Blogia

Bajo Arboles Mojados

Teoría (de la lluvia y del funcionamiento del cuerpo humano)

    La verdad es que me encantan los días con lluvia. Y las temporadas largas de llover también, aunque al final el agua comienza a meterse por todos los sitios y se vuelve algo incómodo. Recuerdo hace un par de años que llovió durante días y el agua se filtraba por todos los sitios, y era incómodo dormir con las sábanas empapadas, y hasta a un vecino mío le salieron branquias. Fue curioso y salió en el periódico y todo. Lo de dormir con las sábanas mojadas.
    
    El agua se llegó a filtrar en los corazones de la gente menos apta (aquellos sin la etiquetita de waterresistant en la planta de los pies), y sus cuerpos se paraban. Era gracioso ir por la calle y ver como se iban ralentizando hasta detenerse. Luego hubo que tenderles desnudos al sol para que se evaporara todo el líquido que había en su interior y así poder volver a funcionar con normalidad.
    
    Definitivamente, me gustan los días con lluvia. Aunque sean muchos y sean seguidos.

Instrucciones para no perderse

1. Coger una aguja de tejer estrellas y marcarle el Este con un imán. No intentar nunca marcarle el Norte. En el norte solo hay frío.
Usar de este modo el instrumento recién creado como brújula. Y volver. Aquí.

Cerca.

Teoría (de los feos)

    Cuando era pequeño era feillo. No del montón. Era feo. Y gordo. Tampoco es que ahora esté para hacer de modelo, pero creo que los años no me han tratado mal.
    
    Recuerdo que me juntaba con otros feos, y que escuchaba las conversaciones de las chicas, cuando hacían ranking de poco agraciados para ver si estaba por encima o no de los otros. Una vez dos chicas que no sabían que las estaba oyendo dijeron que era más feo que el que yo consideraba el adefesio máximo. Creo que surge ahí mi trauma físico actual.
    
    Pero a lo que iba. Los feos nos juntábamos, y muchas veces también éramos listos. Aunque no todos. Y los feos listos perpetraban atentados contra la integridad del resto de la humanidad. Es decir, pensábamos que cuando fuéramos mayores fastidiaríamos a los guapos y a las chicas que nos ponían mal en los rankings de feos.
    
    Yo quería ser el amo del mundo y alguna vez pensé en torturas que desfiguraran a mis competidores. Por suerte crecí. Ahora me conformo con ignorarles.

Teoría (de los ya no niños)

    Mi hermano pequeño ha llegado hoy admitiendo saber quién eran los reyes magos desde junio. C. tiene aún 11 años, y mamá, al escucharle, ha reconocido que se le han acabado los niños pequeños.
    
    Imagino que tiene que ser duro. Que se te acaben los niños. Saber que comienzas a tener proyectos de personas, aunque aún sean personitas, pero ya no niños.
    
    Debe de ser algo parecido a comerse la última pastilla de turrón casero. Es otra cosa que ha dicho mamá. Recuerda cuando se terminaba la última pastilla de turrón casero, del que hacía mi abuela (ahora es mamá la que lo hace).
    
    No quiero ser padre para tener ese tipo de traumas. Porque me conozco, y sé que acabaría casi suicidándome con esos pequeños finales, casi fracasos.
    
    No he sido capaz de decirle a mi madre que ahora tiene que comenzar a sentirse orgullosa con los pequeños éxitos que hará C. para alcanzar la adultez.
    
    Aunque, si os he de ser sinceros, no quiero que C. se haga adulto. Quizá le mande a Nunca Jamás.

Teoría (de la perfección)

    Las ollas a presión me cargan. Igual que los poetas que usan construcciones del tipo "acusome" o "diole". Me parecen igual de insoportables.
    
    Estos días escribo poco y pienso mucho.
    
    Escribo poco porque ando liado pensando regalos y nuevas maneras de hacer el amor.
    
    He descubierto que las camas se quedan, durante unos 15 o 17 minutos, con la temperatura ideal después de hacer el amor. La temperatura ideal es aquella que se alcanza en las camas cubiertas con un edredón nórdico justo después de que suene el despertador por la mañana. Ni frío ni calor. La temperatura ideal es un estado previo al estado ideal, que como bien postuló Algora hace ya casi dos años, es el estado intermedio entre quererte y no, una canción de Coldplay o el final de Amelie. Es una lágrima a punto de caer tras una carcajada. Yo añadí un par de momentos más al estado perfecto, como los chocolates de cafetería con frío fuera o los coloretes que se dibujan en las caras tras hacer el amor.
    
    Y mientras escribo esto, compruebo que el estado perfecto tiene mucho que ver con el amor y las camas.

Teoría (de Sodoma y Gomorra)

    Comenzamos con la comida. Tentado estuve, en varios momentos, a causarme el vómito para continuar comiendo, como ya hicieron los antiguos romanos.
    
    Ni que decir cabe que la mesa rebosaba de apetitosos manjares. Los contrastes de sabores predominaban, como si un exquisito chef se hubiera encargado del menú. Menú, a su vez, de lo más mundano y humilde, y no por ello, sabroso.
    
    Los postres alcanzaron una dimensión que rozaba la paranormalidad. Mejor ni nombrarlos.
    
    Después llegó el alcohol. Y más tarde el sexo. Pero como estas letras son leídas a veces por menores, mejor no alargarse en detalles. Solo decir que hubo casi todas las modalidades posibles. Dentro del buen gusto. Y que yo fue estrictamente fiel. Estrictísimo. Aunque tampoco hubiera hecho nada de no tener pareja.
    
    En cierto momento creí ver a una imagen angelical que me dijo que en breve arderíamos todos entre llamas, así que mejor me fui, y no miré atrás, no fuera a convertirme en estatua de sal.

Teoría (del stress)

Tiramisú, regalo del amigo invisible, trabajo, y dar besos.

 Y vuelta a empezar.

Más tiramisú, regalo del amigo invisible, trabajo y más besos.

Comienzo a estresarme...

Cuentos de Navidad (La ciudad I)

    La Ciudad parecía un montón de escombros. Gris, oscura tras el manto de nubes y humo que salía de los edificios incendiados.
    
    "Londres es una antorcha, hay suficiente claridad durante toda la noche por las casas y los palacios que arden."
            Mendigo - 5 minutos atrás.

    Tras el toque de queda, los niños, sólo los niños, se atrevían a salir en busca de comida. A veces había duras luchas entre bandas rivales. Era fácil que un niño volviera a casa con algún brazo de otro chiquillo para cenar. Su madre no preguntaba.
    
    Hace tiempo ya que de las plazas fueron eliminados todos los adornos y el atrezzo urbano. Plazas desnudas preparadas para recibir a los dirigibles y a las máquinas que bajaban envueltas en humo y se llevaban a los locos transeuntes que se aventuraban a salir al exterior.

Teoría (del tres-cuartos y los recuerdos)

    Tengo una gabardina que no me suelo poner. Bueno, no es una gabardina, mi madre la llama tres-cuartos. De esas que te llegan hasta la altura de las rodillas, con capucha y todo.
    
    No me la suelo poner mucho, quizá un par de veces al año. Me miro en el espejo y me pierdo entre la gabardina. Bueno, entre el tres-cuartos. Y aunque sea calentita, el calor también se puede llegar a perder en su interior, y claro, acaba uno cogiendo fríos dentro, aunque sea una gabardina y aunque sea calentita.
    
    Una de las únicas cosas que me gusta son los bolsillos. Son dos cuadrados gigantes cosidos a ambos lados, justo a la altura en la que suelen ir los bolsillos en los tres-cuartos. Y al ser tan inmensos, ocurre lo mismo que cuando me veo en el espejo, que se pierden las cosas dentro. Así, cada vez que me la vuelvo a poner encuentro cosas nuevas (en realidad viejas), como sobres de medicinas de aquel resfriado que me pegó mi antepenúltimo amante, o cuentos y notas para alguna poesía que murió en mi mente o en una libreta. A veces chicles algo duros o caramelos que no pierden el sabor con los años.
    
    Creo que lo hago adrede. Eso de dejarme cosas dentro para reencontrarlas con el tiempo. Aún no me he planteado qué meter antes de volver a guardarla en el armario esta vez.

Teoría (de la navidad)

Alguien me criticó el pasado jueves por no haber hecho ninguna mención al respecto de la entrada de la nueva estación. Alguien fue M. Así que quizá ya sea el momento de hablar de ella.

Los inviernos son cálidos aquí en Onil. Quizá sea porque me acuerdo del pasado en Parma. O porque tengo muchos abrazos ahora. Aunque las casas viejas son propensas a recoger frío, sobretodo en las habitaciones de arriba, sobretodo en las que hay colchones sobre el suelo, sobretodo aunque se tengan dos sacos de dormir que no hacen más que caerse sobre las espaldas de uno (o de dos). 

Es bonito hacer el amor con tanto frío.

Las navidades también me han alcanzado, y eso que yo procuré huir. Y este año las vivo con ganas, cosa extraña. Me apetece regalar (bueno, eso casi siempre). 

El jueves me adelantaron un regalo. Es un ensayo sobre poesía.

Me apetece escribir poesía. 

Por lo pronto, deciros eso de Felices Lucecitas.

La poesía vendrá más adelante.

Teoría (de las fiestas y las constelaciones y las chapas)

            Las noches de fiesta me saben amargas. Como dice Amaral. Hace tiempo que no lo pasó realmente bien una noche de fiesta. Y esta noche es una noche de fiesta, así que veremos qué sucede. Creo que iremos antes al cine. Me apetece. Con M. Y luego quizá vayamos a comer a cualquier sitio. Y luego más tarde ya bajaremos a los pubs del barrio. Aunque como es la Macrofiesta universitaria estará todo que dará asco. Ójala no hubiera demasiada gente en los pubs poperos donde voy.

            Me gusta cómo bailan los poperos. Creo que me hice popero sólo por bailar como ellos. Con los brazos siempre pegados a la cintura y el pecho lleno de chapas. Y las chicas con sus vestidos de vinilo y moviéndose como si se fueran a romper. Me gustan las chapas en el pecho. Y en los pantalones. Muchas. Tengo más de 50 chapas, y hoy he cogido unas 10 para elegir cuál ponerme esta noche.

            Las chapas forman como constelaciones en el pecho de la gente que las lleva. Y cuando vas por la calle te ayudan a orientarte. Las chapas en el pecho. Te guían, y si callas y escuchas te dicen hacia dónde te tienes que mover, y dónde hay más o menos gente.

            El protagonista de un libro que acabé ayer decía que las fiestas más íntimas eran aquellas en las que había más gente. Mucha gente.

            Creo que esta noche estaré algo sólo en medio de un millón de gente. Como dice Amaral.

Teoría (de las fotos y la perezosidad)

Hace un día perfecto para hacer fotos. Muchas.

El sol no llega a quemar, pero calienta. Cae casi horizontal aunque sean las 11 de la mañana. A estas alturas del año, anda algo perezoso. Bueno, perezosos andamos muchos. 

Yo, por ejemplo. Ando tan perezoso que me canso hasta de respirar. Me despierto por las mañanas y decido entre respirar y levantarme. Y como tengo que bajar a la universidad, que si no mi madre me riñe, pues decido levantarme. Y ya me ves, todo el día muerto viviente por el mundo.

A veces me dicen que comienzo a azulear. Cianótico perdido, me pongo, oigan. Y es que en estas alturas del año, cuando ya casi se está acabando todo (bueno, todo no, hay cosas que durarán), pues me vuelvo muy perezoso. Y si tengo que elegir, a veces, no lo hago bien del todo.

Teoría (del hogar)

Llevo una libretita de post-it’s en el bolso que tienen todos escritos la misma palabra. Una y otra vez. Cientos de hojitas amarillas con la palabra "Casa".

Porque tengo la manía de pegar estas hojas en los sitios donde me siento a gusto. Así, a las pocas semanas de llegar a Italia coloqué una de estas hojas debajo de mi cama. Y en la habitación de Violeta. Y también guardé una en algún lugar del cuarto de un amigo mío de Alicante, que me hospeda cada vez que me quedo allí. Y en el piso donde como todos los días que me quedo en la universidad.

Y desde hace un par de días, he descubierto que también puedo meter hojitas en el interior de los corazones.

Teoría (del azul)

Nunca se me había ocurrido pensar que detrás de las nubes de los días grises como hoy, el cielo, siempre está azul.

Posible guión de cine II

Hay otra historia que comienza con una chica que cruza por delante de mí con un paraguas.

Llueve.

Y yo estoy dentro de un coche.

Quizá luego decida si la chica conoce a un chico, o a mí, o si muere, o si no. Aún no lo he decidido.

Pero quédense con la chica.

Y el paraguas.

Y no olviden la lluvia.

¿A que es bonita?

Posible guión de cine I

La cosa fue más o menos así. Bueno, no lo recuerdo bien del todo. Pero creo que primero hubo caricias, y luego pasamos a temas más interesantes. Tardamos aún algún tiempo en besarnos. Quizá meses. Tampoco lo recuerdo bien del todo. Sólo sé que tuviste que inventar una excusa sobre un juego tonto para besarme sin asustarte. Y aunque aquella noche besamos a más gente, sé que sólo nos besamos tú y yo.

Es extraño. Creo que nunca hasta ahora había escrito túyyo siendo tú tú y yo yo.

Bueno, la historia continúa a lo largo de un tiempo en el que nos decimos muchas mentiras y te escribo muchas tonterías. Y alguna poesía. O más. Esto también lo recuerdo. Y que me volviste a besar, pero esta vez lo disfrazaste con mucha ginebra. Era de noche. Y caminábamos por lo oscuro.

Desde entonces el guión quedó en Stand-by.

Hay veces que es mejor no acabar las películas. Podrían llegar a tener finales de lo más surrealistas.

Teoría (de muchas cosas)

Veamos como comienzo. Hay muchas cosas de las que hablar, y poco tiempo para hacerlo. Podría comenzar hablando de los jersés, y de lo abrigados que son y de cómo me hacen subir los colores en clase, puesto que siempre llevo ropa de más en clase. Otro tema de interés serían los helados en invierno, que tengo unas ganas locas de que se me pase esta gripe para poder volver a atacar alguna tarrina de esas de medio litro o de litro y medio de Tiramissú. No dejar pasar la oportunidad de hablar sobre las lucecitas que hay estos días en las calle, que le hacen a uno sentir vivo. Independientemente de si se celebran las navidades, o la Pascua judía, o el medio año chino. Que lo importante son las lucecitas blancas que cuelgan de todos los sitios.

A parte, es extraño esto de las caricias y las cosquillas. Me encantaría que alguien me hiciera llegar algún artículo científico que explicara la razón de que sólo tengo cosquillas cuando voy a hacer el amor. Seguro que es algo que le ocurre a un porcentaje de la población elevado y seguro que algún científico aburrido (o no tanto) se decidió a estudiarlo y a experimentarlo.

Y los turrones, y polvorones, que siempre me saben algo iguales, aunque sean de almendra o de chocolate o de canela. Quizá sea por esa extraña afición que tengo de meterme en la boca todos los polvorones al mismo tiempo, junto con cachitos de todos los turrones que tengo a mi alcance, algún Ferrero y otras delicias varias, mientras trago un trago del herbero de la boda de mi prima.

Bueno, creo que ya he hablado de muchas cosas hoy. Y que me duele la garganta.

Punto. Y final. Por hoy.

Teoría (del dolor)

Teoría (del dolor)

Me duele mucho la garganta.

Tanto, que no me deja escribir a gusto…

Añadido a las 11:40:

Ayer tarde cuando fuimos a la tienda de chucherías, me quedé con las ganas de comprar aquella bolsa de indios y vaqueros de plástico, con sus pistolas y sus hachas de plástico, y quedarme toda la tarde jugando con ellos sobre tu barriga (aunque sea casi una ausencia, tu barriga).

Teoría (de la fiebre)

Ayer por la noche, cuando me fui a la cama, noté como de momento la fiebre subía incansable hacía mi cabeza. Era una sensación palpable, casi podía tocar como los grados de más ascendían desde el corazón a la parte más alta de la coronilla. Intenté infructuosamente pararla. Pedí a mis ayudantes que me abrazaran fuerte por encima del miocardio, para ver si un retraso en el ascenso de la fiebre conseguía cansarla, pero lejos de desanimarla la empujaba con más fuerza hacia arriba. 

Así que sin otras alternativas, volví pronto a casa, tomé un Frenadol y me fui a la cama.

Esta mañana mi vaso de leche llevaba miel…

Teoría (del aprendizaje)

La garganta duele con el frío.

Los besos calientan los labios (aunque pueden cortarlos si se muerde).

Tres meses después, he aprendido poco más.

Y que le quiero.