8-10-06 - Alquiler
Quizá la moda
se empeñe en decirnos
cómo deberíamos vestir.
A mí la moda
no me interesa.
Sólo quiero saber
cómo quitarte
camisa, corbata,
pantalón
y el odio
con el que me miras
y que vive de alquiler
en tus retinas.
Quizá la moda
se empeñe en decirnos
cómo deberíamos vestir.
A mí la moda
no me interesa.
Sólo quiero saber
cómo quitarte
camisa, corbata,
pantalón
y el odio
con el que me miras
y que vive de alquiler
en tus retinas.
(Paseo por el mercado de mi pueblo. Encuentro con una compañera).
-Hola oroD, ¿tú tampoco has bajado hoy a clase?
-No, es que mi madre anda algo nerviosa por la boda y me he quedado para ayudarla y hacer recados.
-Entonces, ¿éste es tu hermano pequeño?
-No, es mi novio...
Había mucho ruido en los pasillos.
Un chico ciego sentado en un banco, también en el pasillo, y la gente hacía mucho ruido, golpeando las paredes, dando saltos y gritando.
El chico se balanceaba delante y atrás y delante y atrás y delante.
Le habían quitado también esos ojos. Los que gritaban.
No he podido evitar una lágrima.
En realidad soy un hombre de costumbres, mal que me pese.
Quien quiere encontrarme sabe dónde suelo estar. Quien quiere evitarme, conoce los lugares en los que no estoy.
Estos días pre-boda, está viniendo mucha gente a mi casa a dar el regalo al novio, y se escuchan conversaciones de lo más graciosas
Ella: A ver cuándo nos das tú un "día especial".
Yo: Yo doy días especiales casi todos los días...
Ella: No, me refiero a un día en el que celebremos todos algo por ti.
Yo: Si no lo hacemos más a menudo es porque no nos lo planteamos.
Mamá: Bueno, deberá hacerse primero noviA, ¿no?
Con la inquisición hemos topado.
Tenía muchas escritas, aunque no las colgaba. Quizá por pereza. Puede que por falta de tiempo.
Origami vuelve a estar en marcha. Y más vivo que nunca...
En mitad
de nuestra ignorancia
nació un árbol.
Las ramas
crecían fuertes.
Los pájaros
cantaban
entre sus hojas
nuestras mentiras.
La mentira
creió con el árbol.
Ahora nos da una sombra
larga y ancha
para tomar café
en las tardes
que aún calienta
el otoño.
Es sorprendente la cantidad de polvo que puede llegar a acumularse en mi habitación. Debo tener una fábrica de polvo y pelusas de incógnito debajo de la cama.
Hoy he tenido que organizar un poco el desorden que se adueñó de mi cueva cuando comencé a habitarla. Es extraño, coger trastos y cambiarlos de sitio.
Una vez postulé una teoría que decía que lo único que nos diferenciaba del resto de los animales es que éramos los únicos capaces de ordenar el caos que habíamos causado.
Ahora mi habitación parece la de una persona cualquiera normal. Quizá por eso no me gusta tanto.
Todo sea por la boda de mi hermano mayor...
-Roncabas así, grrrrrrrrrrrrr, pero con ese sonido que nace desde arriba de la nariz, no con los ronquidos molestos de la garganta.
-Eres un exagerado...
-Pues no, que en toda la noche te he tenido que tocar al menos 7 veces la nariz para que dejaras de roncar, y las ojeras que tengo son por una parte por tu culpa, y por la otra parte, completamente culpa tuya.
Llegó un día
en el que el polvo
comenzó a crecer sobre nosotros.
Dormíamos en la cama
juntos
y sin embargo el polvo
se posaba sobre las partes de tu anatomía
y de mi anatomía
que sobresalían de las mantas.
Calentitas, las mantas,
abrazados los dos.
Creo que nos despertamos.
Que abrimos los ojos
a un mundo sucio y feo,
y decidimos continuar durmiendo.
A veces, aún anida
algún pájaro
en tu oreja…
Los mejores almuerzos son siempre en la cafetería de la universidad. O los chocolates a la salida de una fiesta de sábado noche convertida en domingo madrugada.
Los mejores almuerzos suelen constar de un café con leche y media [tostada] con aceite. O tomate. O mantequilla y mermelada.
Para los mejores almuerzos siempre es mejor evitar el chocolate. Las napolitanas de crema o los cuernos rellenos tampoco son muy buenos compañeros. Un mejor almuerzo debe ser algo equilibrado, y no por el tema dieta, sino por el tema pesadez de estómago.
Comencé de nuevo la universidad.
Echaba de menos los mejores almuerzos.
La otra noche llegó alguien a la 1 de la madrugada.
Nos zampamos una tambleta de chocolate. Quizá lo necesitábamos.
En la radio del coche sonaba radio tres y nosotros hablábamos de lo que necesitábamos contar.
Creo que me estoy convirtiendo en una persona que sabe esperar muy bien.
Así que os invito a aparecer por mi casa a la una. Si os atrevéis.
La estrategia de la avestruz la conozco muy bien.
Consiste en no creer que hay problemas cuando los hay. La mayor parte del día llegas a olvidarlos. El problema surge por la noche, cuando apoyas la oreja en la almohada.
Estoy seguro de que durante la evolución desarrollamos algún mecanismo reflejo para recordar todos los problemas en el momento apoyamos la oreja en una superficie horizontal acolchada.
Soy un asiduo de la estrategia de la avestruz. Y no soy el único, siempre me he rodeado de gente que la utiliza. Y también me muevo en grupos que la aplican. Si hay problemas, mejor callarlos. Eso parece.
Yo tengo problemas en la universidad. Son los que me quitan el sueño. Problemas de convalidaciones, y problemas de suspensos.
No sé cuáles son los problemas que tienen los demás.
Luego se me queda el olor a cebolla todo el día en los dedos. Siempre que preparo macarrones. O lentejas. O todas las cosas que llevan cebolla, pelada y/o cortada a cachitos.
Creo que tengo algún superpoder o algo parecido. Mis dedos capturan olores. Bueno, mis dedos y el resto de mi cuerpo, aunque no voy por ahí oliéndome el brazo o la pierna.
Los dedos sí me los huelo. Me gusta ver qué olores he capturado. Y aunque casi siempre tienen que ver con comida, a veces me llevo sorpresas.
A veces huelen al sudor ese extraño que desprendemos al hacer el amor. Pero no huele a mi sudor ese extraño, sino al de Eloi.
También me he encontrado alguna vez olor a césped y a pelo acariciado. Todojunto.
Aunque quizá el olor que prefiera encontrar sea el de café. Con leche.
Estaba haciendo cualquier cosa
y he escuchado ruido fuera.
Creo que no has vivido
nunca
una gota fría. Es genial
(si estás en casa).
He salido
caminando descalzo,
a sabiendas de que el agua
caería fuera y los ríos irían
calle abajo.
Me he sentado para ver
cómo llovía, conteniendo
un estúpido llanto que llevo
atrapado en el pecho
desde hace unas horas.
Ha parado de llover
demasiado pronto
para dar alas a las lágrimas.
(Siempre entre susurros)
-Hace frío, Doro.
-Lo imagino, intenta acomodarte sobre las pelusas, imagino que te aislarán un poco del frío del suelo.
-Ya, pero es que hay pocas pelusas y mucho suelo frío. Además, tus zapatillas rojas me miran con mala cara, y los zapatos del trabajo luchan por su lugar.
-Prometo que en el momento en el que mamá salga de casa, puedes volver a subir arriba, y esta noche tendré una seria charla con la fauna de debajo de mi cama...
En septiembre siempre se quemaban fábricas y almacenes. Los niños correteando entre el humo cuando los bomberos ya habían apagado las llamas. Cuidado, no vayas, te quemaras. Los niños volvían con los bolsillos llenos de juguetes y las manos llenas de llagas.
Septiembre siempre traía disgustos. Los niños y el colegio, otra vez los estirones de pelo, Ay, mamá, que me duele, no me peines así, deja el cepillo, coge el peine, no me quiero poner esos pantalones, mamá, los zapatos me molestan, deja que me ponga las zapatillas, aunque no me toque gimnasia hoy.
Dice que tengo los ojos tristes.
De siempre.
Tengo los ojos permanentemente entornados,
como si estuviera triste,
aunque sonría
o gima.
Entornados.
Los ojos.
Dice.
Eloi.
A veces
manteníamos
las conversaciones
que debían tener
dos mudos
sentados frente una pecera
llena de agua
pero sin animal alguno.
Asentíamos
y respondíamos
a nuestros pensamientos.
Llorábamos
por las decisiones equivocadas.
Al final
me tomaste de la mano
en tu imaginación.
Yo creí que cogías un cuchillo.
Grite lo más fuerte
que pude.
Que te quería.
Y tú pensaste
que me marchaba.
(Una ciudad difuminada de fondo, camino vestido con un abrigo y meto la mano en los bolsillos, para encontrar muchos trozos de cristal roto que se van clavando en la palma de la mano).
-o-
(Una cafetería estrecha. Hay un partido de baloncesto aunque no le prestamos atención).
-La playa. La playa aún es tuya, ¿sabes?
-Al menos eso. Creo que me corresponde al menos eso. Elegiste tú, al menos concédeme la playa.
-¿Estás seguro de que fui yo el que eligió?
-o-
(Leyendo una pantalla de ordenador. Una página conocida de internet. Una poesía conocida. De un amigo).
-Me diste alas, no opciones.