Hay días en los que la lluvia te moja la cara y tú, aunque lleves gafas, miras hacia arriba para notar el frescor... Hay otros días en los que los árboles se mojan y tú estás en casa, bajo una manta viendo una buena película o con un libro entre las piernas... Hay días que llueve y tú estás en la piscina, mojándote por arriba y por abajo... Hay días que llueve y os mojáis los dos, besándoos... Hay días que llueve y eres tú el que estás lloviendo... Hay días que la lluvia te coge Bajo Árboles Mojados...
Anoche salí a pescar botas en un mar de gente. Y bailar como si no hubiera nada más como si no hubiera nadie más. No escuches la música y fija tu atención en el ritmo. Moverse. Moverse.
Hoy me duele un poco el cuello y quizá pueda decir que tengo agujetas.
Pienso en construir edificios en las esquinas de los edificios. Fachadas en miniatura donde salir a comprar el pan a tomar un café a comprar un libro.
Son las 5 de la tarde y aún llevo un pijama de quirófano azul. Mi compañera parece que discute vía telefónica y acabo de poner la cafetera por petición suya. Porfa, no te vayas, quédate y toma café aquí conmigo. Dame abrazos. Dice.
Nos acurrucamos en un sofá que parece una cama de un matrimonio imposible.
Rojo, el sofá, y algún cantautor al que ignoramos canta en la tele mientras tecleamos ambos en los teclados pequeños de sendos portátiles pequeños.
La casa vacía y una mesita baja llena de libros, algún disco, un par de periódicos. Un hule sobre un rincón con un vaso de leche y un tarro trasparente de galletas.
Esta casa es cómoda y cálida. Las plantas se han desperezado en el balcón, han decidido sacar sus mejores galas y nos regalan con unos cuantos capullos rosas. La enredadera que nacía en mi corazón y buscaba lugares donde amarrarse para no sentir el vértigo del viaje se enraíza sobre la pared de una fachada deslucida. Cualquier edificio de cualquier barrio obrero.
Tengo poco tiempo o puede que lo use mal. Leo bastante, con una mantita sobre las piernas o sobre los hombros si no hay quien me de un abrazo. Por detrás.
Una mañana te levantas feliz y contento, remoloneas en la cama, al final sales de ella y te preparas un buen tazón de café con leche, con magdalenas, cereales, galletas...
Sales a dar una vuelta por el centro de tu ciudad, realizas compras navideñas, te das algún(os) caprichos...
Entonces se hace la hora de comer, apuras algo sacado del congelador, madre te carga de comida siempre en tus fines de semana (que no son los de los demás).
Y llegas al trabajo y encuentras una nota de tu supervisor avisando de una reunión dos veces importante. Y oyes a la gente susurrar a tus espaldas, y hay rumores, y te dicen cosas...
Y entonces, como a media tarde, aparece tu supervisor...
(Para todos aquellos enemigos que me he podido ganar a lo largo de los años; comiencen en este punto a dibujar una sonrisa en sus caras)
... que te dice que están muy contentos con tu trabajo pero que lamentándolo mucho no van a poder renovarte el contrato, porque desde arriba les han apretado y recortado personal.
Y entonce sientes que todo, todo tu Nuevo Mundo se tambalea. Que igual se terminan los cines, los cafés, los desayunos y los abrazos a media noche...
Desde hace unos meses, al realizar compras no demasiado voluminosas, en el supermercado de la cultura de mi ciudad te dan una bolsa de papel para llevarte tus adquisiciones.
Alegan razones ecologistas para ello, aunque yo sé la verdad.
En USA, cuando compras bebidas alcohólicas, te dan bolsas de papel opacas porque imagino que habrá alguna ley que impida beber en la vía pública, o al menos que las botellas de bourbon o wisky barato que beben los teenagers no sean demasiado evidentes para el resto de los viandantes.
Yo sé que en realidad, en el supermercado de la cultura de mi ciudad han descubierto que la cultura es pecado. Por eso te animan a esconder tus últimas adquisiciones en bolsas opacas. Como en USA.
¿Cuándo hace que no veis a alguien caminando y leyendo por la calle un libro?
Claro, se me ocurre que sería un buen momento para ir al cine y miro la cartelera... El centro de la ciudad tiene pocas salas, así que no hay demasiado donde elegir. De todos modos, no es necesario.
En la segunda sala que consulto encuentro una película interesante. Decidido. Entonces me pongo a navegar por blogs y resulta que M fue ayer a verla.
Una película diferente.
Me autonconvenzo, seguro de que voy a pasar un buen rato...
... y va y a los 5 minutos de película ya estoy llorando como una magdalena... hasta el final. Casi dos horas de sollozos.
Odio que en mi pueblo, un alcalde maravilloso decidiera que le resultaba más caro el podado y la limpieza de los árboles de hoja caduca, y por ende, los arrancara y los relegara a un descampado en frente del cementerio.
Y como sustitutos, colocara algo que parece cañas de bambú en cuanto a su grosor, que ni da sombra, ni tienen hojas a penas, ni caen en otoño ni nada de nada...
Al final del día llega la calma de las cosas bien hechas. La camiseta interior que se sale por debajo del jersé no demasiado gordo aún. El polvorón de postre que encontraste por sorpresa en la despensa de casa de tus padres.
Haces un repaso rápido para ver si dejaste las cosas en su sitio en tu habitación. Las plantas con agua para dos días, el portátil desconectado y la otra cama aún sin acabar de hacer.
Hay que poner una lavadora en breve. Quizá el jueves tarde.
Mañana te fundirás con el asfalto durante una hora y media y luego intentarás acabar algún libro más.
Parece que es lo único con lo que consigues acabar en estos tiempos. Con las páginas de las novelas que nunca serás capaz de escribir.
Quizá este fin de semana tengas suerte y vuelvas a tomar Tanqueray.
Parece que en este pueblo las cosas en general van despacio. Los partos van despacio, correos va despacio... Incluso anochece mucho más despacio que en la ciudad.
Allí parece que no hay un atardecer. Allí, el tiempo que le toma a la luz en llegar desde lo alto de los pisos hasta el suelo es el tiempo que tarda el sol en esconderse. Y luego de momento es noche de farolas.
En cambio en el pueblo la luz anda algo más perezosa y se recrea por los tejados de teja y por las casas del casco viejo.
Quizá por eso se ve un poco dorado, el atardecer, en el pueblo. Son motitas de luz que, cansadas, han decidido dejar de correr...
Riempere d'acqua la caldaietta fino a coprire la valvola. Introdurre nella caldaietta il filtro imbuto e riempirlo di caffè macinato, possibilmente granuloso, senza pressarlo troppo. Controllare che la piastrina filtro e la garnizione siano posizionate correttamente. Avvitare il più possibile le due parti in modo da avere una chiusura perfetta. Mettere la caffettiera su una sorgente di calore ed in pochi minuti il caffè comincerà ad affluire nel recipiente superiore. Quando tutto il caffè è fuoriscito, togliere subito la caffettiera dal fornello. Lavare ed asciugare la caffettiera dopo ogni uso. Per non alterare il gusto del caffè, lavare internamente la caffettiera solo con acqua corrente. Per mantenere la lucentezza esterna utilizzare prodotti non abrasivi per lucidare i metalli.
La bibliotecaria de mi pueblo está de fiesta. A ella esto de la crisis le ha venido que ni pintado, porque la gente, lejos de quitarse otros lujos (si por lujos podemos entender los 8 euros de una edición de bolsillo de cualquier libro), ha decidido visitar con mayor frecuencia y asiduidad el templo del lector. Así no tienen que comprar aquellos libros que les acompañarán en la mesita de noche, en el retrete o en la mesacamilla con faldas y estufa encendida.
Yo me sonrío, y aunque ya no pueda visitar mi biblioteca con la frecuencia que lo hacía antes, aún gozo de ciertos privilegios como lector antiguo y reiterado.
Por eso, y por mi cara bonita (y porque la persona que hizo la reserva no se había presentado en una semana), me llevo una novedad para zampármela en 15 días.
Y de paso me ahorro 18 ñapos, que no está el horno para bollos...
Anoche soñé que cogía un manojo de globos de helio y me ponía a volar sobre los tejados de la ciudad donde vivo.
No son unos tejados bonitos, los de Alicante. Además, no me permitían ir saltando entre edificios contiguos, porque hay mucha diferencia de altura.
No tiene un skyline bonito, Alicante, no...
En cierto momento del sueño, daba un salto para bajar desde un 15 a un séptimo, y se me reventaban 4 globos de golpe. Entonces, un montón de hormigas voladoras salían de mis bolsillos y me rodeaban. Era una nube de hormigas voladoras, yo. Pero cuando aterrizaba en el suelo y las hormigas se dispersaban, sólo quedaba de mí una pajarera vacía...
Uno pasa tristezas y no le apetece compartirlas demasiado. Ni en la salud ni en la enfermedad. Uno se da cuenta de que nadie contesta al teléfono a las 3'40 del medio día (esta frase pienso utilizarla en una poesía). Uno se levanta un día y se da cuenta de que nada es lo que parece, uno llueve y uno llora. Uno se queda casi afónico y tiene voz de comentarista radiofónico viejuno.
Uno luego sonríe de nuevo, y gime y abre las ventanas aunque haga un poco de frío y vaya en pijama a la una menos cuarto. Uno se afeita y uno echa de menos heladerías. Uno quiere hacer fotos y escribir, ponerse la bufanda y dejar de tomar analgésicos, antihistamínicos, narcóticos, barbitúricos, antiinflamatorios. Uno piensa en las mentiras y en el drama que le gusta esconder en sus palabras.
Esta mañana, después de desayunar, sentía como si estuviera a punto de reventar algo dentro de mí. Algo que está sosteniendo mucha tensión y que está por explotar.
Así que desde entonces camino con cuidado para que no me vaya a hacer daño. Camino descalzo con pasos suaves. Creo que de momento me han crecido los rizos para amortiguar el efecto de las corrientes de aire sobre mi cabeza.
Ya no hay vientos cerca mío y parece que las corrientes de Coriolis me han dejado a parte porque siento un mareo de los más extraño.
Y escucho música con algodones en los oídos no sea que las vibraciones del sonido entren por las orejas y amplificadas lleguen a mi caja torácica y la utilicen como caja de resonancia y me hagan derrumbarme.
Necesito fixo y abrazos. Y que Eloi se dé cuenta de cómo le quiero...
Hoy alguien ha pintado el cielo de gris oscuro. Pero un gris oscuro oscuro. Aún así, no hace frío, o al menos no aún.
Ayer fui al cine, y luego volví a esta habitación que parece nueva. Nunca imaginé que mover dos muebles fuera tan efectivo. Tendré que comenzar a plantearme mover el mobiliario de mi cabeza, a ver si todo me vuelve a parecer nuevo y gano un poco más de ganas.
Escucho música. Todo el tiempo. Y a veces lloro en la ducha.
Tengo una bañera giganta, ideal para ahogarse, suicidarse o nadar los 1'5 metros libres. Es complicado hacer mariposa en ella, ero los 1'5 metros lisos son aún posibles.
Lo bueno de irse es que de vez en cuando se vuelve. Aunque sólo sea unas horas o unos días.
Se vuelve a las neveras llenas, a la ropa que parece que se lave sola, a las dos comidas fuertes diarias, a los cafés donde siempre, a las primas y a las piscinas que no te miran de reojo los michelines. Las primas, digo.
Y las camas, junto con las madres, son las que parecen haberte echado más de menos...
-.-
Una semana entera con los ritmos circadianos alterados me obligó a abandonar temporalmente las lentillas. Aunque las gafas son de pasta, no se me resbalaban por el puente de la nariz. Por la noche sudo menos. Por eso.
Y claro, ahora las aguanto poco tiempo, y no mis acostumbradas 20 horas. Habrá que rehabituarse.
Es fácil saltarse los ritmos circadianos. Es fácil sorprenderse durmiendo 4 horas de noche, llegando a casa y doblando la ropa de la lavadora que puse ayer (a las 7'15 de la mañana). Pensando dónde compraré la bollería para desayunar con Miguel. Sabiendo que dormiré la siesta del borrego, y posiblemente también la de después de comer.
Es sorprendente, cuanto menos, descubrir que dormir a veces puede ser algo tan sumamente secundario que uno lo hace por compromiso o por obligación, no por ganas.
Y luego que llegue el fin de semana (coincida éste o no con un sábado-domingo) y pasarse 9 horas en la cama. Durmiendo. Y no.
Eran casi las doce de la noche y se sentó delante del ordenador. Mañana tendría que madrugar para ir al trabajo, y sonreía sardónicamente pensando en la gente que le había dicho tantas veces la de fiestas, borracheras, cines y demás que disfrutaría con su independencia.
Ja.
Las lentillas escocían. Le gustaba el ritual de quitárselas y dejar de ver enfocado el mundo. En realidad, con ellas puestas el mundo estaba sólo ligeramente menos desenfocado. Nunca tuvo las cosas claras.
Ayer robó un ventilador. Esta noche dormirá fresquito...
Habrá una gran guerra. y caerán los soldados, y los hermanos se enfrentarán en mil bandos distintos.
Cada uno será un bando y tú y yo nos odiaremos.
Tú y yo seremos enemigos, y lo que compartimos no habrá pasado. Las noches del sofá no serán ni un recuerdo. En las guerras no se recuerda. Se dispara.
Tus lágrimas ya no serán culpa mía, aunque cada vez que me mates derrames una.
M se duerme durante la primera peli que puedo ir a ver en la ciudad, consecuencia de mi recién adquirida titularidad de cosmopolita y su recién adquirida titularidad de hombre cansado. Bueno, en realidad M nunca ha podido descansar mucho, quizá necesite un regazo.
A parte, los mosquitos se ceban conmigo, y tras el redescubrimiento de los antimosquitos de enchufe por mi parte, ellos contraatacan emboscándome en los lugares más inesperados, siempre alejados del sempiterno mataparásitos instalado en mi habitación.
Sí, tengo una habitación. Pequeña, desordenada, llena de ropa, con algún libro, alguna película, alguna guarrada en el cajón del escritorio y un ordenador. Así vivo ahora mismo mi independencia.
En un par de semanas la vida da un giro de 180º, y te encuentras en otra ciudad, con trabajo e independizado. Comienzas a conocer gente nueva, a tener posibilidad de ir a los ciclos de los cines independientes de tu ciudad, a poder quedar a cafés después de cenar sin la monserga materna...
Es extraño. A veces se me nubla la vista, me desoriento. Sobreestimulación sensorial. Muchas ganas de sacar la cámara y fotografíar al vagabundo, al borracho, a la señora que compra en el mercado y al niño que salta en la fuente.
Ganas de escribir. Pero me reprimo y me censuro. No quiero. Necesito volver a leer mucha poesía antes de volverme a sentar con tranquilidad.
Leer poesía y tomar muchos cafés. Necesito descubrir nuevas cafeterías...
Es como si de momento perdiera el control; como si no tuviera ninguna fuerza. Y me suele suceder cuando estoy sosteniendo cualquier objeto con las manos. Más de noche que de día.
Y ayer me volvió a suceder. Con un vaso en la mano, creí que no era capaz de sostenerlo por más tiempo. Imaginé como caía al suelo y se rompía en mil pedazos. Noté incluso alguno de los trozos clavándose en mis pies, calzados con sandalias.
Se repite bastante a menudo, últimamente, esta sensación. Es como si estuviera completamente agotado. Es como un si soñara despierto, pero con una vividez pasmosa.
Pasaba la mano por su espalda y la piel se descamaba. Demasiado sol, pensó.
La mano también en el pelo. Eternamente en el pelo. Aih! y un pelo menos, que ahora continúa acariciando entre los dedos. Luego otra vez la mano en el pelo. Eternamente.
Hoy parece que sonríe. Mira anuncios de alquileres. No sabe si decidirse por vistas al mar o economía y austeridad. Tiempos de vacas anoréxicas.
Sonríe de nuevo. Hay letras en la pantalla que le hacen esbozar labios anchos y dientes al descubierto.
Esta noche volverá a dormir mal por el calor. No quiere ni imaginar qué pasará la semana que viene...
Quería hablar sobre las sábanas. Ya sé que hace casi 20 días que no decía nada, pero me apetece hablar sobre las sábanas y punto.
Ahora mismo tengo dos juegos de sábanas, es decir, tengo recambio semanal. En casa se pone colada de sábanas los sábados por las mañanas y luego se tienden en la barandilla del balcón, sí, dando al exterior, para que todos vean que usamos sábanas, y fundas nórdicas, y mantas, y demás.
Tengo, digo, dos juegos de sábanas. Uno es de cuadrados escoceses, y corresponde a una cama de cuerpo y medio. Por eso no tengo más remedio que engancharlo por la parte de abajo, porque si no arrastra.
El otro es con un estampado de círculos de colores. También tiene, lo admito, algún corazón y alguna flor. Mi madre. Yo no tuve nada que ver con su compra. Este sí ajusta bien a mi cama, y lo dejo suelto a los pies.
Así pues, a semanas alternas, sufro episodios de congelación o abrasamiento podálico.
Sé que hace casi 20 días que no actualizaba. Pero no me apetece contar nada más. Hasta (muy) pronto.
Será mañana. Bueno, en realidad esta madrugada, sobre las 3 de la noche. Hará fresco fuera, y no habrá luz. Entonces no tuve miedo y decidí que era el momento de salir de mamá. Qué casualidad. El tiempo hace que ahora tenga más cerca que nunca la posibilidad de alejarme definitivamente de mamá.
El año pasado mucha gente me dijo que éste iba a ser un año especial. En parte lo fue. Aunque no me llamaron de ninguna serie de televisión para hacer el papel de adolescente, como llevaba esperando desde los 16 años.
Acabó mi cuarto de siglo. Ante mí la posibilidad de comenzar a vivir tal y como lo llevo deseando desde hace mucho tiempo... Quizá éste sea, de verdad, el año que comenzaron a cambiar las cosas.
En la UCI a veces los pacientes mueren, y a mí me da mucha pena, cuando entran los familiares y el médico les dice Hicimos todo lo que pudimos.
Otras veces, los pacienes evolucionan favorablemente, y yo me sonrío de ver a los hijos que se abrazan a su padre y a las mujeres que no pueden disimular unas lágrimas de satisfacción.
Cuando era pequeño había una frase que se utiliza en el ámbito hospitalario que no entendía, y aún hoy me causa ciertas dudas... Cuando alguien tenía un accidente y decían Tiene pronóstico reservado, y yo me quedaba pensando a quién le reservaban el pronóstico, si a los médicos, a los familiares o a alguna eminencia en el campo...
He pasado días de sonreír, y días de querer gritar y no hacerlo.
Han habido días en los que he perdido una guerra, y otros en los que el sabor del chocolate me ha quitado cualquier duda o incerteza de la cabeza.
El problema de la astenia es que me hace sentirme vulnerable y desprotegido. Aunque al fin y al cabo, eso me convierte en una persona más viva. Y eso me gusta...
Acabaré cogiéndole gustillo a que los días se alarguen, parece.
1. Hace tiempo que descubrió que los fines de semana acababan pronto, tanto si quería como si no. Fue más o menos al mismo tiempo que cuando decidió no estudiar ni los sábados ni los domingos.
Contadas excepciones a esta regla se han dado desde entonces.
2. Un descubrimiento algo más reciente ha sido el resultante del cálculo de su número total de mejores amigos.
Aunque no crea demasiado en el concepto mejor amigo, esta tarde, mientras se sentaba en el retrete para realizar obligaciones fisiológicas, ha hecho un simple cálculo aplicado a las personas más próximas a él.
3. Si partimos de un M a media jornada; un J ocupado; una A cansada; una G en Madrid, demasiado lejos y por último un A viviendo en Italia, aún más lejos, el resultado total de la suma es escaso.
4. Quizá dé 1'2 o así. En escasas ocasiones llegará a 2.
1. Hacía ya un par de semanas que había encontrado un modo de evasión perfecto.
Siempre había dos libros sobre su mesita de noche. Uno era una novela, ya fuera negra, dramática o de cualquier otro tipo. Esto le ayudaba a encontrar a personas más tristes que él.
El segundo libro era siempre ciencia ficción o fabulación científica. De este modo pensaba en lo que podría ser mañana, y le daba ánimos para continuar.
2. Había escrito un par de versos dos noches atrás.
Fue como si alguien le susurrara el contenido justo antes de caer dormido, y no supo si continuar con el sopor que le adormecía o levantarse a escribirlo.
Finalmente se declinó por escribir los versos. Más adelante ya completaría la poesía.
Sabía que con la voz que susurraba atrapada en las primeras palabras, el resto aparecería en su cabeza solo. Como siempre.
No sé cuánto durará, pero estoy probando Tumblr, y me parece curioso e interesante... Así que si alguien quiere seguir lo que hago sin metáforas, paráfrasis, cuentos chinos ni demás, lo único que tiene que hacer es visitar esto.
1. Bailar en pijama. 2. Que te caiga ligeramente el pantalón de la talla 42. 3. Un té. 4. Estar a las 11 de la mañana leyendo en la cama un domingo. 5. Redescubrir The Postal Service. 6. Ir al cine. 7. Cenar pizza que no esté refrigerada o precongelada. 8. Hacer fotos. 9. Volar la cometa. 10. Hablar por teléfono y hablar italiano.
Hace tiempo que la gota colmó el vaso y ahora tengo todo el piso encharcado. Quizá la perspectiva de partir me hace especialmente sensible e irascible.
Pero ahora mismo cogía un rifle y me cargaba a un par de mamones hijos de la mismísima madame de Babilonia, propietarios de la empresa para la que trabajo...
Uno cree que su habitación es su morada. Que lo que allí guarda es suyo y solamente suyo, como los Magnums.
Y un día llega a casa y encuentra en un rincón un trozo de una fotografía. Y sabe que en esa fotografía hay un beso. De amor. Y que alguien no quería ni ver ni tener esa foto cerca.
Y ese alguien no soy yo, porque en tal caso, toda esta perorata carecería de sentido.
Así que uno se arma de valor y pide explicaciones, ante las cuales sólo obtiene mentiras.
Y es en ese momento cuando uno, cansado, piensa que si alguien no quiere ver un beso, de amor, pues que simplemente no vea la foto. Que no está colgada en ningún sitio. Que no está al alcance de ningún niño ni de ningún adulto. Está guardada en un sobre que se debe abrir y en el que se debe buscar, para ser hallada.
Y uno piensa en que mañana encarga otra copia de la foto. La del beso, de amor, y la vuelve a dejar donde estaba antes de ser rota en cienes de pedazos y tirada en la basura, no sea que uno tenga tiempo de encontrarla...
1. De pie, desnudo frente al espejo, sostenía una maquinilla de afeitar con una mano mientras con la otra acariciaba la barba. Olía a humo y a besos.
2. El día decidió dar una tregua al buen tiempo, quizá con ánimo de fastidiar a todos los boletines meteorológicos del día anterior, que se habían empeñado en predecir otro día de calor. Nos quedamos sin invierno este año, decían.
Por eso el frío se decidió a volver. Para fastidiar.
3. La otra mano continuaba acariciando los pelos de una barba demasiado larga. Posiblemente mañana le dijeran algo en el trabajo. No la llevaba ni arreglada ni recordada. El supervisor le vio el otro día y no le puso muy buena cara.
La mano dejó la cuchilla descansar sobre el mueble del baño.
4. Había estado lloviznando. No sé si existe esta palabra en el diccionario, aunque sé que es la que mejor describiría el día que había sufrido. Lloviznaba, y uno no sabía si sacar el paraguas y esconderse en los soportales o continuar caminando por el medio de las calles y las aceras.
Yo levanté la cabeza, dejé que la poca agua que caía me mojara la cara para acabar de despertarme, aunque fuera la una y media del mediodía.
5. Pero sobretodo, la barba olía a agua. De lluvia.
El martes fue una de esas noches que yo tiendo a bautiza como noche horribilis. Es decir, entre pitos, flautas y demás gremio musical, dormí menos de 3 horas. Claro, eso ha causado que el resto de la semana lo pasara en un estado pseudovegetativo que me permitía centrarme en las tareas con un esfuerzo sobrehumano. Me estoy convirtiendo en superhéroe, yo, casi sin querer.
Esta mañana, cuando el sueño estaba a punto de vencerme en el momento (las 5'30am) en el que me he levantado para dar un último repaso a mis apuntes, he conseguido sobrevivir gracias a la voz un poco desgarrada de una desgraciada que canta soul como los ángeles y fuma crack como el mismísimo demonio...
Hacía tiempo que no recomendaba un disco. Este no tiene pérdida.
Releo la libreta en la que escribo y vuelvo a pensar que me encantaría saber dibujar. A mi cuñada se le da muy bien. En el flickr hay millones de personas que cuelgan diariamente bocetos, y yo me paso horas embobado mirándolas.
Pero nunca supe dibujar algo medianamente coherente a parte de letras.
Quito pelusas de debajo del ratón del portátil y pienso en algún tema para algún relato corto. Se me escapan de los dedos los relatos cortos y las pelusas, y aunque la música continúe sonando, me vuelvo a sentir un poco vacío y triste y tonto.
Vamos a probar con las pelusas:
La pelusa cayó al suelo desde el ombligo del hombre y tomó vida. Nadie puso fango en ella, ni recitó unas palabras mágicas ni colocó una letra hebrea debajo de su lengua.
La pelusa rodó por el suelo, cubierto por cierto grado de polvo, y viró en dirección al rincón en el que se agazapaban otras pelusas, y aunque intentó algún tipo de contacto con ellas, no consiguió arrancarles más que un leve balanceo, que atribuyó alguna corriente de aire de la habitación.
La pelusa, sabiéndose sola e incomprendida en el mundo, planeó en un par de microsegundos un suicido pelusil, que se vio truncado al lanzarse al vacío desde la ventana de un 5º y verse repentinamente trasformada en un vilano...
Leo otros blogs de otras personas y me recuerdan a cuando comencé a escribir este mismo. Es posible que haya decaído, ahora casi siempre hablo más de mí que de lo que pasa por mi cabeza.
No sé si eso es bueno o es malo. Sí es cierto que escribo mucho menos. Debería obligarme a hacerlo todos los días. Es un imperativo, un ejercicio. Aunque luego me da pereza.
Lo que no me da pereza ahora mismo es coger un bocadillo (de salchichón y queso), la chaqueta y la cometa y bajarme con mi chico a volar la cometa. Creo que hoy habrá éxito. Voy a ver si pesco al ángel de mi abuela y puedo decirle que la echo de menos.
A veces la tristeza decide hacerse un hueco en los ojos de uno, ahora, que parecía que los tenía algo más alegres...
Las rutinas le traen a uno la facilidad de saber el qué hacer en cada momento. El problema son los tiempos muertos y los silencios y las noches. No quiero tener tiempos muertos, ni silencios si estoy a tu lado, ni noches impares en camas estrechas.
Se me hace difícil soñar en domingos lejos de casa de mi abuela. Se me hace difícil soñar sin mi abuela, a pesar de saber que iba a ocurrir.
Felisa estaba cansada, y antesdeayer en la cama decidió que se había cansado de respirar. Tenía los ojos cerrados, como los había tenido durante todo el día, y un parche de morfina por el que nos tuvimos que pelear con el médico de cabecera. Dejó de respirar y estuve a su lado junto con mi madre y alguna de sus hermanas (de mi madre y de mi abuela).
Felisa era mi abuela, aunque la llamábamos Mare, y sonrió hasta el día 5 de enero, cuando le dió una embolia que le paralizó medio cuerpo, el izquierdo, y le arrancó las ganas de ser feliz.
Ayer fue un día raro, de llorar mucho y dormir poco, aunque en realidad dormía poco desde hacía 3 días, que esperaba una llamada al móvil que me confirmara lo que esperaba.
Después del fin de semana intenso (dos exámenes y curro y ginctonic DORMIR bronca y r ehabilitación y cometa e inglés y DORMIR), vuelvo a la tranquilidad de la universidad sin complicaciones.
Esta mañana, llegando, hemos comprobado que aún no se había levantado. La universidad. Y que estaba envuelta en una sábana de algodón de azúcar blanco. No, no era smog. Era niebla. Espesa. Niebla.
Estos días ya no me siento embotado. Parece que dejé de medicar a mi ánimo con corticoides. No. Ahora me siento algo más liviano. No hay niebla en los ojos... Los borlitones que suben y bajan sí, esos continúan ahí, en mis ojos. El otro día en clase nos explicaron qué eran. A mí me importa bastante poco lo que diga la medicina que son. La verdad es que no me molestan demasiado. Son mis borlitones de dentro del ojo. Y punto.
Fue más bien casualidad que remangara estos pantalones vaqueros que llevo ahora puestos. Lo que nunca llegaré a comprender es cómo se colaron dos trozos de vidrio de tu corazón en ese espacio que se queda al hacer el doblez...
Ayer volví a escuchar las voces. No son muchas, es una, y siempre me habla cuando lloro... Aunque hace tiempo que apredí a no hacerle caso.
Llevo un par de días pensando acerca del olvido... Quizá sea por la situación de mi iaia, o quizá no haya ninguna explicación para ello.
El hecho es que pienso repetidamente sobre los olvidos y la memoria. Sobre las personas que creímos que permanecerían en nuestra cabeza eternamente y un día alguien dice un nombre y caes en la cuenta de que no recuerdas cuándo fue la última vez que lo tuviste en mente. Sobre los lugares que es imposible que desaparezcan del cerebro. Sobre las peleas que se anclaron y se clavaron en alguna circunvolución, o quizá, más cerca del corazón que de la cabeza.
Sí, creo que el corazón es un órgano secundario de la memoria, que deberíamos estudiar con más profundidad en alguna de las asignaturas de mi carrera...
Ahora estoy en una sala de ordenadores de mi universidad, llena de gente que murmulla y habla, y tengo ganas de taparme los oídos y balancearme y pensar que el ruido se irá, el que hay dentro y fuera de mi cabeza. Pero el ruido no se va, y me canso, y me altero, y tengo ganas de gritar porque estoy algo nervioso por los exámenes y por los trabajos, y porque en menos de 6 meses estaré por fin trabajando en algo en lo que me sentiré realizado. Pero mientras tanto tendré que soportar el ruido y la gente que me mira y me mira por encima del hombro, creyéndose mejor, o simplemente creyéndome otro maricón más.
Sin embargo, ayer volé la cometa.
Fue liviano, y E. me ayudaba a mantener los pies en el suelo.
Los reyes pasaron, sin pena ni gloria, y ahora me enfrento a mi último periodo de clases por un tiempo indeterminado (como las treguas).
Por delante me quedan dos semanas más de lecciones y 4 meses de prácticas hospitalarias, en las que debo afianzar todo lo que sé, lo que no sé y lo que intuyo.
Quería hacer un llamamiento a todas aquellas personas que tenían pensado...
...fastidiarme, dejarme, joderme, romperme el corazón o las gafas o la nariz, hundirme, humillarme, dejarme tirado, dejarme plantado, intentar envenenarme...
... que por favor, que lo hagan ya.
A partir de mediados de enero comenzaré con una vorágine de exámenes y entregas para culminar mi (espero, por mucho tiempo) último año de estudios. Y me gustaría estar en paz conmigo mismo y con todos los demás.
Así que ya saben, hagan todas las cosas anteriormente mentadas por adelantado.
Esta mañana cuando esperaba el bus he caído en la cuenta.
3 años atrás mis manos sentían aversión por los bolsillos, y tendían a esconderse discretamente en los puños de las chaquetas o de los jersés y polos ligeramente largos.
Ahora se meten sin ningún pudor en los bolsillos.
Malditos bolsillos.
Creo que también han cambiado algunas cosas más a lo largo de estos 3 años. Pero posiblemente no sean más que consecuencias de lo que acabo de contar...
Me duele la base del pie derecho. Bueno, en realidad tengo más dolores, aunque no todos tan acuciantes ni punzantes como el que tengo ahora en el pie. Derecho.
Anoche volví a tener un sueño. Terrorífico, éste.
Soñaba que vivía una vida normal, que paseaba por una ciudad que no era la mía y que vivía y sonreía. Entonces, se acercaba una enfermera (creo que era enfermera a pesar de que llevara una minifalda blanca y una cofia con una cruz roja) y me decía que había olvidado tomar mi medicación.
Yo lloraba y pataleaba, y entonces ella, a la fuerza, con la ayuda de dos personajes siniestros, enormes y musculosos, me daba la medicación.
Y entonces me he despertado y he notado una caricia en el pelo y una voz que decía "tranquilo, ¿ves? ya están haciendo efecto".
Por fin se sentía vivo. Y estudiante. No recordaba cuántos años hacía que un examen le quitaba el sueño. Pensar que no se llegaba, que debería estudiar toda la noche, que quizá podría dormir sólo un par de horas.
Saber que pasaría la noche acompañado de música suave y un termo repleto de café.
Hay gente que aborrece esto. Posiblemente Doro también lo odiaría si tuviera que repetirlo constantemente. Pero no era el caso.
Así que ante la perspectiva de una noche de vigilia pre-examen, se sonreía y no dejaba de pensar en el café. El sabor del café...
Imaginen la ciudad más bella del mundo. Sí esa es la ciudad más bella del mundo, lo siento, no necesito ver nada más para asegurarme.
Bueno, lo dicho, la ciudad. E imaginen que usted y su pareja y un amigo acuden en un viaje a la susodicha ciudad.
Pasean, callejonean, caminan, se sientan y toman caffè, se levantan y continúan caminando.
Entonces usted decide pararse, los cordones de las zapatillas que heredó de su hermano mayor... Se para y se ata los cordones, con ese lazo amorfo que le sale siempre, a pesar de haberlo practicado infinidad de veces.
Levanta la cabeza, y está solo.
Súbitamente es de noche. Y usted se encuentra solo en mitad de la ciudad más bella del mundo. De noche.
Y en ese momento, aparecen por las esquinas; se le acercan...
Aún no acabo de comprender la extraña razón que tuvieron los sucesivos alcaldes de mi pueblo para no plantar (y talar los existentes) árboles de hoja caduca.
Por eso ayer, llovía en la universidad y me quedé como 5 minutos parado, mojándome, delante de un granado, tan solo porque me pareció impresionante el modo en que se arremolinaban las hojas amarillentas a sus pies.
U hoy, esperando el autobús a casa en el sitio en el que ahora trabajo, con la música atronando en mis orejas, no podía apartar la vista de las hojas que caían con el viento. Y el viento que arrastraba las hojas que habían caído unos metros calle arriba.
Quiero caducos ya... ¿alguien me regala un bonsai de un arce?
Parece que ando algo prolífico con los presueños últimamente.
Ayer estaba en el borde de una piscina. La piscina estaba dentro de una casa. Y tenía un hilo de luz que rodeaba todo el borde inferior.
Todo esto, estaba contemplándolo desde mi cama, aunque también me encontraba en el mismo quicio de la piscina, notando el agua rozar las puntas de los dedos de mis pies.
Entonces, a pesar de continuar en la cama a punto de dormirme, me lanzaba al agua.
Y el descenso desde el borde de la piscina hasta rozar el líquido fue eterno.
Quizá porque estaba más lejos del agua de lo que creía. Quizá porque había saltado al agua desde mi cama...
Anoche cuando iba a caer dormido, justo en ese momento en el que la gente suele creer que cae o acaba de llorar tras un largo llanto, vi dos chicas.
Más bien eran dos señoras. Estaban en un espacio inexistente de mi habitación, y me miraban, vestidas tan solo con unas medias y unos zapatos de tacón negro.
Y sus labios pintados de pulcro rojo.
Miraban y sonreían y decían cosas sin voz mientras fumaban.
La verdad es que si no escribo más últimamente es porque quizá no tenga mucho que contar, y por fin he llegado a ese punto del conocimiento de mí mismo en el que me doy cuenta de que puedo aburrir a los demás volviendo a contar que odio mi trabajo o que quiero a mi chico.
Por eso no lo repetiré. Al menos hoy. Aunque esas dos cosas continúen igual.
Sin embargo, pasan cosas. Por ejemplo, un aniversario, por ejemplo, de este blog. 4 añitos y aún con ganas de decir cosas, aunque ya no me agobie como al principio con querer escribir todos los días.
Además, he participado en algún concurso de fotografía raro, de esos en los que interesa más el café que te tomas a mitad o las calles que te encuentras que el concurso en sí. También me he comprado un libro.
Cuando he llegado a casa, he encontrado la habitación limpiada. Y no por mí. Eso quiere decir que han alterado el desorden preestablecido que reinaba hasta que he salido de casa esta mañana. Eso quiere decir que ahora no encuentro nada, porque las cosas están en su sitio, es decir, en el sitio que mi madre (o mi padre) opinan, distintamente de mí, que deberían ocupar.
Me conformaré con abrazar el peluche esta noche de nuevo, a falta de otras seguridades...
Comenzó a subir su ritmo de vida. Pasó de dormir sus ansiadas 8 horas a las ya típicas 6 horas y media.
Comía más chocolate del que debería. Asaltaba su tarro de gominolas tras cada cabreo. El tarro se acabó. Y se volvió a llenar y se volvió a vaciar demasiado rápido.
Decide tomarse un descanso muy a menudo, aunque luego se siente culpable de no hacer nada.
Tan solo, a veces, una canción le saca del estrés en el que se está convirtiendo su vida.
Tan solo, a veces, un beso, una caricia, un libro, su chico, un té, un abrazo, unos amigos...
Lee menos, la poesía a penas la toca. Una lástima... Doro necesita acabar pronto la carrera y comenzar a vivir.
Y no tener que sentirse culpable por acudir a un concierto al que hacía tanto tiempo que quería ir...
Hay momentos en los que el mundo parece converger para arrancarme una sonrisa.
En menos de 4 días consigo un disco más que esperado que me produce una extraña sensación, como un lifting facial momentáneo que afectara solo a la parte inferior de mi cara. Al mismo tiempo, recibo (o más bien reciben por mí) mis fotos Moo que encargué unos días atrás, para comprobar que el resultado es magnífico.
Y me escriben cosas que me dejan con la boca abierta y las lágrimas asomando.
Y claro, uno no puede dejar de sonreír. Y entonces se da cuenta de que el mundo por fin ha dado una vuelta, al menos en mi mundo...
Ayer, después de pasar media mañana enfrascado con la financiación del sistema nacional de salud, Doro decidió levantarse de la mesa que había sido su única compañera durante las 3 horas anteriores, para descubrir, entre asombrado y molesto, que tenía un dolor penetrante y agudo en la rodilla. En la izquierda. Muy fuerte.
Un dolor que se repetía cada vez que decidía mantener recta la pierna, y que le obligaba a cojear ligeramente.
Así que su caminar pasó a ser un ritmo asincopado que resonaba por encima de la música de Beirut que tenía puesta, a máximo volumen, en su iPod.
Durante su caminar cojeado encontró cosas que le agradaron (una madre jugando con su bebé en los jardines del campus), y se le cruzaron algunas otras que habían pasado al grupo de la indiferencia.
Hoy, Doro, continúa con dolor de rodilla. Muy fuerte. Molesto.
El día ha comenzado gris para Doro. Llovía camino del coche que le bajaría a la universidad y ha continuado haciéndolo durante toda la mañana, periodo que el susodicho ha aprovechado (o desaprovechado, según se mire) para hacer un par de recados y comprarse un libro.
Ha tenido tiempo, también, de visitar a una amiga, la cual ha destacado en varias ocasiones su mala cara (de tan sólo 3 horas de sueño, aunque esto ella lo desconocía).
Mientras hacía estas cosas, escuchaba música, a veces alegre y otras triste, aunque en realidad incómodo con cualquier canción. Al final, por fin, ha descubierto que necesitaba el jazz suave y la voz de una borracha alcohólica negra que decidió (o no) morir hace como 50 años o casi.
Llegado a la universidad, a la que no ha asistido a ninguna clase, ha decidido tomar su primer café, quizá demasiado tarde, quizá demasiado amargo, quizá un poco quemado, mientras continuaba leyendo el libro que compró esta mañana, y deseando poder pasar el resto del día perdido entre sus hojas, y no teniendo que enfrentarse a un nuevo puesto de trabajo, a un nuevo centro de trabajo y a un nuevo grupo de compañeros de trabajo.
Demasiado trabajo, pensaréis. Él también lo ha pensado.
Así que en la actualidad, Doro espera a que un amigo le rescate del tedio de la sala de ordenadores en la que se ha instalado tras la taza de líquido negro que algunos consideran dios.
Antes de acabar de escribir este texto un tanto idiota, y pensar que esta noche lo grabará (para que nadie lo escuche), ha recordado que ha repetido su chacra mágico hoy (mi ex-jefa es una puta) como unas 5 veces... Aún le faltará alguna más antes de acabar el día, piensa y sonríe para sí mismo...
Llevo desde ayer pensando acerca de la palabra desesperación.
Creo que es una de esas palabras que abarcan mucho más de lo que se intuye desde sus letras. Es una palabra inmensa.
La desesperación causa que dos personas que se sienten solas acaben estando juntas, aún sin quererse.
Y claro, uno piensa aquello que le han hecho aprender, que el amor es el principal motor de la humanidad. Y entonces descubre que la desesperación es tan, pero tan potente... Y comienza a dudar cuál es el sentimiento que mueve realmente el mundo...
También pienso que a mí me gustaba estar solo.
No sé si lo hago para excusarme por tener pareja. El hecho de que te guste estar solo hace como que te inmunices de la desesperación. Es como si quisieras afirmarte a ti mismo: yo no acabé con mi novio/-a porque estaba desesperado.
Doro salió de la ducha y se quedó quieto, desnudo, sobre la alfombrilla.
Allí permaneció cerca de 5 minutos.
Durante esos 5 minutos pasaron pocos pensamientos por su cabeza. Notaba las gotas de agua resbalar por su cuerpo. Su rodilla tembló en cierto momento y lo apreció.
Pensó en lo ridículo que sería si alguien le estuviera observando, desnudo, quieto y mojado. Luego pensó en lo absurdo que había sido pensar el pensamiento anterior.
También caviló acerca de la tristeza. Se estaba comenzando a cansar de la tristeza, pero no era capaz de ahogarla. Ni con gominolas.
La noche anterior había ido a un concierto muy especial. Alguien le cantó una canción, y Doro se abrazó a la persona que quería y le besó.
Sin embargo continuaba triste. Y quieto.
Y desnudo y frío sobre la alfombrilla. En el cuarto de baño.
Un día te levantas con toda la normalidad del mundo y descubres que estás triste.
Comienzas a ahondar en ti mismo. Le preguntas a tu yo, a tu superyo y al resto de personalidades que te configuran cuál es la razón. Les interrogas sobre posibles conflictos que hayan podido causar ese descenso en el estado de ánimo.
Nada.
Piensas si no estarás consumiendo raciones inferiores de chocolate de las acostumbradas. Si los besos se mantendrán dentro de límites aceptables. Si gimes o gime con la misma intensidad, fuerza y pasión que antes.
Nada.
Te planteas si será la luz, más gris en estos días de otoño. Le das nombre a lo que te pasa. Neurastenia.
Era una cosa que quería hacer desde tiempo atrás aunque no lo había acabado nunca de preparar bien.
Desde el post anterior, además de la posibilidad de leerlo, tenéis también la opción de escuchar lo que escribo. Soy nuevo en esto de los podcasts, así que no me exijáis maravillas.
Yo leo lo que escribo. Y punto.
Al mismo tiempo, os recomiendo que os suscribáis al feed del podcast, así podréis saber directamente cuándo actualizo y podréis descargas los archivos si así lo preferís.
Cuando era pequeño, mis padres nos compraban a mi hermano mayor y a mí una revista que se llamaba Don Mickey, repleta de historias cortas con personajes de la Disney.
Es posible que llegáramos a juntar cerca de 300 ejemplares, y tengo muchos recuerdos de muchos de ellos, aunque uno de los que más me marcó fue uno en el que un señor con un maletín llamaba a la puerta del pato Donald diciendo "Buenos días, soy su dolor de cabeza particular". A partir de ese momento, el señor pasaba todo el tiempo al lado del susodicho pato, causándole constantes e intensos dolores de cabeza. Ya no recuerdo cómo conseguía librarse de él.
Ahora mismo me encuentro en una tesitura similar, con una visitante a la que me gustaría echar de mi vida y sin encontrar un modo eficiente para hacerlo...
Tengo una amiga que cuenta las temporadas malas por rachas. Otro amigo dice que en realidad, todo es un ciclo, y es normal que de vez en cuando el ciclo nos lleve a etapas en las que las cosas nos van un poco mejor y épocas en las que las cosas van ligeramente peor. Yin y yang.
Será eso, que estoy muy yang, yo, últimamente.
El día 23 debo cambiar de trabajo por decisiones completamente ajenas. Después de 2 años y medio.
Tengo un profesor que habla de cambios que en un principio pueden parecer difíciles, aunque nos pueden llevar a una situación mejor que aquella en la que nos encontrábamos.
Sin embargo, yo voy a echar de menos a mis compañeros.
Y también a poder decirle a mi jefa que es una guarra amargada.
A veces se disimula la existencia de un problema. Se hace como si no estuviera, se ignora, se salta... Así igual se soluciona sólo, o se olvida.
A veces se tiene que disimular entre dos o más personas. Porque puede haber un problema y que por razones muy diversas no se quiera afrontar. Disimular a dos o más bandas es más complicado. Uno se tiene que mostrar cordial y simpático en situaciones en las que realmente no le nace hacerlo, serlo o estarlo.
Y llega un momento en el que alguna de las personas implicadas lo olvida, que se está disimulando, y vuelve a saltar todo. Pero normalmente se vuelve a disimular.
En la foto, una prueba fehaciente de que mi nueva-vieja cámara fotográfica puede realizar a la perfección su trabajo...
Es complicado intentar comprimir una semana completa en un par de párrafos.
Así que no pienso hacerlo. El que esté realmente interesado en saber qué hice la semana pasada, que me mande un correo electrónico o que haga un comentario en este blog, dejando su mail, y yo se lo contaré.
Diré que estoy seguro de que habrá pocas cosas en mi vida (en mis 3/4 de vida, aproximadamente, que me quedan) que puedan compararse a lo que he vivido en 7 días.
En cambio me apetece hablar de las vueltas y las caras largas. Es sorprendente cuánto se puede alargar una cara. A veces se arrastran por el suelo. Y de las bocas de las caras largas salen sonidos más bien parecidos a improperios, mentiras y acusaciones (siempre falsas).
Es curioso, como uno puede sentirse en casa a 1500 Km. de donde habitan sus progenitores. Es curioso que a veces, mi casa se desplace, y sea justo ese espacio que circunda en unos 4 metros al cuerpo de E.
Voy a estar algo desconectado del blog durante la próxima semana.
Hay algo que prometí que haría hace casi dos años y por fin voy a cumplir.
Así pues, lamento de antemano la ausencia.
Por otro lado, quería decir que existen ciertos factores que están intentando agriar el cumplimiento de esta promesa. La razón de que esté contando esto es que, sí, me gusta la autocompasión de vez en cuando. Si uno no recibe apoyos desde cerca, a veces tan sólo necesita saber que su causa no está tan perdida como cree.
Espero que aquellos que intentan alterar mi karma no lo consigan... En una semana, os cuento.
Hoy me levanté con la sensación de ser una gran prótesis de mí mismo. No era parte de una pesadilla, sino que me sabía postizo y falso por definición.
Por ahora estoy consiguiendo engañar a los que me rodean. Aún nadie se ha dado cuenta de que no soy más que una burda imitación de mí mismo, colocada por mi yo original en esta vida con aún no sé qué extraña intención.
Ahora iré al cine. Y besaré. Espero poder cumplir mi cometido con perfección mientras yo mismo realizo otras tareas de, parece ser, más importancia, en otro lugar...
Tengo un visitante de Entre Ríos. Lo sé porque de vez en cuando miro el contador de visitas, y puedo saber desde dónde se han conectado mis últimas diez visitas.
Entre Ríos es el nombre de una provincia de Argentina, creo. Y también el nombre del grupo cuyo primer disco estoy escuchando ahora.
Tenía sus discos desde hacía tiempo, pero hasta que no vi las visitas desde allí, no recordé comprimirlos y meterlos en el iPod.
Ahora escucho una canción. Y como un bocadillo de nocilla de esos que das un mordisco al pan y sale la crema por los lados de tantísima que he puesto.
Me gusta la nocilla (y variantes). No me gusta esta migraña que se ha instalado en mi frente desde el lunes.
El cambio del tiempo. Vayamos dando la bienvenida al otoño (con permiso del Veranito de san Miguel).
Este lunes de Abril templado y diligente muy de mañana, sin haber dormido. Por la cafetería cruza el buitre de los horarios laborales, entre tazas, tostadas y periódicos se discuten las ultimas noticias, y el hombre del secreto se sumerge en el túnel de una nueva semana. Deshoja el bienestar de su café sonríe a quien le mira, se consuela, porque tiene un secreto.
Los cuerpos juveniles son presente, pero nos llega impuesta del pasado la inocencia arbitraria de sus conversaciones. El hombre del secreto lo comprende camino del trabajo, cuando los estudiantes llenan el autobús y un tumulto de cuerpos con la cara lavada se apodera del lunes. Los ve crecer, observa como un grito de incógnita en sus ojos, una inquietud después desvanecida por usura del tiempo. Vivir es ir doblando las banderas.
El hombre de los ojos encendidos se hiere con las rosas académicas, consigue entre saludos, puñales y cipreses cruzar el campus universitario, recorre los pasillos en busca de su aula de su clase, pero tiene un secreto y el tema diecinueve se convierte en materia de asombro, poemas que se escapan de la página, versos que llegan a la cima de una mirada en vilo, alguien que deja los apuntes y los libros de texto, para cerrar las manos hasta herirse con otra rosa viva mucho más inclemente, la rosa de un secreto en el alma de un lunes.
Abre la puerta del despacho y los libros sonríen como cómplices viejos. En ellos ha leído lo que siente, solo literatura descentrada. Pero esta vez no, esta mañana no, y el hombre del secreto al levantarse se miró en el espejo, y descubrió el enigma de sus extraños ojos encendidos, y se dijo que no, esta vez no.
¿Y la ciudad?.Abierta de luz, cuerpo tendido, ha cambiado de piel en la ventana. Y no será paciencia, ni callejón nocturno, ni día laborable de tráfico dudoso. Así que va al teléfono, busca la tinta azul del numero apuntado en el carnet de conducir, la condición de un lunes que ya no tiene voluntad de fecha sino de fruta, de sabor en los labios. El hombre del secreto marca y dice: "Buenos días, soy yo, he terminado".
Luis García Montero, de Completamente Viernes.
Hacía tiempo que no tenía un libro nuevo de poesía...
He estado enfermo. Bueno, en realidad aún no me he recuperado del todo. Existen unas manchas blancas en el fondo de mi garganta, allí donde deben de estar las temidas anginas. Y continúa apoderándose de mi cabeza esa especie de neblina blanca que no me deja concentrarme (ni para leer, ni para estudiar, ni para ver una película o una serie).
Así que me he pasado 3 maravillosos días en la cama y en el sofá. Vegetando y sin hacer nada. Y sin poder hacerlo.
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Más. Ya hace dos años y dos días y pico que tengo esta relación. Para algunos, basada en falacias o en el hecho de que estamos acostumbrados el uno al otro.
Yo lo veo diferente.
Aún no ha podido haber cena de celebración. Ni pastel. Ni regalito para mí... Esperemos hasta el finde a que todo se haya restablecido en mi garganta y mi temperatura corporal.
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Y por último. Mi Smenna funciona. Perfectamente. Ahora toca sacarle jugo y practicar... Lástima que este pueblo sea tan blanco y negro...
Mi mítico hígado se ha desacostumbrado poco. Las cosas que no se usan se atrofian. Yo he atrofiado poco a poco mi manera de escribir, como decíamos ayer.
Tengo miedo de atrofiar otras cosas de mi vida. Últimamente tengo bastante miedo.
Es como cuando hueles ese olor dulzón, y aún sin sabes ni dónde ni cuánto, sabes que se está quemando papel cerca de ti.
A veces releo los posts antiguos y me envidio a mí mismo por el estilo que utilizaba, que soy incapaz de copiar ahora.
Una vez me dije a mí mismo que escribía de cierto modo dependiendo de lo que leyera en ese momento.
Baricco me hace escribir como me gusta. Anne Rice no.
Pero se me terminan los libros de Baricco por leer. Y ya saben que no suelo retomar lecturas. Me aburro. Sé cómo termina.
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E. a veces relee los posts antiguos, y envida esa suerte de inocencia que tenía la relación entonces.
"Lo hago para recordar que una vez me querías".
Quizá no comprende que el amor madura. Y que al igual que los olores o los sonidos que están en el ambiente, te acabas acostumbrando y no lo notas, aunque está ahí.
Y llega un día en que sales de la habitación donde está el amor, y cuando vuelves a entrar, lo vuelves a apreciar, tan intenso (o más) que el primer día.
Al principio llegué a pensar que quizá me estaba contando un cuento. Medem. A mí.
En el cuento había puertas pintadas en paredes de cuevas. Entonces pensé que iba a colgar un post-it en la pared de mi habitación que pusiera: ventana. A ver si así llegaba más luz.
A través de esa ventana que no estaba pero que yo decidía inventar.
El cuento acabó siento otra cosa muy diferente, que no me agradó demasiado.
Pero la idea quedó en mi cabeza. Y ahora no sé muy bien dónde instalar la ventana, si mirando hacia el sur, y esperar asomarme al mar, o hacia el este para ver amaneceres.
En frente de mis ventanas imaginarias no quiero que haya edificios. Salvo en la que dará hacia el norte, que tiene una vista de los tejados más altos del pueblo. Aunque viva en un quinto y aunque tenga que esforzarme un poco más en imaginármelos...
Yo creo que sí que me concentraría en una cafetería.
En las series americanas, los alumnos siempre acaban estudiando en cafeterías, donde la gente respeta un aceptable tono de voz. Se habla flojito.
Yo creo que será por eso que no puedo estudiar bien. Porque mi casa la tengo aborrecida. Demasiados gritos atrapados entre las paredes.
Aunque igual el problema está en las mismas series americanas, que siempre nos enseñan esas cafeterías perfectas. Con tazones gigantes para el café con leche.
Y en invierno, ponen una seta de esas que tira calor, y la gente se continúa refugiando en las mesitas de la calle. Con chaqueta, bufanda, un libro, un maletín, la mochila, los apuntes (una mirada de estar esperando a que pase la persona de sus vidas y se siente a su lado)...
Voy a buscar una cafetería. Ya. Esta misma tarde. Y luego que venga él y se siente a mi lado, aunque no sea en la terraza. Y que nos tomemos juntos un café con leche aunque sean las 10 de la noche.
Me recuesto en la cama, en el sofá, incluso en algún que otro regazo. Y cierro los ojos e intento no pensar.
Entonces llega mi hermano pequeño y me llama a gritos, o suena el teléfono, o alguien tiene una crisis convulsiva en el vecindario o hay una invasión extraterrestre.
Y ya no me queda otra que levantarme y dejar otra vez de intentar dormir la siesta.
Sé que lo dije en marzo , pero al final no pudo ser.
Ahora sí. En no más de 10 días (si las vacaciones no afectan al servicio de reparto Lomo), tendré esta cámara que reclama, ya en la distancia, ser usada.
No podía irme a Italia y no fotografiar, a través de estos peculiares objetivos, canales, torres inclinadas y besos.
Me pregunto cómo saldrán los besos vistos a través de una Smena 8mm.
Supongamos que por diversas razones, al final me he quedado solo, con la posibilidad de ver mil películas y con mucha pereza.
Pensemos en el montón de platos por lavar que me espera en la cocina, o la cama, aún por hacer, prestada de mi hermano en su habitación, un poco más fresca que la mía en estos días.
Volvamos a la cama, aunque esta vez, a la mía, esa cama que esta noche volverá a ser tan ancha en su estrechez, tan fría aún a pesar del calor que continuará cayendo como niebla sobre este pueblo perdido de la mano de algún dios.
Quizá la causa de la pereza no sea otra más que la imposibilidad de poder estirar el brazo y encontrar un brazo ajeno, que se queja de mi pesadez aunque siempre acaba tendiendo una mano.
Y claro, uno se acaba enganchando a los libros, aunque estén en inglés y sean las 2 de la madrugada. Y no se puede dejar de leerlo, y se piensa "sólo la primera página del nuevo capítulo", y se lee el capítulo entero sin quererlo...
Creo que comienzo a odiar, ligeramente, a J.K. Rowling ...
Odiémonos hoy todos. Sintámonos inútiles, imbéciles, patéticos, traidores y adúlteros, mezquinos... Que no nos atrevamos a mirarnos a la cara, que la vergüenza anide en nuestro rostro, en el lugar en el que antes había una sonrisa.
Quedémonos con las ganas de insultar a la gente que se cruza con nosotros en la calle, gritemos a los compañeros de trabajo, contengamos las ganas de enviar a la mierda a nuestras parejas.
Hoy tengo uno de esos días. No es que esté triste.
A lo largo de mi vida he colocado varios paquetes bomba en varias situaciones. Han sido explosiones controladas mediante temporizador. Es decir, cuando algo ha comenzado a no agradarme y no he podido solucionarlo, le he puesto un contador para que desapareciera.
Me gusta tener mi karma limpio y tranquilo.
Me siento autodestructivo, lo admito. Coloco goma-dos bajo asientos de relaciones perjudiciales o cerca de personas dolorosas.
Hay algunas de estas explosiones que me han hecho bien. Todos los terroristas piensan en el bien común que puedan obtener de sus actos.
A pesar de todo, me gustaría aclarar que mis artefactos, caseros, obviamente, se caracterizan por una cosa. Me duelen a mí y ya está. Siempre he evitado causar el menor daño a los destinatarios de mis atentados.
Así que hay situaciones que no comprendo, y de las que, de verdad, no quiero ningún tipo de respuestas. Lo siento. Ya no me importan...
A veces me siento como si estuviera viviendo en un final perpetuo de temporada.
Todas las noches el chico me deja. Llueve fuera aunque sea verano. La madre me grita y me echa de casa. Soy uno de los que creen matar al malo. Me ahogo, exploto, desaparezco, estoy al borde de la muerte, no me llaman (el teléfono nunca suena al final de las temporadas)...
Hoy quizá necesite alguna dosis extra de optimismo.
Es extremadamente sencillo habituarse a dormir acompañado. Se necesita tan sólo una noche. Una noche de no dormir a solas. Sólo.
Si por añadidura el hecho se repite, no es preciso que sea de modo constante, basta con un par de noches en unos cuantos días. Si por añadidura el hecho se repite, decía, se cae en el error de crear una norma. Una norma en la cabeza, claro, nunca escrita (a no ser que ustedes sean tan estúpidos como yo y decidan ponerla por escrito, como éste es el caso).
Y si una norma se establece en la cabeza de uno, el no cumplimiento de la norma supone una decepción.
Es tan fácil habituarse, comenzaba, a dormir compartiendo calor y sudor, y uy! perdona, quería pero no quería rozarte la espalda (pecho, pierna, mano, nariz, polla, rodilla, ...).
No creen normas. No creen momentos a los que habituarse. Luego se van y claro, uno se siente triste...
...y hay días en los que pides otra noche más sin dormir solo... ...otro día más de no trabajar... ...otra tarde más de café y helado y siesta y piscina... ...otra llamada más de los amigos que, simplemente, quieren hablar...
...y querer todo esto en el mismo día y no tener nada...
El fin de semana a penas existió. El sábado se redujo a una siesta mal dada en un sofá de una casa de una amiga. En la tele una peli que quería ver y que no vi.
El domingo esperé.
Y así llegamos a un lunes con sabor a chaparrón de café con leche. O cortado.
Los lunes son malos aunque no tenga que estudiar. Creo que en una nueva vida futura como presidente de algún gobierno o dios los prohibiré. Los lunes.
Estoy indeciso entre decidir dejar ya de estudiar hoy o continuar con este sufrimiento innecesario y estúpido (mañana voy a suspender seguro).
Siempre nos quedará septiembre.
Mientras tanto, sueño despierto con bodas en la playa e invitados vestidos de blanco.
E inspecciono la despensa y fijo mi atención en la batidora que regalamos a mamá por navidad... Creo que voy a hacer unos granizados riquísimos en el momento en el que mis padres abandonen, como cada 5 meses, esta casa para ira cuidar de mi abuela.
Cuando las cosas tiene que salir bien, salen bien; cueste lo que cueste.
Sorpresas a medias y llamadas furtivas de teléfono, pizza, cubata, paseo, playa, piscina, cubata y dormir apaciblemente en una cama ajena, con una temperatura ambiental que rondaba la perfección.
La piscina de noche, sin gafas, da miedo. Las sombras parecen monstruos que vienen a atraparte, y no hay fantasmas de luz del Ikea que me ayuden a dormir, aunque hay ositos de peluche durmiendo al lado.
Y la sorpresa de meter la mano en el bolso y encontrar una cantidad ingente de chucherías abandonadas un par de días atrás.
Me gusta abandonar chucherías en mi bolso para luego reencontrarlas por sorpresa.
Hoy me siento como el tonto o el malo de película mala de serie B.
Ciertas condiciones desfavorables atentan a mi nueva adquirida felicidad. La posibilidad de la imposibilidad de un fin de semana genial (pacharán, piscina y risk). 6 días por delante de intentar, a toda costa, estudiar. 6 respectivas noches de una temperatura ideal para tomar helados y dormir sin sábana o desnudo y abrazado (a ti)...
Y un viento que no pasa de brisa y remarca aún más este gatillazo de cometa (de 1'85 de embergadura), que se empeña en no subir.
Necesito, ya, unas vacaciones. De mí mismo sobretodo...
Esta mañana he subido a cuidar de mi abuela. Me he subido apuntes y un libro. Y llevaba puestas las zapatillas.
Después de despertarla y prepararle el desayuno, me he sentado en el sofá y me he descalzado.
El resto del tiempo que he continuado en su casa, lo he hecho descalzo. Iba al baño y a la concina descalzo, hablaba por teléfono descalzo, no estudiaba descalzo...
Es muy diferente, hacer las cosas con zapatillas o no.
Por las noches está todo calmado, y se escuchan los ruidos que hacen las casas y los edificios, y los pueblos y las ciudades te hablan entre susurros.
Me gusta salir a pasear de noche y caminar sin rumbo por las calles más viejas, con un helado DE LIMÓN que me dura dos manzanas (los pido siempre pequeños salvo cuando viene M. de visita).
Y quedarme hasta tarde estudiando o en el msn no me parece tan pérdida de tiempo si antes de irme a la cama me asomo al balcón y escucho como este pueblo (de mierda) me dice que me tranquilice, que me va a cantar una nana para que me duerma. El pueblo.
Y claro, si escribo mucho porque no cuento nada interesante, y si escribo poco porque estoy perdiendo el ritmo. La cuestión es criticar mi ritmo de posteado.
Si escribo triste, porque dan ganas de llorar, y si escribo alegre, porque me estoy volviendo banal.
Y que si corto las frases a mitad. Que si las hago demasiado cortas. Que si a la gente le da igual si me tomé el helado de fresa o de limón.
(Para mí es muy diferente si tomé el helado de fresa o de limón).
Lo siento. Voy a continuar escribiendo como quiera. Le pese a quien le pese.
Y claro, ya casi ni te la esperas (aunque en realidad no hayas dejado de hacer eso en un mes, esperar), y de momento te llega una promesa y una cometa de regalo con treinta días de retraso...
Un amigo dice que los regalos tardíos no son menos regalos. También aconseja que vaya a volarla cuanto antes.
Espero poder mandaros alguna foto este mismo domingo...
No lo había contado, pero el jueves vi un parto. En realidad, vi nacer a tres criaturas, pero sólo una de ellas nació por donde tenía que nacer. Las otras dos fueron sacadas a través de un agujero practicado violentamente en la barriga de su mamá, que feliz y emocionada aguardaba mirando sin parar el paño verde que le separaba de la mitad inferior de su cuerpo. Cada vez que sacaban a una criatura (sacaron a dos), agachaban el paño, la madre miraba, entre contenta y horrorizada (por el agujero que tenía en la barriga) y volvían a subir el paño verde.
La verdad, me gustó más el parto natural. Aunque también hubo mucha sangre.
Pero no fue lo único que pasó esta semana en pocos días. El viernes volví a sonreír y hay culpable.
El problema de las elecciones es que luego se te puede quedar una alegría inmensa o ese sabor de boca a perdedor que te quedaba cuando eras niño y tu equipo (de los paletos de la clase) perdía, por duodécima vez, el partido de fútbol contra el equipo de los guaperas.
No juzguen mis gustos musicales por esto que voy a escribir a continuación, pero hoy ha habido una canción que ha conseguido arrancarme una sonrisa cada vez que la he oído.
Y créanme si les digo que, al descubrir sus efectos, la he escuchado repetidísimas veces...
El insomnio es como ese viejo amigo del colegio que olvidas y un día reaparece en tu vida y decide quedarse.
El menos una temporada.
En mi caso, mi viejo amigo de la infancia ha llegado cargado con una maleta repleta de las mejores y más refinadas pesadillas.
Para combatirlas deboro los libros que no pude leer hace unos meses por pura bagancia o cansancio.
Claro, ahora el número total de cafés en mi cuenta corriente diaria comienza a ascender al maldito número 5. Si no, me iría dumiendo sobre las superficies horizontales que salieran a mi alcance.
Comienzo a pensar seriamente en la posibilidad del Orfidal...
Una relación tiene, básicamente, dos ingredientes.
El primero son los derechos.
Un componente de una pareja tiene derecho a poder usar el cuerpo del otro componente de la pareja siempre y cuando el otro componente esté de acuerdo. El modo de uso será determinado por ambas partes o según se decida de mútuo acuerdo. Por ejemplo.
También se tendrá derecho a amaneceres compartidos. No arriesgaría a imponer un número mensual. Pero alguno de vez en cuando.
Derecho a una sonrisa digna, a un helado del carrefur con película, a las cosquillas, a la exclusividad relativa...
El otro componente son los compromisos.
Una persona de una relación adquiere el compromiso de querer a la otra persona de la relación, al menos, al igual que quiere a sus amigos. Y un poquito más. Digo un poquito más porque sino, los componentes de la relación, serían amigos y no pareja.
Así pues, uno de los componentes tiene el compromiso de hacer el mismo caso a su pareja que a sus amigos. Y un segundo más.
Las obligaciones no deben existir en una relación. Si se dan, se puede dar la relación por terminada.
Y el susto y el agobio fueron tan grandes, que no me sentía capaz de continuar sin un blog donde escribir. Aunque no me lea nadie.
En realidad, no sé que pasó con Blogia y conmigo. Pero ahora estamos juntos de nuevo, parece que hemos hecho las paces, y que me dejan continuar por un año más, prorrogable.
Es fácil y cómodo llevar corazas. Además, uno se acostumbra pronto a ellas y es como si no las llevara.
Las corazas pueden ser de muchos tipos, duras o flexibles, irrompibles o con puertas y ventanas para dejar pasar, a través de ellas, lo que queramos.
Porque es cierto, a pesar de llevar una coraza, uno no se evade del mundo exterior.
Llega un día, que por la razón que sea, la coraza se rompe (voluntad propia, efectos atmosféricos o del tiempo, etc.), y la persona queda expuesta completamente de nuevo a lo que le rodea. Puede que durante el tiempo que vistió la armadura pudiera madurar sobre aquello que le obligó a ponérsela, y también puede que cuando se quede desnudo y expuesto, se dé cuenta de que no ha cambiado nada (ni dentro ni fuera).
Yo aún no sé cómo es esta coraza que me envuelve en estos momentos. Me deja bastante libertad de movimientos, y además, si lloro, no se ve.
Hoy me perdí entre tres edificios. Quizá sea por mi estado psicológico actual. Pero me he perdido.
No soy una persona dada a perderse. Siempre he tenido bastante desarrollado el sentido de la orientación. Siempre he sabido lo que quería y dónde encontrarlo.
Continúo sabiendo lo que quiero, pero en estos momentos no es algo que dependa de mí, el alcanzarlo.
Mientras tanto, y parafraseando el título de una canción que me gusta (que adoro, que me hace llorar, que me retuerce el estómago con cada acorde y que siento más actual en mi historia personal que nunca), no puedo hacer nada más que Reiniciar.
Aunque, también parafraseando otra canción que me gusta (ídem del paréntesis anterior), pueden ser todo Promesas que no valen nada.
Anoche me fui a la cama con pelucas rosas en la cabeza y con una conversación extravagante recién oída en una peli:
-¿A qué sabe tu coño? -A gloria...
Y también con la certeza de esta soledad que nadie puede solucionar.
Y me he levantado envuelto en la posibilidad de una gran mentira. Las mentiras crecen, eso ya lo sabía. Crecen y te rodean y te circundan hasta clavarse por todos los poros de la piel. Y tú acabas por no darte ni cuenta.
Son dos de las pocas cosas que tengo claras ahora mismo.
Lo primero lo sé por un par de razones de peso. Una es que sé que hoy es miércoles, por lo cual mañana, a no ser que se dé un accidente espaciotemporal, tendrá que ser por obligación jueves. Aunque lo que realmente me confirma que mañana será jueves es esta seguridad que tengo en mi cabeza de que mañana no trabajo. Yo no trabajo ni lunes ni jueves. Ni domingos. Como ya tuve un lunes sin trabajar hace poco, el próximo día en que no voy al súper tiene que ser jueves, preciso.
Los domingos huelen de modo diferente, incluso desde el sábado por la tarde.
Sé que escribo raro porque me lo dice mucha gente. Mucha. Para mí no es raro escribir de estas cosas ni en este modo. Aunque si la gente, mucha, se empeña en decir que escribo de un modo poco habitual, pues tendré que darles la razón.
E dice que dese que tengo internet y cuelgo posts casi todos los días, cuento cosas poco interesantes. Que él prefería que escribiera menos y contara cosas con más contenido, con más sustancia.
Creo que tiene bastante razón. Podéis pensar que no os importa lo más mínimo si he quedado con alguien o si me he duchado y he llorado. Aunque a mí a veces me apetezca contarlo.
Así que a partir de ahora voy a intentar contar cosas algo más interesantes.
Hoy es el día de las hogueras en mi pueblo. Quemamos montones de leña. Se supone que también se queman las cosas malas que almacenamos en nuestras estanterías interiores. Sacar todo lo podrido y tirarlo a la hoguera.
Tengo muchas cosas podridas últimamente. Dentro. Habrá que ir haciendo sitio a libros nuevos...
El insomnio hoy ha querido darme una noche de tregua. La pactamos ayer tras largas horas de negociación. Salí ganando yo. Creo.
Más descansado, me enfrento a un día de trabajo agobiante, la soledad, y una cena con una amiga que deparará muchas sonrisas y quizá (sólo quizá) una borrachera.
Sería divertido emborracharme esta noche. Quizá lo intente.
El día comenzó bastante bien. Escuché un apelativo cariñoso a las 3 de la madrugada que me hizo dormir mejor de lo que en un principio hubiera previsto.
Me desperté cansado, tanto como puede estarlo una persona que duerme menos de 6 horas durante 4 días. Y estuve atento a las cosas que me rodeaban y me explicaban.
El café me supo a gloria y estaba, además, acompañado.
Lo bueno de volver al "cole" es poder hacerlo al lado de una matrona. Imagino que habrá de todas, pero la que me ha tocado a mí es de lo más interesante.
Podemos pasar horas hablando de sexo adulto, comentar historias y casos, tomar un café con tostadas y aceite, o simplemente, tocar las barrigas de las embarazadas.
Es interesante y emocionante estar con la matrona.
Imagino que deben sentirse inmensamente responsables, pues la educación primera que reciba un recién nacido procederá de la matrona. Así pues, son como unas madres, pero en la distancia. Las matronas.
No me gusta el cine de terror. Además, creo que a la gente tampoco le gusta ir conmigo a ver este género de cine.
Agacho la cabeza y la hundo en el hombro de mi compañero de butaca. Y paso toda la película sin ver la película, preguntando qué es lo que está sucediendo.
Claro, E acaba harto de mí y me dice que le doy calor, que no le estoy dejando enterarse de la peli, que es una mierda ver pelis de miedo conmigo.
Duermo la siesta desnudo. Bueno, en realidad duermo siempre desnudo, pero las siestas las duermo especialmente desnudo.
Me gusta quitarme la ropa y notar el calor que continúa desprendiendo el día a estas horas. Creo que el secreto de las siestas está en eso. No es el hecho de descansar o relajarse a media tarde. No.
El secreto reside en ese calor que aún queda del día, que entra por las ranuras de las sábanas y te reanima.
En realidad dormir una siesta es muy parecido a dormir acompañado. Sólo que si se duerme acompañado, lo más probable es que no se duerma.
Hoy es día de mercado. El cielo ha despertado despejado. Yo me he despertado algo más cansado de costumbre, y eso que no estoy haciendo prácticamente nada por las mañanas.
Continúo viviendo en este paréntesis parental que me produce una sensación de irrealidad. Tengo personas que me ayudan a colocar los pies en tierra (y el culo en la cama), pero me gustaría ya abandonar este cuento.
Hace unos años decía constantemente que quería ser villano de serie de dibujos animados. Creo que ya me he cansado. Ahora quiero un papel secundario. Mal que le pese a algunos, nunca quise llamar demasiado la atención.
Ayer por la noche estaba acostado en la cama boca arriba, con las manos cruzadas sobre el pecho, y pensé "estoy muerto".
No me equivocaba demasiado.
Al despertarme me he notado sorprendentemente frío y distante de mí mismo. Mi temperatura corporal oscilará entre los 10 y los 15 ºC (temperatura local).
El miércoles pasado quería contar que había tocado a un feto. Bueno, toqué barrigas enormes de chicas y señoras embarazadas. Estuve violando su intimidad y la de sus bebés, aunque con el consentimiento de las primeras.
Notaba bultos que imaginaba cabezas, rodillas y pies, en las barrigas.
Quería contarlo porque quizá fue uno de los días más bonitos. Por la mañana.
Hay gente (y madres) que continúan creyendo en el significado peyorativo de la palabra "desviado". Gente (y madres) que etiquetan con esta palabra a personas que se empeñan en amar y ser felices, sea a quien sea.
El problema reside en la ampliedad de significados que se puede adscribir a la palabra "desviado".
Quizá por eso duele más cuando se utiliza que un simple mariquita o maricón.
Un maricón deja que le den por detrás. Un desviado hace otras perversiones...
Me desperté de la siesta y habían cambiado algunas cosas y el mundo a mi alrededor.
Me quedé con las ganas de nadar y del bañador. Me duele la cabeza. No me sientan bien las siestas de los sábados (nota mental: no dormir más de 20 minutos de siesta si es sábado).
Ciertas nuevas informaciones dicen que iré a un concierto de Nena Daconte en Alcoi. Me gusta Nena Daconte. No sé si me gustará ir a un concierto al aire libre (bajaron las temperaturas).
Me llevé la bufanda. Por si acaso.
No creo que las bufandas puedan prevenir ciertos fríos...
El sábado comenzó mal con una mentira. Que fue creciendo y que al final consiguió que no me creyera nada de lo que me estaba sucediendo.
El domingo comenzó mal con una mentira. Una mentira que se fue trasformando y que al final me hizo creer que formaba parte del argumento de una novela romántica mala.
Hoy me levanto insomne y taquicárdico (FC: 120ppm a las 9pm).
Me he comprado otra cámara Lomo. En realidad, aún no me la he comprado, pero ya está encargada a mi nombre. Quizá sea una manera de compensar un deseo que no pude llegar a realizar. Por eso me compro la cámara.
La lástima es que no la tenga ahora. Seguro que en Valencia, en fallas, podría sacar muchas fotos y muy chulas.
Estoy en Valencia ahora mismo. Quizá tenga algo de dolor de cabeza, porque anoche había ron en mi mochila. Hay fallas muy bonitas y hay fallas que deberían quemarse recién hechas, de feas que son.
Además, hay mucha gente, y una feria medieval en la que me he comprado a Agatha. Ya os la presentaré pronto.
Ahora poco más.
Me duele la espalda. Tengo sueño. Dormiré la siesta.
La jefa decidió no amargarme el viaje. Mañana intentaré reservar los billetes, aunque aún no sé si para uno o para dos...
Es extraño. Hace un sol de justicia y un frío apoteósico. Será el cambio climático.
Me pregunto si el cambio climático también puede afectarnos a los humanos por dentro. Me siento algo turbulento. En casa (y fuera de ella) dicen que me crece la mala leche por momentos... Y no sé si puedo echarle la culpa al incumplimiento del protocolo de Kioto.
Anoche discutí y grité como no lo hacía desde hacía mucho tiempo. También hice el amor como no lo hacía desde hace mucho tiempo.
En serio, el cambio climático. Que me afecta mucho...
Sí, lo sé, hace un montón que no posteo y no tengo perdón de un dios.
Pero eso no es lo que me importa ahora mismo.
Lo que realmente me interesa contar es que me han seleccionado, junto otros treinta y pico participantes, entre un total de novecientos y pico, para leer mis poesías en la gala de la final de un concurso de poesía a nivel europeo. Estancia pagada.
Que acabo de encontrar un vuelo por 90 € (ida y vuelta, impuestos incluidos).
Y que me voy a hablar con mi jefa para decirle que no cuente conmigo el próximo fin de semana.
El sábado estaba acostado y durmiendo a la 1 de la madrugada. Aún no consigo echar la culpa a alguien en concreto por ello.
Por un lado está el examen, que hizo que me levantara a las 5 para dar el último (o el primer) repaso.
También podría inculpar al trabajo. Se me acabaron las vacaciones precipitadamente, y se me acabaron las buenas caras para con mi jefa. No sonrío más con ella. No vuelvo a hacer el tonto. No me pierdo otro concierto (esta vez Jorge Drexler, con entradas pagadas) para hacerle un favor a una zorra como ella.
Por último, parte de la culpa también la tuvieron la pizza que me zampé o el calor que suelen coger las camas cuando se meten en ellas 2 personas.
El domingo me levanté sin ganas de levantarme. Esta vez, la culpa era exclusiva de mi trabajo. Quizá sea mejor dejarlo para estar bien conmigo mismo.
Creo que nadie se sorprenderá si digo que odio a mi jefa. Y mi trabajo. Sólo que no tengo la suficiente cara dura como para simular una depresión y coger una baja por ella.
También odio tener que estar siempre disponible para soportar sus gilipolleces (las de mi jefa y las de mi trabajo), y que ellos no estén dispuestos a aceptar que no tengo una dedicación exclusiva para con ellos.
Ganas tengo de acabar enfermería y poder ir a comprar a las nueve menos diez de la noche de un sábado cuatro botellas de ginebra y alguna de pacharán...
La chaqueta que me compré hace un par de semanas tiene una cantidad de etiquetas tal, que si las arrancáramos y las encuadrenráramos en piel, cabría casi una novela corta.
También tiene un botón cosido, por si pierdo alguno de los que ya tiene.
A veces pienso que es inútil tener tanta cantidad de información sobre cómo está hecha una prenda, o cómo deberíamos lavarla, y en cambio, carecemos de instrucciones ante hechos o decisiones de la vida que trascenderán y marcarán nuestro carácter y futuro.
Eso sí, la vida también tiene muchos botones cosidos...
Hay un chico que está sentado en los asientos de al lado. Paso la mitad del viaje leyendo, por lo que no veo el momento en el que saca el bloc.
Sí sé que de momento giro la cabeza y lo encuentro dibujando.
Hay una chica un par de asientos delante de mí, y el chico que dibuja parece no tener ojos para nadie más. La mira y dibuja. Y yo lo miro como dibuja, pero él sólo tiene ojos para ella, y para nadie más.
La dibuja de perfil. Ella no es especialmente guapa. Lleva unos pendientes grandes, como esos que están tan de moda entre ciertas tribus (chunda, chunda, pom, pom, pom).
No me gusta tener que decirle a mi abuela, tranquila abuela, que me voy a hacer un recado y vuelvo en un momento, aunque ella no lo recuerde 5 minutos después.
No me gusta dejarla sola.
No me gusta estar con ella. Me agobio pensando que no puedo hacer nada para que no se aburra. No puedo comenzar una partida de cartas porque olvida a mitad a qué estamos jugando. No puedo dejarle un libro porque olvida la trama a las dos páginas. No puedo dejar de quererla y de sentirme impotente.
No sé por qué no lo conté. La verdad es que me jodió bastante, lo suficiente como para hacerle un hueco en este mi hueco.
El domingo pasado, cuando volví de pasar el fin de semana pseudo-borrachil-risckero, encontré mi habitación desmontada y metida en bolsas. Todos mis libros. Mis discos. Mis apuntes y hojas varias, de anotaciones, tonterías, poesías...
Sentí como si hubieran abierto mi cabeza, hubieran removido las circunvoluciones de mi cerebro, los girus, las fisuras... Así me sentía.
Papá y mamá habían decidido pintar mi habitación de (un asqueroso) color crema. En mi ausencia.
Ahora aún ando recomponiendo(me). No sé cómo voy a apañármelas para llenar todo el espacio con todos mis trastos (que ahora son menos, mamá tiró cosas mientras desmontaba. Los necesito para escribir, mamá.
Alcoleja es un pueblo pequeñito donde las casas pueden tener una carnicería en la entrada y las señoras pelan almendras con un pañuelo puesto en la cabeza, a la puerta de sus casas.
Las casas de Alcoleja tienen siempre las puertas abiertas.
Las borracheras en Alcoleja se sienten mejor. Las manos frías y las partidas de risk pueden ser un denominador común.
Las mantas nunca sobran. Se duerme soñando en carreras con los pies quietos.
Hacía mucho tiempo que necesitaba esto. Y nada pudo jodérmelo.
Hoy es lunes, y me siento descansado y feliz. Por estar donde estoy y con quien estoy, por la gente que me rodea y por los chocolates.
Comencé las prácticas en el hopital. Por eso actualizo poco o nada.
Sé que me sienta bien escribir. Me prometo a mí mismo constantemente escribir en una libreta y luego colgar, aunque sea semanalmente, post con un montón de días. Pero luego acabo demasiado cansado para ponerme a escribir.
Así, en resumidas cuentas, la semana ha pasado bien. Comí mucho helado en una feria de helado, besé un montón, dudé sobre si me querían, dormí acompañado y sin acompañar, leí a raudales y vi muchos capítulos de esa serie de médicos residentes que me encanta (que no se llama MIR).
Cuando todo vuelve a pinchar alrededor y yo estoy casi-a-punto-de-romperme, parece que el mundo confabule para arroparme.
De momento enciendo el iPod y suena esa canción (Go Cain) que parece hecha para días de carreteras mojadas/caras mojadas. Y la universidad me regala un banco de niebla para perderme a las 8 de la mañana.
Es como si se fuera creando una inteligencia artificial en este cacharro que determinaba mi vida, y ya, por fin, comience a reconocer mis gustos y apetencias y a regalármelos/-as.
No me gusta nada decir aquello de "ya te lo dije"... aunque lo pienso.
Por la misma regla de tres, no soporto que me lo digan.
29-01-07 Y aún más frío
Ayer tuve que sacar otra vez la gorra. Aquella comunista (eso dicen) que me trajeron el año pasado desde Nueva York.
Hace mucho frío por estas latitudes. Los chocolates ya comenzaron a causar estragos en mi estómago (más bien un poco más abajo).
Ahora combato el frío a base de tés. Quizá alguna cosa más me ayude a no tener frío, pero estas líneas pueden caer en manos de menores. Mejor me las ahorro.
30-01-07 DEA
Mi amigo Kaveri ha leído hoy el DEA (diploma de estudios avanzados).
Le ha salido genial.
Me da envidia (de la sanota).
Yo también quiero invesitgar.
¿Alguien se presta como sujeto de mis experimentos?
Creo que sería un tema curioso, como "efecto de la siesta sobre el comportamiento humano" o "número de cervezas necesarias para hablar diciendo la verdad". Pero creo que no podré encontrar financiación para mis investigaciones. Y con la media de mi expediente, no me cogen en ningún departamento de ninguna universidad.
La gente agacha la cabeza y mira a los apuntes que tiene sobre la mesa.
A mí me apetece salir fuera y saltar y bailar un poco. Lo hice sólo una vez. Eso de saltar y bailar mientras llovía.
También besé una vez mientras llovía. Llevábamos un paraguas enorme, pero decidí que prefería cerrarlo y dar un beso. Mojándome.
Ahora llueve fuera, y la gente agacha la cabeza y mira los apuntes que tiene sobre la mesa. Aunque en realidad les gustaría, tanto como a mí, salir fuera y mojarse un poco...
No mentiría si dijera que nadie esperaba ya el frío. Los del tiempo llevaban amenazando desde hace una semana, pero el sábado, día en el que supuestamente bajaban drásticamente las temperaturas, se podía andar por Alicante en manga corta.
Y claro, nos cogió desprevenidos.
El domingo ya se comenzó a notar. Hacer el amor en el coche es incómodo, y además puede ser frío. Aunque se llene todo de vaho.
Y ya por fin, ayer, llegó de verdad. Nos cogió desprevenidos a muchos. El frío. Desprevenidos.
Saca las camisas interiores de manga corta. Esas blancas calentitas, como de abuelo. Baja del altillo los jerséis más gruesos, esconde los sueters. Y cuidado de bajar a la calle recién salido de la ducha.
Pon un par de mantas más en la cama o acostúmbrate a dormir acompañado/a.
Los chocolates calientes, que vuelven a apetecer. Y comer helado bajo mantitas. Y las pelis malas en las tardes de domingo.
Y yo, que comienzo mis vacaciones de invierno el sábado, dispuesto a disfrutar al máximo del frío.
Creo que Alcoletja, el fin de semana que viene, tendrá otro color con el mercurio bajando...
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