Definición
Diáfano: Espacio en el cual se expande el sonido de un corazón roto en mitad de un bosque y que no es escuchado por nadie.
Diáfano: Espacio en el cual se expande el sonido de un corazón roto en mitad de un bosque y que no es escuchado por nadie.
Creí que los amigos eran un derecho, no una obligación.
Parece que me equivocaba.
El fregadero está lleno, mamá. No me dejaban llegar hasta él, la cocina llena y no podía alcanzar el fregadero.
Estaban por todas partes. Yo a penas podía moverme en mi habitación. En todas partes. Yo no me atrevía casi ni a moverme. Y ellos por todas partes. No me dejaban salir. No me atrevía a salir.
El fregadero lleno, mamá. Preparé la cena y se presentaron. Todos. Prometo que no llamé a nadie. Llegaron. Estaban allí. Y no me dejaban llegar a la cocina. No podía salir de la habitación. De la cama.
El fregadero. Mamá. Lleno.
Lo siento.
Ayer volví a ver a uno. Estaba sentada en un banco, en la parada del bus que hay cerca de casa.
Fumaba.
Era una señora mayor, tendría unos 50 años. Sentada, fumaba impasible. Llegué a ver las alas. Tenía dos alas que salían arriba en la espalda. Aún estaban quemadas.
La miré y me vio. Y se subió al siguiente bus que llegó.
Me quedé parado, esperando de nuevo alguien que me diga que los ángeles caídos no tienen alas.
Las alpargatas de esparto se mojaron en la última tormenta, y ahora no tengo zapatillas para andar por casa. Camino descalzo.
Al final del día tengo la planta de los pies negra y sucia. Un poco como yo a veces.
Estas vacaciones están siendo un poco particulares. No imaginaba hasta qué punto estaba cansado. Mucho. Así que me dedico a no hacer nada la mayor parte del día. La manera de no hacer nada se reparte entre ver series japonesas de dibujos y leer. Estoy leyendo Rayuela, y es difícil.
Es difícil escribir en verano. Y contento.
Quizá en realidad, la razón por la que no escriba mucho últimamente es que temo que ciertas personas se sientan doloridas porque esté feliz.
Es extraño. Que sea feliz, digo. Llegó una tarde sentado, con un café cortado con hielo, en la terraza de la heladería de debajo de mi casa. Y llegó. La felicidad.
Alguien dijo algo. No recuerdo muy bien qué fue lo que salió de su boca. Sé que no era muy bueno para mí. Pero media hora después comprobaba estupefacto que no podía dejar de sonreír.
Sí, quizá ahora sonría un poco más que antes. Y ahora, por fin, me atreva a decirlo.
El olor me asaltó de repente. En un lugar inesperado. A la puerta de un MacDonalds. No olía a aceite refrito de patatas refritas. Era ese olor que suelen hacer las duchas de los campings, que a su vez es el mismo olor que te asalta en la ducha de los apartamentos de la playa.
Así, generalizando un poco, hacía olor de ducha después de la playa. Al lado de un MacDonalds.
Huele a caracoles. Acaba de llover y el cielo se ha quedado limpio. Hoy la gente con alergias respirará mejor. Los que lloren no. Cuando llueve a la gente le da por llorar, pero no respiran mejor porque el aire se haya quedado limpio.
A mí el olor de tierra mojada me recuerda a caracoles. Cuando iba con mi abuelo a buscar caracoles. También me recuerda a botas de agua y a ir al colegio entre fango en septiembre. En levante siempre llueve en septiembre.
Yo también suelo llorar cuando llueve. Por casi nada. Aunque el aire esté más limpio.
Eran unas figuras extrañas. Parecían muñecos de tamaño real e iban vestidas de señoras como aztecas. O como incas. Llevaban una falda larga de colores que no sé realmente porqué asocio a los indios centro/sur americanos. Y una camisa blanca. Y un tocado que cubría el pelo.
Eso fue lo primero que me molestó cuando las vi. El tocado dejaba ver unos rostros que no parecían corresponder con los cuerpos. Yo las veía primero de frente. Entonces alguna de ellas se giró y vi que por detrás había personas con vestidos ceñidos negros. Esas personas llevaban cordeles que ataban sus brazos a los de las muñecas, al igual que sus piernas, su tronco y su cabeza a las partes análogas de la anatomía de la muñeca.
Y bailaban mirándome, evitando mostrarte su espalda, que era la clave del secreto, en realidad.
Entonces me he dormido por fin.
Álvaro decidió inventar un perro, dado que su madre no quería tener uno en casa. Bueno, un perro un perro no era, exactamente. A simple vista parecía un perro, pero como a Álvaro no le gustaban ni la lengua ni la nariz de los perros, decidió imaginar estas partes de la anatomía canina como si fueran las de un gato. Era un perro con lengua corta y nariz de gato. Además, cuando se te acercaba y se quedaba durmiendo a tus pies, el perro ronroneaba y se restregaba entre las piernas. Y luego, dormía.
Era divertido, el perro de Álvaro.
Necesito tiempo para mí. Necesito tiempo para mí. Necesito tiempo para mí. Necesito tiempo para mí. Necesito tiempo para mí. Necesito tiempo para mí. Necesito tiempo para mí. Necesito tiempo para mí. Necesito tiempo para mí. Necesito tiempo para mí. Necesito tiempo para mí. Necesito tiempo para mí. Necesito tiempo para mí. Necesito tiempo para mí. Necesito tiempo para mí. Necesito tiempo para mí. Necesito tiempo para mí. Necesito tiempo para mí.
Lo repito sin parar. Es mi nueva chacra. Necesito tiempo para pensar en mí. Para relajarme. Necesito playas. Incluso quizá a solas. Necesito tardes de libros y mecedoras, aunque los libros sólo sirvan para esconder los lloros.
Aún me duelen los ojos y la cabeza de tanto llorar. Ya lo he dicho alguna vez, un año entero sin llorar ha causado que se me olvide el mejor modo de hacerlo, así que me cuesta horrores. Me atraganto e incluso babeo.
Necesito vacaciones y tiempo para mí.
Es extraño. Comienzo muchos posts con la frase "Es extraño". Y creo que lo es. No acabo de comprender la razón de que tantas cosas me resulten extrañas.
El otro día decía en un sms que he llegado a la conclusión de que estoy viviendo la vida de un libro. Es decir. La mayor parte del tiempo, estoy leyendo mi vida. Y sólo en ciertos (pocos) momentos, cierro las páginas y estoy fuera. Viviendo de verdad. Es extraño esto también.
No estoy bien.
Por eso recurro a mi archivo para colgar posts.
Hasta que vuelva a estar bien.
Archivo y basta.
Así también recuerdo cómo se escribían cuentos...
Sé que podía parecer extraño, pero había nieve. Nos levantamos y todo alrededor estaba blanco. Ya habíamos notado el frío en la habitación.
Recuerdo que abriste la ventana para que entrara el fresco, la habitación tenía el aire viciado después de haber dormido los dos. Por eso abriste.
Lo noté enseguida. Por la luz. Había demasiada luz. Una claridad inmensa. Y ya lo pensé. Aunque fuera agosto sabía que esas cosas podían pasar. Al fin y al cabo, nos habíamos conocido, pocas cosas más extrañas que esa. Por eso no lloré como tú al ver la nieve.
Sólo te cogí por la cintura y te volví a besar.
El ahorcado indicaba cambios. Fue lo que salió. El ahorcado. Los cambios. Tú lo viste como yo. Salió el ahorcado. No pude dejar de pensar en esa carta durante semanas, incluso meses. Me senté. Mentalmente. Me senté porque tenían que llegar. Los cambios.
A mi alrededor todo se movía, y yo permanecí sentado. Esperando. Los cambios. El ahorcado. Lo viste. Hubo gente, personas que se acercaron y me rozaron. Hubo varios que se atrevieron a besar a la templanza. Me besaban. Me tocaron y me intentaron levantar. Y yo continué sentado. Esperando los cambios. El ahorcado.
Al fin llegaste. Bienvenido...
Me han ofrecido dar clases en un curso de escritura creativa. A mí. Cuando no tengo la más mínima idea de escribir.
Me imagino sentado o de pie frente a un grupo de personas que no querrán ni escucharme. A mí. Y yo intentando explicar algo que no sé muy bien cómo funciona.
Es decir, explicar cómo escribo.
Pues escribo y basta. A veces leo mucho y luego necesito escribir. Otras simplemente escribo.
Los microrrelatos salen. Es algo extraño. Leo noticias en los periódicos, o tomo cosas cotidianas y las veo desde otras lentes. El mundo se curva, o se vuelve plano. El vecino pasa a ser un asesino en serie camuflado de testigo de Jehová, y por la calle saludo a ancianas y árboles que me dan las buenas tardes.
Es fácil. Pero hay poco que explicar.
Dios. Qué nervios.
No quiero escribir. Me pasan cosas horribles por la cabeza. A veces me imagino haciendo el amor con las madres de mis amigos y a veces creo que debería aniquilar ya a la humanidad. Y me despierto en mitad de la noche y de la tarde convencido de haber pasado la mayor parte de mi tiempo en una discoteca de ambiente que estaba vacía. O casi.
Para eso, mejor no escribir.
Espero que se me pase rápido.
(en medio de un desierto)
-¿Me pasas la crema bronceadora?
-Ups! Creo que la olvidé en casa.
-¿Es que no sabías que íbamos a quedarnos tirados en medio de un desierto lleno de mutantes caníbales?
-o-
(quizá sobre un puente)
-E allora, cosa facciamo?
-Meglio bacciarci.
-o-
(en el quicio de una piscina, cualquier lugar, cualquier hora del día)
-Piérdete un poco por entre mis rizos.
-Aún no tienes rizos, sólo si te pones espuma.
-Los rizos son algo que se lleva dentro...
Tengo un dinosaurio dentro. No sé en qué momento de mi corta vida ha conseguido entrar. Pienso que lo haría o cuando era pequeño o mientras dormía, porque de lo contrario, recordaría el instante.
Yo no lo sabía. Pero alguien me comenta últimamente que estas costillas no pueden ser mías. Estos arcos que me sobresalen en el pecho. Son grandes. Las costillas. O los arcos. Por eso, algunos piensan que tengo un dinosaurio metido dentro.
Me pregunto qué especie será. Y si me comí un dinosaurio vivo o en cambio se trata de un fósil. Y si ha conseguido aclimatarse a mi interior o en cambio está medio digerido. Hay gente que me ha dicho que se está muy a gusto dentro de mí. Calentito. Por eso pienso si se quedará a vivir porque el exterior es un ambiente hostil.
No lo sé. Por lo pronto, comienzo a pensar en un nombre para darle...
Me estoy convirtiendo en un hombre lobo. Bueno, más o menos. Y muy poco a poco. En realidad, llevo haciéndolo desde hace unos 3 años.
Fue entonces cuando aparecieron los primeros pelillos en la espalda. Al principio no les presté mucha atención, pero año tras año, el número y el tamaño de estos pelos ha ido creciendo.
Es extraño, mi padre sí tiene pelos en la espalda. Pocos. Mi hermano mayor no. Obviamente, mi madre carece por completo de ellos. Yo creí que me pasaría como a mi hermano, que la evolución daría un paso adelante y me privaría de vello en la espalda.
Pero parece ser que no.
Ahora, más de un(a) amigo, amiga, ex y demás, se tendrá que morder la lengua por haber hecho comentarios del tipo: me parecen de lo más feos los pelos en la espalda.
Quizá, cuando acabe mi transformación completa en licántropo, me los como. A la gente de los comentarios, no a los pelos. Con los pelos, igual, corto por lo sano. No me va el rollo oso.