
Y es en ese momento cuando uno, cansado, piensa que si alguien no quiere ver un beso, de amor, pues que simplemente no vea la foto. Que no está colgada en ningún sitio. Que no está al alcance de ningún niño ni de ningún adulto. Está guardada en un sobre que se debe abrir y en el que se debe buscar, para ser hallada.
Y uno piensa en que mañana encarga otra copia de la foto. La del beso, de amor, y la vuelve a dejar donde estaba antes de ser rota en cienes de pedazos y tirada en la basura, no sea que uno tenga tiempo de encontrarla...
1. De pie, desnudo frente al espejo, sostenía una maquinilla de afeitar con una mano mientras con la otra acariciaba la barba. Olía a humo y a besos.
2. El día decidió dar una tregua al buen tiempo, quizá con ánimo de fastidiar a todos los boletines meteorológicos del día anterior, que se habían empeñado en predecir otro día de calor. Nos quedamos sin invierno este año, decían.
Por eso el frío se decidió a volver. Para fastidiar.
3. La otra mano continuaba acariciando los pelos de una barba demasiado larga. Posiblemente mañana le dijeran algo en el trabajo. No la llevaba ni arreglada ni recordada. El supervisor le vio el otro día y no le puso muy buena cara.
La mano dejó la cuchilla descansar sobre el mueble del baño.
4. Había estado lloviznando. No sé si existe esta palabra en el diccionario, aunque sé que es la que mejor describiría el día que había sufrido. Lloviznaba, y uno no sabía si sacar el paraguas y esconderse en los soportales o continuar caminando por el medio de las calles y las aceras.
Yo levanté la cabeza, dejé que la poca agua que caía me mojara la cara para acabar de despertarme, aunque fuera la una y media del mediodía.
5. Pero sobretodo, la barba olía a agua. De lluvia.
El martes fue una de esas noches que yo tiendo a bautiza como noche horribilis. Es decir, entre pitos, flautas y demás gremio musical, dormí menos de 3 horas. Claro, eso ha causado que el resto de la semana lo pasara en un estado pseudovegetativo que me permitía centrarme en las tareas con un esfuerzo sobrehumano. Me estoy convirtiendo en superhéroe, yo, casi sin querer.
Esta mañana, cuando el sueño estaba a punto de vencerme en el momento (las 5'30am) en el que me he levantado para dar un último repaso a mis apuntes, he conseguido sobrevivir gracias a la voz un poco desgarrada de una desgraciada que canta soul como los ángeles y fuma crack como el mismísimo demonio...
Hacía tiempo que no recomendaba un disco. Este no tiene pérdida.
Releo la libreta en la que escribo y vuelvo a pensar que me encantaría saber dibujar. A mi cuñada se le da muy bien. En el flickr hay millones de personas que cuelgan diariamente bocetos, y yo me paso horas embobado mirándolas.
Pero nunca supe dibujar algo medianamente coherente a parte de letras.
Quito pelusas de debajo del ratón del portátil y pienso en algún tema para algún relato corto. Se me escapan de los dedos los relatos cortos y las pelusas, y aunque la música continúe sonando, me vuelvo a sentir un poco vacío y triste y tonto.
Vamos a probar con las pelusas:
La pelusa cayó al suelo desde el ombligo del hombre y tomó vida. Nadie puso fango en ella, ni recitó unas palabras mágicas ni colocó una letra hebrea debajo de su lengua.
La pelusa rodó por el suelo, cubierto por cierto grado de polvo, y viró en dirección al rincón en el que se agazapaban otras pelusas, y aunque intentó algún tipo de contacto con ellas, no consiguió arrancarles más que un leve balanceo, que atribuyó alguna corriente de aire de la habitación.
La pelusa, sabiéndose sola e incomprendida en el mundo, planeó en un par de microsegundos un suicido pelusil, que se vio truncado al lanzarse al vacío desde la ventana de un 5º y verse repentinamente trasformada en un vilano...
Leo otros blogs de otras personas y me recuerdan a cuando comencé a escribir este mismo. Es posible que haya decaído, ahora casi siempre hablo más de mí que de lo que pasa por mi cabeza.
No sé si eso es bueno o es malo. Sí es cierto que escribo mucho menos. Debería obligarme a hacerlo todos los días. Es un imperativo, un ejercicio. Aunque luego me da pereza.
Lo que no me da pereza ahora mismo es coger un bocadillo (de salchichón y queso), la chaqueta y la cometa y bajarme con mi chico a volar la cometa. Creo que hoy habrá éxito. Voy a ver si pesco al ángel de mi abuela y puedo decirle que la echo de menos.
A veces la tristeza decide hacerse un hueco en los ojos de uno, ahora, que parecía que los tenía algo más alegres...
Las rutinas le traen a uno la facilidad de saber el qué hacer en cada momento. El problema son los tiempos muertos y los silencios y las noches. No quiero tener tiempos muertos, ni silencios si estoy a tu lado, ni noches impares en camas estrechas.
Se me hace difícil soñar en domingos lejos de casa de mi abuela. Se me hace difícil soñar sin mi abuela, a pesar de saber que iba a ocurrir.
Felisa estaba cansada, y antesdeayer en la cama decidió que se había cansado de respirar. Tenía los ojos cerrados, como los había tenido durante todo el día, y un parche de morfina por el que nos tuvimos que pelear con el médico de cabecera. Dejó de respirar y estuve a su lado junto con mi madre y alguna de sus hermanas (de mi madre y de mi abuela).
Felisa era mi abuela, aunque la llamábamos Mare, y sonrió hasta el día 5 de enero, cuando le dió una embolia que le paralizó medio cuerpo, el izquierdo, y le arrancó las ganas de ser feliz.
Ayer fue un día raro, de llorar mucho y dormir poco, aunque en realidad dormía poco desde hacía 3 días, que esperaba una llamada al móvil que me confirmara lo que esperaba.
Después del fin de semana intenso (dos exámenes y curro y ginctonic DORMIR bronca y r ehabilitación y cometa e inglés y DORMIR), vuelvo a la tranquilidad de la universidad sin complicaciones.
Esta mañana, llegando, hemos comprobado que aún no se había levantado. La universidad. Y que estaba envuelta en una sábana de algodón de azúcar blanco. No, no era smog. Era niebla. Espesa. Niebla.
Estos días ya no me siento embotado. Parece que dejé de medicar a mi ánimo con corticoides. No. Ahora me siento algo más liviano. No hay niebla en los ojos... Los borlitones que suben y bajan sí, esos continúan ahí, en mis ojos. El otro día en clase nos explicaron qué eran. A mí me importa bastante poco lo que diga la medicina que son. La verdad es que no me molestan demasiado. Son mis borlitones de dentro del ojo. Y punto.
Fue más bien casualidad que remangara estos pantalones vaqueros que llevo ahora puestos. Lo que nunca llegaré a comprender es cómo se colaron dos trozos de vidrio de tu corazón en ese espacio que se queda al hacer el doblez...
Ayer volví a escuchar las voces. No son muchas, es una, y siempre me habla cuando lloro... Aunque hace tiempo que apredí a no hacerle caso.
Llevo un par de días pensando acerca del olvido... Quizá sea por la situación de mi iaia, o quizá no haya ninguna explicación para ello.
El hecho es que pienso repetidamente sobre los olvidos y la memoria. Sobre las personas que creímos que permanecerían en nuestra cabeza eternamente y un día alguien dice un nombre y caes en la cuenta de que no recuerdas cuándo fue la última vez que lo tuviste en mente. Sobre los lugares que es imposible que desaparezcan del cerebro. Sobre las peleas que se anclaron y se clavaron en alguna circunvolución, o quizá, más cerca del corazón que de la cabeza.
Sí, creo que el corazón es un órgano secundario de la memoria, que deberíamos estudiar con más profundidad en alguna de las asignaturas de mi carrera...
Ahora estoy en una sala de ordenadores de mi universidad, llena de gente que murmulla y habla, y tengo ganas de taparme los oídos y balancearme y pensar que el ruido se irá, el que hay dentro y fuera de mi cabeza. Pero el ruido no se va, y me canso, y me altero, y tengo ganas de gritar porque estoy algo nervioso por los exámenes y por los trabajos, y porque en menos de 6 meses estaré por fin trabajando en algo en lo que me sentiré realizado. Pero mientras tanto tendré que soportar el ruido y la gente que me mira y me mira por encima del hombro, creyéndose mejor, o simplemente creyéndome otro maricón más.
Sin embargo, ayer volé la cometa.
Fue liviano, y E. me ayudaba a mantener los pies en el suelo.
Los reyes pasaron, sin pena ni gloria, y ahora me enfrento a mi último periodo de clases por un tiempo indeterminado (como las treguas).
Por delante me quedan dos semanas más de lecciones y 4 meses de prácticas hospitalarias, en las que debo afianzar todo lo que sé, lo que no sé y lo que intuyo.
Quería hacer un llamamiento a todas aquellas personas que tenían pensado...
...fastidiarme, dejarme, joderme, romperme el corazón o las gafas o la nariz, hundirme, humillarme, dejarme tirado, dejarme plantado, intentar envenenarme...
... que por favor, que lo hagan ya.
A partir de mediados de enero comenzaré con una vorágine de exámenes y entregas para culminar mi (espero, por mucho tiempo) último año de estudios. Y me gustaría estar en paz conmigo mismo y con todos los demás.
Así que ya saben, hagan todas las cosas anteriormente mentadas por adelantado.
Esta mañana cuando esperaba el bus he caído en la cuenta.
3 años atrás mis manos sentían aversión por los bolsillos, y tendían a esconderse discretamente en los puños de las chaquetas o de los jersés y polos ligeramente largos.
Ahora se meten sin ningún pudor en los bolsillos.
Malditos bolsillos.
Creo que también han cambiado algunas cosas más a lo largo de estos 3 años. Pero posiblemente no sean más que consecuencias de lo que acabo de contar...
Me duele la base del pie derecho. Bueno, en realidad tengo más dolores, aunque no todos tan acuciantes ni punzantes como el que tengo ahora en el pie. Derecho.
Anoche volví a tener un sueño. Terrorífico, éste.
Soñaba que vivía una vida normal, que paseaba por una ciudad que no era la mía y que vivía y sonreía. Entonces, se acercaba una enfermera (creo que era enfermera a pesar de que llevara una minifalda blanca y una cofia con una cruz roja) y me decía que había olvidado tomar mi medicación.
Yo lloraba y pataleaba, y entonces ella, a la fuerza, con la ayuda de dos personajes siniestros, enormes y musculosos, me daba la medicación.
Y entonces me he despertado y he notado una caricia en el pelo y una voz que decía "tranquilo, ¿ves? ya están haciendo efecto".
Por fin se sentía vivo. Y estudiante. No recordaba cuántos años hacía que un examen le quitaba el sueño. Pensar que no se llegaba, que debería estudiar toda la noche, que quizá podría dormir sólo un par de horas.
Saber que pasaría la noche acompañado de música suave y un termo repleto de café.
Hay gente que aborrece esto. Posiblemente Doro también lo odiaría si tuviera que repetirlo constantemente. Pero no era el caso.
Así que ante la perspectiva de una noche de vigilia pre-examen, se sonreía y no dejaba de pensar en el café. El sabor del café...
Imaginen la ciudad más bella del mundo. Sí esa es la ciudad más bella del mundo, lo siento, no necesito ver nada más para asegurarme.
Bueno, lo dicho, la ciudad. E imaginen que usted y su pareja y un amigo acuden en un viaje a la susodicha ciudad.
Pasean, callejonean, caminan, se sientan y toman caffè, se levantan y continúan caminando.
Entonces usted decide pararse, los cordones de las zapatillas que heredó de su hermano mayor... Se para y se ata los cordones, con ese lazo amorfo que le sale siempre, a pesar de haberlo practicado infinidad de veces.
Levanta la cabeza, y está solo.
Súbitamente es de noche. Y usted se encuentra solo en mitad de la ciudad más bella del mundo. De noche.
Y en ese momento, aparecen por las esquinas; se le acercan...
Aún no acabo de comprender la extraña razón que tuvieron los sucesivos alcaldes de mi pueblo para no plantar (y talar los existentes) árboles de hoja caduca.
Por eso ayer, llovía en la universidad y me quedé como 5 minutos parado, mojándome, delante de un granado, tan solo porque me pareció impresionante el modo en que se arremolinaban las hojas amarillentas a sus pies.
U hoy, esperando el autobús a casa en el sitio en el que ahora trabajo, con la música atronando en mis orejas, no podía apartar la vista de las hojas que caían con el viento. Y el viento que arrastraba las hojas que habían caído unos metros calle arriba.
Quiero caducos ya... ¿alguien me regala un bonsai de un arce?
Parece que ando algo prolífico con los presueños últimamente.
Ayer estaba en el borde de una piscina. La piscina estaba dentro de una casa. Y tenía un hilo de luz que rodeaba todo el borde inferior.
Todo esto, estaba contemplándolo desde mi cama, aunque también me encontraba en el mismo quicio de la piscina, notando el agua rozar las puntas de los dedos de mis pies.
Entonces, a pesar de continuar en la cama a punto de dormirme, me lanzaba al agua.
Y el descenso desde el borde de la piscina hasta rozar el líquido fue eterno.
Quizá porque estaba más lejos del agua de lo que creía. Quizá porque había saltado al agua desde mi cama...
Anoche cuando iba a caer dormido, justo en ese momento en el que la gente suele creer que cae o acaba de llorar tras un largo llanto, vi dos chicas.
Más bien eran dos señoras. Estaban en un espacio inexistente de mi habitación, y me miraban, vestidas tan solo con unas medias y unos zapatos de tacón negro.
Y sus labios pintados de pulcro rojo.
Miraban y sonreían y decían cosas sin voz mientras fumaban.
La verdad es que si no escribo más últimamente es porque quizá no tenga mucho que contar, y por fin he llegado a ese punto del conocimiento de mí mismo en el que me doy cuenta de que puedo aburrir a los demás volviendo a contar que odio mi trabajo o que quiero a mi chico.
Por eso no lo repetiré. Al menos hoy. Aunque esas dos cosas continúen igual.
Sin embargo, pasan cosas. Por ejemplo, un aniversario, por ejemplo, de este blog. 4 añitos y aún con ganas de decir cosas, aunque ya no me agobie como al principio con querer escribir todos los días.
Además, he participado en algún concurso de fotografía raro, de esos en los que interesa más el café que te tomas a mitad o las calles que te encuentras que el concurso en sí. También me he comprado un libro.
Cuando he llegado a casa, he encontrado la habitación limpiada. Y no por mí. Eso quiere decir que han alterado el desorden preestablecido que reinaba hasta que he salido de casa esta mañana. Eso quiere decir que ahora no encuentro nada, porque las cosas están en su sitio, es decir, en el sitio que mi madre (o mi padre) opinan, distintamente de mí, que deberían ocupar.
Me conformaré con abrazar el peluche esta noche de nuevo, a falta de otras seguridades...
Comenzó a subir su ritmo de vida. Pasó de dormir sus ansiadas 8 horas a las ya típicas 6 horas y media.
Comía más chocolate del que debería. Asaltaba su tarro de gominolas tras cada cabreo. El tarro se acabó. Y se volvió a llenar y se volvió a vaciar demasiado rápido.
Decide tomarse un descanso muy a menudo, aunque luego se siente culpable de no hacer nada.
Tan solo, a veces, una canción le saca del estrés en el que se está convirtiendo su vida.
Tan solo, a veces, un beso, una caricia, un libro, su chico, un té, un abrazo, unos amigos...
Lee menos, la poesía a penas la toca. Una lástima... Doro necesita acabar pronto la carrera y comenzar a vivir.
Y no tener que sentirse culpable por acudir a un concierto al que hacía tanto tiempo que quería ir...
Hay momentos en los que el mundo parece converger para arrancarme una sonrisa.
En menos de 4 días consigo un disco más que esperado que me produce una extraña sensación, como un lifting facial momentáneo que afectara solo a la parte inferior de mi cara. Al mismo tiempo, recibo (o más bien reciben por mí) mis fotos Moo que encargué unos días atrás, para comprobar que el resultado es magnífico.
Y me escriben cosas que me dejan con la boca abierta y las lágrimas asomando.
Y claro, uno no puede dejar de sonreír. Y entonces se da cuenta de que el mundo por fin ha dado una vuelta, al menos en mi mundo...
Ayer, después de pasar media mañana enfrascado con la financiación del sistema nacional de salud, Doro decidió levantarse de la mesa que había sido su única compañera durante las 3 horas anteriores, para descubrir, entre asombrado y molesto, que tenía un dolor penetrante y agudo en la rodilla. En la izquierda. Muy fuerte.
Un dolor que se repetía cada vez que decidía mantener recta la pierna, y que le obligaba a cojear ligeramente.
Así que su caminar pasó a ser un ritmo asincopado que resonaba por encima de la música de Beirut que tenía puesta, a máximo volumen, en su iPod.
Durante su caminar cojeado encontró cosas que le agradaron (una madre jugando con su bebé en los jardines del campus), y se le cruzaron algunas otras que habían pasado al grupo de la indiferencia.
Hoy, Doro, continúa con dolor de rodilla. Muy fuerte. Molesto.
El día ha comenzado gris para Doro. Llovía camino del coche que le bajaría a la universidad y ha continuado haciéndolo durante toda la mañana, periodo que el susodicho ha aprovechado (o desaprovechado, según se mire) para hacer un par de recados y comprarse un libro.
Ha tenido tiempo, también, de visitar a una amiga, la cual ha destacado en varias ocasiones su mala cara (de tan sólo 3 horas de sueño, aunque esto ella lo desconocía).
Mientras hacía estas cosas, escuchaba música, a veces alegre y otras triste, aunque en realidad incómodo con cualquier canción. Al final, por fin, ha descubierto que necesitaba el jazz suave y la voz de una borracha alcohólica negra que decidió (o no) morir hace como 50 años o casi.
Llegado a la universidad, a la que no ha asistido a ninguna clase, ha decidido tomar su primer café, quizá demasiado tarde, quizá demasiado amargo, quizá un poco quemado, mientras continuaba leyendo el libro que compró esta mañana, y deseando poder pasar el resto del día perdido entre sus hojas, y no teniendo que enfrentarse a un nuevo puesto de trabajo, a un nuevo centro de trabajo y a un nuevo grupo de compañeros de trabajo.
Demasiado trabajo, pensaréis. Él también lo ha pensado.
Así que en la actualidad, Doro espera a que un amigo le rescate del tedio de la sala de ordenadores en la que se ha instalado tras la taza de líquido negro que algunos consideran dios.
Antes de acabar de escribir este texto un tanto idiota, y pensar que esta noche lo grabará (para que nadie lo escuche), ha recordado que ha repetido su chacra mágico hoy (mi ex-jefa es una puta) como unas 5 veces... Aún le faltará alguna más antes de acabar el día, piensa y sonríe para sí mismo...
Llevo desde ayer pensando acerca de la palabra desesperación.
Creo que es una de esas palabras que abarcan mucho más de lo que se intuye desde sus letras. Es una palabra inmensa.
La desesperación causa que dos personas que se sienten solas acaben estando juntas, aún sin quererse.
Y claro, uno piensa aquello que le han hecho aprender, que el amor es el principal motor de la humanidad. Y entonces descubre que la desesperación es tan, pero tan potente... Y comienza a dudar cuál es el sentimiento que mueve realmente el mundo...
También pienso que a mí me gustaba estar solo.
No sé si lo hago para excusarme por tener pareja. El hecho de que te guste estar solo hace como que te inmunices de la desesperación. Es como si quisieras afirmarte a ti mismo: yo no acabé con mi novio/-a porque estaba desesperado.
Doro salió de la ducha y se quedó quieto, desnudo, sobre la alfombrilla.
Allí permaneció cerca de 5 minutos.
Durante esos 5 minutos pasaron pocos pensamientos por su cabeza. Notaba las gotas de agua resbalar por su cuerpo. Su rodilla tembló en cierto momento y lo apreció.
Pensó en lo ridículo que sería si alguien le estuviera observando, desnudo, quieto y mojado. Luego pensó en lo absurdo que había sido pensar el pensamiento anterior.
También caviló acerca de la tristeza. Se estaba comenzando a cansar de la tristeza, pero no era capaz de ahogarla. Ni con gominolas.
La noche anterior había ido a un concierto muy especial. Alguien le cantó una canción, y Doro se abrazó a la persona que quería y le besó.
Sin embargo continuaba triste. Y quieto.
Y desnudo y frío sobre la alfombrilla. En el cuarto de baño.
Un día te levantas con toda la normalidad del mundo y descubres que estás triste.
Comienzas a ahondar en ti mismo. Le preguntas a tu yo, a tu superyo y al resto de personalidades que te configuran cuál es la razón. Les interrogas sobre posibles conflictos que hayan podido causar ese descenso en el estado de ánimo.
Nada.
Piensas si no estarás consumiendo raciones inferiores de chocolate de las acostumbradas. Si los besos se mantendrán dentro de límites aceptables. Si gimes o gime con la misma intensidad, fuerza y pasión que antes.
Nada.
Te planteas si será la luz, más gris en estos días de otoño. Le das nombre a lo que te pasa. Neurastenia.
Era una cosa que quería hacer desde tiempo atrás aunque no lo había acabado nunca de preparar bien.
Desde el post anterior, además de la posibilidad de leerlo, tenéis también la opción de escuchar lo que escribo. Soy nuevo en esto de los podcasts, así que no me exijáis maravillas.
Yo leo lo que escribo. Y punto.
Al mismo tiempo, os recomiendo que os suscribáis al feed del podcast, así podréis saber directamente cuándo actualizo y podréis descargas los archivos si así lo preferís.
Cuando era pequeño, mis padres nos compraban a mi hermano mayor y a mí una revista que se llamaba Don Mickey, repleta de historias cortas con personajes de la Disney.
Es posible que llegáramos a juntar cerca de 300 ejemplares, y tengo muchos recuerdos de muchos de ellos, aunque uno de los que más me marcó fue uno en el que un señor con un maletín llamaba a la puerta del pato Donald diciendo "Buenos días, soy su dolor de cabeza particular". A partir de ese momento, el señor pasaba todo el tiempo al lado del susodicho pato, causándole constantes e intensos dolores de cabeza. Ya no recuerdo cómo conseguía librarse de él.
Ahora mismo me encuentro en una tesitura similar, con una visitante a la que me gustaría echar de mi vida y sin encontrar un modo eficiente para hacerlo...
Tengo una amiga que cuenta las temporadas malas por rachas. Otro amigo dice que en realidad, todo es un ciclo, y es normal que de vez en cuando el ciclo nos lleve a etapas en las que las cosas nos van un poco mejor y épocas en las que las cosas van ligeramente peor. Yin y yang.
Será eso, que estoy muy yang, yo, últimamente.
El día 23 debo cambiar de trabajo por decisiones completamente ajenas. Después de 2 años y medio.
Tengo un profesor que habla de cambios que en un principio pueden parecer difíciles, aunque nos pueden llevar a una situación mejor que aquella en la que nos encontrábamos.
Sin embargo, yo voy a echar de menos a mis compañeros.
Y también a poder decirle a mi jefa que es una guarra amargada.
A veces se disimula la existencia de un problema. Se hace como si no estuviera, se ignora, se salta... Así igual se soluciona sólo, o se olvida.
A veces se tiene que disimular entre dos o más personas. Porque puede haber un problema y que por razones muy diversas no se quiera afrontar. Disimular a dos o más bandas es más complicado. Uno se tiene que mostrar cordial y simpático en situaciones en las que realmente no le nace hacerlo, serlo o estarlo.
Y llega un momento en el que alguna de las personas implicadas lo olvida, que se está disimulando, y vuelve a saltar todo. Pero normalmente se vuelve a disimular.
En la foto, una prueba fehaciente de que mi nueva-vieja cámara fotográfica puede realizar a la perfección su trabajo...
Es complicado intentar comprimir una semana completa en un par de párrafos.
Así que no pienso hacerlo. El que esté realmente interesado en saber qué hice la semana pasada, que me mande un correo electrónico o que haga un comentario en este blog, dejando su mail, y yo se lo contaré.
Diré que estoy seguro de que habrá pocas cosas en mi vida (en mis 3/4 de vida, aproximadamente, que me quedan) que puedan compararse a lo que he vivido en 7 días.
En cambio me apetece hablar de las vueltas y las caras largas. Es sorprendente cuánto se puede alargar una cara. A veces se arrastran por el suelo. Y de las bocas de las caras largas salen sonidos más bien parecidos a improperios, mentiras y acusaciones (siempre falsas).
Es curioso, como uno puede sentirse en casa a 1500 Km. de donde habitan sus progenitores. Es curioso que a veces, mi casa se desplace, y sea justo ese espacio que circunda en unos 4 metros al cuerpo de E.
Voy a estar algo desconectado del blog durante la próxima semana.
Hay algo que prometí que haría hace casi dos años y por fin voy a cumplir.
Así pues, lamento de antemano la ausencia.
Por otro lado, quería decir que existen ciertos factores que están intentando agriar el cumplimiento de esta promesa. La razón de que esté contando esto es que, sí, me gusta la autocompasión de vez en cuando. Si uno no recibe apoyos desde cerca, a veces tan sólo necesita saber que su causa no está tan perdida como cree.
Espero que aquellos que intentan alterar mi karma no lo consigan... En una semana, os cuento.
Hoy me levanté con la sensación de ser una gran prótesis de mí mismo. No era parte de una pesadilla, sino que me sabía postizo y falso por definición.
Por ahora estoy consiguiendo engañar a los que me rodean. Aún nadie se ha dado cuenta de que no soy más que una burda imitación de mí mismo, colocada por mi yo original en esta vida con aún no sé qué extraña intención.
Ahora iré al cine. Y besaré. Espero poder cumplir mi cometido con perfección mientras yo mismo realizo otras tareas de, parece ser, más importancia, en otro lugar...
Tengo un visitante de Entre Ríos. Lo sé porque de vez en cuando miro el contador de visitas, y puedo saber desde dónde se han conectado mis últimas diez visitas.
Entre Ríos es el nombre de una provincia de Argentina, creo. Y también el nombre del grupo cuyo primer disco estoy escuchando ahora.
Tenía sus discos desde hacía tiempo, pero hasta que no vi las visitas desde allí, no recordé comprimirlos y meterlos en el iPod.
Ahora escucho una canción. Y como un bocadillo de nocilla de esos que das un mordisco al pan y sale la crema por los lados de tantísima que he puesto.
Me gusta la nocilla (y variantes). No me gusta esta migraña que se ha instalado en mi frente desde el lunes.
El cambio del tiempo. Vayamos dando la bienvenida al otoño (con permiso del Veranito de san Miguel).
Este lunes de Abril templado y diligente muy de mañana, sin haber dormido. Por la cafetería cruza el buitre de los horarios laborales, entre tazas, tostadas y periódicos se discuten las ultimas noticias, y el hombre del secreto se sumerge en el túnel de una nueva semana. Deshoja el bienestar de su café sonríe a quien le mira, se consuela, porque tiene un secreto.
Los cuerpos juveniles son presente, pero nos llega impuesta del pasado la inocencia arbitraria de sus conversaciones. El hombre del secreto lo comprende camino del trabajo, cuando los estudiantes llenan el autobús y un tumulto de cuerpos con la cara lavada se apodera del lunes. Los ve crecer, observa como un grito de incógnita en sus ojos, una inquietud después desvanecida por usura del tiempo. Vivir es ir doblando las banderas.
El hombre de los ojos encendidos se hiere con las rosas académicas, consigue entre saludos, puñales y cipreses cruzar el campus universitario, recorre los pasillos en busca de su aula de su clase, pero tiene un secreto y el tema diecinueve se convierte en materia de asombro, poemas que se escapan de la página, versos que llegan a la cima de una mirada en vilo, alguien que deja los apuntes y los libros de texto, para cerrar las manos hasta herirse con otra rosa viva mucho más inclemente, la rosa de un secreto en el alma de un lunes.
Abre la puerta del despacho y los libros sonríen como cómplices viejos. En ellos ha leído lo que siente, solo literatura descentrada. Pero esta vez no, esta mañana no, y el hombre del secreto al levantarse se miró en el espejo, y descubrió el enigma de sus extraños ojos encendidos, y se dijo que no, esta vez no.
¿Y la ciudad?.Abierta de luz, cuerpo tendido, ha cambiado de piel en la ventana. Y no será paciencia, ni callejón nocturno, ni día laborable de tráfico dudoso. Así que va al teléfono, busca la tinta azul del numero apuntado en el carnet de conducir, la condición de un lunes que ya no tiene voluntad de fecha sino de fruta, de sabor en los labios. El hombre del secreto marca y dice: "Buenos días, soy yo, he terminado".
Luis García Montero, de Completamente Viernes.
Hacía tiempo que no tenía un libro nuevo de poesía...
He estado enfermo. Bueno, en realidad aún no me he recuperado del todo. Existen unas manchas blancas en el fondo de mi garganta, allí donde deben de estar las temidas anginas. Y continúa apoderándose de mi cabeza esa especie de neblina blanca que no me deja concentrarme (ni para leer, ni para estudiar, ni para ver una película o una serie).
Así que me he pasado 3 maravillosos días en la cama y en el sofá. Vegetando y sin hacer nada. Y sin poder hacerlo.
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Más. Ya hace dos años y dos días y pico que tengo esta relación. Para algunos, basada en falacias o en el hecho de que estamos acostumbrados el uno al otro.
Yo lo veo diferente.
Aún no ha podido haber cena de celebración. Ni pastel. Ni regalito para mí... Esperemos hasta el finde a que todo se haya restablecido en mi garganta y mi temperatura corporal.
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Y por último. Mi Smenna funciona. Perfectamente. Ahora toca sacarle jugo y practicar... Lástima que este pueblo sea tan blanco y negro...
Mi mítico hígado se ha desacostumbrado poco. Las cosas que no se usan se atrofian. Yo he atrofiado poco a poco mi manera de escribir, como decíamos ayer.
Tengo miedo de atrofiar otras cosas de mi vida. Últimamente tengo bastante miedo.
Es como cuando hueles ese olor dulzón, y aún sin sabes ni dónde ni cuánto, sabes que se está quemando papel cerca de ti.
A veces releo los posts antiguos y me envidio a mí mismo por el estilo que utilizaba, que soy incapaz de copiar ahora.
Una vez me dije a mí mismo que escribía de cierto modo dependiendo de lo que leyera en ese momento.
Baricco me hace escribir como me gusta. Anne Rice no.
Pero se me terminan los libros de Baricco por leer. Y ya saben que no suelo retomar lecturas. Me aburro. Sé cómo termina.
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E. a veces relee los posts antiguos, y envida esa suerte de inocencia que tenía la relación entonces.
"Lo hago para recordar que una vez me querías".
Quizá no comprende que el amor madura. Y que al igual que los olores o los sonidos que están en el ambiente, te acabas acostumbrando y no lo notas, aunque está ahí.
Y llega un día en que sales de la habitación donde está el amor, y cuando vuelves a entrar, lo vuelves a apreciar, tan intenso (o más) que el primer día.
Al principio llegué a pensar que quizá me estaba contando un cuento. Medem. A mí.
En el cuento había puertas pintadas en paredes de cuevas. Entonces pensé que iba a colgar un post-it en la pared de mi habitación que pusiera: ventana. A ver si así llegaba más luz.
A través de esa ventana que no estaba pero que yo decidía inventar.
El cuento acabó siento otra cosa muy diferente, que no me agradó demasiado.
Pero la idea quedó en mi cabeza. Y ahora no sé muy bien dónde instalar la ventana, si mirando hacia el sur, y esperar asomarme al mar, o hacia el este para ver amaneceres.
En frente de mis ventanas imaginarias no quiero que haya edificios. Salvo en la que dará hacia el norte, que tiene una vista de los tejados más altos del pueblo. Aunque viva en un quinto y aunque tenga que esforzarme un poco más en imaginármelos...
Yo creo que sí que me concentraría en una cafetería.
En las series americanas, los alumnos siempre acaban estudiando en cafeterías, donde la gente respeta un aceptable tono de voz. Se habla flojito.
Yo creo que será por eso que no puedo estudiar bien. Porque mi casa la tengo aborrecida. Demasiados gritos atrapados entre las paredes.
Aunque igual el problema está en las mismas series americanas, que siempre nos enseñan esas cafeterías perfectas. Con tazones gigantes para el café con leche.
Y en invierno, ponen una seta de esas que tira calor, y la gente se continúa refugiando en las mesitas de la calle. Con chaqueta, bufanda, un libro, un maletín, la mochila, los apuntes (una mirada de estar esperando a que pase la persona de sus vidas y se siente a su lado)...
Voy a buscar una cafetería. Ya. Esta misma tarde. Y luego que venga él y se siente a mi lado, aunque no sea en la terraza. Y que nos tomemos juntos un café con leche aunque sean las 10 de la noche.
Me recuesto en la cama, en el sofá, incluso en algún que otro regazo. Y cierro los ojos e intento no pensar.
Entonces llega mi hermano pequeño y me llama a gritos, o suena el teléfono, o alguien tiene una crisis convulsiva en el vecindario o hay una invasión extraterrestre.
Y ya no me queda otra que levantarme y dejar otra vez de intentar dormir la siesta.