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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Cuentos.
Alguien quiso que estudiara psicología social, cuando yo en realidad necesitaba algo de psicoanálisis. Así quizá podría comprender el porqué de las ranas de esta mañana en la consulta, o las salamandras y mariposas moradas que tapizan las paredes del patio de luces de mi casa. Creo que tengo algún síndrome. De Estocolmo o de abstinencia. Pero algo serio... Escucha este post aquí. Por la noche, caminando descalzo por una ciudad llena de fantasmas, se encontró cara a cara con la Muerte y con el Amor. A una le dijo que siempre sería bienvenida, mientras que al otro lo miró con recelo y miedo. Escucha este post aquí. Rotos. Todos los bajos de todos los pantalones. Rotos. Era algo natural en él. No más de 6 meses y comenzaban a clarear por las costuras inferiores. Entonces, un día mientras se sentaba o salía del coche oía cómo se ragaban. Ahora mismo no tenía ni un solo pantalón o vaquero, largos o cortos, sin los bajos rotos. Se preguntaba si sería una señal, y se reía de lo parecidos que eran los bajos de sus pantalones a él mismo. Rotos. Escucha este post aquí. -Hola. -Hola. ... -Parece que ha vuelto a estropearse el tiempo. -Sí, bueno. -Hace un par de semanas en la playa y ahora... -Y ahora otra vez a sacar el paraguas. -Sí. ... -No hace mucho que vives aquí, ¿verdad? -No, bueno. Nos hemos mudado esta semana. -¿Tu marido y tú? -No, no es aún mi marido. ... -Pues sí que hace freso, sí. -Sí, yo le doy otra calada y entro ya. -Sí, bueno, yo encenderé otro. No me apetece ponerme a limpiar. ... -¿Vives sólo? -Sí, bueno. Nos vinimos mi novia y yo, pero ella me dejó hace un par de meses. -Ah, lo siento, no pretendía ser impertinente. ... -Tranquila, ya hace mucho tiemo. ... -Bueno, voy a entrar ya, ¿vale? Nos vemos en otro momento. -Nos vemos en otro cigarro... Le fastidiaba enormemente tener que admitir que las últimas desapariciones le habían afectado en sobremanera. Gente de su alrededor le decía que era normal, que las personas, a veces, necesitaban darse unas vacaciones; las unas de las otras. Sin embargo, el hecho de que no se contara con "la otra parte" a la hora de realizar estas decisiones de escisiones, le inducían a un estado anímico cuanto menos deprimente. Echaba de menos a quien decidía colgarse el cartel de No disponible, no podía hacer nada para evitarlo... 1. Le faltaban las ganas. 2. De levantarse por la mañana, de ducharse, de arreglarse, de mirarse siquiera al espejo, de comer chucherías, de no quedarse dormido mientras le hablaban, de quedarse dormido en la cama. Le faltaban las ganas. 3. Decía que los bordes de su realidad estaban arrugados, y el centro desenfocado. No decía nada nuevo. No era la primera vez que se sentía así.
4. Cuando cocinaba se sentía en paz. Y en algún lugar concreto. Quizá una cafetería, quizá un pueblo abandonado de la montaña, quizá al lado de algún amigo con barba, o con los ojos grises, o durmiendo al lado de E.
5. Pero para todo lo otro, le faltaban las ganas.
1. Despertó a sabiendas de que la realidad se le arrojaba encima. En cuanto abrió los ojos el mundo ya estaba formado a su alrededor. Demasiado pronto, hoy. Se dijo.
2. Cogió el móvil sólo para comprovar que la gente sólo cumple sus promesas cuando no tienen sentido.
3. Cuando era pequeño conoció a un niño que sólo jugaba con juguetes nuevos...
4. Hoy iba a ser un día difícil. Sabía que, pasara lo que pasara, se iría a la cama de nuevo por la noche con la sensación de ser un perdedor más. 1. Está cansado; casi diría que agotado. Es imposible estudiar estando agotado. Uno se senta enfrente de los apuntes y comienza a crear el simulacro a su alrededor de persona aplicada. Se ordena el escritorio, las hojas en blanco dobladas por la mitad a la izquierda. Las escritas, pocas o aún ninguna, irán a la derecha, convenientemente ordenadas. Los bolis, de dos colores, negro para los títulos, azul para el texto. Quizá un lápiz para esbozar algún esquema, para trazar un dibujito. Justo en frente, los apuntes; el ordenador a mano para consultar dudas. Y permanece sentado, con la espalda erguida, durante 20 minutos, quieto, mirando la pared del frente. Quieto. 2. Quieto. 3. Entonces descubre que no sabe exactamente qué hace así. No es que haya olvidado que debía estudiar, no. Lo recuerda. Pero no puede. 4. Quizá comience a llorar, o sea más pragmático y entre en la despensa. Un plátano, una manzana. Alguna galleta. Y de nuevo frente a los apuntes. 5. Quieto. 6. Y es entonces cuando, con los ojos rojos y la barriga llena, se da cuenta de que ya no puede más. Admiraba la luz tan especial de ciertas películas y fotos. Era como si el mundo fuera más claro de lo que sus ojos conseguían apreciar. Sí, igual el problema estaba en sus ojos, que oscurecían la luz que entraba por sus pupilas. Por eso disfrutaba viendo aquellas películas y revelando carretes de cámaras de fotos viejas, cuyos tonos de luz y contraste sobresalían del celuloide y el papel. Quería tener un mundo propio en papel fotográfico. 1. Hoy el día tenía ciertos tonos blanquecinos, debido a la nubosidad y a esa especie de niebla que se ha extendido por el pueblo. Aunque el despertador ha sonado a las 10'30, ha decidido aplazarlo media hora, aunque finalmente se ha levantado. Luego, a las 11, cuando ha vuelto a sonar la alarma del despertador, se ha asustado. 2. Ha holgazaneado durante toda la mañana. Ha hablado con un compañero de clase para acabar un trabajo, aunque ni siquiera haya comenzado su parte. Pasará un par de noches sin dormir demasiado para adelantarlo. 3. Sus padres se han ido a una comida a la que no ha querido asistir. Nunca se ha sentido a gusto con las personas que le miran de modo extraño, como juzgándole por cómo se viste, por las personas con las que pasea o camina, por lo que dice o lo que le gusta. Así pues, se ha preparado un bocadillo y ha cogido un refresco de naranja para comer mientras veía una película sentado en el sofá de casa. 4. Hacía frío, a pesar de la calefacción. Parece que ha comenzado este otoño en mitad de febrero. 5. Después se ha preparado una infusión y ha cogido el último bombón que le quedaba. La infusión estaba en esa taza de loza que le trajeron sus padres de París, negra, con el dibujo famoso del gato negro. Se ha acurrucado en el sofá y se ha echado encima la manta de patchwork que cubría una vez la cama de su hermano pequeño. El otoño. 6. Ahora se desnuda y se mete en la ducha. Piensa en la ropa que se pondrá, piensa que prefiere ponerse algo más de ropa interior y no llevar la chaqueta gruesa, piensa en quién se ha podido abrazar a esa chaqueta y se pone triste. Lleva un tiempo algo triste. 7. Sabe que esta noche no volverá a dormir tranquilo... A veces se ponía a pensar en el futuro. No solía hacerlo demasiado, quizá tan sólo cuando tomaba café en la cafetería de la esquina y no quedaban libros ni revistas por leer. Se imaginaba normalmente solo, aunque en alguna ocasión aparecía aún a su lado. Viejo, eso sí. Viejísimo. Por alguna extraña razón, quizá porque era la bebida que tenía enfrente en esos instantes, tendía a verse en sus visiones preparando una cafetera. La artrosis limitando sus movimientos por una casa pequeña llena de estanterías llenas de libros. Una casa pequeña y vacía de muebles, con un balcón pequeño, como los de las casas viejas, que daba a una calle, pero por el que entraba muchísima luz. En algún aparador, una foto con dos personas. Una de ellas se fue. Pero ya no lloraba, ahora sonreía al recordar.  1. Comía las galletas siempre de dos en dos. Cogía un par por un extremo, las sumergía en la leche, agachaba la cabeza y se comía la mitad. Luego volvía a sumergir el resto de las dos mitades de las galletas en la leche, hasta justo el borde donde sus dedos las sugetaban. Volvía a agachar la cabeza, para no manchar. Y se la terminaba. Cuando bajaba la cabeza y la ladeaba, se quedaba mirando de frente los vasos y platos sucios que se acumulaban en el fregadero. Las galletas de dos en dos. 2. Por la noche se tumbaba en el sofá y veía cualquier película de aquellas que descargaba. A días impares seguía alguna serie que hubiera conseguido captar su atención. Tumbado, con una pequeña manta usada. Ahora se acariciaba las manos. El jabón para lavar los platos siempre le dejaba esa extraña sensación entre los dedos, como si la vida se le escapara entre ellos si no conseguía hundirlos en algún pelo ajeno. 3. En la cama parecía que todo el sueño y el cansancio desapareciera. El cansancio decidía leer a su lado. Él elegía novelas ligeras para la noche; el cansancio prefería algo más filosófico, algún ensayo o literatura rusa. No conseguía dormir con la luz apagada. Le daba miedo dormir con la luz apagada. Solo. 1. Manuel acaba de preparar la cena. Esta noche estaba cansado y se conformará con un revuelto de calabacín y un filete (poco hecho). Marina ensaya el cuarto movimiento de una sonata que algún día acabará de componer. Julio tiene 6 meses e intenta dormir, pero la música le llega a través de su ventana que da al patio de luces, en el edificio en el que Marina no tiene otro momento para ensayar. 2. Marina repite un pasaje. Aún tiene los dedos fríos, y le cuesta marcar las notas en el chelo que le regaló su abuelo. Julio sonríe y su madre se disgusta con esa chica, tan oportuna, hoy, que ella necesitaba tanto que el niño le diera un descanso. Mañana tendrá una entrevista de trabajo y no quería ir con ojeras. 3.
Manuel echa un poco de sal al plato. Se le quedó soso el revuelto. Piensa si encender una velita, como le decía su amiga de Madrid. Al final decide no hacerlo. Marina termina de ensayar la sonata por pasajes y decide tocarla de arriba a abajo. El arco resbala por las cuerdas, los dedos sujetan los acordes y tiemblan con un delicado vibratto. Julio comienza a cerrar los ojos, su madre se sonríe y acaba agradeciendo a Marina su música triste. 4. Manuel acaba el filete y descubre una lágrima asomar por sus ojos. No puede evitar más, que pronto se transformarán en un llanto. Decide regar las plantas, a ver si se le pasa. Marina mantiene un fa sostenido más de lo que su profesor creería correcto, no quiere terminar la obra porque sabe que después volverá la soledad. 5. Manuel se asoma al patio de luces y lanza un beso a Marina. Bueno, allí donde está su ventana, porque no adivina nada de ella. Dos segundos después, cuando Marina se asome al quicio, descubrirá contra el cristal un beso. Con miedo lo atrapará y lo dejará metido en un bote de mayonesa vacío. Las tardes de la próxima semana se dedicará a contemplarlo, temiendo que se le escape. 6. Julio dormirá apaciblemente. A su madre no le darán el trabajo. El turrón se ha quedado duro. Aún queda en la bandeja de la despensa, junto con los polvorones y un bombón a medio comer que ella dejó. Él continúa en el sofá. Los niños con las panderetas se cansaron de llamar al timbre. En la tele hablan de ministros y cantantes. Y él mira la pantalla sin ver nada. El grifo gotea. Se dijo hace un mes que lo arreglaría, aunque no ha tenido ni ganas ni fuerzas. Él continuará en el sofá. Quizá se levante esta noche a la cama. Quizá. Sobre la mesa del comedor una nota escrita 5 días atrás. Estas navidades ya no las pasamos juntos. Realicé suicidios durante toda la tarde, con un éxito aparente. Por la noche, ya muerto, no conseguía conciliar el sueño debido al frío. Es cierto eso de que los muertos nos enfríamos rápido. Decidí tragar una cerilla para hacer una pequeña hoguera en mi estómago. Dormí de un tirón soñando con ballenas en la bañera y pajaritas de papel que visitaban la ventana de mi cárcel de cristal. A Kaveri , recién salido de su bosque fantasma...
Sin saber muy bien como, te encontrabas ya dentro. No lo veías, pero notabas el frescor de las yerbas, que crecían a los pies de los árboles invisibles. En algún lugar se escuchaba el reclamo de alguna rapaz. Quizá esta noche vuelvan a cazar musarañas inexistentes. El bosque no estaba pero acababas perdido en su interior. Era curioso caminar por en medio de la nada del desierto, apartando con una mano los arbustos, evitando chocar con baobabs, gigantes, transparentes, con cuidado de no meter el pie en un charco que quedó de la lluvia de anoche, aquella que no sucedió. El fregadero está lleno, mamá. No me dejaban llegar hasta él, la cocina llena y no podía alcanzar el fregadero. Estaban por todas partes. Yo a penas podía moverme en mi habitación. En todas partes. Yo no me atrevía casi ni a moverme. Y ellos por todas partes. No me dejaban salir. No me atrevía a salir. El fregadero lleno, mamá. Preparé la cena y se presentaron. Todos. Prometo que no llamé a nadie. Llegaron. Estaban allí. Y no me dejaban llegar a la cocina. No podía salir de la habitación. De la cama. El fregadero. Mamá. Lleno. Lo siento.
Ayer volví a ver a uno. Estaba sentada en un banco, en la parada del bus que hay cerca de casa. Fumaba. Era una señora mayor, tendría unos 50 años. Sentada, fumaba impasible. Llegué a ver las alas. Tenía dos alas que salían arriba en la espalda. Aún estaban quemadas. La miré y me vio. Y se subió al siguiente bus que llegó. Me quedé parado, esperando de nuevo alguien que me diga que los ángeles caídos no tienen alas.
Álvaro decidió inventar un perro, dado que su madre no quería tener uno en casa. Bueno, un perro un perro no era, exactamente. A simple vista parecía un perro, pero como a Álvaro no le gustaban ni la lengua ni la nariz de los perros, decidió imaginar estas partes de la anatomía canina como si fueran las de un gato. Era un perro con lengua corta y nariz de gato. Además, cuando se te acercaba y se quedaba durmiendo a tus pies, el perro ronroneaba y se restregaba entre las piernas. Y luego, dormía. Era divertido, el perro de Álvaro.
Sé que podía parecer extraño, pero había nieve. Nos levantamos y todo alrededor estaba blanco. Ya habíamos notado el frío en la habitación. Recuerdo que abriste la ventana para que entrara el fresco, la habitación tenía el aire viciado después de haber dormido los dos. Por eso abriste. Lo noté enseguida. Por la luz. Había demasiada luz. Una claridad inmensa. Y ya lo pensé. Aunque fuera agosto sabía que esas cosas podían pasar. Al fin y al cabo, nos habíamos conocido, pocas cosas más extrañas que esa. Por eso no lloré como tú al ver la nieve. Sólo te cogí por la cintura y te volví a besar. El ahorcado indicaba cambios. Fue lo que salió. El ahorcado. Los cambios. Tú lo viste como yo. Salió el ahorcado. No pude dejar de pensar en esa carta durante semanas, incluso meses. Me senté. Mentalmente. Me senté porque tenían que llegar. Los cambios. A mi alrededor todo se movía, y yo permanecí sentado. Esperando. Los cambios. El ahorcado. Lo viste. Hubo gente, personas que se acercaron y me rozaron. Hubo varios que se atrevieron a besar a la templanza. Me besaban. Me tocaron y me intentaron levantar. Y yo continué sentado. Esperando los cambios. El ahorcado. Al fin llegaste. Bienvenido...
El robot se recuesta en el sofá y comienza a salir humo de su pecho. Llora con un llanto que nadie programó para él. Sus creadores decidieron dotarlo de todos los sentimientos humanos y no repararon en gastos en los equipamientos físicos, incluso añadieron un par de lagrimales. El robot se recuesta en el sofá y comienza a salir humo de su pecho. Llora con un llanto que nadie le mostró. Nadie le enseñó sobre el amor. Nadie le habló del engaño. No sabía del despecho. El corazón androide se rompió y las lágrimas mojaron sus circuitos. El robot se recuesta en el sofá y comienza a salir humo de su pecho. Cortocircuito, será lo que aparecerá en sus monitores antes de recordar a su amor y desconectarse. Y pasó un día que, después de tanto tiempo, llegó el fin del mundo. Llegó despacito y sin hacer ruido, como si no quisiera asustar a nadie. Se le vio aparecer por la gran avenida, y ya desde lejos se adivinaba que venía para hacer algo grande, aunque no había nadie allí que le viera, le esperara o le diera la bienvenida. Se asomó a una casa, vacía, y subió a una habitación, en la que sólo había una mesa con una muñeca de trapo encima. Y allí sonrió y con un flop, todo lo que conocemos del mundo terminó.
Debía parecer el chico más triste de la universidad, sólo, tomando un café, esperando que aparecieras en una de esas citas que no tengo contigo y en las que nunca apareces... Esta mañana me ha despertado un grupo de zombis que iban casa por casa reclutando gente para su causa. Su causa, como bien me han descrito (en medio de mis bostezos incontenibles de sueño) es la de esclavizar a la humanidad y acabar con la vida sobre el planeta. Matarían a los animales y nos alimentaríamos los unos de los otros, decían mostrando su alto convencimiento. Yo asentía mecánicamente. Al final, les he dado un billete de 5 euros, les he animado a continuar y me he vuelto a meter en la cama. Demasiado sueño acumulado del fin de semana...
Ha sido algo extraño. Es como si alguien hubiera venido en mitad de la noche y me lo hubiera quitado. Solo sé que esta mañana, cuando me he levantado, ya no estaba allí. ¿Sabes? Cierra los ojos cuando le acaricias. Sí. Los ojos cerrados. Yo creo que aún tiene miedo de lo que hay delante. Enfrente. Debajo. Encima. Se mueve mucho también, ¿sabes? Ahora, pues, no sé, un vacío, digo yo. La verdad es que me resulta difícil de explicar. Es algo a lo que me había acostumbrado. No, no era así, era algo que me gustaba. Y ahora un vacío. Es saber que tienes una espinita clavada. Una espinita que ni duele y que pasa desapercibida, pero que está. Pero en este caso, el problema es que no está. Y también suspira. Cada vez que le acaricias. Y los ojos no los acaba de cerrar, deja una rendijita. Aunque no ve por esa rendijita, sólo muestra un poco de blanco. Y de vez en cuando sonríe. Me gusta la cara que pone cuando sonríe. Ahora no puedo hacer otra cosa. Sólo llorar. Me encanta cómo sonríe. (...) Quiso saber dónde estaba Boston. -A unos trescientos metros de aquí -le contesté. -¿Eso es tan lejos como el espacio? -Si fueras en línea recta hacia arriba, te aproximarías bastante. -Creo que deberías ir a la luna. Un cohete es mejor que un tren. -Haré eso a la vuelta. Tienen vuelos regulares de Boston a la luna los viernes. Reservaré una plaza en cuanto llegué allí. -Estupendo. Entonces podrás contarme cómo es. -Si encuentro una piedra lunar, te la traeré. -¿Y a Paul? -Le traeré otra. -No, gracias. -¿Qué quieres decir eso? -No quiero una piedra lunar. Paul se la metería en la boca y se ahogaría. -¿Qué te gustaría? -Un elefante. -No hay elefantes en el espacio. -Lo sé. Pero tú no vas al espacio. -Es verdad. -Y seguro que hay elefantes en Boston. -Probablemente tienes razón. ¿Quieres un elefante rosa o un elefante blanco? -Un elefante gris. Grande, gordo y con muchas arrugas. -No hay problema. Ésos son los más fáciles de encontrar. ¿Quieres que lo traiga en una caja o con un collar y una correa? -Creo que deberías venir montado en él. Sentado encima con una corona en la cabeza. Como un emperador. -¿El emperador de qué? -El emperador de los niños. -¿Y tendré una emperatriz? -Claro. Mamá es la emperatriz. Le gustaría. Quizá deberíamos despertarla y decírselo. -Será mejor que no. Prefiero darle una sorpresa cuando llegue a casa. -Buena idea. De todas formas, no se lo creerá hasta que lo vea. -Exacto. Y no queremos que se lleve una desilusión, si no encuentro el elefante. -Oh, lo encontrarás, papá. No te preocupes por eso. -¿Cómo puedes estar tan seguro? -Porque tú eres el emperador. Un emperador puede conseguir todo lo que quiere. Paul Auster - La trilogía de Nueva York (La habitación cerrada) Dice que en lo primero en lo que se fijó fue en sus labios. Siempre los labios. Y que pasaron más de dos años antes de poder probar su textura. Dice también que continúa recorriendo la universidad por los rincones en los que se lo encontró, con la esperanza de que un cruce fortuito volviera a hacerles caer. Juntos. La Ciudad parecía un montón de escombros. Gris, oscura tras el manto de nubes y humo que salía de los edificios incendiados. "Londres es una antorcha, hay suficiente claridad durante toda la noche por las casas y los palacios que arden." Mendigo - 5 minutos atrás. Tras el toque de queda, los niños, sólo los niños, se atrevían a salir en busca de comida. A veces había duras luchas entre bandas rivales. Era fácil que un niño volviera a casa con algún brazo de otro chiquillo para cenar. Su madre no preguntaba. Hace tiempo ya que de las plazas fueron eliminados todos los adornos y el atrezzo urbano. Plazas desnudas preparadas para recibir a los dirigibles y a las máquinas que bajaban envueltas en humo y se llevaban a los locos transeuntes que se aventuraban a salir al exterior. Aún se pregunta de dónde saqué las fuerzas para llamarle en mitad de la noche. Puede que aún no me hubiera derrumbado del todo, o quizá fue pura supervivencia. Cuando llegó, me encontró babeando. Me había meado encima y lloraba como un bebé. Y a pesar de que hacía casi un año que no estábamos en contacto, me desnudó, me metió en la ducha y luego me llevó a su casa, donde pasaría los siguientes meses. Fue como enseñar a un recién nacido a vivir. Al principio me olvidaba hasta de respirar, y cuando comenzaba a amoratarme me cogía entre sus brazos, y yo torpe resbalaba, y él me oprimía los pulmones, y metía aire soplando. Luego comenzó con las lecciones de gateo, para pasar luego a caminar, hablar correctamente, escribir, y temer a la oscuridad. Y todo esto sin que en ningún momento fuera consciente de que había sido el otro quien había roto todos los esquemas de mi cabeza para dejarme así… Sobre la espalda del dragón construyeron una hilera de casas. Comenzaban en el arco de la cola y se alargaban hasta el nacimiento de las alas. Allí los habitantes decidieron hacer un parque para los niños, que además corrían hasta las fauces de la fiera y jugaban al escondite en sus narices.
Como los movimientos del dragón eran muy lentos, nadie se sentía molesto. Hacía milenios que dormía.
Por las noches, las casas de madera crujían ligeramente por el balanceo de la respiración del monstruo, aunque eso tranquilizaba a los más pequeños, que descansaban reconfortados.
Y cuando de vez en cuando el dragón decía algo en sueños, los lugareños se alegraban y hacían fiesta y bebían y bailaban hasta que amaneciera.
Era bonito vivir sobre el dragón... A la mañana siguiente, la noticia sobre el fin del mundo a penas ocupaba una pequeña columna en una página impar de los periódicos de tirada nacional.
El resto del mundo continuó "muriendo" el resto de la eternidad... Ci sono creature assegnate che non riescono a incontrarsi mai e s'aggiustano ad amare un'altra persona per rammendare l'assenza. Sono sagge.
Hay criaturas asignadas que no consiguen encontrarse nunca y se adaptan amando a otra persona para remendar esta ausencia. Son sabias.
Erri de Luca - Tre cavalli Con tan solo trece años era un experto en el arte de la disección de peces. Todos los viernes por la tarde iba de la mano de su padre políticamente correcto a la tienda de animales de la esquina, y compraba un bonito ejemplar. Rojo, naranja, de colores, transparente... Una vez hasta se atrevió con una piraña. Después pasaba horas delante de la mesa de disección que había improvisado en su cuarto, con el bisturí entre las manos y una pequeña mascarilla cubriendo su boca. Sus padres estaban orgullosos de las aficiones de su único hijo. Una noche se levantó sonámbulo. Diseccionó a su padre. Fin. Cuando mi médico de cabecera leyó el artículo según el cual el orgasmo suponía una pequeña pérdida de conciencia, me llamó de inmediato para comunicarme que conocía la razón de mis desconexiones y mi amnesia selectiva. Era algo que pocos de mis amantes llegaron a descubrir. Que tras el clímax de una relación sexual, mi cerebro sufría una especie de reset, olvidando aproximadamente las últimas doce horas. Así pues, con cada nuevo orgasmo, comenzaba una nueva vida siempre al lado de un desconocido... Cuando la bailarina de la caja de música dejó su relación con el marinero, nadie parecía muy convencido por su futuro.
Sin embargo, contra viento y marea siguió adelante hasta que su destino se cruzó con el fakir. La amistad se transformó rápidamente en amor, que materializaban sobre un lecho de afilados clavos.
Ella salía acomprar el pan todas las mañanas con un polo de cuello alto que disimulaba las cicatrices que quedaban tras los revolcones feroces... Adán besando a Abel después de que Eva le dejara por la serpiente.
Caín asesinado por una manzana gigante.
Fin de una civilización... Inmersos en una época en la que una noche de fiesta podía durar medio año, los humanos comenzaron a practicar la recién descubierta amputación de recuerdos pasados para conseguir no saturarse de las vivencias de sus momentos de ocio. Aunque en un principio se realizaba de forma muy controlada, pronto florecieron las clínicas ilegales en las que prometían borrones de infancia traumática o adolescencias tormentosas. Algunos de los más intrépidos se aventuraban incluso en la extirpación tardía, en la que se eliminaba todo recuerdo almacenado hasta la noche anterior. Y en medio de esta hecatombe histórica, nació una nueva profesión de la que me considero el profesional más adelantado. Por un módico precio, paso tardes con mis clientes con la simple compañía de un té. Las charlas son más bien monólogos, puesto que me dedico a contar datos del pasado de aquel que se encuentra enfrente de mí. Obviamente, su pasado lo desconozco, al igual que ellos, pero paso horas inventando aquellas vacaciones que pasamos juntos en la playa o la noche en que coincidimos en el bar de la esquina y le acompañaba una rubia despampanante o un fornido mocetón. El secreto de mi éxito es no contar nunca dos veces la misma historia... Anoche me sucedió un hecho de lo más extraño. Desarrollaba mis funciones con fantasma profesional a tiempo parcial en el caserón de la colina, trabajo con el que gano un sobresueldo para mis caprichos (véase mi extensa galería donde acumulo huesos de colección), que ya se sabe, que con la pensión de defunción uno no puede sobrevivir -esta frase no pretendía ser un chiste-, cuando de pronto entró, intrépido, un niño. Horas antes había espantado a una pareja de jóvenes que querían convertir mi morada en su nidito de amor, y aún quedaban repartidas por el suelo las velas que no llegaron a ser testigo de su pasión. Bajo aquella tenue luz, el niño entró y acercándose a mí, me dijo: -Hola, fantasma, ¿sabes? Yo soy tú... Un reportaje en los informativos y quizá la portada de la mayoría de los periódicos de tirada nacional. El desmantelamiento de otra red de blanqueo de dinero, otra mafia rusa, prostitución, pedofilia...
Estaba cansado de escuchar estas palabras y sin embargo, hasta que no me tocó de cerca, ni se me ocurrió dudar en las palabras de los telediarios.
No caí en la cuenta de que era un método ideal para silenciar a los contrarios al "régimen democrático". Que era fácil falsear pruebas en el ordenador, o incluso crear cuentas en el banco.
Era muy fácil si eras uno de ellos.
Era myu fácil si estabas dentro del gobierno... Dicen que se enteró de la muerte de Federico cuando estaba exponiendo en París. Había debido salir al exilio, pues su situación era peligrosa; rojo, artista y maricón. Dicen que se encerró en su estudio y no dejó entrar a nadie en tres días. Que la asistenta se preocupaba porque no comía y que en ningún momento apagó la luz. Sólo habló una vez en esos días con el servicio doméstico, y fue para pedir más pintura blanca. Ahora se recuesta en un sillón de mimbre con una camiseta demasiado juvenil para sus 95 años. De muchos colores. Dicen que la chica que esposó años después no descubrió ni su nombre real ni su homosexualidad. Que murió joven dejando solos un niño y un esposo que la quiso con locura. Ahora pasa horas con la mirada perdida en el lienzo que salió de su habitación en su exilio personal. Una tela negra repintada de blanco a conciencia... Íbamos a ver los partidos de los niños del pueblo. A domingos alternos, el equipo local se batía con otros grupos de escolares y nos gustaba ir al campo. Eran bastante malos. Solían perder siempre e incluso una vez el marcador llegó a apuntar una derrota de 15-3 en nuestra contra. Nosotros nos cargábamos de chucherías, dulces y gominolas e íbamos a ver a los niños correr tras la pelota. A veces, incluso, acababan llorando tras las siempre amargas derrotas. La verdad es que nunca prestábamos atención al juego, sino que hablábamos de cine, pintura, música... El campo era sólo un lugar en el que las ideas salían con más facilidad. Quizá era la energía que los chavales liberaban, y que nosotros éramos capaces (no me pregunten cómo) de canalizar. La verdad es que de allí salieron más de una idea interesante para novelas o esculturas que más tarde se materializaron. Fue más o menos por aquel entonces cuando decidimos hacernos bohemios... Después de que, ya hace cinco años, la vecina del 1º D dejara a su marido y metiera en casa a su novia, mi bloque había estado bastante paradito en cuanto a normalización sexual se refiere...
Hasta la semana pasada.
Desde el lunes puedo alardear de contar con dos gays entre mis vecinos. Son una pareja joven, aunque ninguno de los dos llama la atención en cuanto a su atractivo. Las cotillas del 4º y el 6º están todo el día en el portal controlando sus idas y venidas, comentando los gritos que se escuchan a altas horas de la noche. Gritos de dos chicos, claro está.
Parece ser que la acogida ha sido aceptable. La última pareja que se instaló en el piso antes que ellos, los Rodríguez (2º B) ya han cenado con ellos y comentan que son encantadores.
Por lo pronto, y por si acaso, ya les han cortado el agua en dos ocasiones, y ayer a medio día, cogí a la viejecita del 3º A echándoles agua en el buzón de correos...
Creo que mejor me espero a salir del armario. La vez que nací pez lo pasé realmente mal. Fui hijo de un parto en el que mis padres pasaron a ser familia numerosa. Tanto yo como mis 130 hermanos nos dedicamos desde nuestra más tierna infancia a no hacer nada más que nadar y poner esa cara de tontos que suelen tener los peces. No sé por qué extraña razón, cogíamos agua en nuestra boca y llenábamos los carrillos casi hasta hacerlos explotar... Alguno de mis hermanos (más de 20, creo recordar) acababan con las mandíbulas desencajadas. Cuando no comíamos o hacíamos el pez, nos dedicábamos a huir de los peces más grandes y de las sepias... Qué pelmazas eran, las tías. Siempre tenían un brazo para cogerte. Puedo considerarme agraciado al decir que morí (según creo, hay momentos que no me los recuerdo bien) casi de viejo, cuando ya contaba con unas 20 semanas de vida. No fui tragado, ni me pescaron, ni nada por el estilo. Quise probar un poco de aquella agua de colores que estaba haciendo flipar a mis amigos. Morí de sobredosis de Mercurio. Científicos americanos descubrieron hace unos meses que cualquier figura del antiguo arte del Origami se puede realizar mediante simples doblados y un solo corte de tijera. Ahora comprendo. Con tu tijeretazo sobre nuestro papel diste forma a dos niños llorando. La lluvia de hojas llegó desde el norte. Inexplicablemente, una tarde de junio comenzaron a caer. Moradas, incesantemente. Desde el cielo. Continuó durante tres días. Y cuando paró, los habitantes del pueblo ya se habían habituado. Los niños salieron y jugaban con ellas. Las niñas se imaginaban casándose bajo tan peculiar tormenta. Los adultos se apuraban en hacer grandes hogueras para quemar las hojas, pues impedían el normal funcionamiento del pueblo. De aquellos días, de aquel magnífico año, sólo queda la tradición de encender las hogueras en la noche en que la tormenta escampó. Y un vino excelente que ayuda a los más desesperados a encontrar moza para dormir... El árbol que apareció en la playa traía entre sus ramas una sorpresa. La ahogada había quedado atrapada con su pelo entre el laberinto de ramificaciones. Los peces le habían comido la punta de los pies y de los dedos, y una estrella de mar decidió quedarse a vivir en su frente. A pesar de los nuevos inquilinos que ahora habitaban su cuerpo, cuando la encontré me enamoré perdidamente, y no paré de pensar la razón por la que una chiquilla así, de no más de dieciséis años, se había podido quitar la vida en el acantilado. La escondí en una gruta que el mar había creado en la ladera de la montaña, de nuevo dentro del agua, en el lago que no se vaciaba ni con la bajamar. Al pie del árbol sin hojas, con el pelo enredado, que se mecía con las ondas del mar, con la estrella de mar que asemejaba un bonito tocado y los pececillos, que continuaban buscando algo de carne en los tiernos piececillos. Aún hoy, después de que el terremoto sellara la entrada de la cueva, no me la puedo quitar de la cabeza. El ahogado salió a dar una vuelta por el fondo marino. La piedra que llevaba atada a una pierna impedía que la marcha fuera rápida. Y además, de vez en cuando se enredaba con algún resto de los naufragios, por lo que hacía constantes altos y quitaba aquello que se había enganchado. Así, poco a poco, alcanzó la playa, y ya fuera del agua, se tendió al sol para secarse un poco. Unos chavales que le encontraron un poco después no pudieron evitar muecas de asco ante la pestilencia que desprendía. Cuando la cocinera acabó de preparar el magnífico manjar y lo sirvió en bandejas de plata, los comensales, algo desaprensivos y borrachos, decidieron hacer una guerra de comida.
Entonces ella, sin casi inmutarse, admitió el verdadero origen de la carne, momento en el cual, los allí presentes callaron y emblanquecieron.
Los próximos, continuó ella, podríais ser vosotros... El hijo de Satanás, harto de pasar su adolescencia dentro del armario, decidió confesar a su padre su pecado: siempre había sufrido un calor insoportable en el infierno... Cavaron mi tumba en medio de la plaza mayor del pueblo. En plena noche, y sólo en presencia de tres personas; el párroco, el alcalde y el alguacil, que fue el que empuñó la pala. A la mañana siguiente, nadie se percató de la tierra removida, y aunque los rumores sobre mi desaparición no se extinguieron hasta tiempo después, pronto no fui más que una leyenda. El tiempo pasó y después de que una gruesa capa de asfalto cubriera mi lecho, una cuadrilla de obreros construyó sobre mí un bloque de edificios. Aquellos que me condenaron se salían con la suya, ya que millones de personas anónimas me pisotearon y bailaron sobre mi tumba. Pero ahora estoy dispuesto a volver... Parecía un banquete real. Y presidiendo la comitiva, la señora Lo tomaba su ginebra barata en una taza de loza. El resto de los comensales comían con prisa un puchero, directamente de la gran olla que ocupaba el centro de la mesa. Puchero que había sido preparado con un hueso gigantesco cien veces hervido. En cierto momento, comenzaron los gritos a uno de los laterales de la mesa. Un señor mugriento había metido su mano en la falda roída de la señora de al lado, que sintiéndose acosada, había derramado el contenido caliente de su plato sobre la cabeza del primero. Entonces comenzó a sonar la música, proveniente de la vieja gramola del fondo de la estancia. Un niño cojo hacía girar la manivela, y los que hasta el momento habían permanecido sentados al rededor de la mesa, se levantaron de inmediato, como hipnotizados, y se agarraron entre ellos, para formar parejas de lo más extravagantes y moverse al ritmo de vals... Al subir al autobús, un señor mayor en el fondo pasó la hoja de su enorme libreta, y con un carboncillo en la mano, comenzó a trazar líneas frenéticas. Levantaba la vista para observarle, aunque no se dio cuenta hasta pasados casi diez minutos, cuando ya le faltaba poco tiempo para llegar al instituto. Cuando ya por fin iba a apearse, el señor se levantó rápido, mostrando una agilidad que había escondido en un cuerpo de viejo y le tendió el boceto. Se trataba de un diseño casi exclusivamente negro, y al primer golpe de vista no fue capaz de adivinar ninguna forma conocida. Aunque con un par de segundos más de análisis comenzó a entrever unos ojos oscuros y tristes. Y un pelo que caía sobre su frente y sus orejas. Incluso se veía el fino cable que conectaba los auriculares con el reproductor de música que llevaba escondido en el bolsillo. Levantó la cabeza del dibujo para agradecer el presente al señor desconocido, aunque éste ya no se encontraba en los alrededores. Volvió a posar su vista y sus pensamientos en el papel y se preguntó, por fin, si valía la pena continuar mostrando su tristeza al mundo... A la salida de los primeros rumores, con el difunto aún caliente en el ataud, las autoridades de la comunidad se encerraron en una especie de cónclave y las primeras declaraciones fueron negaciones rotundas de los hechos. Por otro lado la prensa del corazón, tan expandida en el país de residencia de la "viuda", cercó su residencia y la de sus más allegados. No era mucho lo que se sabía, y nadie era capaz de entender dónde se habían producido las flitraciones de información, por ello, en los primeros días, todo fue un continuo aparecer ante las pantallas de desconocidos que querían aprovecharse de la ocasión. Cómo no, los habituales de la prensa rosa pronto comenzaron a admitir relaciones con la "conspiración", pues no querían quedarse fuera del terreno de juego. A su vez, la principal afectada se encerró a cal y canto en su estancia y al tiempo, con los focos de las cámaras de televisión y fotografía aún apuntando a su alrededor, consiguió escaparse, y desapareció de la faz de la tierra. Una de sus hijas, en unas declaraciones que realizó a la prensa no hace demasiado, admitió que al hacerse público el testamento del anciano, su madre creía entrever su persona en varios párrafos del texto, y se abrazaba a una copia impresa del mismo mientras deliraba y creía verle en cada rincón de su habitación. Me desperté por los ruidos que comencé a escuchar. Extrañado, alargué la mano para encender la lámpara que hay en mi mesita. Pero la lámpara ya no estaba allí. Ni la mesita. Con el miedo comenzando a crecer en mi cabeza, abrí los ojos para descubrirme en medio de un bar. La cama ocupaba el espacio que debería corresponder al de dos mesas. Un poco más allá, una pareja de ancianos tomaban con tranquilidad su café y sus tostadas de pan con mantequilla. Y en la barra, no demasiado lejos de mi cabezal, una cuadrilla de obreros discutían y leían la prensa deportiva. Lo más extraño era que para ellos, yo no me encontraba fuera de lugar. De hecho, una joven que entró con un carrito me pidió disculpas por los llantos de su hijo... Para combatir mi último fracaso amoroso, he decidido refugiarme en la cotidianidad de la rutina. Así es que he abierto la agenda del ordenador y la he llenado de notas y obligaciones, intentando así no dejar espacio ni para la desesperación, ni para el llanto ni para el amor. Así pues, y como había muchos huecos en mi programación, he decidido apuntarme a un curso de Tai-Chi para el 2007. Más adelante, sobre el 2020, como ya no estaré en muy buenas condiciones físicas, he decidido hacer un curso de animación deportiva para adultos. Sobre el 2050, ya algo viejo y con dinero (espero), he metido muchos viajes. Y por fin, en el 2060, no demasiado mayor (nunca he querido chochear), con calma y en soledad, moriré en mi habitación, en un ático perdido en alguna ciudad del norte europeo. He escrito ya mi propia necrológica: "Murió solo. Amó con fuerza. Y perdió". Los hombres tardaron mucho en encontrarlo. Un espacio grande de terreno virgen, aunque fuera un desierto, que se asentara sobre un gran lago subterráneo seco. Pero al final lo encontraron y construyeron la ciudad. Invirtieron grandes cantidades de materiales y dinero. Por encima, la llenaron de palacios, casas lujosas, colegios, universidades y hospitales, laboratorios, torres... Todo lo que les pudiera hacer falta. Y luego comenzó el éxodo. Tan solo un grupo de gente selecta fue invitada a vivir en aquella ciudad. Mientras tanto, bajo la superficie, los trabajos continuaban los trabajos, a escondidas de los ojos de los más curiosos. Constantemente se veían entrar camiones llenos de componentes electrónicos. Pero una vez entraban por las bocas de los túneles... Nada. Y por fin, una mañana, se desencadenó todo. Ante las miradas expectantes de la gente que se había reunido en las inmediaciones debido a los últimos rumores, la ciudad comenzó su lento ascenso. Paulatinamente, la roca se resquebrajó en la superficie hasta que aquella inmensa mole, de roca, metal y componentes electrónicos, quedó suspendida a kilómetros de altura. Los más ancianos cuentan que en aquellos momentos, algunos de los más escépticos de la ciudad se precipitaron al vacío, pensando que la empresa no llegaría a un buen fin. Pero no. Una vez se quedó suspendida en las alturas, quieta, de unos tubos de la parte inferior comenzó a surgir unas nubes de gas, que cubrieron por completo la isla flotante. Desde entonces, no se ha sabido nada más del os habitantes de aquel ingenio. Quizá decidieran esperar al final de la tercera guerra para volver a descender. Es posible que continuaran subiendo hasta alcanzar la órbita de algún planeta exterior. Yo, sin embargo, creo que murieron todos de pena y soledad, y que la isla aún flota allá arriba, escondida en su mar particular de nubes, esperando ser redescubierta... Recién venido al mundo, mi madre me tomó entre sus brazos y, con una sonrisa dibujada en el rostro, declaró: —Ha nacido otro gran dictador... Nadie en toda la comunidad científica pudo suponer aquel efecto secundario cuando lanzaron el segundo satélite artificial.
Sólo algún curioso de poca monda había advertido de las extrañas radiaciones que emitía.
Cuando amanecí aquella mañana de domingo, resacoso y con dolor de cabeza, no pude contener el grito que llegó a mi garganta al ver la maraña que crecía en el patio de luces... Los geranios de la viejecita del segundo habían florecido sobre mi cabeza, más allá del sexto, y las gruesas ramas de la enredadera del solterón del 4º (cuya sexualidad era la comidilla del resto de las vecinas) tenían un grosor aproximado de medio metro de diámetro...
El panorama que contemplé desde el balcón no era menos desolador... Al parecer, la exposición a las extrañas radiaciones emitidas por Luna2 habían producido un sobrecrecimiento del reino vegetal, que ahora, se vengaba de la colonización de los animales... Le vi salir del agua. Desnudo. Las gotas de su cabello húmedo derramándose sobre la arena. La luna golpeándole en los ojos. Solo. Llorando. Yo había ido a la playa acompañado por una botella de ron. Necesitaba olvidar mi último fracaso. Amoroso, familiar, en el trabajo... Por aquellos días mi vida era un fracaso. Al principio no supe si era parte de mis delirios etílicos. Sin embargo, no creo que algo formado por mi imaginación fuera capaz de besarme como él lo hizo. O de hacerme el amor con esa suavidad, casi pereza. Los gemidos parecían salidos de las gargantas de un león marino. Su tacto, algas sutiles abrazando mis piernas... ...su adiós, millones de medusas envenenando mi corazón... El partido de los miopes resultó vencedor de las elecciones. A los pocos días, impusieron el uso obligatorio de las gafas a todos los habitantes del país. Se habían cansado de tantos años de burlas por sus lentes. Cuatro-ojos pasó a ser un adjetivo loable. Debido al abuso de poder que quedó más que patente, los daltónicos impulsaron una moción de censura, que ante las dificultades e irregularidades que sufrió, se transformó rápidamente en un golpe de estado, con el apoyo de los sordos y tartamudos. Con el nuevo gobierno, las cosas no fueron mucho mejores. Se suprimieron los colores en el país y la comunicación pasó a ser exclusivamente mediante el lenguaje de signos. Y entonces llegaron los albinos. Con una astucia nunca imaginada, crearon una religión en la que ellos mismos se alzaban como representantes de los dioses sobre la tierra. El populacho, receloso y temeroso, comenzó a alabarles con ofrendas desorbitadas, por lo que los dioses-blancos (como se hacían llamar), pasaron a ser uno de los sectores más ricos e influyentes. No tardó demasiado en aparecer la primera casa real del país, elegida por la coalición de homosexuales y transexuales que poco tiempo atrás se habían hecho con el poder mediante una manipulación de las urnas. Como no podía ser de otra manera, el rey era un bisexual bien dotado que eligió como acompañante al trono a un poeta loco (aunque las últimas habladurías comentaban la existencia de un harén de mujeres y hombres que saciaban sus instintos más salvajes). Y por último, llegó la república... Hasta no hace demasiado tiempo, aún conservaba la afición de ir al cementerio con mis amigos a escuchar recitar a los muertos. Poco después de que se pusiera el sol, y con el vigilante ya roncando frente a una pantalla que gritaba los últimos cotilleos, nos metíamos por el hueco que quedaba bajo la puerta nueva, siempre armados con una linterna y una manta para combatir el frío de las tumbas. Después cada uno elegía un muerto. Tenía amigos que preferían repetir, es decir, que siempre se quedaban con el mismo. Yo, sin embargo, me cansaba pronto, y me gustaba escuchar historias nuevas, por lo que rara vez elegía el mismo difunto. Así pues, una vez realizado el reparto, extendíamos la manta y nos recostábamos sobre ella, con la oreja atenta a las palabras de la persona que yacía bajo nosotros. Al princicio nada. El silencio. Pero poco a poco, cuando nos acostumbrábamos a los murmullos de los alrededores y al rechinar de los ataúdes, sus voces comenzaban a hacerse audibles. A penas susurros. Ellos, repitiendo, impertérritos, todos los recuerdos de los que disponían. Para no olvidar. Obviamente, cada vez que volvían a empezar habían olvidado alguna cosa. Espero que no fueran conscientes de que al final, como a todos, les alcanzaba el silencio... —Line, ti amo. Ti amo veramente, Line, ma non ho tempo per pensarci, ci sono tante cose alle quali devo pensare, per esempio questo vento, adesso dovrei uscire e camminare nel vento. Non insieme a te, Line, non ti arrabbiare. Camminare nel vento è una cosa che non si può fare altro che da soli, perché c’è una tigre e un pianoforte la cui musica uccide gli uccelli, e la paura può essere dissolta solo dal vento, si sa, io è tanto che lo so. Agota Kristof – IeriGrazie, Alice...Se estaba ya haciendo tarde y ni debía dejar de correr. No faltaba tanto para alcanzar el bosque.
Los matojos de malas yerbas herían sus piernas, y minúsculas gotas de sangre comenzaban a caer, manchando de morado y rojo los calzetines y unas zapatillas desgatadas.
Por fin los primeros àrboles. Cada vez más espesura. Cada vez más difícil avanzar.
Y cuando alcanzó el claro de los lobos, con los últimos rallos de luna sobre su cabeza, con los primeros rayos de sol en el horizonte, cavó un gran hoyo, una sepultura. Y se enterró.
Hasta la próxima vez... No volvió hasta 8 años después. Yo había aguardado impaciente todos los años al comienzo del verano.
Cuando el grano comenzaba a amarillear y la gente del pueblo preparaba sus mercancías para canjearlas con la carabana. Cuando llegaban los más pequeños corriendo desde el río, con el agua aún cayendo de sus cabellos, y con los caramelos regalados en las bocas, que no se podían cerrar por la alegría.
Por siete años esperé sin encintrar nada más que simples palabras de consuelo. "Esta bien, ha crecido, es muy inteligente ahora" (te hecha de menos)...
Volvió. Llegó levísima. Pétrea. Recostada sobre unos tablones repletos de flores, con los dedos de ambas manos entrelazados y los ojos cerrados.
Volvió. Llegó muerta. La última vez que la vi, salía corriendo tras la carabana de viajantes. No había dicho nada, así que esperó hasta el último momento, cuando ya estaban girando la última esquina visible desde la ciudad.
Salió corriendo, cubierta con una capa negra y se metió en el último carro. Aún creo escuchar sus plegarias a los dioses para que ninguno de los grandes la viera. Y yo me quedé allí, esperándola, comenzando a pensar qué haría durante aquel interminable invierno. Esperando a que ella volviera.
Solo. Esta mañana, como casi todas las mañanas, recién levantado, me he preparado mi café con leche. He tomado un poco del que sobró anoche y con un chorro de leche, lo he metido en el microondas. He notado, desde hace unos días, que el susodicho electrodoméstico hace un ruido extraño, que he atribuido a algún roce con el plato que hace girar los alimentos. Pues hoy no ha sido menos escandaloso, hasta el punto de que he debido sacar mi vaso (frío!) porque al no girar el plato, el microondas se paraba. Y ahí han comenzado las cosas raras. Porque al mirar el reloj, como había hecho solo cinco minutos atrás, he comprobado que volvían a ser las 8'26... Bueno, se habrá roto mi reloj, he pensado. Pero cuando he decidido salir, ya con la bici en la mano, he notado que no se escuchaba el típico tráfico al final de la calle. Porque de hecho, estaban todos los coches parados en mitad de la carretera, con sus ocupantes cabreados, incluso dando girtos, dentro, incapaces de hacerlo arrancar o de abrir las puertas. Llegado a este punto, he subido corriendo a casa otra vez y he comprobado mis sospechas. Y al levantar el plato del microondas, me he encontrado un segundo que no había dejado correr... Exhausta, apoyó la cabeza en mi regazo y nos envolvimos en una manta gruesa y peluda que alguien nos dio, pues soplaba un viento frío; en la superficie del río flotaban las grises hojas secas. -Esta llegando el invierno -dije yo. -No -dijo ella, soñolienta-. No está llegando. -Alguna vez tiene que llegar. -No. Bueno, si el invierno... -Chist... -dijo ella. "El verano del pequeño San John", de John Crowley. Allí sentado, no podía más que esperar.
Mientras, los fantásmas y espíritus de formas atroces entraban tras la puerta gris inmensa. Siempre después de que la foz pronunciara aquello que no podían ser más que sus nombres.
Nombres latinos; nombres con consonantes inpronunciables por mi boca; nombres extraños y conocidos a la vez...
Entonces, el ángel de alas negras salió por la puerta. Desnudo.
Y pronunció mi nombre.
Entonces, entré. -Ahora -dijo imperiosa- iremos a tu cuarto pequeño y viviremos juntos para siempre. -Se quitó la capa de los hombros angulosos y la dejó caer. Se arrodilló delante de mí, sonriendo, y me empujó hacia atrás hasta acostarme. Se echó a mi lado, acercando a mi mejilla una mejilla aterciopelada, con una pierna cruzada sobre mi pierna.- Para siempre -repitió. "El verano del pequeño San John", de John Crowley. Las esculturas eran gigantescas, y nadie podía explicar de ningún modo su presencia allí, a la entrada del arco sagrado.
Los viejos contaban leyendas sobre dioses juguetones, que se dedicaban a construír formas humanoides con granito de las montañas circundantes.
Otros, sin embargo, atribuían la autoría a los locos escapados del sanatorio de la falda de la colina.
Fuesen quienes fuesen los "culpables", sólo se podía decir una palabra para sobre ellas.
Eran geniales... Quizá no fueran nada más que eso, simples susurros en la noche.
Yo, sin embargo, me decidí a pensar que más bien pudieran ser aquellos secretos que intentabas esconderme... Como cada año, depositamos la ofrenda en medio del camino. La gente que pasaba, la miraba respetuosa, e incluso añadían elementos a la inmensa pira. Ropa de abrigo, comida preparada para llevar en los largos viajes... Y el joven elegido, como cada 27 años, para comenzar su viaje iniciático. Responsabilidad que había caído sobre mí, después de mis facultades demostradas poco tiempo hace. El desmayo... Dicen que hablé sin parar. Que adiviné la sequía del invierno pasado. Y que después conseguí apaciguar al monstruo y hacer que se fuera... Yo no recuerdo nada. Siempre es la misma sensación. Primero desfallezco, y luego me cuentan historias que me cuestan de creer... Pues allí me encontraba, en la fría noche de la segunda luna llena del año, junto a la gran ofrenda que mi pueblo ofrecía a los nómadas por protegernos. Y fue más o menos cuando los lobos comenzaron a rondar, y yo ya temía por mi seguridad, cuando los vi llegar a lo lejos, con las capuchas cubriendo su rostro...  Fue en aquel verano que pasé en Turquía... Una tarde paseaba tranquilamente por las calles estrechas cuando una tormenta me sorprendió sin paraguas. Bueno, la verdad es que nunca fui amigo de los paraguas, pero en este caso la lluvia estaba alcanzando proporciones bíblicas, así que decidí entrar en el primer establecimiento público que encontré abierto... ...que resultó ser un viejo baño turco. Aunque un poco reticente al principio, a los pocos minutos ya me había quitado la ropa y paseaba con una toalla anudada a mi cintura por aquellas salas. El vapor era acuciante, sin embargo cada dos pasos había fuentes de agua fría para restablecer la temperatura corporal dentro de márgenes aceptables. Y fue allí, en una de las pequeñas salas privadas en las que me asomé, donde me lo encontré, esperándome, aún sin conocernos, para empezar una tranquila partida de ajedrez... Cuando entré en la sala la encontré prácticamente desierta. Tan solo había una pequeña mesa rodeada de cojines y una especie de telescopio montado sobre un trípode que se apoyaba en la mesita. Reí, pues nos encontrábamos en una de las viviendas interiores del Edificio, donde aquel instrumento carecía por completo de valor. Sin embargo tomamos asiento los dos, uno enfrente del otro, y nos miramos fijamente a los ojos. Pasaron unos segundos que me parecieron una eternidad, antes de que me ofreciera, con un simple gesto y aún sin abrir la boca, mirar a través del extraño catalejo. Obedecí, creyendo aún mis propios prejuicios, hasta que la bruma que apareció en un principio se disipó... La pitonisa se sentó delante de mí con mucho cuidado, intentando hacer el menor ruido posible. Yo hacía días que no me movía, no quería abandonar la posición. Concentrado. Con suma cautela preparó un té. Rojo. Y sirvió el contenido del recipiente de plata en dos tazas anchas. Lo bebí de un trago, aunque casi me atraganto con alguna de las hojas de la infusión. Ella tomó corriendo la taza y comenzó a leer aquello que había escrito en las hojas. No le costó demasiado tiempo fruncir el ceño. Acto seguido, cogió mi mano y se ensarzó en la búsqueda de las líneas de mi mano. Mi mano lisa. Espantada, se levantó y comenzó a gritar. ¡Traidor, impostor, esto no es posible! Todos tenemos escrito nuestro destino...
Yo me reí, dejé el dinero sobre el diván y me marché. Me esquivó al pasar por su lado... Tras los 6 días de dieta obligada, las alucinaciones comenzaron venir. Aunque no era un método muy saludable, los resultados no pudieron ser mejores. Primero comencé a preguntarme sobre mi propio estado, y entonces, yo mismo me respondí sinceramente que, quizá, debía comer algo si no quería perder el conocimiento. El viaje a la cocina y a la nevera fue increíble. Creo que me acompañaron un par de ballenas por el pasillo, y no estoy seguro de si iba caminando sobre nubes o sobre un fango muy suave. Quizá era mousse de chocolate, porque acto seguido decidí recostarme y comenzar a lamer el suelo. No sabía mal (había limpiado concienzudamente por la mañana). Después di un largo trago directamente de la botella de leche, que aunque estaba lógicamente fría, entró en mi cuerpo ardiendo, recorriendo la garganta, atravesando mi estómago y cayendo al suelo. Me había hecho incorpóreo. Desnudo e incorpóreo. Unas pocas gotas de leche cayeron por mi panza. Inexistente. Con la mano esparcí el líquido al tiempo que intuía mis costillas, demasiado marcadas. Las caderas parecían una silla esperando alguien para sentarse. Mi sexo, arrugado, parecía a punto de desaparecer... Cuando la noticia saliò a la luz, toda la comunidad cientìfica no pudo màs que agachar la cabeza.
Las fotos eran evidentes. Aquellos investigadores habìan jugado con la genètica humana en tiempos de la persecuciòn. Aquello no tenìa ninguna excusa. Pero el que, tantìsimo tiempo despuès, los experimentos se hubieran continuado haciendo, no tenìa ninguna explicaciòn.
En las imàagenes se veìan fetos con cabezas gigantèscas de mosca. Ratones con extremidades humanas, vegetales... Incluso se llegaba a apreciar en alguna de las fotografìas que aparecieron en los informativos, un bebè gelatinoso...
Lo siento, pero hoy he tenido un empacho de genètica del desarrollo... Deseó no haber abierto nunca la cortina del vagón.
La primera vez que lo hizo, él se encontraba allí. Fue una decisión desesperada. Cogió todo su equipaje (que en realidad constaba tan solo de una bolsa de tela pequeña, con tres o cuatro libros) y se bajó del tren.
No le conocía. Sin embargo se le acercó y le besó. Sabía por su cara triste que él no rehuiría aquel beso.
Ahora, tres años después, volvía a subir en aquel tren para continuar el viaje que nunca debió interrumpir. Relajada, ahora, sí, se sentó en su correpondiente asiento aún sin notar nada.
Cuando la pequeña pasó rozándola con su bufanda a rayas de colores comenzó a sospechar. La vieja que se le sentó enfrente lo acabó de confirmar todo.
El tren la había estado esperando. Las mismas personas. El mismo ambiente.
Cerró los ojos y se durmió. Un último pensamiento le dijo que nunca más volvería a despertar... La verdad es que nadie sabe la razón por la cual los habitantes abandonaron el poblado. Pero cuando el delegado de correos llegó, como hacía todas las semanas, no encontró más que un pueblo fantasma. Extrañado, comenzó a vagabundear por las pocas y estrechas callejas, en busca de algún signo de vida, más todo su esfuerzo fue en vano... Llamó a la policía y en poco tiempo los alrededores volvían a estar repletos de actividad. Por todos los rincones, agentes de la policía especial alumbraban con lámparas especiales, buscaban casi con microscopio algún indicio que les pudiera esclarecer la ausencia de los habitantes.
Nada.
Simplemente, la gente se había ido. De la noche a la mañana. Hubo varios intentos de repoblar la zona, incluso una famosa agencia inmobiliaria invirtió una gran suma de dinero construyendo un campo de golf cercano. Pero nadie se atrevía a volver a vivir allí. Temían, todos, levantarse en mitad de la noche, como suponían hicieron los habitantes primigenios, y andar directos hacia la caverna oscura que se introducía en las faldas de la montaña cercana, siguiendo a aquel extraño ser que parecía tocar una flauta...  A la salida del cine, todo el mundo agachaba la cabeza y rehuía las miradas de los demás. No había parejas cogidas de la mano besándose, ni grupos de amigos desternillándose o chicos con pinta de intelectuales comentando aquellos puntos que no les habían quedado claros... Si alguien se hubiera aventurado a mirar a otra persona a la cara, hubiera encontrado un rostro blanco. Por el miedo. La salida del cine estaba llena de gente pálida. Asustada. Aterrorizada. Nadie podía entender quièn había podido filmar el verdadero fin del mundo y luego había tenido la osadía de mostrárselo a gente inocente que, simplemente, no sabía que estaba muerta... Las palabras, cuando nadie las ve o las lee, suelen juntarse alrededor de un gran FUEGO (y si està en mayùsculas, mejor, porque darà màs calorcito). Toman un MATE sacado de algùn libro sudamericano, y conversan sobre la decadencia de las letras actuales.
En un rincòn del mundo de las palabras, se hallan aquellas que se dejaron de usar. En realidad, parte de la culpa la tienen ellas mismas, que de tan sacras y exquisitas que se creìan, no querìan mezclarse con aquellas màs comunes o vulgares. Ahora, cada vez que algùn joven pedante las usa para impresionar a alguien, ellas se sienten hinchadas de orgullo. Y se apartan aùn màs de las otras.
Tambièn hay cìrculos de palabras màs usadas. Las conjunciones, los artìculos, las preposiciones... Que montan fiestas y se restriegan y forman frases sugerentes y orgìas lèxicas... Dicen que El Quijote saliò de uno de estos bailes.
La vida secreta de las palabras serà la nueva pelìcula de Isabel Coixet. Seguro que es magnìfica...   "(...)Tras cinco horas de andar, todavía no había hallado agua y no existía señal alguna que me diera esperanzas de encontrarla. En todo el derredor reinaban la misma sequedad, las mismas hierbas toscas. Me pareció vislumbrar en la distancia una pequeña silueta negra vertical, que parecía el tronco de un árbol solitario. De todas formas me dirigí hacia él. Era un pastor. Treinta ovejas estaban sentadas cerca de él sobre la ardiente tierra." Jean GionoHace ya bastantes años, cayó en mi mano un CD con un audiocuento. Creo que la primera vez que lo escuché me pareció simplemente bonito. Tiempo después, antes de devolver el CD al amigo que me lo había prestado, lo volví a escuchar, y creo que lloré. No sabía que había un libro escrito hasta que antes-de-ayer, dando una vuelta por una librería de aquí, lo encontré. Me lo llevé, obviamente. En italiano. Espero que ahora lo disfruten ustedes...En mi país, Blanca Nieves no escapó del cazador, que le arrancó el corazón y lo comió luego, cocinado a fuego lento, en una orgía con la madrastra.
Cenicienta olvidó el reloj y, medio borracha, no escuchó las 12 campanadas, quedando como una pordiosera en los brazos del príncipe.
Pinocho mintió y mintió y ahora trabaja de chapero en alguna esquina del reino de Nunca Jamàs, junto con un Peter Pan ya crecido, su proxeneta, que le da palizas si no quiere aceptar algún cliente.
Caperucita mató al lobo sólo para hacerse un abrigo con su piel, que no puede lucir ya nunca porque debe cuidar a los 9 niños que tuvo con el leñador.
Y yo, bajo la luz de una vela, continúo escribiendo estas historias en la eterna noche, encerrado en un faro, en medio de una isla perdida en el océano. Una vez acabada la fiesta, el pequenyo monstruo se sintiò triste...
Intentò quitarse las manchas de sangre y los moratones que abundaban por su cuerpo. Por las palizas.
Pero al contrario que el resto de la gente que se habìa disfrazado para Haloween, a èl no se le iba el disfraz... A la semana de estar viviendo en mi nuevo domicilio, comenzamos a notar todos los inquilinos un extranyo olor que salìa por debajo de la puerta de nuestro vecino de la planta baja. Bueno, para ser sinceros, no sabìamos que venìa exactamente de ahì, sòlo que necesitàbamos cubrirnos la nariz cada vez que entràbamos en el cuarto de las bicis, que està justo enfrente de la puerta de nuestro inquilino.
Yo personalmente pensè en una rata en estado de descomposiciòn, quizà muerta por las montanyitas de veneno que nuetras casera ha colocado en algunos rincones del edificio.. Pero por màs que busquè, no lleguè a encontrar nada.
Tambièn nos resultò extranyo a todos los inquilios el hecho de no ver al habitante de la casa de la planta baja durante casi dos semanas seguidas. Serà un chico tìmido, pensamos la mayorìa.
Pero la otra noche nos despertò el ruìdo de sirenas justo en la puerta del edificio, y unos minuotos màs tarde, la llamada insistente de los carabinieri, que se intentaban hacer entender para decirnos que permanecièramos en casa y que, por encima de todo, que no nos asomàramos por las ventanas que daban a la calle.
En cierto momento, la curiosidad me pudo màs que la advertencia de las fuerzas del orden, y metì la nariz justo lo suficiente en la ventana para ver como sacaban tres bolsas, grandes, enormes, por la puerta principal. Y vi tambièn un lìquido oscuro que se derramaba por la cremallera de una de las bolsas...
El camiòn de la policìa continuò en la puerta 4 horas màs, cargando aquellas extranyas bolsas cuyo contenido no comprendìa còmo podrìa haber estado amontonado en el pequenyo monolocal del inquilino de abajo.
...
Esta manyana, la casera ha subido para decirnos, con una fingida sonrisa, que nos rebajaba 100 € del alquiler...
Esto es un realito para mis amigos del pueblo... Para que os entretengàis la noche de Todos los Santos No sabemos exactamente desde cuando està ahì. Sòlo que, cuando menos la estàs buscando, aparece.
El primero de nosotros que la vio fui yo. Andaba medio perdido por la ciudad y vi un callejòn oscuro, y entrè sin prestarle atenciòn. Me metì en una teterìa muy acogedora que habìa al inicio de la calle y tomè un tè rojo al tiempo que escribìa unas notas en esta misma libreta.
A pesar de que la calle estaba (lo recuerdo claro) detràs del parque vecino a mi casa, no he conseguido volver a encontrarla.
Violeta la encontrò (creemos) dos dìas despuès. Andaba buscando una tienda de discos y se confundiò de esquina, entrando en la calle escura que he nombrado antes.
Ella, sin embargo, asegura que no habìa ninguna teterìa, sino un local donde se vendìan libros de viejo, en el que entoncrò algun incunable que comprò por nada de precio.
No somos los ùnicos que hemos tropezado con ella, me consta. De hecho, yo la he vuelto a encontrar dos veces màs, y ella otras tantas. Pero no hemos sido coscientes hasta haberla dejado. Entonces, ya era demasiado tarde.
Espero poder volver a encontrarla pronto. La ùltima vez que la atravesè creì ver, al fondo, una tienda de abrazos... Mi entrada al infierno fue bastante extranya. Quizà fuera por lo que esperaba encontrar y no hallè por ningùn lado.
O quizà fuera por las libèlulas, que revoloteaban por todos los sitios. O por las rosas blancas y rojas que crecìn por doquier. O por las muchachas y los muchachos que, desnudos, reìan y bebìan al son de la mùsica.
Se me acercò un àangel de alas quemadas, vestido tan sòlo con un taparrabos que no escondìa nada, y me tomò de la mano mientras me susurraba al oìdo palabras de bienvenida.
Al fin y al cabo, podìa agradecer que un dios me hubiera condenado por mis actos en la Tierra... Había días en los que me levantaba temprano. Aquí, en otoño, no sale el sol hasta bien tarde.
Me levantaba y me aseaba rápido. Un café largo con cuatro gotas de leche y corriendo a coger la bicicleta.
El ambiente comenzaba a clarear, así que debía darme prisa. Recorriendo las callejas estrechas de la ciudad. Y entonces al gran parque. Y después en paralelo al río.
Y el invento de hacer niebla funcionando, sin parar, en la cesta de la bicicleta.
Si todo iba bien, llegaba a casa aún antes de que el sol rompiera por el horizonte.
Asì, con la ciudad sumida en una niebla suave, me dormía de nuevo durante unas horas, sonriente y cansado... Al cuarto dìa, el ser supremo creò a los animales. Los creò de todos los tipos; pequenyos, grandes, de colores, para el agua, el cielo y la tierra. Y vio que aquello estaba bien. Y quedò satisfecho.
Entonces, el hermano menor del ser supremo, un poco celoso quizà, tomò sucio barro y comenzò sus propios ensayos. Lagartos gigantes, seres peludos de muchas patas y aguijòn venenoso, ratas nocturnas con alas... Y la peor de todas sus creaciones, el hombre.
Llegaron pues los padres del ser supremo, que hasta entonces habìan estado trabajando en la fàbrica, y al ver las macabras obras de su hijo menor, quisieron reprenderle, màs el ser supremo (y hermano mayor) intercediò en su defensa, diciendo:
-No le rinyàis, porque al hombre lo creè yo. Me sobraban demasiadas piezas... También fui pastor. De mariposas.
Fue uno de los trabajos más duros que nunca tuve...
Por las mañanas entraba en el establo y abría las contraventanas. Poco a poco. Para que no se despertaran de mal humor. Entonces ellas comenzaban a mover sus alas para entrar en calor. Como dormían sobre cualquier superficie, cuando tenían estos espasmos matutinos se creaba un efecto agradable en el interior de la estancia. Eran como olas en la superficie de las cosas. Olas que viajaban de una parte del establo a la otra, y que al pasar por donde yo me encontraba me sacudìan con una ligera brisa.
Las alimentaba con miel, que dejaba caer desde lo alto con una especie de regaderas que había ideado. La miel goteaba y ellas pasaban volando, veloces, para recoger su alimento antes de que tocase el suelo.
Y despuès las sacaba a pasear.
Ellas me seguían y yo las conducía al interior del bosque, donde correteaban y jugaban. Si en algún momento se sentían amenazadas por algo, se agrupaban, como siguiendo una orden muda, formando una espesa nube sobre mi cabeza. Yo las tenía que defender. De los milanos. De las arañas. De los cazadores furtivos...
Ya por las noches, las devolvía a su establo y les leía un cuento antes de dormir. Alguna me contó una vez que les gustaba creer que, cuando el tiempo acabara con ellas, de su cuerpo marchito surgirìa un hada... Despuès de loco y borracho, decidì ser constructor de torres. Picaba piedras en la cantera de los pensamientos inùtiles y luego corrìa a los espacios valdìos, donde apilaba palabras y sugerencias.
Las torres pocas veces eran estables, quizà por ello soportaban mejor las inclemencias del tiempo y de las opiniones contrarias. Torres de ideas alocadas, de suenyos fùtiles e intenciones estùpidas. Se curvaban y torcìan y volvìan a curvar.
Pero a veces, sin embargo, unìa, por pura casualidad, imàagenes bellas (aunque un poco rotas por las esquinas) con sìlabas de amor, que terminaban dando forma a inmensos alfileres que desafiaban la lògica y la gravedad.
Son aquellas torres que se alzan altivas en el fondo de mis ideas...
Las ves? Anoche volvì a revisar las predicciones del àngel caìdo. A pesar de la letra, ilegible en la mayor parte del escrito, conseguì traducir algunas lìneas a algo coherente.
Y me asustè ante lo que hallè...
Semanas, quizà meses, de hastìo y soledad. Una larga temporada en una prisiòn particular, velada, escondida al resto de la gente.
Y yo sufriendo en el centro de aquel laberinto, esperando la llegada de un alma, de nuevo lo suficientemente sensible para captarme y salvarme de este destino... La he descubierto. Esta mañana, en un momento de lucidez especial he hallado la fórmula de la felicidad... Tomad nota:
3 abrazos bien dados, y si son con un jersey de lana, mejor.
1 tableta de chocolate (yo prefiero el puro, aunque he probado también con otros tipos y la fórmula sigue surtiendo efecto). 2 minutos llorando con el final de Amelie (que aunque sea feliz, me deja siempre con esa sensación de melancolía tan buena y agradable...) Y por último, el ingrediente secreto... 45 minutos de Sonido Efervescente de La Casa Azul!!
"que quieres que te diga que el tiempo va a mejorar que el gobierno está fatal que el Barça hoy ha vuelto a pinchar que quieres que te diga que sin ti no puedo más que mi vida se rompió cuando te fuiste sin pensar...
...que nunca nunca más me iba a recuperar porque cuando tú jugabas yo creía que lo que hacías era amar y mientras yo me enamoraba como un fan de tu voz, de tus amigos de tu ropa y de tu manera de mirar."
La Casa Azul - Como un fan —Un viejo me contó una noche que sí crecían rosas en el mar de fuego. —Son rosas transparentes, como de cristal. Y frías, pues son de hielo —dijo. —Muchos de vosotros pensaréis —continuó el borracho— que miento, más es verdad lo que cuento. »Estas rosas de hielo son efímeras, y no porque se tornen de agua con el calor de la mañana, sino porque sus húmedos pétalos atrapan las partículas de arena que arrastra el viento, y quedan convertidas bien pronto en rocas. »He visto bosques inmensos de estas rosas convertidas en roca, y desde hace años vago por el desierto, esperando encontrar una noche mágica alguna de estas maravillas de hielo intactas. Entonces dejaréis de reíros de este borracho… —No es imposible —dijo mientras descendíamos por la caverna. Me había hecho acudir a la entrada de la gruta justo una hora antes de amanecer. Y a pesar de mis preguntas, me aseguró que no necesitaríamos ningún tipo de linterna para descender a las entrañas de la cueva. Caminábamos callados, uno al lado del otro, sorteando de vez en cuando las estalagmitas que crecían desde el suelo. Había allí dentro una luminosidad especial. Como si los millones de cristalitos de mineral de la roca reflejaran la luz de un sol escondido en el interior de la gruta. Entonces llegamos a la sala central. En el momento justo en el que la dama plateada, resplandeciente, se sumergía desnuda en el mar inmenso interior. El alquimista se le acercó, respetuoso, y le mostró el lingote de plomo y el cáliz lleno de la mejor aguamiel. Ella besó primero el metal, y luego bebió un trago corto de la copa. Volvió él, sin ninguna explicación, y retomamos el camino de vuelta al exterior. Y cuando alcanzamos la salida, sacó de su bolsa de piel el lingote de plomo que había guardado tras el cariñoso gesto de la dama. Ahora era dorado. Se había transformado en oro. —No es imposible. He encontrado la piedra filosofal. Ella es mi piedra filosofal —. Y tomó un largo sorbo de la copa, justo antes de ofrecerme a mí también un poco de eternidad... No fue hasta mi tercera noche en la ciudad, que conocí al alquimista. A pesar del agradable frescor que recorría las calles durante la noche, me encontraba en mi hamaca saboreando un té bien frío mientras observaba el firmamento. Creo que fue en aquel entonces cuando bauticé la mayoría de las constelaciones. Y él apareció. No hizo ningún ruido, y estoy bastante seguro de que no subió por la escalerilla que subía a la terraza. Simplemente se encontraba a mi lado cuando quise darme cuenta, sentado sobre un mullido cojín, a los pies de dónde yo reposaba. Vestía una túnica marrón oscuro con bordados de hilo de oro, y sus barbas, bien cuidadas y arregladas con esmero, le llegaban hasta casi el pecho. Sin embargo, su rostro cansado parecía indicar que no tenía tiempo más que para la búsqueda de su piedra filosofal. Permanecimos así, él sentado y yo recostado, sin decir palabra, durante un largo rato. Y cuando él por fin abrió la boca para rectificarme en el nombre que estaba pensando para una constelación, yo asentí, sin importarme lo más mínimo que acabara de hurgar en mis pensamientos. Así fue como conocí a mi primer amigo en la ciudad del desierto... Era ya cerca del medio día cuando la caravana alcanzó la ciudad del desierto. Y a pesar de que el calor tostaba, como a fuego lento, cada uno de los granos de arena, una vez traspasamos las puertas, un ligero frescor recorrió mi cuerpo, aún llevando aquellas abundantes ropas negras de lino. Costaba trabajo avanzar en medio de aquella acumulación de seres humanos que regateaban por el precio de 20 onzas de azufre o se sentaban tranquilamente bajo la sombra de algún sicómoro para compartir vivencias ocurridas años atrás en sus vidas con la compañía de un té de hierbabuena. Pero si la ciudad sorprendía de día, de noche su esplendor sólo se podía comparar con alguna ciudadela construida en la vieja Hispalis. En el momento se alzaba la luna, siempre llena, las fuentes se encendían por obra de algún hechizo realizado por los magos. Las aguas recorrían los canales que serpenteaban por las puertas y los arcos repletos de arabescos de todas las casas. Canales estrechos, similares a acequias, que limpiaban la cara de la ciudad al tiempo que elevaban un frescor mágico. Y todos estos canales desembocaban en el centro mismo de la urbe, en un lago que se secaba todas las mañanas con los primeros rayos de luz del día. Un lago artificial que obligaba a los habitantes de aquella zona a regresar de las tabernas a sus casas en barcazas similares a góndolas. Un lago que era un hervidero de insectos diminutos, de libélulas e incluso de hadas perezosas, que ponían sus huevos junto a los de las luciérnagas. Y justo cuando la luna alcanzaba el punto más alto en el alto cielo, los ricos comerciantes soltaban las amarras de sus globos aerostáticos y subían a robarle cristales de eternidad al satélite argéntico... Debieron equivocarse en la óptica al colocarme los cristales nuevos. No es que viera mal, que la graduación de las lentes no fuera la correcta. No, qué va. Aquellos no deberían ser mis cristales no porque viera menos, sino porque veía más. Detrás de mis nuevas gafas, los vacíos que me rodeaban se llenaban pronto de corrientes de color. Los objetos en los que pretendía fijarme quedaban rápidamente ampliados, y las cosas y las personas que me molestaban, simplemente, no se veían. Así fue como comencé a olvidar a David...  Caminaba de la mano del ángel caído por las lúgubres callejas de la ciudad cuando nos cruzamos con un grupo de demonios. Temeroso, agaché la cabeza y fijé la vista en el pavimento. No quería que aquellos espectros me tentaran. En cambio, mi acompañante les miró a la cara y les llamó con voz seria por su nombre, tras lo cual ellos huyeron despavoridos. Entonces tomó mi cara con sus manos, y mientras apartaba con sus pulgares las gotas de plata y vidrio que surgían de mis ojos, me engañó de nuevo prometiendo que todo aquello estaba pasado... Un fuerte dolor de cabeza en la parte frontal de mi cabeza me despertó. Era como una presión continua e insistente sobre mis sienes. Pero una presión desde dentro mismo de la cabeza. Dolostop. Asprinia. Gelocatil. Neubofren. Nolotil. Y harto ya de tomar cápsulas para comprobar que no tenían ningún efecto, tomé una decisión. Cogí el bisturí y la aguja enmangada y realicé una trepanación de cráneo frente al espejo del cuarto de baño. Y del orificio recién abierto en mi cabeza comenzaron a brotar manantiales de malos momentos y nefastos recuerdos, que borboteaban al tiempo que un grupo de libélulas salidas de mi pecho comenzaban a cerrar el agujero. Desde el lunes por la mañana estoy trabajando en una fábrica del pueblo, en una cadena de montaje. Por un lado de la cinta corredera van apareciendo personas semiinconscientes que capturó la policía en alguna redada de la noche anterior. Allí, mis compañeros y yo les abrimos la cabeza y realizamos cortes precisos. Punzamos en ciertos puntos de la planta de los pies (que a veces huelen). Incluso extirpamos algún dedo a veces. Por el otro lado de la cinta, las personas caen a una sala de la que se despertarán convertidos en personas normales y corrientes. Sin aspiraciones. Sin ilusiones. Sin sueños. Vamos, políticamente correctos. Hago 11 horas diarias, así que vuelvo a casa cansado, aunque orgulloso de saber que hago bien mi trabajo... El sexo en la cocina puede llegar a alcanzar dimensiones extraordinarias. A pesar de intentar olvidar todo lo que ocurrió en mi última relación, la noche en que volvió del viaje por el norte quedó marcada a fuego en mi cabeza. Yo no esperaba que volviera tan pronto, así que me sorprendió acabando de preparar la cena. En el fuego, una cacerola con la salsa y el pescado en la sartén. En un pequeño cazo, hervía a fuego lento el dulce de leche, acabándose de preparar. Y sobre la mesa, en medio de la cocina, cortaba verduras para la ensalada. Me gustan las cenas bien surtidas. Entraste en silencio y me agarraste por detrás. Me subiste sobre la mesa y mientras con una mano intentabas apartar la tabla de madera para cortar, con la otra buscabas el botón del pantalón. El cuenco con el tomate, recién cortado y parcialmente picado, se derramó sobre mi pecho al tiempo que tu boca cataba manjares en mi boca y otras localizaciones de mi anatomía. Aquella noche fue inolvidable, aunque tuvimos que llamar a la pizzería.
Toda la cena se quemó. La misión resultó un fracaso. Cuando llevábamos 5 años luz de viaje, el módulo de sueño asistido quedó afectado por el choque con un pequeño asteroide (algo me hace pensar que era una partícula de basura espacial, que tanto abunda por el espacio desde los viajes interestelares humanos). Nos despertamos los 6 tripulantes a sabiendas de que ya no podríamos dormir nunca más. Las comprobaciones realizadas por el ingeniero así lo confirmaron. El sueño estático estropeado sin remedio. Y después vino lo de aquella masa de meteoritos... Tras la explosión de la nave, fuimos expulsados al exterior, dentro de nuestros trajes autónomos que nos permitían comunicación y supervivencia casi eterna, gracias a los equipos de reciclaje de aire, exudaciones y excrementos. Nos fuimos separando en el extenso universo. Ahora hace ya casi 2 años que estoy sólo. ¿O son dos meses? La verdad es que no hay diferencia. El único consuelo que encuentro son los sueños. Alguien dijo una vez, siglos atrás, que cuando un astronauta vaga por el espacio, a millones de kilómetros de nada, cuando todo a su alrededor es lo mismo, es constante; sus sueños, ricos en imágenes y recuerdos, pasan a ser tan reales, tan... lúcidos, que la vida real y el sueño se invierte. Quién sabe. Puede que ahora mismo seáis todos parte del sueño de un astronauta... El otro día recibí una extraña carta dirigida a la entidad oroD. Al leer el destinatario me extrañé bastante, pero conforme iba viendo lo que aquellas personas decían, comprendí el título. La carta había sido redactada por un conjunto de gente que leía con cierta frecuencia mis cuentos. Eran un grupo de sabios que habían creído encontrar ciertos elementos extraños entre las líneas que escribo. Debido a un continuo cambio de género, esta gente cree no soy, sino que somos muchos los que redactamos las historias y las poesías. Una psicóloga que también forma parte del grupo encargado de desenmascararme llegaba a proponer un desdoblamiento de personalidad. Por otra parte, un teólogo y un párroco de la asociación pensaban una posible relación entre yo (o nosotros) y el mismísimo anticristo, debida a alguna de las afirmaciones que he (o hemos) llegado a realizar y a un par de vaticinios que se han dado en estas páginas que ahora leen. Por último, un colectivo de amas de casa que se adscribió a la asociación en contra mi causa, me acusa de ser una de las peores influencias que andan por este mundo cibernético, y recomiendan al gobierno (pues hay hasta infiltrados gubernamentales en este ecléctico grupo) que me censuren y me internen lo más pronto posible. Yo (o nosotros) me (o nos) enorgullezco (o enorgullecemos) de contar con tan distinguidos lectores y les aseguro (o aseguramos) que continuaré (o continuaremos) dándoles material a analizar. Buenas noches... Yo traiciono (o juego) Tú lloras (o te equivocas) Él/Ella gime (o suspira) Nosotros acabamos Vosotros odiáis Ellos hablan... Me he levantado con los labios pegados. No puedo abrirlos, es como si alguien me los hubiera cosido fuertemente o los hubiera juntado eternamente con cola de contacto. Al despertarme y darme cuenta del extraño hecho me he asustado mucho. He corrido al cuarto de baño a comprobar el estado de mi cara, pero era aparentemente normal. Salvo que los labios no se abren. He acudido a mi madre, que al verme gesticular sin pronunciar palabra, se ha enfadado, atribuyendo toda aquella pantomima a alguna de mis excentricidades. Aunque cuando se iba a trabajar, he visto como me miraba de reojo y sonreía... Tenía la extraña afición de fotografiar a todos los amantes que pasaban por su cama. Tomaba la cámara digital y se lo proponía a ellos. Algunos aceptaban gustosamente y posaban en posturas de lo más obscenas. Otros preferían cubrir delicadamente parte de su cuerpo con las sábanas e insinuar más de lo que mostraban. Un tercer grupo se negaba rotundamente, aunque caían víctimas del objetivo cuando, tras el sexo ardiente y descontrolado, quedaban dormidos. A la mañana siguiente, cuando el visitante ya se había ido (casi siempre algo avergonzado por el descaro mostrado la noche anterior), él analizaba las fotografías tomadas. Las miraba incluso con lupas, buscando rasgos concretos. Tomaba un fragmento de la espalda, una peca, un dedo o los nudillos de algún otro. Luego imprimía los trozos que habían resultado válidos y acudía a la habitación del fondo, la que permanecía cerrada la mayor parte del tiempo. Allí, con una barra de pegamento, reconstruía concienzudamente el cuerpo de aquel que, una noche, en sueños, le mostró el significado del amor... Había a su alrededor un halo de aire superdenso que provocaban una perpetúa postura de hombros caídos y párpados semientornados. Este aumento en el peso del aire causaba también un torcimiento de la sonrisa en un gesto deprimido y oscuro. En este caso, los psicólogos y psiquiatras a los que se acudió no pudieron más que opinar lo mismo. Se daban en él una conjunción de factores físicos que le impedían ser feliz...  Cuando salió a correr, como hacía casi cada tarde después del trabajo, no sospechó que aquella nubecita que se asomaba por el este de la ciudad iba a cambiarle tanto la vida. Y sin embargo, emprendió la marcha. Parecía que la meteorología se había adueñado de su ritmo, pues conforme iba acelerando la carrera, el cielo se iba cubriendo de oscuros nimbos. Al alcanzar la calle más alta de su recorrido diario, comenzó a chispear. Primero con una suave cortina que se agradecía, pero al ir creciendo su marcha, la intensidad de la lluvia aumentaba. Por fin, en plena tormenta, decidió refugiarse en un portal. Que para su sorpresa no estaba vacío... Y en el momento en que acercaba sus labios a la desconocida que le miraba con cara de deseo, cayó el primer rayo... Este relato ha resultado ganador en el concurso de Photoespaña 2004 en la fotografía correspondienteTras mucho insistir, acepté por fin una invitación suya. Él era asiduo de la cafetería en la que yo trabajaba. Siempre pedía lo mismo, después de llegar puntual a una cita que ninguno de los dos había fijado. Estaba en la barra dos horas con la misma taza de té y con un libro abierto en la mano. Aunque en realidad no leía. Me miraba.
Luego, quizá, se insinuaba con frases torpes, palabras infantiles.
Hoy por fin acepté. Me esperó en la puerta del local a que terminara, y sin cruzar una palabra, le seguí al coche, en el que me llevó a su apartamento. Era un estudio sencillo, sin ninguna habitación separada a parte del cuarto de baño. La verdad es que estaba muy pobremente amueblado, a penas una mesita y dos sillas, unas estanterías que cubrían la totalidad de la estancia y estaban llenas de libros, y un sofá cama que pronto quedó abierto.
Me desnudó poco a poco, casi con la mirada o con sus palabras. Yo también le desnudé. Y cuando ya no quedaba nada de ropa sobre nuestros cuerpos, continuamos desnudándonos.
Quedando ya sólo dos pequeñas lucecitas, nosotros, que jugueteaban por la habitación, apague la luz del mundo. Y nos besamos... Cuando abandoné la casa para instalarme en el nuevo estudio, me recorrió una sensación de melancolía. Atrás dejaba ya no sólo muchos recuerdos, sino también las estrellas que había esparcido en el techo de mi habitación y el pequeño monstruo bajo la cama. Antes de irme, me despedí de cada uno de los astros y dejé, casi por compromiso, que el horrendo ser me asustara por última vez. Ya en mi estudio, aquel ático con una pequeña ventana que daba a la plaza de los aerostáticos, me alegré al encontrar un nido de alacranes en la cocina y un agujero negro en el armario... Las rarezas no me abandonaban. El otro día, mientras estudiaba, en un momento dado, me giré tan rápido que no di tiempo a mi imaginación a crear la realidad que había detrás de mí... Ring... Ring...
-Si diga'm? Y al otro lado de la línea comencé a escuchar frases rápidas e imporperios en árabe que para nada entendía, a parte del nombre de Mohamed... -Lo siento, pero creo que se ha equivocado -contesté amablemente. Y cuando ya apartaba el aparato de la oreja para colgar, escuché en un perfecto castellano al otro lado del teléfono. -Ya veo que me he equivocado, pero ¿le resultaría a usted mi complicado hacerse pasar por Mohamed durante unos minutos? Tengo unos asuntos muy importantes que comunicarle. Y tras mi consentimiento, comenzamos a hablar acaloradamente en la lengua de Alá (que para nada domino). Y después de despedirme cordialmente dando recados a su padre y preguntando por sus camellos y su esposa, colgué el teléfono. Ahora ando algo poco confuso... Cuando los Ancianos, cansados, decidieron acabar con la magia sobre el planeta, no pensaron en las posibles consecuencias de sus actos. Al principio, los expertos no descubrieron la ausencia del segundo motor de la existencia. Pero notaron hechos extraños, como la ausencia de rocío por las mañanas, la falta de espejismos en los desiertos y la carencia de otros pequeños procesos normales hasta el momento... Cinco años después, comenzaron a sospechar algo al descubrir que nunca más habría eclipses, pues los cálculos demostraban un perfecto danzar de los planetas y los satélites, de forma y manera que no se taparían los unos a los otros, como si la física hubiera mandado a todos los astros a moverse con ritmos perfectos, sin ninguna variación o irregularidad. Yo descubrí la falta de magia en cuanto te vi, cuando aprecié la ausencia de ese brillo tan especial que había en tu mirada... Hada.-O me engaña en absoluto tu exterior, o tú eres ese duende maligno y despabilado que llaman Robín el Buen Chico. ¿No eres aquel que asusta a las mozas aldeanas, espuma la leche y, haciendo inútiles todos los esfuerzos del ama de casa, impide que la manteca cuaje y otras veces que fermente la cerveza? ¿No extravías a los que viajan de noche y te ríes de su mal? A los que te llaman Aparición y dulce Puck les adelantas el trabajo y les das buena ventura. ¿No eres tú ese? Puck.-Hablaste, Hada, con acierto. Soy ese alegre rondador nocturno. Yo divierto a Oberón y le hago sonreír cuando traigo a algún caballo gordo y bien nutrido de habas imitando el relincho de una yegua joven. Y a veces me acurruco en el tazón de una comadre, en forma de pero cocido, y cuando va a beber choco contra sus labios y hago derramar la cerveza sobre su marchito seno. La prudente tía, refiriendo su cuento triste, suele equivocarme con su banqueta de tres pies; entonces resbalo por entre su nalgatorio, ella da de bruces y grita: "¡Sastre!", y cae en un acceso de tos. Y al punto la concurrencia, apretándose los costados, ríe y estornuda y jura que nunca ha pasado allí hora más alegre. Pero ¡aléjate, hada, que aquí viene Oberón! Este post va dedicado a Aldeana, que hoy hace 1 año que comenzó sus andanzas bloggeras... Un beso!En huelga. Irremediablemente, el lado derecho de mi cuerpo se ha puesto en huelga. Dice que ya está cansado de ser siempre él el que trabaja, el que se lleva todas las responsabilidades y la mayor parte de los esfuerzos. Ayer tarde, mientras estudiaba, la parte derecha del cuerpo dejó de funcionar. Y en mi cabeza escuché claramente como el lóbulo izquierdo (que es el que controla mis extremidades diestras) gritaba e insultaba al otro hemisferio cerebral. De haber tenido manos, posiblemente hubieran llegado a ellas. Ahora ando a medias. Los servicios mínimos, tras los acuerdos con los sindicatos, incluyen la utilización del brazo y la mano derecha, por lo que puedo caminar usando un bastón. A pesar de todo, esta extremidad tampoco obedece correctamente a mis órdenes, como para indicar que no está muy de acuerdo con la situación. Tengo el ojo derecho cerrado y hablo bastante mal. Espero que la huelga se levante pronto... Es imposible conocer al mismo tiempo y con exactitud la posición de tu boca mientras me besas y la velocidad a la que late mi corazón. Esta mañana, mientras me dirijía a la biblioteca para cosultar unos viejos manuscritos, una mariposa se ha prestado para acompañarme en mi deambular por las estrechas e intrincadas calles.
Llegado a la puerta del edificio que era mi destino, me he quitado el sombrero y le he agradecido su compañía, a lo que ella ha respondido gustosamente mientras daba vueltas alrededor de mi cabeza:
-Gracias a usted por haberme permitido libar los pensamientos que escapaban de su cabeza llena de ideas. Esta tarde he encontrado, por pura casualidad, mi cerebro debajo de la cama. Lo había perdido hacía un par de semanas, mientras jugaba con él al escondite. Luego posiblemente mi madre me llamaría para hacer cualquier recado. Y lo dejé olvidado. Espero que a partir de ahora me rinda más estudiando. Y que los exámenes me salgan mejor... -¿Por qué te apagas? -gritaste al sol. Ayer por la tarde, cuando volvía en el bus a casa después del examen de la universidad, nos paró la Guardia Civil.
La verdad es que llevo 4 años cogiendo el bus para ira clase y nunca antes nos había parado la policía
Automáticamente, todos buscamos los billetes que teníamos arrugados en el bolsillo, pensando que quizá era una inspección.
Pero la señora mayor que había a mi lado se puso nerviosa. Vi como apretaba contra su pecho el amplio bolso que minutos antes descansaba a sus pies.
Dos agentes con un chaleco reflectante subieron, con cara seria, mirándonos a cada uno. Sabían a quién buscaban. Y cuando localizaron a la vieja, que miraba por la ventana, como intentando disimular, se pusieron ambos tensos.
Amablemente, me pidieron que dejara salir a la señora, a la cual ni siquiera dirigieron una palabra. Con sumo cuidado, uno de los agentes tomó el bolso, apartándolo de su cuerpo, mientras el otro cogía por detrás a la vieja, para inmovilizarle las manos, y la sacaba del bus, para meterla luego esposada en el coche-policía.
El autobús volvió a arrancar y todo el mundo comenzó a murmurar, excepto yo, que veía con la cara pálida una nube que había caído del bolso de la señora...  Hay veces en que la realidad se desconecta, sólo por unos momentos, y el pájaro muerto que te cruzas camino del bus levanta el vuelo. Y esa luna gigante que brilla en el cielo se acerca a ti y te deja que la toques, que la acaricies y le hagas cosquillas (le encantan las cosquillas). Y ese algodón que cae de los olmos a finales de la primavera se transforma en nieve caliente en pleno junio. Y los personajes de la obra de teatro que acabas de ver se convierten en reales, y la crisis económica que representaban sobre las tablas se hace cierta. Pero entonces, la realidad se da cuenta de su despiste y se vuelve a conectar. Y el pájaro cae del cielo como fulminado por un rayo. Y el país vuelve a explotar a los demás países pobres. Y la nieve de los olmos se transforma de nuevo en ese algodón que te da alergia y te hace estornudar... Y la luna vuelve a su sitio. Aunque continúa guiñándote el ojo... —Bueno, pues eso, buenas noches…
—Buenas noches, chaval, hasta pronto…
—Doro… creo que te quiero…
—Yo también creo que te quiero…
Y por mucho que me empeñe en escribir finales felices a esta historia, no consigo que tengan repercusión en la realidad, y me quedo con el sabor agridulce de tus labios entre las letras de una libreta de notas... —Bueno, pues eso, buenas noches...
—Buenas noches, ya nos vemos...
—¿Sabes? Ahora me tomaría una tarrina de helado de chocolate. Pero estoy seguro de que en mi casa no queda nada.
—Ahora que lo dices, a mí también me apetece bastante. Ya estoy cansado de esta dichosa dieta. A veces me apetece darme un caprichito.
—Podríamos... Podría coger el coche y nos vamos a buscar por aquí cerca algún sitio que esté abierto. Cómo echo de menos aquí los 24 horas... Pero a saber dónde hay que ir...
—Pues imagino que como muy lejos, hasta la gasolinera que hay bajando a la ciudad. Y sin más preámbulos, subimos en el coche que estaba allí al lado y nos dirigimos hacia la gasolinera, perdida a mitad camino entre los pueblos del interior y la ciudad. Aunque en realidad, estaba tan solo a 15 minutos desde dónde estábamos. El dependiente quedó un poco sorprendido al vernos llegar a esas horas. Y sobretodo al ver que sólo íbamos a por helado, que no queríamos ponerle carburante al coche. Pero nosotros le ignoramos. Compramos una tarrina grande de helado de chocolate. Y dos cucharas. Y nos fuimos. De vuelta a casa, en la torre del campanario del pueblo anterior al nuestro, sonaban las cuatro y media de la madrugada. —Creo que se nos ha hecho un poco tarde —dije pensando en las represalias paternas que sufriría al día siguiente. —Tranquilo, ahora nos comemos el helado y te acerco a casa. Por cierto, ¿dónde te apetece que vayamos a tomarlo? "Dónde tú quieras". Y dicho esto, cerré los ojos como si estuviera jugando a la gallinita ciega, y te pedí que me avisaras cuando hubiéramos llegado. Una vez noté que el coche se había parado, y tras haber superado la curiosidad que me había embargado, me permitiste mirar a mi alrededor, para comprobar que me encontraba en una de esas calles del casco viejo del pueblo, de las que se encuentran en la zona alta y desde donde se dice, que en los días claros se puede ver el mar. Ahora sólo se distinguía la luz que emitía la ciudad. Y sin embargo, el paisaje continuaba teniendo algo de mágico. —¡A comer! —sugerí para que no se me notaran los nervios. Y acto seguido, atacamos la tarrina por riguroso orden. —¡Te has manchado la barbilla, guarro! —¿No tendrás un pañuelo para limpiarme? —efectivamente, noté unas gotas de helado derramarse por la comisura de mis labios y descender hacia la barbilla. —Espera, que ahora te lo limpio yo... Y en vez de sacar un pañuelo, acercaste, lentamente, tu boca a la gota que estaba a punto de caer de mi mentón, para luego dejarme que probara aquel helado que en realidad era mío... —Bueno, pues eso, buenas noches... —¡Jo!, no me dejes así, no tengo ánimos para bajar ahora solo a casa. —Si quieres... si te apetece, puedes subir un rato a casa y hablamos... Pero no tenemos que hacer ruido, que mi familia duerme... Subimos por las escaleras y abriste despacito la puerta, para no hacer ruido. Entramos y fuimos directos a tu habitación. Una vez allí, nos sentamos cada uno en un rincón de la cama, y con la luz de una sola vela comenzamos a hablar, y pasaron los minutos. —Si no te importa, voy un momento a la cocina, que necesito beber un vaso de agua. —Tranquilo, ve, te espero aquí. Y cuando volví te encontré metido en la cama, con la sábana hasta el cuello. —Es que tenía frío y he pensado que aquí dentro dejaría de temblar. Continuamos hablando de nuestras cosas, de nuestros problemas en la uni, de nuestras preocupaciones con los amigos, de nuestros planes de futuro. Y de pronto yo comencé a temblar. Quizá fuera por tu proximidad. Quizá porque realmente tenía frío. —Métete en la cama... si quieres. Aquí se está calentito. —Ya, pero es que la ropa me molestaría... Y además, se está haciendo tarde. Aunque yo estoy muy bien aquí, y no estoy nada cansado... —Pues quítate lo que te moleste y te quedas un rato más hablando... Y mientras me quitaba la camiseta y los pantalones, vi tus ojos, que me contemplaban con deseo. Y al apartar la manta para dejarme entrar en la cama, te descubrí a penas vestido con la ropa interior... Y metí los pies dentro de la cama y encontré los tuyos, que tomaron los mío fríos, al tiempo que tus manos cogían las mías y comenzaban a acariciarlas, acercándote cada vez más a mi cabeza. Y tus mientras tus manos recorrían el trayecto que les faltaba, tus labios hacía ya unos segundos que habían encontrado los míos. Y fuera, el reloj del campanario daba las cuatro y media de la madrugada. Y la luna era llena...  Aunque sólo se tratase de una leyenda, aunque fuese genéticamente imposible, el monstruo había vuelto. Coincidió con los disturbios de la ciudad tras la tercera guerra. Al principio vagaba errante por entre los edificios, devorando a la gente que se escondía en los coches y acechando en la noche a los sin techo. Pero pronto el ayuntamiento tomó medidas. Habían probado de todo, todas las armas posibles e imposibles, y ni siquiera le habían herido. Así que recurrieron de nuevo a la leyenda. En un tiempo record construyeron galerías subterráneas en las afueras de la ciudad. Y consiguieron encerrarle en ellas. Ahora, cada año, 12 fornidos muchachos y 12 hermosas vírgenes, elegidas en un funesto sorteo, entraban en las grutas, como ratas en un laberinto, para aplacar el hambre de la bestia. Todos sabían que así, mantendrían contentos a los dioses... —Bueno, pues eso, buenas noches...
— ¿Me dejas que te diga un pensamiento sin calcular las repercusiones que pueda tener? —... —Tengo unas ganas impresionantes de besarte. Casi desde el momento en que nos conocimos. Entonces me cogiste de la mano, allí, en el portal de tu edificio, me guiaste escaleras arriba hacia tu casa, y mientras se cerraba la puerta calmabas mi sed con un vaso lleno del agua de tus labios. Un beso eterno que duró hasta las 4'30 am., hora en la que me fui corriendo a casa dejando olvidado, como la Cenicienta, una astillita olvidada en tu corazón... —Bueno, pues eso, buenas noches... — ¡Espera!, ¿te importaría que subiera y me das un vaso de agua?
—Venga, claro, sube. Y en cuanto cerraste la puerta, te paraste en seco, y yo choqué por detrás contigo. Y te giraste despacio, me miraste a la cara con esos ojos serios, y lentamente, centímetro a centímetro, fui acercando mis labios a mis sueños, para por fin cumplirlos. Y cuando el reloj del campanario dio las cuatro y media, salí corriendo sonriente de tu casa, dejándote entre sueños, colocándome la ropa recién puesta, pensando en el viernes, cuando volvería a verte... —Bueno, pues eso, buenas noches... O... ¿quieres subir un rato y hablamos? —Vale, ya sabes que no me gusta volver demasiado pronto a casa, que en el momento cierre la puerta, es como si se hubiera terminado el fin de semana. —Pues súbete un rato, y me haces compañía. Y entre vasos de agua y magdalenas y galletas, sonrisas chistes, confesiones y complicidad, sonaron en el reloj del campanario las 4'30. —Uy, cuando llegué a casa me van a matar... Mejor si me voy yendo... —¡Jo!, con lo bien que me lo estaba pasando... Bueno, ya nos vemos el... ¿el viernes? —Pues imagino que sí... Buenas noch... Y tu boca no me dejó continuar. —Bueno, pues eso, buenas noches —me dijiste en el quicio del portal de tu casa, con esa mirada tuya que no sé si me dice que te gustaría pasar las noches como estas conmigo o si realmente me estás despidiendo.— Ya nos veremos...
—¿Mañana? —pregunto con apremio.
—No, mañana tengo que adelantar cosas de la uni... Hasta el... el viernes.
Y yo por dentro gritando que no, que no voy a aguantar hasta el viernes, que voy a pedirte que me invites a subir a casa, con la excusa de beber algo, y luego robarte un beso en cuanto te descuides. Pero no, cierras la puerta, y me quedo allí solo, y me voy hacia casa, cabizbajo y (más) deprimido, soñando quizá despierto, con un solo beso tuyo. Ayer por la noche, mientras estaba en la cama, decidí que a partir de hoy, me miraría a mí mismo desde fuera, como si fuera un perfecto extraño para mí mismo, para así analizar mis actos y comportamientos. Los descubrimientos que estoy realizando son asombrosos. No era consciente de muchas tonterías, inutilidades y guarradas que hago. Este individuo que parece que no conozco y soy yo, piensa y actúa como un enfermo mental, como un depravado. Corre tras las faldas y los pantalones de la primera "nenita" de ojos claros y pelo rubio que se cruza por la calle. En la intimidad de su habitación, o cuando se cree no observado, se hurga la nariz y luego hace pelotillas con los mocos que saca de esas prospecciones petrolíferas. Se masturba con frecuencia pensando en amigas y desconocidos. Grita a su hermano pequeño e ignora al mayor. Se arranca los pelos uno a uno en la cama, mientras lee. No estudia...
Comienzo a asustarme de mí mismo, aunque me he obligado a continuar con la observación, aunque creo que tendré que extremar las precauciones para no darme cuenta de que me espío. Continuaré informando...  Esta mañana me sentía tan vacío que comencé a flotar por el techo de la habitación, y hasta que no me llené los bolsillos de botones, no conseguí volver a poner los pies en el suelo... Al tiempo que abría el portón con la llave plateada que llevaba siempre colgada del cuello, me invadió un fuerte olor a cerrado. Hacía casi tres meses que no ponía los pies por allí, y se notaba en el polvo acumulado sobre los muebles.
Tras dejar mis baúles en la habitación de la torre, corrí al gran salón para encender la chimenea, pues el ambiente era frío.
No había luz, ni la habría en los próximos 14 días, por lo que tenía que deambular por las estancias con una lámpara de aceite hasta que saliera al jardín junto al bosque para recoger unas cuantas luciérnagas, que volverían a dar vida y a iluminar el palacio una vez volaran libres por el techo.
En mi continuo deambular por los pasillos, crucé en varias ocasiones algún espejo, que las primeras veces aún me devolvió la imagen de un chico de cabellos rizados, nada que ver con la cabeza redonda tapizada con un césped de pelo corto que lucía desde el fin de semana.
Y tras realizar las comprobaciones de rigor, bajar al bosque a por algo de leña y recoger en una botella de conserva un algunos centenares de coleópteros luminosos, me deslicé entre la alfombra y una mullida manta, frente al fuego, y me abandoné con un libro, rodeado por aquellos muros de melancolía cristalizada mientras, allá arriba, la Tierra aparecía por el horizonte. Anoche, mientras volvía a discutir contigo, sentí una sensación muy extraña. Fue como si, de momento, fuera consciente de una parte de mí que hasta entonces ignoraba.
Y cuando colgué el teléfono, durante unos minutos, quedaron abiertas frente a mí las puertas de la locura.
Ahora, tengo miedo de volver a mirar en su interior...  No sé exactamente qué está pasando en el mundo últimamente, pero imagino que debe ser algo grave. Tan importante y tan grave que el otro día me crucé por la calle con un payaso que no podía dejar de llorar. Y no lloraba con ese llanto que tienen a veces los payasos que a los que los vemos, nos causa gracia. No. Era un llanto amargo, que hacía que todos los que estaban a su alrededor estallaran a su vez en el más sentido de los llantos. Paseando por la avenida de la gran ciudad también me encontré mimos que no dejaban de hablar. Y músicos que tocaban melodías desafinadas con instrumentos medio rotos... No sé exactamente qué está pasando en el mundo últimamente... O igual lo que está pasando, ocurre en mi cabeza, y hace que vea el mundo en grises y negros...  Me encanta caminar sobre la sombra que en el mar dejan las núbes... La noche en que pasó el cometa, yo estaba tranquilamente cenando un plato de lubina a la sal.
De momento, mamá comenzó a gritar, ¡FUEGO!, ¡FUEGO!, y a dar saltos por toda la casa. La verdad es que yo me cabreé bastante, ya que acababa de llegar de la universidad, y estaba bastante cansado, por lo que sólo quería cenar tranquilo para acostarme pronto y leer hasta las mil.
Cuando 20 segundos después, comprobé que mamá no dejaba de gritar, y además, se habían añadido a sus berridos los de mi hermano pequeño, decidí asomarme al balcón, lugar en el que se encontraban para reñirles, ya que estarían llamando la atención en todo el vecindario.
Pero cuál fue mi sorpresa al salir al exterior y descubrir el cielo completo en llamas...
Para ser sincero, debo decir que desprendía un calorcito muy agradable, puesto que estábamos en uno de los eneros más fríos que había vivido. Y además el espectáculo era sorprendente. Al igual que sorprendente era ver que había infinidad de personas en la misma situación que mi madre y mi hermano.
Me quedé contemplando el cielo cerca de 3 minutos, como embelesado, y cuando me cansé, me metí en el comedor, dispuesto a terminar mi cena... Las nubes, que habían estado cubriendo el cielo a lo largo del día, decidieron apartarse para dar lugar al anochecer. Y casi al mismo tiempo que desaparecía el último nimbo por un lado del horizonte, por el otro, por el este, la luna, aún llena, se desperezó y asomó sus ojos juguetones.
Una inmensa luna llena, argéntica, que fue dejando que la tierra se le interpusiera en su contemplar eterno al sol. Una luna llena, brillante, que fue haciéndose más chica poco a poco. Una inmensa luna llena que quedó a oscuras unos minutos después, resplandeciendo en rojo apagado, rojo que sería pasión si no estuvieras ahora tan lejos...
Hace 22 años y unas horas, una señora muy joven y muy guapa dormía ya abrazada a su hijo recién nacido, que era yo... Hoy me apetece darle las gracias, aunque sé que no va a leer estas líneas. Porque aunque discutamos mucho, la quiero... Los lápices parecen guardar una inspiración especial, que se termina junto con la punta afilada... Hace un momento. Cuando estábamos haciendo el amor y he llegado al orgasmo, he notado un picotazo en mi pene. Ahora, comienza a nublarse mi vista…  Esta mañana bien temprano, antes de amanecer, me he asomado a la ventana de casa para ver qué tiempo hacía, y al levantar la cabeza al cielo, he visto como Orión me guiñaba un ojo... Bajo la inofensiva apariencia de una consulta de un dentista (si es que un dentista puede llegar a parecer inofensivo), se escondía algo más oscuro y macabro.
Los vecinos entendían, o se empeñaban en querer entender, que los gritos, lloros y lamentos eran debido al dolor causado por las muelas tocadas, los incisivos sin espacio para crecer y demás.
Y sin embargo, la vecina de enfrente no podía evitar derramar unas lágrimas cada vez que veía llegar algún niño, de la mano de un desconocido, sin saber que ya nunca más volvería a salir… Sus besos fueron algas enredadas en agua de mar. Algas en dos mares que se encuentran.
Algas.
Sí.
Extracto de "La voz dormida", Dulce Chacón Todas las noches, frente al espejo, ensayaba los sentimientos que quizá no había controlado correctamente durante el día y posiblemente fuera a necesitar al día siguiente.
Así, desnudo, ante un espejo plateado y envejecido que ocupaba la totalidad de la pared, veía como su rostro dibujaba sonrisas de alegría; hacía aparecer lágrimas de pura tristeza; se marcaban arrugas en su frente para ensalzar toda su ira…
De esta manera, con todos los sentimientos bien amarrados y entrenados, se sentía verdaderamente seguro y armado para continuar en este mundo… Desde hace un par de días vengo comprobando que estoy perdiendo la conciencia de mi propio cuerpo, que estoy desconectándome de la realidad física. Anoche, mientras preparaba un vaso de leche, pude ver que todos los movimientos que realizaba eran, de alguna manera, reflejos y mecánicos, que en realidad, ni siquiera apreciaba el peso del tarro de cacao o de la taza de cerámica. Que esta misma taza de cerámica no caía al suelo por simples leyes estadísticas que jugaban en su contra, y no porque yo la detuviera. Mi cuerpo, más tarde, se introdujo en la cama, como si fuera un simple reflejo motor más, mientras mis pensamientos vagaban libres en cualquier dirección, en cualquier otro lugar apartado de mi habitación, de anoche... Así os pido, por favor, que me ayudéis a mantener los pies en el suelo. Porque es tan difícil... Advertíase en aquella ciudad una disposición muy especial de sus torres, cúpulas, rascacielos, minaretes,... Todos los edificios más elevados de la ciudad se hallaban situados alineados a lo largo del territorio, de manera tal que en las noches de luna llena, el discurrir del satélite plateado se realizaba sobre estas cúspides.
Curioso era también el hecho de que sobre cada una de estas cimas de la ciudad, había una cama con dosel, preparada con sábanas de seda teñida de negro, que se confundía con la negra noche. Los extranjeros y visitantes ocasionales de la ciudad se extrañaban al percibir todo esto; pero los habitantes conocían el secreto. Y es que en las noches de luna llena, hombres ricos, cardenales, imames y poderosos empresarios y mercaderes, subían a las torres de estos edificios y esperaban a que la misteriosa y argéntica dama, apasionadamente, les hiciera el amor... Sé que el mundo que me rodea, este en el que escribo un cuento cada día, es sólo uno de los muchos mundos imaginarios que mi mente inventa entre otras ensoñaciones... Es sólo el mundo que aparece cada vez que no tengo los ojos cerrados.
Aunque tampoco éste es cierto. O lo es, junto con todos los demás, los que, también inventados, me acompañan siempre que duermo, sueño despierto y dormido, imagino, invento, escribo...
Pero lo siento mucho por todos vosotros, amigos, compañeros, familiares y desconocidos miles del mundo. Pues desapareceréis, al igual que las hadas, cuando muera...
O pero aún, cuando crezca y deje de imaginaros... Las mujeres del fondo del mar me miran con sus caras azules y sus melenas doradas ondulantes... Me piden que me acerque. Que las bese. Sus labios también están azules. O más bien verdosos.
Las algas de sus alrededores se mueven al ritmo de su pelo. Al ritmo de las olas. Al ritmo del mar...
Los barcos hundidos que las rodean se llenan de nuevos inquilinos, peces de todos los colores y tamaños, pulpos gigantes aguardando el tesoro... Mientras, los marineros ahogados aún pasean por la cubierta, esperando que el capitán les mande algún día izar de nuevo las velas y recoger el ancla... Para surcar el mar hasta el horizonte. Y continuar hasta la luna...  Tras el incidente de la nube del otro día, decidí hacer recuento de mis pertenencias, para ver qué otras pérdidas importantes había sufrido en los últimos años... Así descubrí, entre sorprendido y asustado, que ya no encontraba a penas inocencia dentro de mí. También eché en falta algún que otro amigo, algún que otro hermano. La infancia, la virginidad, canicas de colores... La lista era grande. Pero no estaba dispuesto a hundirme, así que pensé en todas las otras cosas que había ido encontrando a lo largo de mi caminar. Ahora sonrío... Belcebú acaba de decirme que continúe así... Esta mañana, mientras caminaba por una de las calles peatonales de la universidad para ir de una clase a otra, se me ha caído, en un momento de descuido, una nube del pelo...
Menos mal que un chico amable, que iba justo detrás de mí, la ha recogido y me la ha devuelto enseguida.
Lástima que ya no se quiera quedar entre mis rizos. Ahora tendré que guardarla en la botella de cristal grande, de las que antes utilizaba mamá para poner las conservas, junto con otras nubes, alguna que otra lágrima y dos o tres estrellas pequeñas a punto de apagarse...  Ayer descubrí el secreto de mi hermano mayor. Fue sin querer. A media tarde, cuando terminé de utilizar el ordenador, salí al comedor a decirle que ya podía volver a su habitación. Y entonces le sorprendí... No sé si es que no tuvo tiempo para esconderse. O si yo había sido sigiloso y él no me había escuchado acercarme. O si simplemente estaba cansado de esconder su secreto en el armario... Pero la cuestión es que lo pillé... ...viendo capítulos grabados de "Los Serrano"... Al principio se puso rojo como un tomate. Yo le pregunté, como si no me hubiera dado cuenta de nada, qué era lo que estaba haciendo, y él, tropezando, intentó apagar el vídeo. Pero no le dejé. Mi primera reacción fue de intransigencia. ¡Mi propio hermano era de "esa clase de personas"! No sé, la situación me sobrepasó y me puse nervioso, todo eran recriminaciones. Y él se derrumbó, comenzó a llorar y me lo confesó todo. Pero luego me di cuenta de que, al fin y al cabo, no era tan malo. De hecho, hay muchas personas con su misma condición. Le di mi apoyo y él, más tranquilo, se alegró por mi aceptación. Le he dicho que si lo necesita, puedo pedirle cita en mi psicólogo, para que se acepte más a sí mismo y que pueda vivir feliz con su desviación. Y le he dicho también que si algún día quiere, le ayudaré a contárselo a nuestros padres, intentaré que se lo tomen lo mejor que puedan. ... ... Lo que no acaba de parecerme bien es que él y su novia (que es de su misma "inclinación"), adopten un niño... A saber cómo podría terminar el pobre chaval viviendo con unos padres así de degenerados...  En la torre del astrónomo loco, todas las noches se oyen gritos desgarradores. Y la luz de cientos de velas alumbra con un resplandor dorado el resto de tejados del pueblo. En la torre del astrónomo loco, hace años, murió una joven bella, esposa del astrónomo, que por aquel entonces aún estaba cuerdo. Murió en circunstancias extrañas, una noche de luna nueva en la que ni el alcalde ni el alguacil pudieron ser localizados hasta las 8 de la madrugada, hora en la que aparecieron con el gesto serio y las caras blancas, como si hubieran visto al mismísimo demonio. En la torre del astrónomo loco, de vez en cuando, se cuela algún niño sin miedo, y vuelve tiritando de pánico. Confiesa, después de haberse recuperado de las zurras de su madre, que hay allí un cuerpo de una señora, blanco, áureo, sobre una repisa con cientos de velas. Cuenta también que el astrónomo loco, dormido sobre su escritorio, habla entre sueños, en voz apenas audible, y en un idioma que nadie ha escuchado antes, con sonidos guturales y violentos, y chasquidos de garganta... En la torre del astrónomo loco pasan cosas muy, muy extrañas... Parecía como si la nieve que había caído durante la noche se hubiera depositado en una capa sobre el pueblo, y el calor del día estuviera derritiéndola poco a poco, creando una llovizna que no mojaba, pero que acababa calando al cabo de unos minutos... Me levanté, junto con el sol que se desperezaba, cuando los primeros indicios de claridad aparecían en el horizonte. Sudoroso y desnudo fui directamente a la terraza del ático, desde donde pude ver una gran luna llena, repleta de cráteres, que aún conservaba su resplandor argéntico a pesar de la luz del ambiente. Y entonces la escuché claramente...
Una voz de mujer, sensual, deliciosa, acompañada de violines suaves que me envolvían, de trompetas que rebotaban en mi torso, y la batería, que tranquilamente marcaba el ritmo de la canción y de mi corazón.
Comencé a caminar sobre los tejados de las casas vecinas, siempre en línea recta, sobre la urbe que se alzaba bajo mis pies. Perseguía, cegado, esa voz que erizaba cada uno de mis pelos.
Completamente excitado, la encontré en el centro de la ciudad, en un jardín sobre un edificio, rodeada de velas que ya de nada servían, regando las orquídeas. Y esperándome...  Había humo en el ambiente. Las mesas redondas, repartidas ordenadamente por toda la sala, dejaban un espacio rectangular en el centro de la estancia; la zona de baile, donde parejas se movían rítmicamente al son de la música. Y un poco elevados respecto al resto de los asistentes, sobre un pequeño escenario, la banda tocaba jazz. Nos despojamos de todo resto de color en la entrada, junto con nuestros abrigos y gabardinas. Y todo esto fue almacenado en el guardarropa. Así pues, éramos todos figuras en blanco y negro e infinitas tonalidades de gris. Sentados, frente a frente, sólo una mesa con una vela torcida en un vaso se interponía entre nosotros. Y entonces, Billie salió a cantar...  Despertó agitado en mitad de la noche, sudoroso y respirando aceleradamente. Y entonces lo vio... Un gran ojo le vigilaba a través de la ventana de la habitación. Aunque al sentirse descubierto, se apartó rápidamente. Desde entonces tiene miedo... No sé cómo ha comenzado a pasar, pero desde hace unas semanas, han tomado ellos el control, y no puedo hacer nada para evitar que digan cosas obscenas, o que adulen, o que lloren, o que rían oque griten. Hablo de mis cuentos...
Al principio todo era fácil. Sólo tenía que sentarme con la libreta en una mano y el boli en la otra, y pensar en un tema. Casi cualquier tema rea bueno. Una frase escuchada en medio de una película, sacada de un libro o rescatada de alguna canción eran una buena excusa para comenzar un nuevo cuento. Pero hace poco comenzó a pasar algo extraño. Los cuentos salían cuando ellos lo deseaban, y no cuando yo quería. De pie, en el bus, camino del centro, sentía unas irrefrenables ansias de escribir. Y tenía que sacar la libreta o coger el móvil y comenzar a escribir. O paseando por la universidad. O justo antes de acostarme. O mientras comía... Y comenzaba a garabatear una nueva historia, con urgencia, como si tuviera prisa por salir de mi cerebro; como si temiera enredarse entre mis dedos.
Y mejor no hablar de la poesía... De vez en cuando, los textos que escribo toman forma por sí solos, y se separan en párrafos cortos, y me descubro a mí mismo intentando encontrar un ritmo a las frases, una cadencia...
Así que desde aquí lanzo un mensaje de auxilio, para que me rescatéis del dominio de estos cuentos, que sólo de vez en cuando, me dejan momentos de lucidez como este... Caminó hasta lo alto de un monte que había apartado de la ciudad. Subió, cargado solamente con una pala y una botella llena de agua cristalina, atados ambos elementos a la espalda para no molestar a la hora de subir los peñascos.
Cuando llegó a lo alto, justo en el punto en que dominaba todo el valle, comenzó a cavar un pequeño hoyo. Cuando lo hubo terminado, se desnudó por completo, metió sus pies en el hoyo, y los enterró con la tierra que quedaba del agujero. Y vació el contenido de la botella sobre la tierra removida.
Poco a poco, su piel comenzó a agrietarse y oscurecerse. Poco a poco, sus cabellos se ensanchaban y adquirían tonalidades verdosas. Poco a poco, sus brazos se fueron ramificando, y de pronto tenía 4 brazos, y unos minutos más tarde, tenía 32.
Cuando salió la luna llena, en lo alto de la colina se podía apreciar una preciosa encina recortada contra el horizonte… La primera vez que dormí abrazado a ti, a tu lado, me asaltó el temor de despertar desnudo y con los bolsillos vacíos. Temí despertar y comprobar que sólo habías jugado conmigo para robarme... Efectivamente. Al abrir los ojos, noté que ninguna ropa cubría mi cuerpo frío, y caí en la cuenta de que me habías robado... el corazón. Entramos en tu casa bastante tarde, serían sobre las cinco, y fuera la noche dejaba de ser oscura y se distinguía cierta claridad en el horizonte que marcaba el amanecer. Entramos de puntillas y de la mano, y besándonos a cada dos pasos. Me metí en tu habitación mientras entrabas a decirles a tus padres que ya habías vuelto. Yo te esperaba ansioso y desnudo bajo el edredón nórdico que siempre terminaba manchado y guardando mi olor, como decías siempre, cuando ya me había ido de la cama...
Cuando apareciste por la puerta, me pediste que no hiciera ningún ruido acercando el índice a los labios y chistando suavemente. Te desnudaste frente a mí, lentamente, recreándote en cada movimiento, deteniéndote en cada prenda. Y por fin te metiste en la cama a mi lado. Jugamos a susurrarnos, a acariciarnos en silencio para que tus padres, que dormían en la habitación de al lado no nos oyeran. Jugamos a decirnos mentiras, tú diciendo que me querías; yo diciéndote que te amaba. Jugamos a olvidar el amanecer. Y jugamos a olvidar el resto del mundo. Sólo tus caricias, mis besos, tú y yo. Cuando tus padres se levantaron para ir a trabajar me escondiste bajo el edredón. Y cuando por fin salieron de casa, hicimos el amor. Despacito. Con holgazanería. Dice el de abajo que no sabe controlarse, que ha perdido las ganas de estar con nosotros. Que no es que no nos quiera, sino simplemente que no encuentra el momento de pasar un rato con todos, y cuando lo tiene, decide irse. Yo no sé porqué, no soy un psicólogo para deducir sus razones.
Dice el de abajo que siente como se distancia, pero que no sabe cómo aferrarse a nosotros. Dice que ha dejado ir la confianza en todos, y que no sabe muy bien cómo recuperarla, y si aún está a tiempo. Yo no lo sé, no soy un terapeuta para deducir qué deberíamos hacer. Pero dice el de arriba que quizá sean celos. O quizá se trate de un proceso natural, al fin y al cabo no es la primera vez que tiene que decir adiós a un amigo, dice. Y sin embargo, el de arriba aún sostiene que se ahogan confesiones en su garganta cada vez que caminan juntos en silencio. Dice que le echa tanto de menos... Y de la oscuridad naciste tú, llena de luz y de sabiduría, preparada para abrazar a la humanidad. Y de la oscuridad naciste tú, repleta de vida y de sentimientos, anhelando un nuevo amor. Y de la oscuridad naciste tú. Aunque no tardaste en volver a sumirte en la negrura eterna... Y ahora, de nuevo, vuelta a la (sub)normalidad
Tengo un pequeño secreto que no he dicho nunca a nadie, y que espero que nunca nadie llegue a conocer.
Y es que cuando mis padres salen de casa por las tardes, cuando está atardeciendo y se queda por todas las habitaciones ese resplandor rojizo casi mortecino, puedo convertirme en fantasma. Sí, sólo con cerrar los ojos y desearlo fuertemente, mi cuerpo se desvanece y me vuelvo etéreo, prácticamente aire. Entonces me dedico a vagar como alma en pena por mi casa. El problema es que es bastante pequeña, y pronto termino de recorrer las habitaciones con mis ruidos de cadenas. Llego a resultar casi patético...
Cuando vuelven mis padres, regreso a mi estado normal. Y ellos me dan un beso en la frente y me voy a la cama como un chico bueno...  Te lo prometo. Normalmente, yo duermo de un tirón, toda la noche. Si acaso, me levanto sobre las tres para ir al cuarto de baño. Y en verano, para abrir la nevera y beber agua fresquita. Pero esta noche, no podía evitar despertar cada 20 minutos, para asegurarme de que aún continuabas a mi lado. Y si no paraba de moverme, sólo era para abrazarte más fuerte y que no te me escaparas, junto con la noche, al amanecer... Una semana después de que comenzaran su relación, tuvieron que ingresar a uno de los dos con una anemia que casi le quita la vida. Puede que sus besos saciaran por completo el hambre... ... pero no llegaban al estómago. Fue en el momento en que probó su máquina del tiempo cuando descubrió que no existía en el pasado... En su primer viaje quiso asistir a su propio crecimiento, espiar los momentos clave de su pasado. Así, intentó acudir a su nacimiento, pero no encontró en el hospital a su madre el día señalado. Extrañado, fue hasta aquel día en que cayó desde el tejado de su casa y pasó 3 meses en coma, hecho que le había marcado profundamente. Aunque esto, en la línea temporal que estaba viendo, tampoco pasó. Con el buscador genético que había inventado tiempo atrás, intentó localizarse a sí mismo, pero los resultados eran claros... No existía. Así, tras unos meses sumido en una profunda depresión, un día despertó con la solución. Se encerró en su laboratorio y perfeccionó la que sería su mejor obra: él mismo. Tomó un par de sus células, y tras la extracción de los núcleos, se clonó a sí mismo. Aceleró su desarrollo lo detuvo a los 20 años. Entonces, con un potente programa informático, introdujo todos aquellos recuerdos que tan claros tenía en su mente y dejó al ser (¡a sí mismo!) durmiendo en su cama, en el pasado. Entonces regresó a su tiempo y vivió tranquilo, sabiendo que por fin, volvía a existir...  Cuando el león terminó de formular su deseo (pidió algo de valor, el muy estúpido) el viejo señor que se hacía llamar mago se me acercó: —¿Y tú —preguntó acercando su rostro que olía a whisky y habanos— qué es lo que quieres? Pareces una persona normal... ¿acaso deseas regresar también a tu hogar? Tuve que contener las ganas de escupirle que sentí en el momento en que noté como, disimulando, había rozado mi nalga derecha. Todo fuera por la causa justa que me había llevado allí. —Yo, lo que realmente deseo, es que desaparezcan todos los farsantes y mentirosos. Dicho esto, y con un sonido similar a un "pluf", desapareció el mago de nuestra vista...  Entonces el hombre preguntó a la esfinge: —Dime, oh, divinidad que todo lo sabe, ¿cómo puedo hacer para llegar a hallarle? —Le verás —contesó la figura, recostada— y no serás capaz de reconocer en él tu salvación... Dicho esto, volvió a convertirse en estatua de roca. Y el hombre lloró amargamente.  El baile fue maravilloso. Todos estaban vestidos con sus mejores galas. Pomposos trajes de época, bonitos disfraces de arlequín. Incluso había alguna pareja de marineros comiéndose a besos por los rincones. Y todos con la máscara puesta, el único requisito que se había impuesto para poder asistir a la fiesta. Pero cuando las campanadas sonaron anunciando la entrada del miércoles de ceniza, y las caretas comenzaron a caer, quedé horrorizado al comprobar que nadie en aquel salón tenía rostro. Ni tan solo yo... Soy el último de mi clase. Todos los que fueron como yo antes, murieron ya hace siglos. Pero yo he conseguido alargar mi existencia. Soy el único que queda de los conocedores del secreto. Hace ya casi eones, mi gente, los que eran como yo, descubrimos el secreto de la eternidad. Y desde entonces, fui por el mundo alimentándome de lo que vosotros, los humanos, me podíais administrar... ...la música...
...Normalmente, el proceso es siempre igual. Primero adopto la forma de un chico joven, algo desgarbado, tampoco demasiado atractivo. Y selecciono mi objetivo. Con mis artes, le atraigo a mi trampa. Y comienzo a alimentarme de su música. Absorbo toda la música que tienen. La almaceno en los compartimentos de mi intelecto. La saboreo lentamente. Y después, cuando ya sólo me pueden dar los latidos de su corazón, también me alimento de ellos... Y mueren. Pero este, el nuevo, me está venciendo. Sospecho que descubrió mi secreto. Quizá susurré algo entre mis sueños. Quizá leyó las marcas de mi cintura. Puede que tradujera los signos de mis brazos. Pero sus ritmos, sus sonidos y músicas no se agotan nunca. Y es que este chico, el nuevo, me ha atrapado para siempre... Hemos decidido echar al director de nuestra banda. Después de 30 años dirigiéndonos, y recién cumplidos los 65, hemos creído que era lo mejor. Y a decir verdad, en los últimos años, la banda ha tenido un declive artístico. Muchos resentimientos por parte de los músicos más veteranos. Y la gente joven, que no se adapta a los viejos métodos. De todas maneras, la principal causa de la situación fue el encontrar al director desnudo, entre dos enormes bajos metálicos, y con un helicón alrededor de su ancho vientre. La música ya no le estaba haciendo ningún bien... Ahora, el problema es encontrar un nuevo director. Yo he propuesto poner carteles en los supermercados, de esos con trocitos cortados al final con un número de teléfono apuntado. Así, las madres de los directores los cogerán, y se los llevarán a sus hijos directores. Pero y no sé muy bien a qué supermercados van a comprar las madres de los directores. Gran problema.  -Después de hablar con mi secretaria y consultar la agenda, he encontrado un hueco para ti en mi corazón desde el lunes hasta la eternidad... De nuevo, con todos ustedes. Último Hombre Feliz con otra de sus colaboracionesDesde la ventana de su habitación espiaba lo que hacían los otros. Las paredes estaban atiborradas de notas, fotos, dibujos y recuerdos de emociones intensas. Era su colección de momentos. Se dedicaba a esperar a los demás, a estudiar sus sentimientos, a recoger sus pensamientos y guardarlos para que nunca se perdiesen esos instantes. Los contemplaba sin que nadie la percibiese, como un fantasma, etéreo e insustancial. Un mal día, su ventana se rompió y no pudo ver a través de ella más que negrura. Pero en ese cristal negro pudo apreciar su propio rostro, agrietado por la erosión, pálido por la falta de sangre. Esa vez más que nunca se sintió un espectro, vacío y translúcido. Comprendió. Arrancó todas sus fotos, quemó todas sus notas, tiró todos sus dibujos. Salió a la calle a vivir su propia vida, para llenar su pared de los momentos especiales que viviría... P.D. (pensamiento del día): “Imagínate algo en 15 segundos... Si no lo consigues, deberías ver menos televisión.” Hay días en los que me levanto completamente invisible. Normalmente no me doy cuenta hasta después de almorzar, cuando me meto en el cuarto de baño a asearme y frente al espejo descubro que no existo. Antes, me habré vestido, pero estoy tan acostumbrado a mi cuerpo (o tan dormido aún) que ni me doy cuenta de que soy completamente transparente. El bus es una de las partes peores de esto de la invisibilidad, ya que de pronto se te sienta encima alguien, y al notar la resistencia del aire, se acuerdan de mí: -Uy, ¡estás aquí!, es que como no te había visto... Si no me encuentro con demasiadas ganas, me siento por el fondo de clase cuando llego a la universidad. Así, puedo pasar completamente inadvertido. Yo, mis libros, mis cuentos y mis fantasmas. Pero esta mañana, que ha sido uno de esos días que me levanto invisible, me he quedado anonadado al ver, allá al final de la cafetería de la facultad, a un chico invisible como yo... Cuando despertó, el diablo aún estaba allí. —¿Aún no te has ido? —pregunté algo molesto. —No puedo dejar de pensar en lo que dijiste anoche. No termino de comprender tus razones para no querer venderme tu alma. Te lo ofrezco todo, riquezas, amor, sexo, fama... Todo aquello que más desees... Y sin embargo, ¡tú prefieres tu pequeña libreta y tu bolígrafo!  Anteayer, leyendo en el periódico cualquier noticia sobre el recién inaugurado ARCO, me vino a la cabeza la idea de una escultura preciosa y completamente original. Pero como no sé esculpir, decidí olvidarla. Ahora no recuerdo ni en qué consistía... Presentando a Último Hombre Feliz
Añadió las uñas de vampiro (Desmondus rotundus) y las escamas de quimera (Chimera monstruosa) y la pócima estuvo completada. Pronunció las palabras sin escritura de la perdida lengua de los hombres altos y arrojó el vial a la hierba. El portal se materializó Abrió los ojos y contempló, con pesar, su última obra, su último mundo. Él había creado aquel paisaje. Creó los desiertos de cristal y los mares dorados. Dio vida a los bosques de Marn y muerte a los basiliscos del este. Era, sin duda, el mejor de todos los mundos que formó, lo echaría de menos. Pero no lloraría. No lloró cuando tuvo que derrumbar las estatuas de bronce de Kram-Ann. Ni se mojó su rustro cuando los trasgos blancos arrasaron su querida Nairim. No lloraría por la más bella de sus hazañas. Ahora marcharía a arreglar otro de los mundos en desorden. Tan solo un planeta, al que llamaban vulgarmente "Tierra". —Adiós, Brauk. Te invocaré al otro lado. —Dejó a su dragón justo antes de penetrar en el vórtice. Optimista. Sin saber que ésta vez sí nacerían lágrimas en sus ojos grises.  Cuando se dio cuenta de que no había nadie en el planeta capaz de devolverle todo el cariño que necesitaba, se refugió en las novelas de grandes romances y pasiones. Así, suplió sus carencias de amor, besos y sexo. Pronto dejó de hacer deporte, pues le bastaba con abrir cualquier novela de viajes o aventuras para comenzar a sudar, respirar aceleradamente y sentirse mejor. Con los libros de cocina llenó su estómago; con cuentos pobló sus noches de sueños, y de vez en cuando, leía alguna historia de terror para saciar su hambre de pesadillas. Un tiempo después, sólo apartaba la vista de sus libros para ir al cuarto de baño...  Una de sus mayores diversiones era salir a cazar. Cuando ya hacía unas cuantas horas que había anochecido, se echaba encima las membranas de las alas de algún dragón muerto tiempo atrás y encendía una vela y la introducía en un recipiente de ámbar casi opaco, pues no quería espantar a sus presas. Con esto, y con una gran sábana de seda negra tejida por las arañas del bosque milenario, se adentraba en las grandes praderas que se extendían más allá del lago. Se movía sigiloso por entre la hierba. Había descubierto que el ligero zumbido de sus alas espantaba a los bichejos, por lo que tenía que practicar sus artes andando. Con mucha cautela, se arrastraba intentando ocultarse entre la espesura de las briznas. Y cuando detectaba un grupo importante de presas... ¡zas! Lanzaba la sábana al aire, que caía sobre los insectos y los atrapaba. Ya de vuelta en casa, antes de que amaneciera, cerraba cuidadosamente todas las ventanas y orificios de la estancia. Y las dejaba libres. Una a una, las luciérnagas se desperdigaban por el techo, primero con sus luces apagadas, y conforme iban adaptándose al nuevo ambiente, iban recuperando el fulgor de sus abdómenes. Así, con un cielo propio dentro de casa, podía dormir tranquilo hasta pasado el medio día. Aquella tarde fue al parque, como solía hacer cada tarde, a la salida del trabajo. Se acercaba ya la primavera, y el sol aún le regalaba unas cuantas horas de luz y calor, por lo que se quitó la chaqueta y se sentó en el banco del rincón a leer. Aquella tarde, como cada tarde, abrió el grueso libro que estaba leyendo, más para disimular que para leer. Y con el libro entre las manos, comenzó a observarla de nuevo. Aquella tarde, como ocurría normalmente, ella hacía punto en un banco alejado que se encontraba lejos de dónde se hallaba el señor que simulaba leer. Hacía punto y vigilaba a su hijo, que jugaba apaciblemente con sus amigos, disfrutando del calor de la primavera que se acercaba, pero además, fijaba su atención en el misterioso señor, que cada tarde acudía a su cita nunca pactada, aunque respetada por ambos. Pero aquella tarde, sorprendentemente, el señor se levantó del banco, dejó su libro, y para el asombro de todos, echó a volar... La profesora abraza al alumno, al amparo de una sábana negra de seda, que más que esconder, remarca aún más la desnudez de ambos. Ella es algo más mayor que él, pero la barba de dos semanas que luce el joven le hace parecer casi un adulto, por lo que las respetables señoras no se escandalizan al verles caminar juntos de la mano cuando salen a la calle de la ciudad. Ahora él susurra la letra de alguna canción que suena, siempre en inglés, mientras ella no puede dejar de sonreír al imaginarse, unas horas atrás, uno en el pupitre y otra impartiendo cualquier lección de gramática. Se dormirán, juntos y unidos, unos minutos antes de que salga el sol, mientras en el ordenador encendido suena cualquier melodía africana, que hará que confundan los tambores primitivos, con sus propios latidos del corazón...
A Ana, por Enseñarme a ser persona, y por enseñarme a aprender...
Pd.: Si tenéis eMule, y queréis disfrutar de mis ya típicos discos de San Valentín, pinchad el enlace que hay en la parte de arriba de la barra de la derecha...  La cuatro brujas se arremolinaban en torno de la marmita. Por turnos, iban añadiendo ingredientes para la preparación del brebaje: -Lengua de sapo, para que la elocuencia nunca le falte. -Alas de buho gris, para que la libertad siempre esté presente en él. -Espinas de rosa, para que, aunque bello, mantenga las distancias con los que le rodean. -Estaño fundido, para que se fuerte y robusto... Removieron y agitaron la poción, y avivaron el fuego, para que el caldo fuera consumiéndose lentamente a lo largo de la noche, que pasaron danzando y cantando bajo la luz rojada y blanca de las dos lunas llenas... Cuando ya sólo quedaban unas gotas en la gran marmita, las tomaron con cuidado y las untaron sobre la figura de barro que habían construido la tarde anterior. Después de recitar unas palabras mágicas, el ser comenzó a tomar vida... Hay un baúl en el armario de la buhardilla, bajo un tul de seda de miles de colores, que esconde millones de secretos. Hay un libro viejo, de tapas de piel, dentro del baúl, que cuando es abierto al azar (¡sólo cuando se abre al azar!) muestra cómo se está escribiendo la Historia. Hay una nota roja en el libro guardado en el baúl del armario de la buhardilla, que indica el momento justo en que me besaste por primera vez... En los días con mucha niebla, aquellos en los que los contornos de los objetos no estaban bien definidos y no se veía a penas lo que había dos pasos más allá de uno mismo, en esos días tristes le gustaba salir con sus viejas cometas y lanzarlas al aire, intentar hacerlas volar. Tenía muchos tipos de cometas, unas más grandes y alargadas, en forma de alas de pájaro. Otras eran romboidales, más típicas. Tenía algunas incluso circulares, que no paraban de girar en el viento. Cuando conseguía establecer el vuelo en alguna de ellas, ataba el hilo a una barra de metal que había anclada al suelo y comenzaba a volar otra. Así, al final del día podía tener treinta o cuarenta en el aire simultáneamente. Si alguien se le acercaba a preguntar por qué hacía eso, él contestaría sonriente: -Trato de pescar algún ángel... Existe un banco mágico, cerca de un Palacio de Cristal, en medio de un parque gigantesco de una ciudad con rascacielos, desde donde se pueden vislumbrar fragmentos de otros mundos.
Si alguien se sienta en él y entrecierra sus ojos, podrá ver cómo el unicornio se deja acariciar por la joven virgen allá delante. Sentirá cómo las enredaderas de cristal trepan por sus piernas y notará el olor sulfuroso del dragón, que duerme en la colina en la que se encuentra el otro palacio, el del pintor loco.
Pero si aquel que se sienta en el banco, es justo la persona indicada, la causante de todo este mundo que surgió en una madrugada inolvidable en la que el cielo enrojeció, entonces conseguirá, en un instante, convertirse en un pequeño cuento...
No sé exactamente la gente que lee las cosas que escribo en este blog. Ni tampoco sé hasta qué punto se puede comprometer... Así que os propongo una especie de juego o concurso. Si me mandáis fotos del paisaje que se ve desde vuestro banco o rincón mágico, prometo crear un enlace desde este blog a una página en html donde colgaré vuestras fotos junto con un pequeño cuento que os regalaré... La verdad, tengo miedo de que nadie responda a este juego, pero me arriesgaré. Espero vuestras fotos en mi correo electrónico: nochesboreales@yahoo.es Pd: Si alguien descubre cuál es mi banco, y me manda una foto desde él, prometo un regalo especial... Os doy un mes de tiempo para que lo adivinéis. Dicen que cuando morimos, nuestro cadáver disminuye su peso en 21 gramos debido a que nuestra alma se escapa del cuerpo. La última vez que yo morí, mis restos perdieron cerca de un kilogramo y medio. De todo ese peso, 21 gramos correspondían al peso de mi alma, mientras que el resto era el peso de todos los besos tuyos que guardé y almacené, como si de un tesoro se tratase, y que quedaron libres en el momento en que expiré...  Esta tarde, cuando me he vuelto a sentar a estudiar después de descansar unos minutos, me encontrado un charco de sangre, de tamaño considerable, justo en medio de la habitación. La verdad es que me ha molestado bastante, ya que yo no la había derramado, y sin embargo, la he tenido que limpiar concienzudamente, pues estaba algo reseca ya. Y eso que estoy seguro de que antes de levantarme a despejarme, el charco de sangre no estaba allí. Ahora, en la cama, no puedo dejar de pensar en quién habrá sido el desconsiderado capaz de hacerme una mala pasada así. Juan se ha levantado esta mañana un poco extraño... De hecho, a media mañana ha llegado a la conclusión de que al sonar el despertador, sólo una mitad de él ha vuelto del mundo de los sueños, mientras que la otra mitad se ha quedado volando entre libélulas y caballos alados. Se ha sentado a estudiar, y sin embargo, no ha podido concentrarse, pues detrás del papel, era capaz de ver aquellos labios que continuaba besando en sueños; aquel cuerpo extraño pero a la vez conocido que acariciaba más en el otro mundo que en este. La tarde ha sido bastante poco productiva, debido a que en ese momento, el otro Juan intentaba abrirse paso entre la niebla que se había formado en su ciudad soñada, y huía de cualquier monstruo que le perseguía. Por fin de noche, no ha conseguido leer nada, se le iba la cabeza con otros pensamientos. Y al cerrar los ojos, se han juntado las dos mitades de Juan, ha vuelto a ser uno, y ha descansado tranquilo. Era sencillo conseguir algo para meterse en la boca en aquel mundo. Adentrándose un poco en el bosque de caramelo podía encontrar millones de bayas rojas, rosadas, verdes, azules,... cada cual más sabrosa. De los árboles de algodón pendían, casi en cualquier época del año, frutos carnosos de muy diversos sabores. Además, con la mañana, se formaba sobre las hojas un rocío muy especial, azucarado y embriagador, del que no debía abusar, pues otros duendes sucumbían a su encanto y pronto pasaban la mayor parte del día borrachos. Si caminaba en dirección al desierto de colores, se cruzaba con pequeños animales y otras alimañas, cuya carne era deliciosa incluso cruda. Y si le apetecía calentar un poco su estómago, podía volar haciendo círculos sobre el lago y pescar alguno de los peces o ranas que allí vivían, aunque con cuidado de no hacerlo cerca del monstruo que dormía en el fondo, ya que si le despertara, podría enfurecerse mucho y su vida correría peligro. Pero si lo que realmente quería era degustar el mejor de los manjares, tenía que volar alto, muy alto, ir a las cumbres de las secuoyas milenarias, y allí, con suma delicadeza, robar algunos huevos de las libélulas, que hervidos con agua de lluvia de luna y sazonados con un poco de cuerno de unicornio rallado, podía alimentarle durante más de 4 lunas llenas, y aún sentiría el sabor del plato caliente en su boca...  Aquella noche, el doctor volvió transformado de nuevo en aquel mortífero monstruo, como venía ocurriendo desde los últimos días. Había sembrado el pánico por el barrio, asesinando a varios vagabundos y policías, maltratado a las fulanas y robado en casas de algunos de sus amigos, que eran incapaces de reconocerle debido a la transformación que sufría al beber el brebaje. Ella había podido comprobar que la poción creaba una fuerte adicción en el doctor, pues a pesar de intentar no tomarla o pedir que se le encerrase en su cámara, parecía como si el monstruo se apoderara de su alma antes incluso de que tomarala, y rompía la puerta y corría ansioso hasta el laboratorio, donde tomaba de nuevo su elixir y salía a pasear por Londres su sed de sangre y caos. Por las mañanas, cansado y sufriendo en su cuerpo los excesos que había cometido la noche anterior, trabajaba afanoso en un antídoto, que le permitiera sobrevivir sin tomar la poción, pero ya a media tarde, el monstruo comenzaba a tomar el control de sus pensamientos y no podía continuar con su labor. Unos meses después, cuando el doctor salió sonriente y exaltado del laboratorio anunciando su éxito, ella tuvo que contener su tristeza. Ya de noche, en su habitación, lloró amargamente la pérdida de su salvaje amante...  Pasen, señoras y señores; pasen y vean las impresionantes sorpresas que esconde este magnífico circo, venido para ustedes desde los lejanos confines venusianos, al otro lado del sistema solar... Pasen, señores, y podrán contemplar al hombre capaz de tragar grandes cristales de comulonimbos, la materia con la que se hacen los sueños. Admiren también a la preciosa mujer-araña, que aún pareciendo un ser humano normal, esconde un agujón capaz de matar al mayor de los incautos; vean como la alimentamos con hombre tontos y despistados, contemplen con que avidez los devora. Si últimamente no pueden conciliar el sueño porque temen que la muerte aceche al otro lado de los sueños, no olviden visitar a Madame Morgagni, que adivinará su futuro observando las volutas de humo que crearán sus lágrimas hirvientes. Para los niños, queridos padres, aguardamos una gran atracción en nuestra carpa lunar. Vean como quedan dormidos contemplando el maravilloso planetario que aparecerá sobre sus cabezas, y olvídenlos y diviértanse durante el tiempo, largo tiempo, que ellos permanecerán en el mundo de Hypnos. Y nuestra gran atracción, que señoras y señores, está en la pista central, dentro de una inmensa pecera gigante de cristal traído desde el mismísimo Himalaya, el único capaz de contener la enfermedad que padece su ocupante. Allí, para todos ustedes, hemos capturado al hombre con un único talento... No grite señora, se encuentra usted convenientemente protegida al otro lado del recipiente. Allí, para ustedes, el hombre con un solo talento se dedicará a su condena desde que tiene uso de razón. Allí, para ustedes, el hombre de un solo talento continuará escribiendo un cuento diario...  Los seres de la ciudad de debajo de la ciudad celebran una fiesta. Han ido guardando durante un año los restos que le llegaban desde arriba y los han almacenado, para adornar las torres, adecentar las aceras y preparar un gran banquete. Hace mucho tiempo que los otros, los de arriba les han olvidado. Tiempo atrás, les expulsaron por ser diferentes, les marginaron, y ellos se recluían en las alcantarillas. Poco después comenzaron a excavar en la roca y crearon grandes cámaras subterráneas, donde podrían vivir con tranquilidad. Hacía unos cien años, los investigadores de la ciudad de debajo de la ciudad habían creado un pequeño sol que iluminaba la gran cámara central y que les permitía calentarse e incluso plantar ciertas verduras. Además, con las placas solares almacenaban energía que les permitía tener música sonando todo el día. Su música no tenía nada que ver con la que se escuchaba arriba. Tenía muchas percusiones, como aquella que sonara en la sabana africana cuando el hombre comenzó a caminar sobre dos patas. Además, se acompañaba de flautas creadas con tubos metálicos. Esta música, como decía, llenaba las grutas y la gran caverna principal. Y como habían conseguido grabarla, cuando los músicos estaban cansados (créanme, esto ocurría muy pocas veces, pues siempre había alguien dispuesto a alegrar el ambiente), ponían estas reproducciones, y el ambiente festivo no terminaba nunca. Para la fiesta de hoy, han encontrado un trombón. Ha sido muy arriesgado, pues han tenido que subir hasta zonas peligrosas, donde hacía tiempo que no subía nadie y estaban bastante expuestos. Pero ha valido la pena. Esta noche, algún afortunado tocará este instrumento y extasiará al resto de los habitantes de la ciudad de debajo de la ciudad... Anoche me quedé hasta tarde estudiando arriba, en el escritorio que me he puesto en la buhardilla de casa de mi abuela, donde estamos pasando una temporada. Como ya he dicho alguna vez antes, justo delante del escritorio, hay una ventana, y como la buhardilla está en la última planta de la casa, veo los tejados de las casas de enfrente. Anoche, mientras intentaba memorizar alguna familia de coleópteros o tisanópteros, me pareció escuchar un sonido extraño, que me llegaba, incluso, a través de la música que escuchaba en los auriculares del disk-man. Lo apagué y escuché atentamente. Era una melodía de violín, suave, que llegaba hasta mí acunada por el viento. Agudicé el oído y la vista, y por fin conseguí verla. Allá lejos, en el tejado de una casa que hay dos o tres calles más arriba de la mía, había, sentada apaciblemente, una señora tocando el violín, vestida de negro, con un gran tul alrededor de su cuello, que bailaba al son de la música y del viento y la protegía del frío que hacía. Quedé fascinado, porqué negarlo. Pasado un rato, cuando la magia de la imagen comenzó a ceder, decidí continuar repasando un poco más, relajado con su melodía. Antes, la saludé con mis guantes de dedos cortados a rayas, y ella, a su vez, levantó la mano, y me devolvió el saludo con una mano resguardada del viento también con unos guantes como los míos, aunque negros. Me cundió mucho en aquél último rato de estudio. A media noche, me desperté sobre el escritorio, con un fuerte dolor de cuello. Pero ella ya no estaba allí. En su lugar, centenares de gatos deambulaban por los tejados vecinos deseándome las buenas noches...  Los habitantes comenzaban a casarse ya. Cada vez venían más extranjeros, y ellos tenían que esconder todas sus cosas y hacer como si nadie hubiera vivido allí. Sólo arena, piedra y cráteres. Primero venían los satélites, orbitando a su alrededor, echándole fotos. Esto lo habían conseguido solventar mediante hologramas tridimensionales. Pero los módulos terrestres... Eran arena de otro costal. Patéticos. Con ese aspecto tan ridículo, saliendo de extraños meteoritos que sólo sabían abrir globos para no estrellarse contra la superficie del planeta... Eso, y todos los módulos que no llegaban, que se desintegraban o se estrellaban. Y ellos teniendo que despejar el camino que iba a recorrer aquel armatoste. Cualquier día, se cansarían ya de tanta farsa y tendrían que destruir la Tierra. Al fin y al cabo, ellos sólo querían vivir tranquilos... Tenía una ventana delante de su escritorio, que miraba directamente a la ventana de la casa vieja y medio abandonada de enfrente, por la que se asomaba una silla y un tablero. Se dedicaba, en sus interminables horas de tedio (o estudio), a imaginar historias sobre asesinatos, secuestros y zulos, venganzas, sangre, amor y sexo... Todas ellas ocurridas tras esa ventana. Hasta que una tarde, una vieja desagradable se asomó por la ventana, le miró con desprecio, y la cerró. Cuando se le fue acercando, despacio y liviana sobre la superficie del lago, pudo comprobar que se trataba de una ciudad flotante en miniatura, miles de pequeñas casas de barro construidas sobre los lomos de un par de medusas gigantescas. Las libélulas, con sus diminutos tripulantes, iban y venían. Cada casita tenía en su interior una luciérnaga que le proporcionara luz y calor. Y en medio de la ciudad, majestuosa, se alzaba una torre, coronada por un pequeño magnolio en flor, y vigilada por centenares de polillas, todas al servicio de la reina...  Esta mañana, mientras bajaba a la ciudad, he vuelto a hacer el mismo recorrido que hacía por las mañanas, para bajar a almorzar contigo. He pasado por el bloque de edificios donde siempre me encontraba a aquella madre que sacaba a su hija casi a rastras para llevarla al cole. He sentido las mismas mariposas en el estómago cuando he cogido la avenida que va paralela al mar. Me he reconfortado con el calor del sol sobre mi cara... Cuando luego he pasado por la puerta de tu casa, se me ha hecho muy difícil no llamar al timbre y subir, para encontrarte en pijama, recién levantado, y sentarnos a ver dibujos y videoclips, y más tarde, entrar a tu habitación y jugar al escondite entre los recovecos de nuestros cuerpos, bajo un edredón nórdico que se nos quedaba pequeño. He llegado pronto a casa, no como aquellas mañanas. Pero he desaprovechado el resto del día... Amarrado a ti continúo besándote, devorando tu lengua, atragantándome con tu cuerpo... Hace tiempo que la ropa ha desaparecido. Unas horas atrás parecíamos animales salvajes en celo. Ahora, de nuevo, el ritmo vuelve a ir en aumento...
Unos meses atrás lo habíamos dejado, y sin embrago, ahora volvemos a hacerlo como entonces, como unos salvajes. Sé que mañana me dirás que no, que lo nuestro no tiene futuro, que no vale la pena intentarlo de nuevo, tras el fracaso que resultó la primera intentona. Y sin embargo, vuelvo a caer.
Pero caigo contigo.
Y es que, lo peor del infierno al que me llevas es saber que no podré quedarme...
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